Literatura & Psicología
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14.5.22

Mirarte en el espejo de quien te procreó

Solo cuando empecé a maternar pude comenzar a trabajar la relación con mi propia figura materna. Siempre me sentí desprendida de mi madre; la percibía, sí, como una mujer admirable pero extraña. No se me dio ese vínculo que tienen las niñas con la madre, de buscar sus brazos o su protección, de abrevar la ternura; parecía haberse abierto desde el primer día una brecha que a ratos pasaba sobre el vientre como un aleteo. Escribí para mi madre poemas desde que era muy niña porque no sabía de qué otra manera se habla con las madres. Pero después del punto, la mano permanecía vacía; las rodillas inmóviles.

En la niñez y primera juventud, creí que mamá no me amaba demasiado, y eso era natural: ¿Por qué las madres iban a estar obligadas a amar demasiado a sus hijos?

La indiferencia tiene algo de comodidad. Mirarte en el espejo de quien te procreó, en cambio, es una batalla de la que no sales ilesa. No sentía que hubiera algo que sanar porque no percibía esa distancia como una enfermedad. Tal vez, simplemente, esa conexión no se había dado. Tal vez hay hijas en las que no se da la impronta, en las que falta algo al nacer o en las que el amor debe construirse de otra forma. No me recuerdo siendo una niña especialmente cariñosa, más bien pragmática y "metida en mis cosas".

Pero si algo me gusta es que no vi la figura de la madre como una deidad. Cuando la madre es una deidad, hay tabú: no alcanzamos a revelar nuestra esencia ante ella, ni nosotras mismas en nuestro papel somos honestas con los hijos. Solo cuando reconocemos esa parte salvaje en ambas, podemos descansar del peso de la divinidad.

Fui la hija descosida, la que no entró en el molde, la que no cumplió el destino asignado. Pero acaso también he sido la hija que ha aprendido a abrazar a la mujer genuina bajo todas esas capas laboriosamente construidas por el mundo.

Y ahora, cuando mis hijas me abrazan me pregunto, ¿qué partes de mí se conectan con ellas?, ¿qué imagen de la madre poblará su imaginario? A veces mi hija mayor me mira con un destello en los ojos y me dice: Nunca te separes de mí, quiero estar contigo aun cuando seas vieja y cuando yo misma envejezca, nos contaremos cuentos igual que ahora, y nos reíremos abrazadas; y otras veces, me dice, con un dejo de asombro, Mami, ¿has notado cuánto te pareces a la abuela?

11.9.21

El llanto es una nuez gruesa

Siempre tuve la palanca del llanto descompuesta, cuando de niña algo me dolía no sabía cómo girarla; una especie de guijarro caía por mi garganta como por un pozo. Sentía mis músculos contraerse hasta dificultarme la respiración. Acaso esa fue una de las razones de aquella tos incurable que ningún médico sabía explicar, y por ello se contentaban con dar prohibiciones: No deje que a la niña le den las corrientes de aire, que no la toque la lluvia, que no salga sin suéter, que no pise el suelo sin zapatos. Pasé por todos los estudios de estreptococos, estafilococos y alérgenos que se les ocurrieron a los pediatras, otorrinolaringólogos y alergólogos. Esas palabras eran parte de un imaginario extraño, un mundo poblado de bichitos, pequeños monstruos que me comían por dentro.

Tal vez, en el fondo, yo solo quería llorar y no sabía cómo. Y el llanto se hacía una nuez gruesa, de cáscara durísima y contorno afilado, en medio de la tráquea, en los conductos que subían hasta la nariz, qué se yo. Algunas veces, de forma inesperada, el llanto se desatoraba y fluía un hilo cristalino tirado por la gravedad. Entonces ese hilo tenía una forma mala, no había una razón que fuera válida. El llanto tiene sus razones, eso me decían, no puede ser “porque sí”. Por ejemplo, cuando me rompí la frente con una maceta el llanto tuvo una causa natural, fue lógico; pero ese otro, que brotaba ante una mirada o ante una palabra cortante, ese no tenía sentido.

Cuando pasé el umbral de la niñez poco a poco la tos cesó. Cesaron también las fiebres altas y mi piel dejó de mancharse ante el sol. Y lo que llegó fue el frío, un frío que aparecía de pronto, incluso en días calurosos. Un frío que no parecía venir de las corrientes de aire ni de la lluvia; venía de adentro de los huesos y me hacía temblar. Temblaba tanto que temía desbaratarme y que mis fragmentos se esparcieran por los corredores.

La adultez se fue instalando en un cuerpo que seguía sin saber cómo llorar. Si no era ante el recuerdo o el abrazo de mis gatos, ¡con mis gatos sí que lloraba!, ellos tenían esa cualidad de sacar del pozo los guijarros del llanto. O cuando se me quemaba el arroz. ¿A cuántas cacerolas de arroz quemado les debo una dosis liberadora de lágrimas? Y a mis tazas rotas. Sí que me altero cuando una taza se me cae de las manos. Y vaya que tengo la torpeza suficiente para haberlas roto todas, una a una. El café caliente derramado a mis pies es el recordatorio eterno de mis muñecas demasiado elásticas.

He pasado algunas mañanas contemplando esos guijarros amontonados en la oscuridad. ¿Cuánto llanto se puede acumular con los años? A veces es tan pesada esa masa que no puedo moverme. La carne toda se hace una estatua fría; los ojos limpios; la boca, una línea simétrica y serena. Por eso cuando alguien me dice que está llorando, lo siento como una bendición, como un regalo. Quisiera decirle enséñame a llorar, a llorar por las cosas lógicas, por la muerte, por la locura, no por las tazas rotas y el arroz quemado.

Pero a veces la lluvia llega a mi puerta. Y mis hijas salen corriendo a dar todos esos brincos que yo no di cuando era niña, se mojan los cabellos y las manos, sin miedo a los bichitos que te comen por dentro. Y entonces algo empuja, así, despacito, esa palanca descompuesta, oxidada, que va desatorando de a poco la entrada del pozo.

22.3.21

El oficio de hilvanar palabras

 (Nota escrita para El sol de Tampico por el Día mundial de la poesía).


