Literatura & Psicología
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1.7.21

Consejos para leer este libro: la poética de Marisol Vera Guerra

#SiLaMuerteSeEnamoraDemí, Voces de Barlovento Editores, segunda edición, Tampico, 2021.

"Además del poeta parisiense autor de Las flores del mal, es posible encontrar, no solo en este libro, sino a lo largo de toda su obra poética, referencias y guiños a las lecturas y los autores que han hecho de Marisol Vera Guerra la poeta deslumbrante que es hoy. Por las páginas que siguen los lectores podrán encontrar ecos tan variopintos como los de Platón, Kafka, Camus, Sartre, Freud, Papini, Plath, Rulfo, Kierkegaard y Shakespeare, entre otros, que junto con versos irónicos o abiertamente chuscos (“tu estómago es hoy un buen amigo” o “[la gente prefiere antes que la felicidad] una tarjeta de puntos de Soriana”) equilibran con precisión quirúrgica la respuesta sensible que buscaban producir". Francisco Barrios 



 Puedes comprar el libro aquí: 

16.10.20

Estocolmo Videopoema performático


Nunca he abordado un avión que vaya a Estocolmo
no sé si es menester una llave
para desactivar bombas
o un gran martillo que rompa las piernas
de los secuestradores
en todo caso un bonito vestido
fácil de quitar de mi cuerpo
(hay que estar presentables
para la derrota)
pero lo juro
yo he estado ahí
he andado por sus calles
(en la memoria lucen más estrechas que en las fotos
y mucho más oscuras
diría: túneles o laberintos
en los que mis pies corren
al ritmo de las ratas cuando un barco
se hunde)
esta es la ciudad
donde no hay puertas
donde no se escuchan los gritos
donde los teléfonos fallan todos al mismo tiempo
donde nunca amanece
no hay Sol en estas casas
ni desagües para drenar la lluvia
y he estado ahí lo juro
(no me importa si piensas
que mi amor es una secta)
algunas noches
aún despierto envuelta en brumas
y puedo oír
cerca de mi cuello
la respiración del monstruo


4.6.20

12. Poesía de puertas abiertas/ Marisol Vera Guerra-México


"Me dormí con un Pit Bull y desperté con una cobra". Poema incluido en la Antología Audiovisual de Poesía: Poesía de puertas abiertas (Malpaso Ediciones, Honduras, 2021). Selección y edición a cargo del poeta Armando Maldonado.


Contacto del editor:

24.5.20

Dialéctica de las cicatrices


Proyecto poético visual 
en torno a la reconstrucción del cuerpo deshabitado.

Inquilinus.
 
 Cartografía de tres alumbramientos.
El manantial agotado.
  Búsqueda de la asimetría.
Mi cuerpo es mi Matria: 
el único lugar al que puedo llamar mío.


 

29.1.20

Las diosas paganas y Sade revisitado

Secretos a media noche, Sandra Julieth Idárraga Valencia, Ediciones Morgana, 2020.

Tlazolteotl es, en la cosmogonía mesoamericana, la diosa de la pasión y el apetito desmedido de los deseos: incita, pero también limpia la “suciedad” de esos arrebatos (catalogados por los frailes como “pecados”); era, así, venerada y temida por los hombres. En esta civilización originaria, que tuvo lugar sobre la parte media de América, como en Mesopotamia, oriente próximo, las diosas tenían un rol creador y destructor: Inanna, deidad de Uruk, era asociada con el desenfreno sexual, acto sagrado. Así, pues, en el origen de nuestras sociedades la sexualidad de la mujer (su poder generador de vida y de placer tanto como de muerte y catástrofe) fue objeto de veneración. Cuando las religiones politeístas, que expresaban simbólicamente la dualidad de la naturaleza humana, fueron abandonadas, el poder femenino quedó oculto. A través de siglos de lucha y resistencia este poder ha subyacido a la mayoría de las actividades civilizatorias, sin recibir validación. Hasta ahora.

Somos las mismas mujeres quienes hemos ido validando de nuevo nuestra voz, quienes hemos integrado nuestro cuerpo a los espacios públicos, y las poetas, particularmente, quienes han ido tejiendo la tela del porvenir con sus letras. Celebro que Sandra Julieth forme parte de esta reivindicación con una poesía fuerte y templada a la vez, que nos deja entrever ese poder creador-destructor de las diosas antiguas, las diosas paganas que incitan al deleite carnal y devoran pecados. Los poemas contenidos en esta opera brevis, a manera de rituales sacros, invitan al lector a ensuciarse de gozo y al mismo tiempo lo purifican devolviéndolo limpio e inocente a la vida cotidiana. 

