Literatura & Psicología
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5.4.20

Que nadie me arrebate mi melancolía


En las últimas dos semanas he pasado, diariamente, por toda la gama de emociones, desde la paz mental, la alegría y la esperanza hasta el enojo y la angustia, y de regreso. Pero no niego ninguno de mis estados, necesito sentirlos, no identificarme con ellos ni dejar que me desboquen, pero sí sentirlos, pues este contacto con mi parte emocional sin juzgarme es lo que me permitirá fluir de nuevo en la vida y no quedarme bloqueada.

No quiero que nadie venga y me arrebate mi melancolía o mi miedo; no quiero que vengan los dictadores de la felicidad a alegrarme; lo que quiero es dialogar con todas y cada una de mis emociones; entenderlas e integrarlas en mi consciencia. Este miedo, por ejemplo, tiene un componente adaptativo; muchas veces en el pasado me expuse a un peligro porque no se me activaba el miedo a tiempo o, al contrario, se me activaba de manera desproporcionada en situaciones donde no había un riesgo real. Tuvo que pasar, pues, toda una vida para que mi cuerpo aprendiera a tener un miedo adaptativo, normal, congruente.

Ciertamente me gustaría vivir más tiempo, pero si no fuera así no me aterro: he sido feliz, me he dedicado a lo que más amo, he disfrutado de mi cuerpo y de los amaneceres; he encontrado amigos, amigas y amantes por los que ha valido la pena el paso por este mundo, he cumplido casi todas las cosas con las que soñé de niña, y he reído, ¡vaya que he reído! Pero no quisiera dejar a mis hijos desprotegidos, y no quisiera que les haga falta el pan en la mesa. Quiero que ellos tengan la misma oportunidad que tuve yo de crecer y realizar sus sueños, que se rebelen, que lleguen un día a la casa con una duda existencial y se refugien en mis brazos, en mis palabras; luego, que huyan de mí y corran hacia sí mismos, y regresen convertidos en adultos.

El panorama económico y social tiene muchas aristas ahora, ¿qué podemos ofrecerle al mundo en crisis las personas que nos dedicamos a las artes? Las que no somos médicos ni producimos alimentos. He pasado desde la sensación de completa inutilidad hasta la de absoluta fe en la escritura, y de regreso. No me siento culpable de perder a ratos la alegría, si algo he aprendido en la vida ha sido a dialogar con mis fracasos, a sentarme a tomar el té con mis fantasmas, a abrazar a la niña que por momentos vuelve a estar confundida dentro de mí. Esta es la naturaleza humana. Todos necesitamos arropar aquello que tiembla en nuestro interior, porque solo de ese abrazo que no niega la tristeza, ni el dolor puede resurgir la armonía.


19.8.19

Las huellas de la violencia después de un vínculo traumático


Cuando se ha vivido dentro de una relación violenta la vida no vuelve a la normalidad al acabarse este vínculo, así, de un día para otro. No. Dependiendo de muchos factores –entre ellos la gravedad de los hechos, el tiempo que duró la relación, los recursos internos de la persona agredida, las redes de apoyo– tendrán que pasar meses o años para que el tejido de la realidad se normalice por completo. Esto en el mejor de los casos, en no pocas ocasiones la paz no se recupera, las pesadillas no se acaban y en el cuerpo queda un recordatorio perenne de la agresión. 

A veces el saldo de una relación violenta es demasiado grande, se ha perdido literalmente todo. Me enfocaré en la agresión que sufrimos las mujeres, no porque los varones no puedan ser violentados, pero ustedes y yo estaremos de acuerdo en que la sociedad no agrede de manera sistemática y normalizada a los hombres, por ser hombres, cuestión que sí ha sucedido históricamente con nuestro género. Las estadísticas nos informan que en México “una de cada dos mujeres asesinadas muere en su hogar, mientras que en hombres es uno de cada cinco. También hay mayor varianza en cuanto a su edad. Mientras que los hombres asesinados se concentran entre los 15 y 44 años, entre las mujeres hay una mayor proporción de víctimas de 0 a 14 años y de 65 años o más” (Como se cuentan los feminicidios en México).

Es muy frecuente que en los casos de feminicidio el agresor haya tenido antes un vínculo sentimental o de confianza con la víctima. En otras ocasiones es por completo “circunstancial”, no había vínculo, solo la “mala suerte” de haber nacido con vagina y estar “en el lugar incorrecto”. ¿Bajo qué lógica una muchacha que se quedó dormida en el asiento trasero de un auto, por haber bebido alcohol, merece ser violada y asesinada con crueldad? 