Nunca se me dio bien el bordado, mi abuela y mi madre intentaron alguna vez mostrarme, sin demasiado éxito, cómo crear graciosos relieves con hilos rojos y amarillos sobre la manta cruda; ¡y menos tuve talento para el tejido!, entrelazar uno a uno los hilos hasta formar el afelpado abrigo de un cuerpo. Me hubiera gustado ser capaz de crear estas narraciones sensoriales, ser como las tejedoras y bordadoras que hacen de la tela una página para tensar la trama de una historia palpable, así, por ejemplo, las artesanas huastecas: cada color, cada forma en su lugar para explicar el mundo. En cambio, algo aprendí sobre hilvanar palabras. Así mesmo lo decía mi abuela, cuyas variopintas expresiones yo hallaría luego en mis juveniles lecturas del Quijote –en las comunidades marginales el idioma se resiste a abandonar sus viejos usos–. Si Cervantes recurrió al metalenguaje, mi abuela desde la oralidad también hizo que la lengua pensara en sí misma, de una manera, claro, mucho más inocente, más ordinaria, más cercana a los ruidos del monte.
Esa imagen de las manos milagrosas de mi abuela bordando breves siluetas de flores y cosiendo galápagos de tela, su voz diciéndome por las mañanas, “ya recuérdate” –este arcaísmo de recordar por despertar que aún me fascina–, fueron para mí las expresiones más puras de la poesía. Si tuviera que dar una definición de lo que es la poesía diría que definir es una forma de encerrar, de meter en un ataúd el objeto definido; me gusta más la idea de pensar en imágenes, de aproximarnos al concepto desde una representación visual. Y cuando yo quiero decir algo sobre la poesía veo a mi abuela, veo sus flores rojas, veo sus tortuguitas con caparazón de fieltro. Las veo y las toco.
En las cosas cotidianas encuentro yo la punta del hilo para empezar a urdir un poema. Enhebro en mi aguja las sinestesias, el oxímoron, el ritmo de alguna canción o el maullido de un gato. Hago pespunte en la memoria para que no se me deshilachen las visiones de aquellos primeros años, cuando el mundo era nuevo, antes de las perdidizas canas, las estrías y la úlcera; antes de que yo me pusiera a escribir sobre la poesía, cuando me dedicaba simplemente a verla, a vivirla con esa pertinencia que tienen las niñas solitarias y conscientes del tiempo. La verdad, siempre supe que lo mío no era bordar en la tela, que a mí me tocaba tramar historias de otra forma, aunque hace un par de meses cosí una muñeca de manta para mi hija y bordé sus cejas con hilo rosa. Tal vez ella guarde esta imagen como amuleto, qué se yo, me gustaría que así fuera, o tal vez solo se destiña en su mente como sucederá con este pliego de periódico al final del día.


20.2.21

luz / oscuro

Todos los días me pregunto: "¿Qué es ser adulta?". Fotografiar un rostro que ya no le pertenece al tiempo.



5.4.20

Que nadie me arrebate mi melancolía


En las últimas dos semanas he pasado, diariamente, por toda la gama de emociones, desde la paz mental, la alegría y la esperanza hasta el enojo y la angustia, y de regreso. Pero no niego ninguno de mis estados, necesito sentirlos, no identificarme con ellos ni dejar que me desboquen, pero sí sentirlos, pues este contacto con mi parte emocional sin juzgarme es lo que me permitirá fluir de nuevo en la vida y no quedarme bloqueada.

No quiero que nadie venga y me arrebate mi melancolía o mi miedo; no quiero que vengan los dictadores de la felicidad a alegrarme; lo que quiero es dialogar con todas y cada una de mis emociones; entenderlas e integrarlas en mi consciencia. Este miedo, por ejemplo, tiene un componente adaptativo; muchas veces en el pasado me expuse a un peligro porque no se me activaba el miedo a tiempo o, al contrario, se me activaba de manera desproporcionada en situaciones donde no había un riesgo real. Tuvo que pasar, pues, toda una vida para que mi cuerpo aprendiera a tener un miedo adaptativo, normal, congruente.

Ciertamente me gustaría vivir más tiempo, pero si no fuera así no me aterro: he sido feliz, me he dedicado a lo que más amo, he disfrutado de mi cuerpo y de los amaneceres; he encontrado amigos, amigas y amantes por los que ha valido la pena el paso por este mundo, he cumplido casi todas las cosas con las que soñé de niña, y he reído, ¡vaya que he reído! Pero no quisiera dejar a mis hijos desprotegidos, y no quisiera que les haga falta el pan en la mesa. Quiero que ellos tengan la misma oportunidad que tuve yo de crecer y realizar sus sueños, que se rebelen, que lleguen un día a la casa con una duda existencial y se refugien en mis brazos, en mis palabras; luego, que huyan de mí y corran hacia sí mismos, y regresen convertidos en adultos.

El panorama económico y social tiene muchas aristas ahora, ¿qué podemos ofrecerle al mundo en crisis las personas que nos dedicamos a las artes? Las que no somos médicos ni producimos alimentos. He pasado desde la sensación de completa inutilidad hasta la de absoluta fe en la escritura, y de regreso. No me siento culpable de perder a ratos la alegría, si algo he aprendido en la vida ha sido a dialogar con mis fracasos, a sentarme a tomar el té con mis fantasmas, a abrazar a la niña que por momentos vuelve a estar confundida dentro de mí. Esta es la naturaleza humana. Todos necesitamos arropar aquello que tiembla en nuestro interior, porque solo de ese abrazo que no niega la tristeza, ni el dolor puede resurgir la armonía.


2.4.20

A veces un fin del mundo

Desde niña solía soñar con el fin del mundo. Algunos sueños incluso cruzaban la frontera de mis ojos y se instalaban tranquilamente en la "vida real" durante un buen rato. Un fin del mundo muy común era aquel donde el mar desaparecía de pronto, se evaporaban ríos y lagunas de un breve soplido y la gente se hundía despacito en una arena seca. Otro fin del mundo era donde llegaban gigantes que nos perseguían para molernos a palos.

Al pasar de los años los fines del mundo en mis sueños se volvieron más cinematográficos, había zombis y familias que se refugiaban en centros comerciales, y unas a otras se veían con sospechas de ser los siguientes contagiados. Una vez soñé un fin del mundo donde la gente vivía aislada en sus casas, una persona por cada habitación, y tenían prohibido el contacto interpersonal, la comida les era entregada cada mañana en charolas esterilizadas, afuera había un grupo de rebeldes. Cuando un rebelde era atrapado por los vigilantes sus recuerdos se proyectaban en pantallas de cine, para el entretenimiento de la gente que permanecía en sus habitaciones viendo escenas de explosiones y derrumbes.

Con la maternidad dejé de ser un sujeto pasivo en los fines del mundo, ya no me quedaba ahí esperando a que el mar se secara o a que los gigantes me rompieran las costillas, ahora me veía abasteciendo un barco, un búnker o una nave espacial con alimentos, ropa y agua para mis hijos, aunque nunca sabía en mi sueño cuál era exactamente la amenaza. Una sombra o un parásito invisible se arrastraba hacia nosotros. A veces en esos fines del mundo alguno de mis hijos desaparecía y yo sabía cuál era el lugar donde debía buscarlo: dentro de mí misma.