Sandra ha recurrido a la literatura europea de los siglos XVIII y XIX para abrevar, acaso, ciertas concepciones del mundo, así vemos al Marqués de Sade paseándose entre líneas, pero la forma breve, concisa, obedece a los recursos contemporáneos dando licencia para sacar el verso de la ortodoxia gramatical con una dosis de orientalismo y lo que yo diría que es su paganismo natural. Me satisface, a través de mi sello editorial, asistir a la búsqueda y construcción de su voz poética que ya, desde ahora, se manifiesta libre, audaz, sin negar su sombra y sin dejar de abrazar la luz. 



mvg
Monterrey, México, octubre de 2019

28.1.20

Dios fue mejor cuando era tigre

Era del color de la noche la noche en que a mi madre 
se le oscureció el tiempo.
Leonardo Nin


Dios fue mejor cuando era tigre, Luisa Villa Meriño. Monterrey-Bogotá, 2020. Ediciones Morgana / Baraja Gráfica Editores.

Las voces de América Latina no deben permanecer ocultas, sino manifestarse con toda su riqueza lírica, su herencia cultural, desde sus raíces afro e indígenas, desde su mestizaje lingüístico, numinoso, estético. Así, con esta consciencia, la poeta Luisa Villa Meriño, oriunda del Copey (César), ha puesto en mis manos este bellísimo libro que, además de su valor poético nos provee, a los lectores, de elementos históricos y sociales para aproximarnos a las duras realidades vividas en el Caribe colombiano. 

     La historia oficial se ha contado desde los dogmas y esquemas validados por los círculos de poder, pero los cuerpos soterrados por la ignominia se han convertido en fruto, en flor, en rugido para entregarnos ahora una visión profunda del acontecer histórico, dolorosa sí, pero cargada de esperanza. Villa Meriño porta en sus versos la fuerza reivindicadora de los pueblos antiguos. Ha sido para mí un honor curar esta edición que, estoy segura, no pasará desapercibida.

     Así Ediciones Morgana, en conjunto con el magnífico trabajo de Baraja Gráfica Editores, coordinada por Eduard Andrés Barrera, pone a disposición del público lector el primer libro de poesía de esta autora comprometida con la oralidad de sus ancestros y con el porvenir de los hombres y las mujeres del Caribe Colombiano. 

     Este testimonio poético-simbólico, que acuña la imagen del tigre para denunciar las injusticias y para revelar la protección del monte, se integra a una lucha colectiva esgrimida desde la palabra.

     Agradecemos las hermosas ilustraciones hechas para el libro por Abel Antonio García Villa y Eliana García Meriño, padre y hermana respectivamente de Luisa, lo que le da un valor aun mayor a la edición. No podía ser de otra manera, este libro solamente podía nacer del amor y la complicidad entre amigos, amigas y familiares. Y será sin duda memorable.


mvg
Tampico, México, enero de 2020

19.8.19

Las huellas de la violencia después de un vínculo traumático


Cuando se ha vivido dentro de una relación violenta la vida no vuelve a la normalidad al acabarse este vínculo, así, de un día para otro. No. Dependiendo de muchos factores –entre ellos la gravedad de los hechos, el tiempo que duró la relación, los recursos internos de la persona agredida, las redes de apoyo– tendrán que pasar meses o años para que el tejido de la realidad se normalice por completo. Esto en el mejor de los casos, en no pocas ocasiones la paz no se recupera, las pesadillas no se acaban y en el cuerpo queda un recordatorio perenne de la agresión. 

A veces el saldo de una relación violenta es demasiado grande, se ha perdido literalmente todo. Me enfocaré en la agresión que sufrimos las mujeres, no porque los varones no puedan ser violentados, pero ustedes y yo estaremos de acuerdo en que la sociedad no agrede de manera sistemática y normalizada a los hombres, por ser hombres, cuestión que sí ha sucedido históricamente con nuestro género. Las estadísticas nos informan que en México “una de cada dos mujeres asesinadas muere en su hogar, mientras que en hombres es uno de cada cinco. También hay mayor varianza en cuanto a su edad. Mientras que los hombres asesinados se concentran entre los 15 y 44 años, entre las mujeres hay una mayor proporción de víctimas de 0 a 14 años y de 65 años o más” (Como se cuentan los feminicidios en México).

Es muy frecuente que en los casos de feminicidio el agresor haya tenido antes un vínculo sentimental o de confianza con la víctima. En otras ocasiones es por completo “circunstancial”, no había vínculo, solo la “mala suerte” de haber nacido con vagina y estar “en el lugar incorrecto”. ¿Bajo qué lógica una muchacha que se quedó dormida en el asiento trasero de un auto, por haber bebido alcohol, merece ser violada y asesinada con crueldad? 

