Solo cuando empecé a maternar pude comenzar a trabajar la relación con mi propia figura materna. Siempre me sentí desprendida de mi madre; la percibía, sí, como una mujer admirable pero extraña. No se me dio ese vínculo que tienen las niñas con la madre, de buscar sus brazos o su protección, de abrevar la ternura; parecía haberse abierto desde el primer día una brecha que a ratos pasaba sobre el vientre como un aleteo. Escribí para mi madre poemas desde que era muy niña porque no sabía de qué otra manera se habla con las madres. Pero después del punto, la mano permanecía vacía; las rodillas inmóviles.
14.5.22
Mirarte en el espejo de quien te procreó
11.9.21
El llanto es una nuez gruesa
Siempre tuve la palanca del llanto descompuesta, cuando de niña algo me dolía no sabía cómo girarla; una especie de guijarro caía por mi garganta como por un pozo. Sentía mis músculos contraerse hasta dificultarme la respiración. Acaso esa fue una de las razones de aquella tos incurable que ningún médico sabía explicar, y por ello se contentaban con dar prohibiciones: No deje que a la niña le den las corrientes de aire, que no la toque la lluvia, que no salga sin suéter, que no pise el suelo sin zapatos. Pasé por todos los estudios de estreptococos, estafilococos y alérgenos que se les ocurrieron a los pediatras, otorrinolaringólogos y alergólogos. Esas palabras eran parte de un imaginario extraño, un mundo poblado de bichitos, pequeños monstruos que me comían por dentro.
22.3.21
El oficio de hilvanar palabras
(Nota escrita para El sol de Tampico por el Día mundial de la poesía).
20.2.21
luz / oscuro
Todos los días me pregunto: "¿Qué es ser adulta?". Fotografiar un rostro que ya no le pertenece al tiempo.
5.4.20
Que nadie me arrebate mi melancolía
2.4.20
A veces un fin del mundo
31.3.20
La comida, los virus y el amor
Fotografía: Mayra RedMontt, Barrio Antiguo, Monterrey.
30.3.20
La ciudad flotante
10.3.20
Un gasterópodo: Mi casa soy yo misma
https://www.instagram.com/p/B1FrmOPjV7g/
https://hpropias.blogspot.com/
13.1.20
El lenguaje como un manantial
1.1.20
Taxonomía de la tristeza
Hoy desperté con tristeza, una tristeza de esas dulces que se meten despacito en los huesos como un animal; no la había sentido desde hace muchos años. No parece haber ninguna razón objetiva y como en este mundo normalizado siempre tiene que haber razones objetivas para estar triste de pronto estoy tentada a recriminarme. Pero no. No puedo juzgarme por estar triste como no puedo juzgarme por tener una nariz a medio rostro ni por la curvatura de mis falanges..
Mi parte lógica, entonces, intenta hacer su taxonomía recordando otras tristezas, por ejemplo esa que permanece ovillada detrás del diafragma, como una piedra que una arroja a un pozo, o esa otra que se transforma en fuego, que nos sacude los músculos y nos impele a quemar paredes. También está la tristeza que se nos trepa a los hombros como una niña para mirar la copa de los árboles, las azoteas de las casas, la nube más lejana.
Y creo que esta tristeza viene de las veces que no tuve tiempo para llorar. No necesariamente cosas trascendentes, como la vez que perdí mi juego de té de la infancia, luego están esas cosas que sí son importantes, como la última vez que oí a mi abuela al teléfono y le dije te quiero, y la lucidez no volvió a su mente... Y, claro, todas las tristezas que he extraído del cuerpo de mis hijos, en los días amargos, para ponerlas en el mío.
Pienso, es también un hábito, a veces el cuerpo necesita estar triste para limpiarse de las pelusas emocionales que se le pegan a la superficie. La tristeza es, pues, un antídoto contra tanta motivación, tanta explotación de la felicidad, que nos recuerda nuestro lado más humano, que nos hace entrar en sintonía con todos los dolientes del mundo y, finalmente, ver con mayor gratitud un rayo de Sol.
23.11.19
Acqua Alta
17.10.19
En mi piel está escrito
Mi
madre no me dio la lengua de mi bisabuela porque quería protegerme del miedo,
así como me protegió de los virus, los ácaros, los pelos de gato. A cambio me
dio la cualidad de echar la tristeza en un frasco para que no amargue la
conserva de frutas que pongo cada mañana en mi mesa. Cuando mis hijas me
preguntan qué guardan esos frascos en lo alto de la repisa no puedo mentirles,
les digo que son todas las lágrimas que no he tenido tiempo de llorar, y ellas
ríen, saltan lanzando manotazos y a veces tiran alguno; juegan, entonces, a
echar barquitos de papel sobre la corriente que inunda el piso. Me maravilla
que tanto dolor pueda caber en un par de glándulas y emerger de las pequeñas
fosas, simétricamente ubicadas en cada rostro. Pienso en las historias drenadas
por esos conductos. Y pienso en cada palabra escondida en esa región del alma a
la que ningún explorador ha logrado llegar. Ese abismo donde aletean las
bestias primitivas que solo en sueños hemos visto.