Nunca les he contado estos sueños a mis hijas. Pero ellas a veces juegan al fin del mundo, sus osos de estambre se abastecen de provisiones dentro de un barco o un avión y escapan hacia un planeta lejano; claro, porque los barcos que les construyo a mis hijas con cajas de pizza pueden ir de un planeta a otro. Hay un planeta que se llama "Venecia" y otro que se llama "el planeta de los abuelos".

Hace algunas semanas que no sueño con el fin del mundo. Mis noches se han vuelto inocuas, será que despierto a cada rato con cualquier ruido y no me da tiempo de soñar o será que ya se me agotaron las pesadillas. Hace poco soñé que estaba en esta misma casa, pero en otro universo, y yo era la yo de ese universo, y mis hijos estaban ahí conmigo, pero el sonido se había quedado aquí. Entonces reinaba un silencio absoluto y nada se movía, hasta que las risas de mis niñas rompieron la barrera entre los dos universos y volví a mi cuerpo, despierto.


31.3.20

La comida, los virus y el amor

Ayer se me quitó el hambre. Esto es rarísimo. Soy de esas gentes que siempre dicen "sí" a una invitación a un restaurante, a una fonda o a una cafetería donde haya tarta o baguettes, porque comer (y más si es con amena compañía) es la segunda cosa que más disfruto en el mundo después de la literatura. Luego, mi cuerpo me ha permitido, casi siempre, comer lo que quiera y no engordar, pero también puedo hacer mucho ejercicio sin ganar demasiada masa muscular. Tras algunas elevaciones de peso provocadas por embarazos y por el cortisol que me generaban mis maridos, volví sin demasiado esfuerzo a mis 48 kilos de siempre. Por eso en días de comer mucho, lo hago sin recato aunque soltando de vez en cuando alguna frase como ya no voy a caber en mi vestido, pero al final resulta que hasta he bajado. En días de comer poco el hambre se me acumula y cuando vuelvo a tener la mesa servida se me antoja hasta el mantel. Será que siempre he asociado la comida con el amor.

Estar con un hombre o una mujer en su cocina es, a veces, tan íntimo como estar en su alcoba, otras veces es como entrar a un útero protector, y si me hace de comer es para mí un acto supremo de amor. Un dulcecito de leche o un cacahuete es una caricia, y un plato de enchiladas fritas un largo abrazo.

Pero ayer no tenía hambre.

Y hoy desperté sin hambre.

Un día, hace siete años, también amanecí sin hambre. Vivía entonces en una casa pequeña, con un patio trasero donde se acumulaba el moho, cerca del río Santa Catarina, con un perro, un gato, un hombre, mi hijo y mi bebé recién nacida. Intentaba comer y la comida no tenía sabor, y me daba trabajo pasarla por el tubo digestivo como si este hubiera olvidado su función. Años después comprendí que, en realidad, este había sido un recurso de supervivencia: Perder de golpe el hambre en ese momento fue la manera en que mi cuerpo manifestó su rechazo a la casa donde vivía, al hombre con el que vivía, a la hipnosis en la que vivía. Y ahí empezó un largo camino de autosanación y conocimiento.

Ayer, después de varios días de incertidumbre, al fin pude hacer algunas compras suficientes para resguardarme, al menos por un tiempo; lo natural habría sido que llegando a casa me sirviera un buen plato de comida. En cambio, llegué sin hambre. Contrario a mi costumbre de cenar mucho y de pararme, además, a picotear frutas y pan en la madrugada, cené poquito y sin deseo.

Al despertar sentí el estómago vacío y un ligero mareo, pero mi cuerpo seguía rechazando los olores y texturas del alimento. Entonces mi hijo me preguntó por qué no había comido y le conté lo que sentía; él me dijo, con naturalidad, que esta era una reacción de mi cuerpo por el miedo a que la comida en la casa se acabara. Me pareció tan simple como acertada su interpretación. Pero esta vez, a diferencia de la reacción que había tenido hace años, no era un rechazo a lo que me rodeaba, sino un mecanismo protector para que lo que me rodeaba no se extinguiera. Mi niño, sin dejar de jugar Roblox, añadió: deberías comer, mami, si tú estás bien, nosotros estaremos bien. En ese momento me paré a prepararme un plato grande de frijoles negros con epazote y chile verde, y poco a poco los sabores comenzaron a volver.


* *

¿Cuáles serán los efectos a largo plazo de esta contingencia en nuestro organismo?, ¿qué cambios generará en nuestra manera de comer, de abrazar, de abrir la puerta?, ¿cuál será, ahora, nuestra relación con los espacios?





mvg, 24 / 03 / 2020
Fotografía: Mayra RedMontt, Barrio Antiguo, Monterrey.

30.3.20

La ciudad flotante


Cuando veo mis fotografías del año pasado, en Italia, se me llenan los ojos de lágrimas. Mi mamá me decía, cuando era niña, que "las mujeres no lloran", me lo decía si me resbalaba al ir corriendo o, si por estar jugando con latas viejas, me cortaba algún dedo. Y tan bien aprendí a guardar el llanto que me costó muchos años ir abriendo de a poquito esos recipientes del cuerpo para liberarlo. Sé que ella esperaba que yo fuera una mujer fuerte. Si algo ha caracterizado a mi madre es su dureza para enfrentar la vida, nada parece tumbarla ni erosionar su carácter: lleva lo pétreo en su nombre. Pero yo soy un mar ondulante, un sol que a veces transita detrás de las nubes; con mi nombre, dicen mis padres, quisieron romper la tradición familiar.

No recuerdo ni un cachito de tiempo, del que pasé en Venecia, en que mi corazón no haya estado a punto de explotar de dicha. Igual me pasaría, meses después, en Boston, junto a la estatua de Poe, porque desde el final de mi infancia había soñado con caminar en la misma ciudad donde nació mi gran maestro literario, y en mi corazón le diría: ¿ves, mi amor?, cumplí mi promesa de venir a verte mientras nos alcanza el sueño de la muerte.