Me centraré en los casos en que una mujer ha estado expuesta a la violencia cotidiana, psicológica y/o física, durante un periodo prolongado en un vínculo sentimental. Sus rutas de pensamiento se han adaptado, para sobrevivir, a las creencias y códigos del abusador y ella ha aprendido a vivir en un estado permanente de alerta. Pintemos el mejor de los panoramas posibles, donde el agresor deja de estar presente y ella puede ir lentamente recuperando su vida. ¿Cómo puede estar segura de que él no regresará? Si presentó denuncias por agresión es probable que estas simplemente se archiven y, a veces, el acusado ni siquiera se presente a declarar. Así queda viviendo junto a ella un fantasma, una soga invisible alrededor de su cuello que constantemente le amenaza con apretarse. Y si hay hijos de por medio, tanto peor la angustia. 

Hasta ahora se ha mantenido en los juzgados esa suposición irracional e incoherente de que un hombre que es agresor con la pareja puede ser al unísono un buen padre, como si se pudiera separar a Mr Hyde del doctor Jekyll, así, en aras del “interés superior del menor” más bien se avala el interés superior del agresor, quien muchas veces usará al hijo como medio para seguir teniendo poder sobre la mujer. 

No se considera en los juzgados que el niño o la niña, incluso si no ha sido blanco directo de la agresión, ha sido víctima de violencia vicaria y, por tanto, puede llegar a presentar los signos de estrés postraumático: ha estado viendo la película de horror sistemáticamente. Pregúntate tú, si cuando vas al cine tus emociones son esencialmente distintas de las que tienes en una circunstancia mundana. Cuando estamos viendo al asesino perseguir a la protagonista en la pantalla lo que nos salva la cordura es la conciencia de que la película acabará y volveremos al mundo real. Cuando hay violencia doméstica el niño testigo está siendo expuesto a la misma película, que no acaba, y él está dentro del escenario. La revinculación con el padre agresor es un tema complejo que requiere un ensayo meditado, por ahora me basta decir que no se debería hacer a la ligera, se da por hecho que las visitas vigiladas salvaguardan la integridad del menor, midiéndose el “nivel de peligrosidad” del padre de acuerdo a la agresión física visible, soslayándose lo destructiva que puede ser la violencia psicológica, especialmente cuando ha estado encubierta (¿cómo te defiendes de algo que no se ve ni se puede explicar?). Y eso sin meternos a fondo con perfiles psicopáticos, que son los maestros del disfraz y aplastan el Yo de los hijos desde la raíz aun sin tocarles un pelo de la cabeza. 

Volvamos a la mujer que después de un arduo proceso emocional ha logrado, por fin, dejar a su agresor o, quizá, ha salido huyendo del vínculo porque peligraba su vida o la de sus hijos. No es infrecuente el caso en el que a pesar del daño recibido sigue sintiendo apego. Un apego que nadie logra comprender, mucho menos ella misma, y que la hace sentirse culpable, cosa que familiares y vecinos le reafirman: está ahí “por gusto” o “por pendeja”. Debe enfrentarse, pues, al juicio moral. No se le ve como a una persona cuya química cerebral –sus receptores de dopamina, oxitocina, norepinefrina– está alterada igual que ocurre en cualquier proceso adictivo, que tiene menoscabada su autoestima y deteriorada la percepción de la realidad. 

El juicio moral va no solo por la relación que ha tenido sino sobre cómo afronta la separación. Si lo hace con dudas, que por qué no es más firme, que por qué no lo deja de una vez y ya, que entonces se merece lo que le pasa; si, por el contrario, hace acopio de fuerza y sigue su vida lo más normal posible, que por qué parece como que no está tan traumada, que a lo mejor no fue tan grave como dice, que a lo mejor se lo está inventando. Total, siempre pierde. 

Para defenderse de una realidad tan dolorosa la mente recurre a varios mecanismos como la represión o el bloqueo emocional. En el caso de que haya un apego fuerte hacia el agresor, durante el primer mes de la separación se tendrá un auténtico síndrome de abstinencia –recordemos que este apego no obedece a ninguna lógica–, entonces ella tendrá que apelar a su lucidez mental para mantenerse firme en su elección de dejarlo. En esto ayuda mucho tener redes de apoyo y un acompañamiento terapéutico. Aun si ya no hay un apego sentimental, el primer mes suele ser especialmente difícil, ella se sentirá presa del miedo a que el daño regrese, de que esa pequeña calma que se está empezando a construir le sea arrebatada de golpe. A su cerebro le cuesta creer todavía todo lo que ha pasado.

Quizá se desarrolle el Trastorno por Estrés postraumático que la hace reexperimentar los eventos violentos y afecta su funcionalidad. Es posible que en medio año o menos los síntomas ya hayan remitido, pero aun en las mujeres más resilientes quedarán aristas que tardarán en sanar. Algunas veces los síntomas no se manifestarán de inmediato, sino algunos meses después de los eventos traumáticos, y otras veces se volverán crónicos para derivar en lo que la psiquiatra Judith Herman denominó Trastorno por Estrés Postraumático Complejo. 