Me centraré en los casos en que una mujer ha estado expuesta a la violencia cotidiana, psicológica y/o física, durante un periodo prolongado en un vínculo sentimental. Sus rutas de pensamiento se han adaptado, para sobrevivir, a las creencias y códigos del abusador y ella ha aprendido a vivir en un estado permanente de alerta. Pintemos el mejor de los panoramas posibles, donde el agresor deja de estar presente y ella puede ir lentamente recuperando su vida. ¿Cómo puede estar segura de que él no regresará? Si presentó denuncias por agresión es probable que estas simplemente se archiven y, a veces, el acusado ni siquiera se presente a declarar. Así queda viviendo junto a ella un fantasma, una soga invisible alrededor de su cuello que constantemente le amenaza con apretarse. Y si hay hijos de por medio, tanto peor la angustia. 

Hasta ahora se ha mantenido en los juzgados esa suposición irracional e incoherente de que un hombre que es agresor con la pareja puede ser al unísono un buen padre, como si se pudiera separar a Mr Hyde del doctor Jekyll, así, en aras del “interés superior del menor” más bien se avala el interés superior del agresor, quien muchas veces usará al hijo como medio para seguir teniendo poder sobre la mujer. 

No se considera en los juzgados que el niño o la niña, incluso si no ha sido blanco directo de la agresión, ha sido víctima de violencia vicaria y, por tanto, puede llegar a presentar los signos de estrés postraumático: ha estado viendo la película de horror sistemáticamente. Pregúntate tú, si cuando vas al cine tus emociones son esencialmente distintas de las que tienes en una circunstancia mundana. Cuando estamos viendo al asesino perseguir a la protagonista en la pantalla lo que nos salva la cordura es la conciencia de que la película acabará y volveremos al mundo real. Cuando hay violencia doméstica el niño testigo está siendo expuesto a la misma película, que no acaba, y él está dentro del escenario. La revinculación con el padre agresor es un tema complejo que requiere un ensayo meditado, por ahora me basta decir que no se debería hacer a la ligera, se da por hecho que las visitas vigiladas salvaguardan la integridad del menor, midiéndose el “nivel de peligrosidad” del padre de acuerdo a la agresión física visible, soslayándose lo destructiva que puede ser la violencia psicológica, especialmente cuando ha estado encubierta (¿cómo te defiendes de algo que no se ve ni se puede explicar?). Y eso sin meternos a fondo con perfiles psicopáticos, que son los maestros del disfraz y aplastan el Yo de los hijos desde la raíz aun sin tocarles un pelo de la cabeza. 

Volvamos a la mujer que después de un arduo proceso emocional ha logrado, por fin, dejar a su agresor o, quizá, ha salido huyendo del vínculo porque peligraba su vida o la de sus hijos. No es infrecuente el caso en el que a pesar del daño recibido sigue sintiendo apego. Un apego que nadie logra comprender, mucho menos ella misma, y que la hace sentirse culpable, cosa que familiares y vecinos le reafirman: está ahí “por gusto” o “por pendeja”. Debe enfrentarse, pues, al juicio moral. No se le ve como a una persona cuya química cerebral –sus receptores de dopamina, oxitocina, norepinefrina– está alterada igual que ocurre en cualquier proceso adictivo, que tiene menoscabada su autoestima y deteriorada la percepción de la realidad. 

El juicio moral va no solo por la relación que ha tenido sino sobre cómo afronta la separación. Si lo hace con dudas, que por qué no es más firme, que por qué no lo deja de una vez y ya, que entonces se merece lo que le pasa; si, por el contrario, hace acopio de fuerza y sigue su vida lo más normal posible, que por qué parece como que no está tan traumada, que a lo mejor no fue tan grave como dice, que a lo mejor se lo está inventando. Total, siempre pierde. 

Para defenderse de una realidad tan dolorosa la mente recurre a varios mecanismos como la represión o el bloqueo emocional. En el caso de que haya un apego fuerte hacia el agresor, durante el primer mes de la separación se tendrá un auténtico síndrome de abstinencia –recordemos que este apego no obedece a ninguna lógica–, entonces ella tendrá que apelar a su lucidez mental para mantenerse firme en su elección de dejarlo. En esto ayuda mucho tener redes de apoyo y un acompañamiento terapéutico. Aun si ya no hay un apego sentimental, el primer mes suele ser especialmente difícil, ella se sentirá presa del miedo a que el daño regrese, de que esa pequeña calma que se está empezando a construir le sea arrebatada de golpe. A su cerebro le cuesta creer todavía todo lo que ha pasado.