De las cosas que más recuerdo en Venecia es cuando Silvia me llevaba corriendo de la mano, entre los callejones y puentes, para alcanzar abierto el museo, la biblioteca, el teatro... Y cuando recorrimos varios puestos de máscaras buscando la que encarecidamente me había encargado mi hijo: la del médico de la peste. Ahora pienso en lo irónico de todo eso. Mi hijo desde hacía varios años tenía una fascinación por ese episodio de la historia europea. Y ya he dicho muchas veces que soy supersticiosa, aunque bien elijo mis supersticiones. Mi hijo tiene esta máscara cerca de su cama y yo imagino que es como un talismán que aleja la enfermedad y el dolor. ¿Sabías que el médico de la peste se llevaba a los niños enfermos a una isla?, me dice mi hijo; pero aquí el médico eres tú, le respondo.

Cuando recién le había traído el disfraz lo usó varias veces para salir a la calle y aunque ninguno de quienes lo vieron reconoció al personaje, a todos causó fascinación. Debía ser lo extraña que resultaba esa figura negra enmascarada, rompiendo la normalidad del paisaje regio.

Pienso en todo eso, pienso en los días templados y húmedos que pasé en Italia, y en esa sombra que recorre ahora sus ciudades, que ha cruzado el Atlántico, que ha pasado también esta frontera. Pienso en mis amigas que están allá, reconstruyo en mi mente los espacios de sus casas, el olor del café expreso y del oporto, la textura de las paredes, el crujido suave del vaporetto, la largura del alerce y la sinuosidad del laberinto. El abrazo fuerte de la madre de Silvia. Las risas y los ojos intensos de las mujeres en la plaza San Marcos. Y algo como un alambre me cruza por dentro del pecho. Un estrépito que no puedo traducir en palabras. El amor con el que me recibieron. El amor que me traje en las manos. Miis manos que ahora no pueden tocar lo que antes tocaban. Y el ruido de la calle sube por las escaleras hasta empujar mi puerta, como el golpe de unos nudillos contra la madera. Es acaso esa sombra con su túnica flotante, su mirada vacía. Y yo solo tengo esos fragmentos de belleza dispersos en mis pupilas.


10.3.20

Un gasterópodo: Mi casa soy yo misma

Fotografía: Mayra RedMontt, Barrio Antiguo, Monterrey, 2020


Como nunca he hallado un espacio al que pueda llamar mío, me convertí yo misma en el lugar. Abandoné la casa paterna siendo, aún, adolescente, como correspondía a los jóvenes residentes de Tantoyuca que nos lanzábamos a hacer estudios profesionales. Me fui al puerto de Tampico, con su arena aplanada y su mar bajito que en realidad está en Ciudad Madero, donde mi madre me había parido porque así lo dispuso el hado (o el Seguro Social, que es lo mismo). Yo era una muchachita con depresión y fobia social (me diagnostiqué al iniciar mis estudios de psicología) y toda mi familia apostó a que, debido a mi carácter retraído y mi inutilidad hasta para cruzar una calle, no duraría ni una semana fuera del pueblo. Han pasado dos décadas y nunca volví a vivir en esa casa –la de mis padres.

Viví primero en una pensión donde, durante dos años consecutivos, las dueñas me hicieron bullying, movidas por la extraña fantasía de que yo era una “niña rica que tenía la vida resuelta”, se ocupaban entonces de añadirle adrenalina a mi aburrida y glamurosa existencia en la que podía darme el lujo de no irme caminando a la universidad, sino en un “Águila-Echeverría”, los colectivos que pasaban por la avenida Hidalgo; así, por ejemplo, una vez me sirvieron leche con cucarachas y otra, me rayaron los CDs que había conseguido en Arteli. Ya mencioné mi temperamento depresivo, no sabía defenderme, pero sabía correr y, finalmente, me mudé a la casa de una señora adorable, guapísima, con cierto aire de actriz de Hollywood, que tenía tres hijos y cocinaba el segundo menudo más rico que he probado (es que el mejor era el de mi abuelita). Un día, al llegar de la escuela encontré mis pertenencias (una caja con CDs y casetes viejos, mi maleta de ropa y mi computadora) en la calle, junto con las de aquella encantadora mujer y las de sus hijos; el exmarido, un hombre –debo decirlo– bastante feo, les acababa de quitar el inmueble dejando a la familia (y a mí de paso) sin hogar. Mi otrora anfitriona le pidió a su hermano que me acogiera mientras tanto, y así fue. Cuando la volví a ver descubrí su hermoso rostro envejecido de golpe, su belleza estaba marchita detrás de unas ojeras negruzcas que contrastaban con el cutis pálido; su pelo, ya no era de un castaño satinado Hollywoodense, sino cenizo. Sin dejar de sonreír, porque ella siempre sonreía con amabilidad, me recomendó mucho, si algún día me casaba, analizar antes al hombre para asegurarme que fuera “bueno”. Los siguientes años atestiguaría como la casa de la que habían echado a esta familia se fue deteriorando; nunca nadie la volvió a ocupar, al menos no mientras viví en Tampico. La última vez que pasé frente a su portón negro, lucía sucia, con hojas secas amontonadas al frente, las puertas atrancadas y un olor a madera húmeda, a polvillo de óxido.

Decidí, a mis veinte frescos años, vivir sola. ¿Por qué no? Renté un departamento chiquito que tenía un baño, una litera y un ventanal. Fue la cuarta mudanza de mi vida, a la fecha debo haber acumulado unas veinte. He vivido sola, con gatos, con un hombre, con amigos y amigas, con dos hombres, sola, con más gatos, con más hombres; con un bebé; con perro, gato, niño, niña… hasta llegar a mi estado actual: con mi hijo de once años, mis dos hijas de seis y cuatro, y mis osos de felpa.

He vivido en una casa amplia con balcón, terraza, cuarto de servicio, dos baños y varias recámaras; he vivido también en un departamento de paredes blancas arriba de un Oxxo; sin olvidar la casita linda de guano donde no era raro hallar gusanos peludos y arañas; luego, en un cuarto sin más que una barra para usar de mesa y un colchón inflable; en un departamento alargado, con habitaciones sucesivas, donde Argelia me sacó las fotografías más hermosas que me han tomado; en un condominio con arcos al frente, cerca de las vías del tren; en una casa cerca de otras vías de tren, cuyo piso estaba siempre cubierto con arena de playa, a pocos metros de un entronque en el que había balaceras y embotellamientos; en una casa llena de ruidos y latas de cerveza donde nunca pude dormir; en una casa de paredes húmedas en las que crecía el moho, de la cual hui una mañana sin saber a dónde iría; en una casa fresca habitada por mujeres amables y en otras más hasta llegar a mi ubicación actual: un departamento de tres piezas en Guadalupe, con unas escaleras empinadas y estrechas que me aíslan, un tanto, del resto del mundo.