A muchas de las mujeres que han salido de una relación violenta les resultará extraña la ternura. En especial si antes de este vínculo traumático tuvieron otros, más si fue desde la infancia. Cuando empiezan a hacer el trabajo de poner atención sobre sí mismas y autocuidarse, se descubren sorprendidas ante los gestos de empatía o de amor. No saben descifrar lo que hay detrás de un saludo, de un abrazo, de una simple palabra, están tan desacostumbradas a que alguien las escuche, las valore, las cuide. Han interiorizado la violencia a tal grado que a veces se resisten a ser tratadas de otra forma. Que a veces se han vuelto iracundas. Que a veces se les ha congelado el humor y han olvidado cómo abrazar a los hijos, a las hermanas, a sí mismas. Descubrirán a menudo la voz del agresor en su cabeza y se pillarán repitiendo sus frases, siguiendo sus códigos, haciendo sus rituales en una lealtad silenciosa. Y tendrán miedo de hablar sobre esto porque quedarían como “locas”. Ni siquiera logran explicar cómo es que no disfrutan de las cosas más simples o por qué a veces todavía alimentan la fantasía de una vida juntos en la que él se arrepiente, cambia, se hace “bueno” o por qué se intentan convencer a sí mismas de que ellas no son “inadecuadas”, como si cada pequeño evento cotidiano les confirmara algo malo de sí mismas. Luego, cuando sientan que su vida se ha recuperado en buena medida, de repente, una madrugada despertarán bañadas en llanto con una sensación de angustia inexplicable.

Todo esto que he descrito será “en el mejor de los casos”, cuando el agresor ya no está físicamente, pero muchas de estas mujeres no logran deshacerse del vínculo, o lo deshacen y rehacen una y otra vez. O lo intentan romper y el violentador en su frustración por no poder controlarlas más les arrebata la vida. Otras veces “las deja ir”, pero procura seguirlas jodiendo a distancia. 

Si una mujer es sobreviviente de un vínculo traumático, un acompañamiento, los grupos de apoyo, las lecturas orientadas al autocuidado, serán de mucha ayuda en su proceso de liberación emocional. En cualquier caso este proceso es como una espiral que a ratos asciende y a ratos retrocede, hay que tenernos paciencia. Las huellas de la violencia son difíciles de erradicar. A menudo harán falta años para reconstruir la persona, el alma y la dignidad humana.


22.3.19

Este cuento no se ha acabado

por Carmen Ávila
Saltillo, México 9 de Febrero de 2019

Este cuento no se ha acabado (E vissero infelici e contente)
Silvia Favaretto. Ediciones Morgana, 2019. 

Hace muchos años escribí unos poemas donde las voces de los mismos eran de las princesas de los cuentos clásicos de hadas. Sin embargo, lejos de recrear los cuentos originales en mis versos, hablaban desde la voz de las mujeres comunes y corrientes, denunciando la violencia de la sociedad y la opresión.

Hoy llega a mis manos el libro de la poeta veneciana Silvia Favaretto y leerlo me causa un sentimiento entre la sorpresa y el regocijo. Siempre he dicho que los poetas somos “los hijos de nuestro tiempo” y que estamos hermanados por un espíritu que nos hace cantar los mismos temas en varios idiomas. Es como si estuviéramos creando la gran obra donde todos aportamos al lenguaje universal, las ideas que no necesita traducción. El espíritu de la poesía contemporánea se extiende por todo el globo terráqueo y los poetas nos sentimos con el deber de denunciar las injusticias, exaltar la belleza y la fealdad del mundo o simplemente hacerles notar a los distraídos que la vida todavía nos puede llenar de asombro, de alegría desbordante o de llanto, que lo que hemos observado no se pierda, nunca se lo lleve el tiempo y sea eterno en un verso. La poesía es revolución y revuelta sin armas, proporciona un cambio de conciencias y de paradigmas sin derramamiento de sangre. Crea también un cambio cultural, eso es lo maravilloso de la poesía.

Hoy más que nunca, he observado que las voces femeninas que estamos escribiendo poesía estamos contando la historia ignorada por muchos años, esa historia de la literatura en donde nos hicieron callar a la fuerza: la historia de las mujeres, la historia de la otra parte de la humanidad. En América Latina, en África y en Asia, las mujeres estamos alzando la voz. Sin embargo, nosotras todavía no hemos conquistado muchos derechos que las mujeres en Europa tienen de los cuales ya ni siquiera existe discusión.