Quizá se desarrolle el Trastorno por Estrés postraumático que la hace reexperimentar los eventos violentos y afecta su funcionalidad. Es posible que en medio año o menos los síntomas ya hayan remitido, pero aun en las mujeres más resilientes quedarán aristas que tardarán en sanar. Algunas veces los síntomas no se manifestarán de inmediato, sino algunos meses después de los eventos traumáticos, y otras veces se volverán crónicos para derivar en lo que la psiquiatra Judith Herman denominó Trastorno por Estrés Postraumático Complejo. 

A muchas de las mujeres que han salido de una relación violenta les resultará extraña la ternura. En especial si antes de este vínculo traumático tuvieron otros, más si fue desde la infancia. Cuando empiezan a hacer el trabajo de poner atención sobre sí mismas y autocuidarse, se descubren sorprendidas ante los gestos de empatía o de amor. No saben descifrar lo que hay detrás de un saludo, de un abrazo, de una simple palabra, están tan desacostumbradas a que alguien las escuche, las valore, las cuide. Han interiorizado la violencia a tal grado que a veces se resisten a ser tratadas de otra forma. Que a veces se han vuelto iracundas. Que a veces se les ha congelado el humor y han olvidado cómo abrazar a los hijos, a las hermanas, a sí mismas. Descubrirán a menudo la voz del agresor en su cabeza y se pillarán repitiendo sus frases, siguiendo sus códigos, haciendo sus rituales en una lealtad silenciosa. Y tendrán miedo de hablar sobre esto porque quedarían como “locas”. Ni siquiera logran explicar cómo es que no disfrutan de las cosas más simples o por qué a veces todavía alimentan la fantasía de una vida juntos en la que él se arrepiente, cambia, se hace “bueno” o por qué se intentan convencer a sí mismas de que ellas no son “inadecuadas”, como si cada pequeño evento cotidiano les confirmara algo malo de sí mismas. Luego, cuando sientan que su vida se ha recuperado en buena medida, de repente, una madrugada despertarán bañadas en llanto con una sensación de angustia inexplicable.

Todo esto que he descrito será “en el mejor de los casos”, cuando el agresor ya no está físicamente, pero muchas de estas mujeres no logran deshacerse del vínculo, o lo deshacen y rehacen una y otra vez. O lo intentan romper y el violentador en su frustración por no poder controlarlas más les arrebata la vida. Otras veces “las deja ir”, pero procura seguirlas jodiendo a distancia. 

Si una mujer es sobreviviente de un vínculo traumático, un acompañamiento, los grupos de apoyo, las lecturas orientadas al autocuidado, serán de mucha ayuda en su proceso de liberación emocional. En cualquier caso este proceso es como una espiral que a ratos asciende y a ratos retrocede, hay que tenernos paciencia. Las huellas de la violencia son difíciles de erradicar. A menudo harán falta años para reconstruir la persona, el alma y la dignidad humana.


14.6.19

Optimismo e individuación


Para mí ser "optimista" no significa que las cosas siempre estarán bien, ni que necesariamente mejorarán, mucho menos que hay que mantener un "pensamiento positivo" todo el tiempo; la tristeza, el miedo y el dolor tienen una función en nuestro organismo, nos indican que necesitamos hacer una pausa, observarnos y sentirnos. Regularmente haremos todo por no sentir, nos mantendremos ocupados, nos alejaremos de la emoción. El sistema entero parece estar hecho para la evasión. Uno dice "no quiero sentir miedo" y lucha contra esa emoción. Luchar contra lo que sentimos es tan absurdo como luchar contra una parte de nuestro cuerpo. Este es el trabajo cotidiano que necesitamos hacer: observar, reconocer y aceptar la emoción que sentimos. Luego soltarla, no identificarnos con ella. 


Para mí ser optimista es reconocer el potencial de crecimiento que tiene cada ser humano. No "crecimiento" desde el canon impuesto socialmente (un gran trabajo, una gran casa, un gran prestigio), yo hablo del crecimiento desde la individuación, es decir, la integración del ser. Reconocer quién soy, mi luz y mi oscuridad, mi fuerza y mi vulnerabilidad; ir construyendo recursos internos para enfrentar las experiencias diarias. De eso es de lo que hablo. 