En cada lugar al que llego, lo primero que busco es montar mi estudio. Puedo no tener cama o estufa (de hecho, sigo sin estufa y la que era mi cama, se la he donado a mis hijas), pero me resulta intolerable no tener un espacio para mis libros y mi laptop. Debido a mi nomadismo y a mi dificultad para sentir apego por la mayoría de los objetos, varias veces lo he abandonado todo (o casi). Ha habido épocas en que mi estudio ha consistido en un par de cajas, de las que usan en los mercados para almacenar verdura, con libros y papeles sueltos. Otras veces, como ahora, tengo una habitación con libreros, sofás, impresoras y algunos fetiches que guardo de mis viajes. Es como si tuviese la necesidad de avanzar en espirales, llevando conmigo solo lo indispensable y me he dado cuenta que no es mucho. No necesito demasiadas cosas para vivir. Ha habido años enteros en que he sobrevivido con dos mudas de ropa y un solo par de zapatos. No es el caso ahora, que tengo más que eso, pero no almaceno nada que no use cotidianamente.  

Mi cuerpo, pues, es mi única casa, la única habitación que siento mía. Aunque bien le he escrito cantos de amor a la Tierra y algunos pueblos, no es el amor de quien se queda quieta, sino el de un gasterópodo que lleva su cuerpo-casa a donde va. Mis hijas aún son parte de mi cuerpo, lo habitan con desfachatez, lo saben suyo. Mi hijo mayor se ha separado, ya, en buena medida, pero sigo siendo ese santuario al que vuelve a beber agua en los días desérticos. Mi madre, durante mi infancia, fue una casa con ventanas cerradas donde se contaban cuentos de fantasmas, me gustaba oírlos desde el pórtico; al inicio de mi vida adulta, ella me pareció un laberinto del que quise escapar. Ahora ella es una residencia donde se han acumulado libros antiguos y algunos vidrios rotos, si entro con cautela ya no me corto, incluso puedo llegar hasta el tragaluz y mirar el Sol.

Me gusta ser una casa con un estómago fuerte que avanza, retrocede, avanza, se desmorona, se vuelve a levantar. Me imagino rodeada por un jardín. He escrito sobre esto. Tengo un libro que aborda el tema del cuerpo como casa. He fotografiado los espacios de mi corporalidad, sus estrías, sus tonalidades, su vellosidad amenazante siempre rendida ante la navaja. Alguna vez el poeta Arturo Castillo Alva dijo que mi poesía era una casa donde todos podían entrar. Me gusta esa imagen, me agrada la idea de que mis palabras también pueden ser habitadas.

Marisol Vera Guerra. Escritora, editora, multípara, ilustradora; ya está fraguando su próxima mudanza.


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13.1.20

El lenguaje como un manantial

De lo ordinario, el amor y la memoria



Según una reflexión budista, el amor nace de un sentido de abundancia y el apego de un sentido de carencia, cuando amamos eso nos produce felicidad porque estamos ejerciendo una capacidad nuestra; cuando en cambio solo tenemos apego sufrimos, porque queremos poseer el objeto.

En tanto más amo el lenguaje más disfruto la experiencia de compartirlo, porque lo percibo no como un descubrimiento externo que debo guardarme para mi propio beneficio o deleite, sino como algo que emerge desde mí para los demás como un manantial.

Si el lenguaje nace desde el organismo, como cualquier otro proceso del cuerpo aunque con la particularidad de que el producto es algo abstracto, cuando percibimos la riqueza de esta capacidad no tenemos miedo a interactuar con las palabras, a descomponerlas en sus elementos fonéticos y a buscarles nuevas significaciones. No tenemos miedo a soltarlas y a dejarlas que hallen su propio cauce en el mundo, entre la multiplicidad de voces, a sabiendas de que hallarán otros vocablos, a veces vibrando con la misma intensidad, a veces con una raíz hermana, a veces tan extraños y lejanos que apenas podrán reconocerse entre sí.

Yo concibo el acto poético como un acto amoroso, una entrega constante en la que mi manantial crece en tanto más comparto el verso, cuanto más participo en la danza de voces que me rodean; esta visión me ha permitido reescribir libros enteros que alguna vez alguien me destruyó, no sé por qué alguien destruiría el único ejemplar de un trabajo literario frente a mis ojos, pero los he vuelto a traer de mi interior porque estaba en mí la capacidad de hacerlo y no era (afortunadamente) un objeto externo que alguien podía robarme. Esa mano agresora no pudo destruir mi capacidad de pensar. Los dones del ser no se quitan ni se pierden como si fuesen un monedero olvidado en una esquina, los dones del ser se cultivan con paciencia y disciplina.

No aspiro, por ello, a poseer el lenguaje, sino a amarlo, a tejer con él poemas y relatos, y cuando estos estén listos soltarlos como a los hijos que han alcanzado la madurez para que se defiendan solos.



1.1.20

Taxonomía de la tristeza

Reflexiones en torno a lo ordinario, el amor y la memoria. 


Hoy desperté con tristeza, una tristeza de esas dulces que se meten despacito en los huesos como un animal; no la había sentido desde hace muchos años. No parece haber ninguna razón objetiva y como en este mundo normalizado siempre tiene que haber razones objetivas para estar triste de pronto estoy tentada a recriminarme. Pero no. No puedo juzgarme por estar triste como no puedo juzgarme por tener una nariz a medio rostro ni por la curvatura de mis falanges..

Mi parte lógica, entonces, intenta hacer su taxonomía recordando otras tristezas, por ejemplo esa que permanece ovillada detrás del diafragma, como una piedra que una arroja a un pozo, o esa otra que se transforma en fuego, que nos sacude los músculos y nos impele a quemar paredes. También está la tristeza que se nos trepa a los hombros como una niña para mirar la copa de los árboles, las azoteas de las casas, la nube más lejana.


Y creo que esta tristeza viene de las veces que no tuve tiempo para llorar. No necesariamente cosas trascendentes, como la vez que perdí mi juego de té de la infancia, luego están esas cosas que sí son importantes, como la última vez que oí a mi abuela al teléfono y le dije te quiero, y la lucidez no volvió a su mente... Y, claro, todas las tristezas que he extraído del cuerpo de mis hijos, en los días amargos, para ponerlas en el mío.

Pienso, es también un hábito, a veces el cuerpo necesita estar triste para limpiarse de las pelusas emocionales que se le pegan a la superficie. La tristeza es, pues, un antídoto contra tanta motivación, tanta explotación de la felicidad, que nos recuerda nuestro lado más humano, que nos hace entrar en sintonía con todos los dolientes del mundo y, finalmente, ver con mayor gratitud un rayo de Sol.