La lucha por la equidad, los derechos, el fin de la violencia, es la lucha del día a día México, por eso celebro que el libro de Silvia se haya impreso en nuestro país por ediciones Morgana, dirigida por la poeta Marisol Vera, quien también es una luchadora por los derechos de las mujeres y contra la violencia en México. El libro de Silvia es un libro necesario, que contribuye a esto que he venido discutiendo. Sus versos, desmitifican el papel de la mujer que tradicionalmente se nos hizo aprender a través de los cuentos de hadas. Los poemas de Silvia deconstruyen a la “damisela en apuros” y la presentan como una mujer empoderada, independiente, dueña de su propio destino. Una mujer que necesita la sociedad, que requiere estos tiempos. Subrayo los versos que tienen tanta belleza como verdad: “el amor romántico es la peor herencia que nuestras madres pudieron dejarnos”. En los poemas de Silvia no hay más amor romántico de los cuentos de hadas, hay una reafirmación del hecho tan grande y hermoso que nos pudo suceder en esta vida: ser mujeres, ser libres, tenernos a nosotras mismas y luchar.
Aunque en sus versos hace un homenaje a varias poetas latinoamericanas como Alfonsina Storni y Alejandra Pizarnik, tras leer los versos de Silvia no puedo sino recordar la voz de la poeta Alda Merini. Sí, la poesía crea esa sororidad tan necesaria entre las mujeres: es un puente. La poesía de Silvia está trazando caminos y puentes entre el italiano y el español y entre las mujeres de Europa y América Latina, celebro esta hermandad. 





Fotografías: Retrato de Silvia Favaretto. Imágenes de la presentación y lectura del libro en la sede de la asociación Progetto 7LUNE y en el estudio de Luana Segato. Venecia, Italia. 2019.



11.2.19

Poesía para deconstruir

Este cuento no se ha acabado, E vissero infelici e contente (Ediciones Morgana, 2019), de Silvia Favaretto.

Desde la primitiva época en que el ser humano se hizo consciente de su propia existencia –al contemplar azorado el poder de la naturaleza –, sintió la necesidad de narrarse. El mito fue la forma que la joven psique encontró para enfrentarse a la posibilidad de estar sola ante el inmenso vacío del tiempo. El padre sol, día a día, renovaba la vida mientras la madre Tierra era fecundada por la lluvia. Ante el miedo latente de que los dioses olvidaran sus quehaceres, hombre y mujer hicieron rituales, cantos y ofrendas para mantener los ciclos vitales. Ahí, en esa infancia de la humanidad, nacieron las imágenes primordiales que darían lugar a los arquetipos. Y fue la literatura oral la primera en recoger el mito. 

La civilización, en sus dos vertientes originarias, en Mesoamérica y en Mesopotamia, tuvo la naturaleza y la sexualidad femeninas como sagradas. Al paso de los siglos, los númenes fueron expulsados de la mente por la racionalidad. El empobrecimiento de los símbolos, especialmente aquellos que representan la psique femenina, corrió paralelo a la explotación de la Tierra. “No es ninguna casualidad –señala Clarissa Pinkola Estés– que la prístina naturaleza virgen de nuestro planeta vaya desapareciendo a medida que se desvanece la comprensión de nuestra íntima naturaleza salvaje”. 

Los cuentos de hadas han sido uno de los vehículos del inconsciente para conservar el símbolo. Pero, dado que princesas y brujas, en su largo camino hacia la posmodernidad, fueron mutiladas para volverse figuras maniqueas y no duales, seres incompletos y no portadores del inmenso poder creador-destructor de las mujeres, ha sido necesario que seamos las mismas mujeres quienes tomemos el símbolo y lo revitalicemos. Es el ejercicio, lúcido y no carente de riesgo, que hace la poeta y artista visual veneciana Silvia Favaretto en este libro. El riesgo consiste (como, ya, la misma autora lo comprobó al exponer su obra) en remover las aguas del inconsciente, tan pudorosamente aquietadas por el sistema.

Es así como Este cuento no se ha acabado, que en italiano lleva el título de E vissero infelici e contente se inserta en la labor de deconstrucción necesaria en nuestra sociedad globalizada para reintegrar los arquetipos femeninos a su lugar sagrado y, al unísono, dejar de depredar la Tierra. 

Nos encontraremos en estas páginas a muchas de las princesas de los cuentos con las que crecimos, pero nos narran otra versión de la historia. Así, por ejemplo, vemos una Blancanieves que no es tan blanca y admira secretamente a su madrastra –¿por qué habríamos de estar en guerra entre nosotras?– y a una Bella que, lejos de intentar huir, se entrega con placer al amor salvaje: ¿Quién quiere un príncipe / si puede tener una bestia?

Los poemas, escritos con esmero y una buena dosis de refinada ironía, nos ofrecen la posibilidad de integrar las distintas facetas de lo femenino al margen del estereotipo. La autora, además, en su labor de traductora, ha concebido el verso en su lengua madre, el italiano, y –pensando generosamente en Latinoamérica– en español. Celebremos, pues, la vida y la feminidad en toda su fuerza a través de la poesía.