Con el tiempo he aprendido a soltar mis aprehensiones, no tengo el control sobre todas las variables que rodean mi vida, pero sí puedo aprender a tener control sobre cómo reacciono ante esas variables. No siempre lo logro, hay ocasiones en que las circunstancias me rebasan, como a cualquier persona, creo que a todos nos ha pasado. Y ahí hay otro aprendizaje: reconocer los ciclos; a veces es tiempo de resistir, a veces de sembrar, a veces de cosechar.

13.6.19

La experiencia del dolor


El dolor es parte de nuestra condición humana, no podemos (ni debemos) evitarlo, más bien, reconocerlo, asumirlo y soltarlo. El dolor, físico o emocional, nos avisa que hay que detenernos a revisar algo. ¿Imaginas llegar a tu casa y descubrir que perdiste un trozo de tu cuerpo, así, nada más, sin percibirlo, sin saber cómo ni dónde? Qué bien que el dolor nos avisa cuando algo anda mal. 

Irónicamente, una de nuestras mayores fuentes de sufrimiento es la expectativa de vivir sin dolor. Sufrimos porque no alcanzamos ese estado ideal en el cual el dolor ha desaparecido de nuestras vidas por completo, en lugar de asumirlo como una parte de nuestro paso por el mundo, unas veces estará presente y otras no; unas veces podremos anticiparlo y otras llegará de manera imprevista. 

Hay dolores que son inherentes al crecimiento, como el duelo por abandonar la infancia o por despedir a una persona que ha concluido su ciclo con nosotros, y hay dolores que vienen de acontecimientos que rompen nuestra lógica, que nos parecen por completo absurdos e inenarrables. Cada persona lo elabora de manera distinta, de acuerdo a su dinámica individual, a su cultura, a sus recursos internos, etc. No debemos, jamás, menospreciar el dolor de otros, no sabemos cómo lo están experimentando, lo que ellos están viendo desde su perspectiva.

El sistema en el cual vivimos parece hecho para evadir el dolor, pero como no es un alivio real el que nos ofrece, cuando volvemos a ponerle atención, nos sentimos frustrados y más angustiados que antes, nos sentimos como fracasados por no haber alcanzado ese estado de felicidad que, se supone, define a las personas exitosas. Si nos enfocáramos, mejor, en acompañarnos en los momentos de dolor, en sentir las emociones a profundidad, en nombrar lo que nos está pasando, tendríamos más probabilidad de construir un estado de armonía y paz. Y si fuésemos capaces de comprender que esa armonía no es estática, que a veces habrá sobresaltos y duelos, no nos frustraría la idea de abandonarla. 

No es un proceso fácil. Uno puede tomar el dolor e identificarse con él, asumir que la experiencia no va más allá, que ahí termina todo. Muchos padecimientos psíquicos y muchos vínculos traumáticos se mantienen, en buena medida, porque las personas se han identificado con el dolor, y este no es solamente una idea que se puede modificar de un día para otro, sino un desequilibrio de todo el organismo, a nivel químico. Desidentificarse con el dolor conlleva volver a tejer la realidad, es decir, establecer nuevos hábitos, aprender a mirar desde otras perspectivas, crear nuevas conexiones neuronales.

Solo cuando observamos nuestras propias emociones podemos desarrollar la empatía. La empatía no consiste únicamente en desear el bienestar de alguien más, sino en una disponibilidad de acompañarlo y dar lo que él realmente necesita, desde nuestras posibilidades, sin exigirnos hasta el agotamiento y sin querer obligar al otro a recibir lo que nosotros creemos que es mejor para su condición. 

Hay dolores que parecen no irse nunca, que están allí como un pozo que no deja de manar y, no sé, tal vez ahí sigan, porque lo que los ha ocasionado es algo demasiado grande. No te puedo decir que eso pasará. No tengo certezas para ello. Lo que puedo decir solamente es que necesitamos evitar el aislamiento, fortalecernos unos a otros con redes de apoyo y amor, que podemos fortalecer nuestro espíritu y no ser indiferentes hacia el dolor de nuestros vecinos y hermanos, incluso de aquellos a quienes no conocemos pero con quienes compartimos humanidad.