23.11.19

Acqua Alta

De lo ordinario, el amor y la memoria


Me fue concedido por el hado escuchar el eco de unos tacones en la noche serenísima, sin autos, sin alarmas, sin el miedo a ser alcanzada por mis fantasmas, deslizando mis flats por los callejones y puentes del casco antiguo tras contemplar las formas emergidas entre las manos de Tintoretto, Donatello, El Bosco... Las madonnas bizantinas con sus proporciones asimétricas y la seductora agonía del San Sebastián de Mantegna, ahí donde Oriente y Occidente se mezclan en la quietud de un tablero de Go.


Me acarició el amanecer bañado en arabescos, entre muros donde el tiempo parecía detenido, a ratos en el bullicio de plumas y labios carmesí, y a ratos en un silencio profundo donde el alma flotaba en vigilia constante.



Caminé por los mismos espacios donde caminaron cientos de artistas en busca de sus sueños... donde se dice que Goethe vio por primera vez el mar... así como yo tomé por primera vez en mi vida unos remos, con la complicidad de unas risas, idioma universal que no necesita traducirse. Todos comprendemos el lenguaje del amor sororo y fraterno, transparente como un rayo de luna. Esas risas devolvieron la voz a mi garganta que había llegado seca, muda, a la vieja Europa, en un cuerpo que había olvidado dormir, comer, que solo podía esperar.

A ratos no entendía cómo era tolerable a los ojos tanta belleza. Los amigos y amigas que me recibieron en su casa, en su embarcación, en su taller fueron gentiles, delicados, me llenaron de abrazos y palabras nuevas. Y yo dejé un trozo de mi corazón en cada rinconcito, en cada árbol, en las gotitas de lluvia.

Quisiera que esa imagen de una Venecia en carnaval siguiera, magnífica, serena, sobre las ondas del agua. Que el agua no se volviese una pared inmensa, que no anegara sus pisos empedrados ni sus tiendas de máscaras. Que la puerta de Casa Goldoni siga dando paso al idioma de los vetustos pescadores. Que el Gran Canal no se inquiete con las olas.

Los monstruos marinos no llegan aquí. Aquí solo hay un vaivén de niños tomados de la mano por sus madres, de mujeres ceñidas por exquisitos corsés y crinolinas, de hombres animados en el negror de una capa. Aquí el dolor se apaga como una llamita bajo el aire matinal. Eso quisiera decir: que la bella y altiva Venecia es imperturbable, no se hunde, no llora...


[Monterrey, 16 de octubre de 2019]

17.10.19

En mi piel está escrito

De lo ordinario, el amor y la memoria.

Mi madre no me dio la lengua de mi bisabuela porque quería protegerme del miedo, así como me protegió de los virus, los ácaros, los pelos de gato. A cambio me dio la cualidad de echar la tristeza en un frasco para que no amargue la conserva de frutas que pongo cada mañana en mi mesa. Cuando mis hijas me preguntan qué guardan esos frascos en lo alto de la repisa no puedo mentirles, les digo que son todas las lágrimas que no he tenido tiempo de llorar, y ellas ríen, saltan lanzando manotazos y a veces tiran alguno; juegan, entonces, a echar barquitos de papel sobre la corriente que inunda el piso. Me maravilla que tanto dolor pueda caber en un par de glándulas y emerger de las pequeñas fosas, simétricamente ubicadas en cada rostro. Pienso en las historias drenadas por esos conductos. Y pienso en cada palabra escondida en esa región del alma a la que ningún explorador ha logrado llegar. Ese abismo donde aletean las bestias primitivas que solo en sueños hemos visto.

Y mientras voy limpiando ese líquido viscoso, leo mi reflejo: mi cuerpo es lenguaje porque su color guarda la memoria de mis ancestros, en mi vulva cortada y cosida y vuelta a cortar con la pasión del carnicero está el signo de todas las mujeres que parieron antes de mí –no se da vida nueva sin perder un poco de la nuestra–. En mi piel está escrito el llanto solitario de mi abuela; en la sangre que derramo a ratos, el grito de una niña sedienta que nadie sabe de qué murió; en la planta de mis pies, la huella de los hombres que se perdieron en una botella de aguardiente o en un tratado de alquimia.

Cuando el piso ha quedado limpio, otra vez, y mi repisa en orden, reviso los ojos de mis hijas, por si se ha metido en ellos alguna basurita, un trocito de vidrio, un huevecillo de pez. Algunos animales acuáticos, ya lo sabemos, buscan miradas para vivir y no hay que dejarlos crecer mucho porque podrían comerse el color del iris, podrían convertir nuestras pupilas en remolinos.

16.9.19

Rodajas asimétricas

De lo ordinario, el amor y la memoria. 


Hay cosas para las que la poesía no alcanza, cosas por las que bien podría deslizar el cuchillo en la muñeca en un intento por ahuyentar el recuerdo, la imagen que asalta los pequeños huecos de la memoria, entre el olor de los polvorones con azúcar y la mueca oxidada de una boca que maldice, maldice, maldice. Pero en vez de eso elijo picar una manzana verde en rodajas asimétricas, observar el salto dulce del agua que brota desde la pulpa blanca. Elijo acomodarme el cabello frente al espejo montado en la pared, arriba del frigobar, y observar con fascinación cada línea marcada en el rostro. Elijo respirar hondo y untar crema de coco en mi vientre, en mis pechos que no producen más el calostro ni el tibio manantial de la lactancia. Elijo girar el ventilador en dirección a mis hijas para que el calor se espante un poco y ellas jueguen a gusto; su fragilidad me deslumbra, intento no pensar en esas cosas de las que no puedo hablar. Pero se instalan sobre la corteza cerebral y entonces dejo de luchar contra ellas, las veo ir y venir sobre la pista neuronal como autos de carreras, ¿por qué debo liarme con la mente? Miro los pensamientos saltar acelerados, con voluntad propia, me siento en el borde de la cama a verlos pasar hasta que la carrera se agota y estoy de nuevo vacía, en esa quietud que precede a la sonrisa, a la esperanza, a los pies despegándose del suelo, al movimiento de la mano para servir la manzana en un bowl transparente y elevar la voz: "Mis amores, la comida está servida".