Poesia per de-costruire


Dalla primordiale epoca in cui l’essere umano è divenuto cosciente della sua stessa esistenza – contemplando spaventato il potere della Natura -, ha sentito la necessità di raccontarsi. Il mito è stato la forma che la giovane psiche ha trovato per affrontare la possibilità di trovarsi da sola di fronte all’immenso vuoto del tempo. Il padre Sole, giorno dopo giorno, rinnovava la vita mentre la madre Terra veniva fecondata dalla pioggia. Di fronte al timore latente che gli dei dimenticassero i loro doveri, uomini e donne inventarono rituali, canti e offerte per mantenere in moto i cicli vitali. Lì, nell’infanzia dell’umanità, nacquero le immagini primordiali che avrebbero dato luogo agli archetipi. Ed è stata la letteratura orale la prima a raccogliere il mito.

La civiltà, dai suoi due versanti originari, in Mesoamerica e in Mesopotamia, ha considerato la Natura e la sessualità femminile come sacre. Col passare dei secoli, i numi sono stati espulsi dalla mente da parte della razionalità. L’impoverimento dei simboli, specialmente quelli che rappresentano la psiche femminile, avvenne parallelamente allo sfruttamento della Terra. “Non è un caso –segnala Clarissa Pinkola Es­tés– primordiale natura vergine del nostro pianeta stia sparendo man mano che sparisce la comprensione della nostra intima natura selvaggia”.

Le favole sono state uno dei veicoli dell’inconscio per conservare il simbolo. Tuttavia, dato che principesse e streghe, nel loro lungo cammino verso la postmodernità, sono state mutilate per divenire figure manichee e non duali, esseri incompleti e non portatori dell’immenso potere creatore e distruttore delle donne, è stato necessario che fossero le stesse donne a raccogliere il simbolo e restituirgli vita. E’ l’esercizio, lucido e non carente di rischi, che fa la poeta e artista veneziana Silvia Favaretto in questo libro. Il rischio consiste (come, la stessa autrice ha già sperimentato esponendo la sua opera) nel rimestare le acque dell’inconscio, così pudicamente mantenute calme dal sistema.

E’ così che Este cuento no se ha acabado, che in italiano si intitola E vissero infelici e contente  si inserisce nell’opera di de-costruzione necessaria nella nostra società globalizzata per reintegrare gli archetipi femminili al loro luogo sacro e, all’unisono, smettere di depredare la Terra. Ritroveremo in queste pagine molte delle principesse dei racconti coi quali siamo cresciuti, ma ci narrano un’altra versione dei fatti. Così, ad esempio, vediamo una Biancaneve che non è così bianca e ammira in segreto la sua matrigna perché dovremmo essere in guerra una contro l’altra? –e una Bella che, senza alcuna intenzione di fuggire, si abbandona con piacere all’amore selvaggio: Chi vuole un principe/ se può avere una bestia?


Le poesie, scritte con accuratezza e una buona dose di raffinata ironia, ci offrono la possibilità di integrare le diverse sfaccettature del femminile aggiungendole a ciò che hanno ridotto a stereotipo. L’autrice, inoltre, dedicandosi alla traduzione, ha concepito i versi nella sua lingua madre, l’italiano, ma pensando anche generosamente all’America Latina, in spagnolo. Celebriamo, dunque, la vita e la femminilità in tutta la sua forza attraverso la poesia.



Traducción al italiano / ilustraciones: Silvia Favaretto.

12.7.17

Contra los dictados del depredador


Desde que comencé a compartir información acerca de la equidad de género y la denuncia del machismo, incluyendo mi propio testimonio poético, he visto ciertas reacciones que, aunque pude haber esperado, no han dejado de sorprenderme. Algunos lectores, ora desconocidos, ora buenos amigos o familiares, han coincidido en un punto: la tendencia a creer o al menos poner en duda si no estaremos las mujeres que hemos vivido ciclos de violencia "buscando" a nuestros agresores para lograr un “empoderamiento tipo víctima” o para “convertirnos en heroínas” o por una necesidad de aprobación y consuelo de otras almas lastimadas.