Y
mientras voy limpiando ese líquido viscoso, leo mi reflejo: mi cuerpo es
lenguaje porque su color guarda la memoria de mis ancestros, en mi vulva
cortada y cosida y vuelta a cortar con la pasión del carnicero está el signo de
todas las mujeres que parieron antes de mí –no se da vida nueva sin perder un
poco de la nuestra–. En mi piel está escrito el llanto solitario de mi abuela;
en la sangre que derramo a ratos, el grito de una niña sedienta que nadie sabe
de qué murió; en la planta de mis pies, la huella de los hombres que se
perdieron en una botella de aguardiente o en un tratado de alquimia.
Cuando
el piso ha quedado limpio, otra vez, y mi repisa en orden, reviso los ojos de
mis hijas, por si se ha metido en ellos alguna basurita, un trocito de vidrio,
un huevecillo de pez. Algunos animales acuáticos, ya lo sabemos, buscan miradas
para vivir y no hay que dejarlos crecer mucho porque podrían comerse el color
del iris, podrían convertir nuestras pupilas en remolinos.
16.9.19
Rodajas asimétricas
Hay cosas para las que la poesía no alcanza, cosas por las que bien podría deslizar el cuchillo en la muñeca en un intento por ahuyentar el recuerdo, la imagen que asalta los pequeños huecos de la memoria, entre el olor de los polvorones con azúcar y la mueca oxidada de una boca que maldice, maldice, maldice. Pero en vez de eso elijo picar una manzana verde en rodajas asimétricas, observar el salto dulce del agua que brota desde la pulpa blanca. Elijo acomodarme el cabello frente al espejo montado en la pared, arriba del frigobar, y observar con fascinación cada línea marcada en el rostro. Elijo respirar hondo y untar crema de coco en mi vientre, en mis pechos que no producen más el calostro ni el tibio manantial de la lactancia. Elijo girar el ventilador en dirección a mis hijas para que el calor se espante un poco y ellas jueguen a gusto; su fragilidad me deslumbra, intento no pensar en esas cosas de las que no puedo hablar. Pero se instalan sobre la corteza cerebral y entonces dejo de luchar contra ellas, las veo ir y venir sobre la pista neuronal como autos de carreras, ¿por qué debo liarme con la mente? Miro los pensamientos saltar acelerados, con voluntad propia, me siento en el borde de la cama a verlos pasar hasta que la carrera se agota y estoy de nuevo vacía, en esa quietud que precede a la sonrisa, a la esperanza, a los pies despegándose del suelo, al movimiento de la mano para servir la manzana en un bowl transparente y elevar la voz: "Mis amores, la comida está servida".
10.8.19
Hay días en que pierdo mi tristeza
Hay
días en que pierdo mi tristeza, no me refiero a los días en que ella no está
conmigo, sino a esos otros, cuando la empujo debajo de la cama o del sofá, como
cuando una barre apresuradamente porque vienen visitas. Y es que a veces hay
una niña llorando en la habitación porque no encuentra sus zapatos de bailarina
y tengo que ir, presta, a ver si juntas los hallamos; y es que a veces hay un
niño que sueña con ser hombre y me pregunta si nuestra especie va a sobrevivir
un 10% de lo que estuvieron los dinosaurios sobre la Tierra; y es que a veces
hay una sirena que abandonó su castillo rodeado de tritones y, aunque es feliz
conmigo, extraña las profundidades del mar; y es que a veces llega el casero a
recordarme que el calendario dio, ya, una vuelta completa; y es que a veces los
libros se acumulan en el umbral, con sus cientos de hojas manchadas de tinta. Y
entre todo ello la tristeza se me pierde, se me olvida dónde la he puesto, pero
sé que sigue aquí, en algún lugar de la casa, a un ladito de mis costillas o
arriba de la estufa que se yergue a media cocina como un monumento a mi torpeza
culinaria. Y como no le pongo atención a la tristeza, esta se vuelve una masa
pegajosa que va desprendiendo poco a poco un vapor gris. Porque ella necesita
ser vista, ser reconocida, ser abrazada. Solo así podrá salir de mi casa y
dejar espacio, de nuevo, para la alegría. La alegría, digo, no la dictadura de
la felicidad. Porque en este mundo donde nos obligan a sonreír, donde la
tristeza es la peste de la que nadie se quiere contagiar, es la habitante
vergonzosa a la que debemos esconder entre los cacharros cuando nos viene a ver
el publicista, el vecino, el mercadólogo, el estilista, estar triste es
traicionar los buenos principios de la gente educada. Y luego cuando una la
encuentra, por fin, agazapada como un animal en la esquina polvorienta del
clóset, viene la parte más difícil de la convivencia con ella: tocarla sin
dejar que nos devore –es comprensible su hambre, la hemos dejado ahí por horas,
tal vez años–; mirarla a los ojos sin perdernos en sus pupilas hondas, que sin
duda querrán succionarnos; decirle que siempre habrá un lugar para sus gritos,
pero vencer la tentación de ofrecerle un espacio en nuestra cama. Y luego
soltarla. Porque ella, en realidad, solo está aquí para decirnos algo acerca de
los huesos rotos o sobre las tumbas que se quedaron abiertas en la infancia,
algo que el gozo no podría decirnos jamás.
18.2.19
El viaje
Podría simplemente hacer mi maleta y no elucubrar. Pero ni siquiera cuando salgo a la tortillería dejo de preguntarme acerca del sentido o el accidente de estar aquí, de ser yo y no un manatí, por ejemplo, o mi vecina; luego veo que esa percepción de ser otra es tan ilusoria como el tiempo, en la región del alma (la psique) pasado y futuro no tienen significado, todo es un eterno presente y todos somos uno.