10.8.19

Hay días en que pierdo mi tristeza

De lo ordinario, el amor y la memoria

Hay días en que pierdo mi tristeza, no me refiero a los días en que ella no está conmigo, sino a esos otros, cuando la empujo debajo de la cama o del sofá, como cuando una barre apresuradamente porque vienen visitas. Y es que a veces hay una niña llorando en la habitación porque no encuentra sus zapatos de bailarina y tengo que ir, presta, a ver si juntas los hallamos; y es que a veces hay un niño que sueña con ser hombre y me pregunta si nuestra especie va a sobrevivir un 10% de lo que estuvieron los dinosaurios sobre la Tierra; y es que a veces hay una sirena que abandonó su castillo rodeado de tritones y, aunque es feliz conmigo, extraña las profundidades del mar; y es que a veces llega el casero a recordarme que el calendario dio, ya, una vuelta completa; y es que a veces los libros se acumulan en el umbral, con sus cientos de hojas manchadas de tinta. Y entre todo ello la tristeza se me pierde, se me olvida dónde la he puesto, pero sé que sigue aquí, en algún lugar de la casa, a un ladito de mis costillas o arriba de la estufa que se yergue a media cocina como un monumento a mi torpeza culinaria. Y como no le pongo atención a la tristeza, esta se vuelve una masa pegajosa que va desprendiendo poco a poco un vapor gris. Porque ella necesita ser vista, ser reconocida, ser abrazada. Solo así podrá salir de mi casa y dejar espacio, de nuevo, para la alegría. La alegría, digo, no la dictadura de la felicidad. Porque en este mundo donde nos obligan a sonreír, donde la tristeza es la peste de la que nadie se quiere contagiar, es la habitante vergonzosa a la que debemos esconder entre los cacharros cuando nos viene a ver el publicista, el vecino, el mercadólogo, el estilista, estar triste es traicionar los buenos principios de la gente educada. Y luego cuando una la encuentra, por fin, agazapada como un animal en la esquina polvorienta del clóset, viene la parte más difícil de la convivencia con ella: tocarla sin dejar que nos devore –es comprensible su hambre, la hemos dejado ahí por horas, tal vez años–; mirarla a los ojos sin perdernos en sus pupilas hondas, que sin duda querrán succionarnos; decirle que siempre habrá un lugar para sus gritos, pero vencer la tentación de ofrecerle un espacio en nuestra cama. Y luego soltarla. Porque ella, en realidad, solo está aquí para decirnos algo acerca de los huesos rotos o sobre las tumbas que se quedaron abiertas en la infancia, algo que el gozo no podría decirnos jamás.


18.2.19

El viaje

De lo ordinario, el amor y la memoria


Mi alma es susceptible a incendiarse con las imágenes más breves y ordinarias. He tenido grandes revelaciones acerca de mi existencia observando el minucioso movimiento de una hormiga que lleva sobre su lomo el peso de una hoja; he llorado con amargura ante una polilla que accidentalmente cruzó un chorro de agua, he reconocido todo el ciclo de la vida y de la muerte en sus alas deshechas; he entrado en éxtasis por contemplar la testa escarpada de un cuerpo montañoso o al ver las nubes saludando al horizonte desde la ventana de un autobús. No soy de las personas que pueden salir de casa una mañana y volver iguales por la tarde (y me pregunto si, en realidad, hay gente así o simplemente ocultan su transmutación): la calle, los rostros, las siluetas, los autos, los pájaros, todo me parece el signo exacto de una cartografía magnífica, no pocas veces estridente, abigarrada. No salgo mucho, en realidad, soy consciente de cuánto me afecta cada imagen, cada sensación, cada aroma. Por eso a donde llego, construyo un refugio, me rodeo de silencio, de libros, de serenas estatuillas para aquietar las aguas interiores. Y me gusta dar de beber de estas aguas a algún sediento. Y cuando yo he tenido sed, alguien me lleva de la mano a una fuente nueva. Porque la vida es reciprocidad, no puedo verla de otro modo.

He viajado por mi país y he cruzado, alguna vez, al norte y al sur sus fronteras. Y cada viaje ha sido un ritual, una purificación y una búsqueda. Reconozco mi propia fragilidad, es tan delgada esa línea entre la racionalidad y el instinto, entre la cordura y el extravío. Reconozco en cada ser humano un océano inmenso a menudo inexplorado; quieto o tormentoso, al final, mi espejo. 


Ahora estoy a punto de cruzar el Atlántico, mi mar, yo nací en la costa, en esa costa, y ahora podré ir del otro lado. Tuve mis reservas para un vuelco de esa magnitud. Aunque, en esencia, el viaje es siempre interior; el viaje es siempre en el tiempo (aunque el tiempo sea una ilusión o una sucesión de instantes estáticos o una dimensión elongada) y a través de la consciencia: ¿qué diferencia hay entre cruzar un océano y cruzar el pasillo de mi casa?, ¿entre mirar por la ventana de mi cocina y la ventana de un avión?, ¿qué diferencia hay, no en esta escala del fractal en la que nos percibimos, sino en esa diminuta longitud de la espuma cuántica? 

Podría simplemente hacer mi maleta y no elucubrar. Pero ni siquiera cuando salgo a la tortillería dejo de preguntarme acerca del sentido o el accidente de estar aquí, de ser yo y no un manatí, por ejemplo, o mi vecina; luego veo que esa percepción de ser otra es tan ilusoria como el tiempo, en la región del alma (la psique) pasado y futuro no tienen significado, todo es un eterno presente y todos somos uno.

3.5.17

Espinas verticales [ELLA]

De lo ordinario, el amor y la memoria


Las sombras simétricas, agrupadas bajo el calor de marzo, construían un código visible desde la ventanilla del avión. Era la primera vez que me acercaba a la frontera entre México y Estados Unidos. El motivo, el encuentro de escritores "Literatura en el Bravo". Mis sentidos alertas esquivaban la distancia entre el pasillo de la aeronave y el pequeño ojo por donde el paisaje me saludaba. ¿Qué era lo que esas líneas, a manera de jeroglíficos, me intentaban decir?

Recordé la primera vez que escuché hablar sobre Ciudad Juárez, fue en los 90, en una obra de teatro donde salía una Muerte Catrina. Esa fue también la primera vez que oí la palabra Feminicidio. Yo era una muchachita sin demasiada noción del horror sembrado en mi país. Había crecido en Tantoyuca, un lugar (entonces) tranquilo, donde niños y jovencitos podíamos salir de casa a jugar o a caminar, y volver con el ocaso sin que nadie entrara en pánico.

Al paso de los años el nombre de Ciudad Juárez se fue poblando de imágenes escalofriantes y tomó, en mi mente una forma abstracta, fantasmal. Ya instalada en mi edad adulta conocí a algunos poetas juarenses y vi que ellos son gente buena, gente amable a la que una y otra ocasión, en distintos espacios, volvería a encontrar. También supe del asesinato de la poeta Susana Chávez.