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No diré que una mente no sea capaz de torcer sus afectos y llegar a estas motivaciones subyacentes, no sé si un poco perversas, pero dudo mucho que el sueño de alguna mujer sea terminar colgada de una caseta telefónica, empalada con una escoba o apuñalada en su recámara.
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Muchas mujeres que cíclicamente nos hemos involucrado en situaciones nocivas: un trabajo, un matrimonio, un estilo de vida, cualquier situación que al principio era deslumbrante y acabó siendo un martirio, contrario a lo que la apariencia apunta, no buscamos aumentar el sufrimiento. La trampa consiste, precisamente, en lo contrario: la búsqueda del placer, de cierta imagen del Paraíso o de un ideal.
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Muy a menudo las experiencias tempranas de la vida no nos proporcionaron los elementos psíquicos necesarios para desarrollar una consciencia real del peligro; quizá no nos estimularon lo suficiente para confiar en nuestras propias percepciones. No reconocemos las señales de riesgo o no les hacemos caso aunque estén allí parpadeando ante nuestros ojos. Además, gran parte de la violencia hacia nuestro género ha estado normalizada.
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Una opresión histórica nos ha limitado sistemáticamente para desarrollarnos en los distintos ámbitos (profesional, personal, económico, etc.), más a menudo nos han enseñado a ser condescendientes y amables mientras a los varones se les enseña a competir, a ser directos y hasta invasivos (lo cual deriva en baja tolerancia a la frustración y falta de empatía). Por si fuera poco, una porción de las mujeres se convierten ellas mismas en guardianas de la tradición y se encargan de someter, juzgar y desvalorizar a las demás y otra porción, a fin de rebelarse intentan cortar drásticamente con todo lo que huela a feminidad, mutilándose a sí mismas.
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Este encarcelamiento sistemático y normalizado del instinto femenino hace que muchas de nosotras, especialmente si somos sensibles y creativas, nos sintamos como lobas hambrientas, desesperadas por encontrar “eso” que nos hace falta y que no sabemos ni siquiera qué es.
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Cuando estamos tan hambrientas de vida, de amor y de creatividad, si no tenemos la pericia que nos hace advertir y sopesar el peligro, mordemos fácilmente los cebos, las promesas de aventura y de pasión, las cosas que parecen una fuga del dolor o anticipar alegrías intensas y es posible que sí nos las den, pero el precio es muy alto, al final podemos perder incluso la vida.
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Se llega al grado en que el cerebro se condiciona a las descargas de oxitocina, adrenalina y otras sustancias en un proceso adictivo. Quien ha trabajado con adictos sabe que el consumo de la sustancia va aumentando precisamente porque estos tratan de detener la ansiedad y lo único que les ofrece la ilusión inmediata de sosiego es volver a ingerirla. Y, créanme, siempre habrá alguien dispuesto a aprovechar esta vulnerabilidad. Hay muchos sociópatas y manipuladores integrados a la sociedad; según algunas estadísticas, la proporción es más o menos de cada 5 personas con perfiles sociopáticos, 4 son varones. ¿Herencia, aprendizaje, o un binomio de ambas cosas es lo que lo desencadena?
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Las personas con un perfil agresor, especialmente los sociópatas o psicópatas, tienden a buscar como complementos a quienes tienen un alto grado de empatía y tendencia a perdonar. No es raro que busquen también algunas cualidades deseables en su objetivo, como un alto desarrollo profesional, talento o belleza física; especialmente los agresores de tipo narcisista, pues son como vampiros psíquicos que buscan apropiarse de los recursos de los demás, tanto materiales como personales. El agresor hace, entonces (aprovechando esta susceptibilidad de la víctima), un entrenamiento mental dentro de un ciclo de idealización-desvalorización que gradualmente le va distorsionando la percepción de la realidad. Recordemos que esta distorsión se liga con procesos químicos en el cerebro y con el aval social de la violencia.
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Además, dentro de las relaciones conflictivas, la fase del ciclo de la violencia que consiste en la acumulación de la tensión (ahora lo sé) puede durar periodos muy prolongados lo que hace que se forme una burbuja en la que parece no pasar nada, y aunque haya siempre indicadores no hay uno lo suficientemente fuerte que sacuda la consciencia. Pero tarde o temprano esta tensión acumulada estallará en una gran explosión y, lamentablemente, entre más prolongado y “pacífico” haya sido el periodo de acumulación de la tensión más violento será el arrebato y estos ciclos son progresivos. No importa qué tan lejos creas que han llegado, la próxima vez será peor, te lo aseguro. Es mejor no quedarnos a averiguar qué sigue.
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En ocasiones ni siquiera hay en nosotras una búsqueda de experiencias intensas, sino un deseo de quietud, de un remanso de paz, pero no sabemos cómo, dónde, con qué recursos alcanzar ese estado. Esto no es relativo a la edad cronológica. Cada mujer sigue un proceso individual y podemos hallar mujeres jóvenes muy maduras y a otras en la adultez que aún son bastante ingenuas. O podemos ser maduras y sensatas en unas áreas de nuestra vida y en otras estar completamente desprotegidas.