26.1.19

La identificación con la sombra y la perversión

Soy responsable y de mí depende 
cómo se me presente el destino.
Carl Gustav Jung 


El ser humano es un ser moral. Es inherente a la naturaleza de la psique humana tener una noción del bien y del mal. Nuestra civilización no hubiera sido posible sin un sentido ético. Siguiendo mi lectura de los conflictos, desde la psicología profunda, a menos que se trate de un auténtico psicópata, alguien que actúa en contra de la consideración moral hacia otro ser humano termina teniendo un malestar psíquico. Este malestar interior, a menudo inconsciente, obstaculiza el flujo de la energía vital: el desarrollo del alma o psique. Por ejemplo, alguien que acepta un cargo en una empresa sabiendo que lo hizo por medios corruptos, puede adoptar el cinismo como defensa para no confrontar sus emociones reales, pero en el fondo tendrá un malestar, una incomodidad que se manifestará como enfermedad, carencia o incluso fracaso en alguna esfera de su vida. Mientras ese individuo no confronte su malestar moral no podrá superar sus conflictos; mientras justifique sus actos ("si no lo hago yo, lo habría hecho otro", "el que no transa no avanza", "yo solo aproveché lo que me ofrecieron"...) habrá un área de su vida cubierta por oscuridad que, tarde o temprano, terminará arrasando con el resto de su persona.
Cuando hablo, entonces, de quitar a nuestras emociones y a nosotros mismos las etiquetas de "bueno" o "malo", no estoy diciendo que abandonemos la moralidad o la ética, sino que tratemos de vivir en consciencia del ser.
Si mi sombra se compone de todo aquello que no he hecho consciente sobre mí misma, al observarme y traerlo a la consciencia eso contra lo cual antes luchaba se disuelve, deja de tener poder sobre mí, deja de ser una fuerza que me invade y me destruye. Pero, si en lugar de observarlo sin juicios ni etiquetas, me identifico con ello, no estaré integrando eso a mi totalidad, sino convirtiéndome en esa parte antes negada: volviéndome Mr Hyde.
Ahora, si yo me creo "mejor" que mi vecino, si yo me pongo la etiqueta de "buena" y al otro le pongo la etiqueta de "malo" estoy frenando la autoobservación, no me permito explorar mis emociones reales que, acaso, no encajen con mi ideal de bondad. Y eso que yo rechazo de mí misma es precisamente lo que pasa a formar parte de mi sombra.
La emoción, en sí, no me vuelve "una mala persona", la emoción, como tal, es una experiencia humana contra la que puedo estar luchando inútilmente, con la que puedo identificarme y reducirme o la cual puedo simplemente observar, aceptar y luego soltar.
Muchos seres humanos pueden llegar a sentir el deseo de matar, por ejemplo, pero ahí, en el reconocimiento de la emoción y la observación libre de juicios es donde tomamos la elección consciente. Y si yo vivo en consciencia del ser no voy a matar a nadie.


¿QUIÉN ES EL PERVERSO?

Cuanto más vivos son mis dolores, más excitantes parecen los placeres de mi perseguidor, son palabras que el Marquès de Sade coloca en boca de la desdichada Justine. En efecto, el perverso (tal como nos deja ver el catàlogo de personajes que el autor francés va desplegando a lo largo de esta y otras de sus novelas) no tiene un freno moral ni una reacción de compasión hacia el otro: no es un semejante sino un mero objeto de su satisfacción. 
Puntualiza Francisco Traver (psiquiatra que ha acuñado el término “neurocultura” para establecer una conexión entre la neurobiología y la psicología social), quien a su vez retoma los estudios de Welldon, que la perversión implica "un sistema de pensamiento que no admite límite para mi deseo". Si no hay límite, el deseo se retroalimenta a sí mismo: nunca se sacia.
Un perverso sería lo que en el argot popular llamamos "degenerado" y conlleva un principio de la contradicción: "Yo ya lo sé, pero..." e implica, siempre, la participación del cuerpo: la ejecución del acto del deseo.
La doctora Estela V. Welldon, experta en conducta sexual desviada y criminología, considera los siguientes criterios operativos para el diagnóstico de la perversión:
1-Encapsulamiento, en lugar del término de disociación (donde una parte de la mente ignora a la otra) ya que en el caso del perverso hay un tránsito directo y continuo de la información, "sabe y no sabe".
2- Compulsión: repetición del acto.
3- Participación del cuerpo: No se toma en cuenta, para este diagnóstico, la fantasía, sino el acto. Es aquí donde se evidencia la falta de límite para el deseo.
4- Relación de objeto parcial: No interesa el otro en su totalidad, sino una parte, por ejemplo, un trozo de anatomía: las tetas, las nalgas, los pies...
5- Interferencia emocional: no hay separación de emociones, “amor” y agresión van juntos.
6- Deshumanización del objeto: No se ve al otro como un igual, sino como una cosa.
7- Sexualización.
8- La inscripción fija: "Tiene que ser siempre así".
9- Hostilidad: Mayor hostilidad que el promedio de la gente.
10- Necesidad de tener el control total: Un rasgo que también presentan algunos neuróticos y psicóticos.