Dudé en decirles a mis familiares a dónde iba porque no quería preocuparlos. Y en efecto, se preocuparon. Aunque, a estas alturas cualquier lugar del país parece un destino incierto. El norte de Veracruz, donde pasé mi infancia y adolescencia, al igual que el sur de Tamaulipas, donde nací y posteriormente hice mis estudios profesionales, son ahora blancos de carnicerías.

Lo que sentí al llegar a Juárez no fue miedo, sino un calor agradable (no me refiero al del sol que más tarde dibujaría rombos entre las cintas de mis sandalias, sino al de los seres humanos). Entre las cosas que llamaron mi atención durante mi estancia en esta zona fronteriza estuvieron la amplitud de las calles y la serenidad del desierto; finalmente la ciudad tomaba una forma definida frente a mis ojos y era bella. Nunca antes se me habría ocurrido pensar en ella con calidez. Me resultaba difícil imaginar en estos escenarios todas las atrocidades sobre las que había leído. Necesitamos ver, también, una cara bondadosa de las ciudades de las que nos llegan tantas malas noticias.

Pero al fondo del paisaje percibí un olor peculiar. Táchenme de absurda, yo sé que ese olor existe y que no viene de los cuerpos en descomposición sino de otro origen intangible, algo que parece emerger de las cloacas de la memoria: el olor a muerte. ¿Cómo lo explico?, no es la sensación física, no el hedor que despiden las bacterias sino el perfume puro que usa la Muerte cuando sale de su abismo a caminar entre nosotros. Yo he sentido ese olor en otras ciudades, flotando en la atmósfera, se mete entre los huesos y aunque reine la calma no lo deja a uno sosegarse. 

Ese aroma no opacó la sensación de bienestar cuando recibí una y otra muestra de cordialidad por parte de los anfitriones del evento, de mis compañeros escritores y del grupo de chicos y profesores de bachillerato donde hospedaron por un par de horas nuestras letras. Y en verdad vi que esas letras eran necesarias, más allá de su sentido estético, necesarias como agua, como un pan. Y descubrí al fondo de mí un sentimiento que me perturbó, algo como… ¿culpa?, ¿de qué? Acaso por estar viva, por sonreír, por tener la oportunidad de viajar, leer poesía, regresar a mi casa y abrazar a mis hijos mientras tanta gente no...

Es tan normal ver la cara de la violencia que reír y relajarse parece antinatural.
No hay permiso para sentir paz.

Lo cierto es que en este epicentro del caos me sentí humana, algo de mí se convulsionó, se dejó ir entre las sombras y retornó más luminoso.

Y escribí este poema para la poeta Claudia Luna Fuentes, ahora que lo pienso, creo que también lo escribí para la Ciudad y sus signos de tierra:

Ella
no me ve como a una mujer esqueleto
a la que hay que echar a la calle
o cortarle un mechón de pelo con las uñas
no me ve como un trozo de carne
al que hay que lavar con detergente
para desollarlo después
no me ve como a una niña
a la que debe arrebatarle las tijeras
para que no le ensucie el piso
no me ve como al animal desmayado
al que debe palmear el espinazo
para que respire y se vaya
y se lleve
su llanto
su alarido
sus espinas verticales
todo el veneno
extraído de tus ojos
porque es a ti a quien ve
a ti a quien la roca
a quien la urdimbre
a quien
Ella
solo ve: cervatillo asoleado en el barro


Imagen de la serie "Violencia de género en ilustraciones",mvg, 2017.

30.4.17

El costo de crear

De lo ordinario, el amor y la memoria

Cuando nuestra obra artística realmente es sincera no dejará indiferente a los que se acerquen a ella, puede enamorar o asquear, pero rara vez pasará desapercibida. A eso aspiro, a una sinceridad absoluta en lo que dibujo y escribo. Pero el precio es alto, porque una obra literaria que mueve emociones también despierta tormentas, así como a unos los hace sentir que su propia alma habla por esos signos a otros les hace sentir vulnerables y expuestos. Hace que se disparen apegos, que se ventilen humores e incluso que otros se apropien de una parte de esta obra y la lleven por rumbos que uno ni siquiera imaginó. ¡Y el culpable es el artista!, porque él se atrevió a hacer visible la herida, porque él movió las aguas de la consciencia, endurecidas y frías, porque él expuso la cara del monstruo que duerme debajo de la cama. Así, algunos optan por circunscribir el arte entre las paredes de la racionalidad, por desnudarse a medias, por no escarbar demasiado para no herir ni ser heridos. 


Pero todo refugio del dolor, en este sentido, es mera ilusión.

El dolor está aquí, necesitamos verlo fluir y dejar que tome la forma de una mariposa.

De ahí que la soledad del espíritu creador, del ser humano que piensa con profundidad y habla sinceramente, no consiste en un espacio físico sino en un espacio interior donde cada vez está más cerca de sí mismo.

Nuestro camino a lo largo de los años se va estrechando como un embudo y muchas personas que creímos significativas en nuestra fugaz morada de tiempo se van porque no pueden con el peso de lo que somos; porque dejamos de coincidir con su ideal o con su versión [mutilada] de nuestra naturaleza; porque solo pueden acompañarnos hasta donde termina cierto estado de confort y nunca lucharán por nuestro amor, ni se detendrán a preguntarnos cómo se ve el cielo desde nuestra ventana. Porque es más fácil huir que confrontar; finalmente, cada uno de nosotros elige sus prioridades. 

En este momento de mi existencia me percato de cuánto valor, cuánta convicción hacen falta para seguir. Y cuán tentada se siente el alma a abandonar su propia senda solo para ser confortada por ese abrazo de la aceptación, solo para evitar el sufrimiento de las pérdidas. Pero entonces recuerdo que hay algo más grande que se pierde si renunciamos a ser nosotros mismos. Y quienes estamos impelidos por esta fuerza tal vez ni siquiera podemos. Si tratamos de callarnos, esa voz auténtica nos perseguirá en sueños, nos arrebatará de la vida cotidiana, nos obligará a volver a sus bosques, a correr entre la sombra de sus árboles. 

El arte (y las susceptibilidades que de este se desprenden) es como un imán, ha acercado a mí a mucha gente que, de otro modo, pertenecería a un mundo distinto, y la misma pulsión creativa ha alejado a muchas otras. 

Y es aquí donde me resulta difícil trazar una frontera entre mi obra y mi persona. Entre mi obra y el amor. Mas, ¿no decía Jung que el amor verdadero solo revela sus delicias a quienes conocen el sacrificio, quienes son capaces de los mayores esfuerzos, a quienes son auténticos?