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Esto lo he observado con frecuencia en mujeres que tenemos una inclinación artística o vocación de cuidadoras, pues nos orientamos más hacia el área de las sensaciones que hacia la lógica o el pragmatismo. Y a menudo arrastramos un complejo de salvadoras: queremos curar al otro porque estamos heridas. En efecto, nuestras heridas pueden ser la base sobre la que se construya el autoconocimiento y, por tanto, el conocimiento de los otros, pero antes de que ello suceda hemos de apreciar lo que está oculto bajo la carne, sacar la pus, limpiar la sangre coagulada; si no hacemos rigurosamente esta limpieza lo único que conseguiremos será herirnos más.
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Quizá solo intentamos ir con el flujo de la vida, pero hay ciertos vacíos en nuestro interior que nos vuelven vulnerables a esa clase de depredadores.
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Cuando una persona es víctima de maltrato atraviesa etapas en las cuales no logra darse cuenta de sus recursos interiores para enfrentar y solucionar su situación. Esto no es relativo al grado de estudios formales ni a una cuestión intelectual, se trata de que las emociones están enganchadas dentro de un proceso destructivo.
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Hay hombres y mujeres que pueden ser víctimas de abuso, tanto dentro de sus relaciones estables con otras personas, como fortuitamente, pero según las estadísticas, en el caso de los varones están más expuestos a ser víctimas de violencia aquellos con poca educación formal y con pocas oportunidades de desarrollo material y profesional; en el caso de las mujeres, aunque existan circunstancias de mayor vulnerabilidad que otras, en comparación con los hombres estamos mucho más expuestas que ellos a ser agredidas dentro de todos los estratos sociales, incluso si existe mayor educación formal. La violencia se encuentra, pues, más generalizada hacia nosotras.
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Según un estudio realizado en México "Casi al 70% de los hombres los asesinan con un arma de fuego, mientras que entre mujeres es apenas el 40%. Respecto a hombres, a las mujeres mexicanas las ahorcan, las ahogan, las golpean, las acuchillan, o las envenenan. Una de cada dos mujeres asesinadas muere en su propia casa".
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Este último dato es escalofriante. Significa que más o menos el cincuenta por ciento de las mujeres asesinadas, al menos en nuestro país, mueren sin salir de su casa; podemos inferir que el agresor podría ser un familiar o una persona cercana a la familia.
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Las mujeres, todas, necesitamos hacer una pausa y revisarnos a profundidad y consciencia. En mi caso, hasta hace relativamente poco tiempo comencé a ser consciente no solo de las agresiones visibles y drásticas sobre mi persona sino de aquellas más sutiles y encubiertas que he recibido desde la infancia, incluyendo desvalorizaciones “amorosas” del tipo “tú eres demasiado frágil para hacer esto”.
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No es nuestra culpa ser lastimadas por otros pero sí es nuestra responsabilidad comprender qué elementos de nuestra personalidad nos hacen vulnerables.
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Solo le haremos frente a la realidad cuando seamos capaces de mirar ese cuarto oscuro de la mente, donde sangran nuestras heridas, y de escuchar con atención la voz interior, la de la intuición, la que nos dice cuáles son esas señales de alerta que debemos observar para no morder los cebos, para no salir corriendo en busca de Paraísos ni para fugarnos del dolor cotidiano, el tedio o la tristeza. Lo expresa muy bien Clarissa Pinkola Estés en Mujeres que corren con los lobos: "Si una mujer no contempla las cuestiones de su propia muerte y su propio asesinato, seguirá obedeciendo los dictados del depredador".
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Dos cosas muy importantes que necesitamos hacer para protegernos de los depredadores son delimitar nuestras fronteras personales y procurar no tener vacíos, o al menos estar conscientes de cuáles son, para que no tratemos de llenarlos con la primera ilusión que se nos aparezca.
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Actualmente enfoco una parte de mi labor artística a una esfera social, por la equidad de género y la prevención de la violencia, porque asumo la responsabilidad de compartir lo que he aprendido tanto de mis vivencias como de mis lecturas y mi acercamiento a muchas otras mujeres. Pero no es mi único discurso, hay quienes conocen mi trabajo sobre la Huasteca y mi amor hacia los pueblos originarios o mi afición a la física, la arqueología y la mitología. ¡Suspiro al pensar en todo lo que quiero hacer y escribir!
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La escritura es una herramienta para profundizar en mi propio yo y para revelarme (con “v” y con “b”). He tenido etapas de plenitud y felicidad; también he rodado a los abismos. He encontrado en el camino a mucha gente que dice identificarse con lo que escribo, especialmente mujeres, pero no, no son almas que me consuelan en un sentido estoico, sino simplemente almas que han asumido su experiencia y que están en la búsqueda de sí mismas.
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No llega una a encontrarse a sí misma y se queda estática, puesto que a lo largo de la vida nos vamos reconstruyendo; a veces es necesario dejar morir una parte nuestra para que nazca otra más madura. Y si en el proceso fracasamos, ¿qué?, pues nos levantamos, juntamos nuestros huesos rotos y volvemos a empezar.