Lo anterior (guiada por el anàlisis de Traver) me lleva a sintetizar algunas preguntas que, acaso, el lector de este artículo también pudiera hacerse:

1) ¿Puede un hombre o una mujer llegar a tener un rasgo de perversión sin que, por ello, se le pueda asignar un diagnóstico de perverso?
Sí.
Alguien puede tener un rasgo o un episodio perverso en su vida y no cubrir los criterios para ser considerado un perverso.

2) ¿Puede alguien ser un perverso por haber tenido una fantasía?
Desde la psiquiatría contemporánea, no.
La fantasía suele surgir como un mecanismo de la mente ante la frustración de los deseos instintivos. El sueño es el territorio de la expresión de la fantasía. Jung vio en el sueño un elemento compensatorio de la realidad y, además de una puerta al inconsciente individual, una posibilidad de observar el inconsciente colectivo. En el reconocimiento de los deseos y fantasías tenemos la oportunidad de integrar la sombra.
Ya Freud nos señalaba la relación entre la fantasía y el principio del placer. Contra los tabúes de su época señaló como parte absolutamente normal del desarrollo psicosexual de todo ser humano, el complejo edípico, donde el niño fantasea con la muerte del padre y el incesto con la madre. Si hiciéramos el juicio de valor de este deseo con etiquetas de "bueno" y "malo" estaríamos condenando el alma (para usar, ahora, el término junguiano) y a la niñez entera. Dicho complejo se resolverá cuando el niño logre asumirse como análogo el progenitor del mismo sexo en vez de verlo como un rival.

3) ¿Puede un solo ser humano participar en un acto histórico que contribuya a nuestro desarrollo social, científico o artístico y ser al mismo tiempo un perverso?
Sí.
Un ejemplo contundente es el Marqués de Sade, quien fue un revolucionario en su tiempo, participante de la Ilustración francesa y, desde la psiquiatría contemporánea, un perverso. No es tan fácil, pues, dividir nuestra historia en héroes y villanos, los buenos y los malvados. El desarrollo de nuestra civilización es más complejo que eso. Y nuestra personalidad, también.

4) Por último, ¿toda perversión es sexual?
No.
Siguiendo con la descripción que ofrece Traver, la perversión no es, propiamente, un concepto clínico sino un metaconcepto que implica un “repudio”, “un sí, pero no…”.
El neurótico reprime su deseo (“yo no sé lo que me pasa”), plantea un dilema y bloquea la solución (“yo no puedo hacer esto y aquello tampoco”); el psicótico hace una interpretación delirante, “rechaza” cualquier otra interpretación o prueba de realidad (“él otro no sabe”), el psicótico no sabe lo que está haciendo; el perverso “sabe”, pero aunque lo sabe se entrega al principio del placer. La perversión directamente sexual sería la “Parafilia”.
Según explica Traver, la perversión es una conceptualización que “incluye todos aquellos síntomas, sean de la serie que sean, donde opera este principio de contradicción: yo ya lo sé, pero…”. Volvemos, pues, a uno de los criterios planeados por Welldon para considerar a alguien como un perverso: La participación del cuerpo.


LA RESPONSABILIDAD SOBRE LAS ELECCIONES

Es en el umbral, donde se reconoce la propia emoción, donde se hallará la oportunidad de disolverla. No es negando el deseo o la emoción como se le integra, sino reconociéndolo sin identificarse con ello. ¿Cómo reconozco la emoción sin identificarme con ella, qué significa esto? Básicamente consiste en sentir la emoción. Lo común es que cuando llega una emoción que no nos gusta (miedo, ira, tristeza…) intentemos evadirla o bloquearla en vez de confrontarla. Pero, caso contrario, si nos sumergimos en la emoción con los brazos abiertos, sin mediar límites, asumiendo que esa ira o esa angustia es lo que me define, estaré dejando mi Yo auténtico por un lado y me estaré dejando absorber por esa emoción que nunca terminará de drenarse, que seguirá en un ciclo infinito retroalimentándose hasta la aniquilación de mis fuerzas vitales o hasta la explosión, hacia fuera de mí.
¿Cuáles el peligro de no reconocer la propia sombra? Al negar y no integrar la propia oscuridad en la consciencia, seremos susceptibles a ser manipulados por las ideas más extravagantes, contrarias a la lógica más simple: el genocidio, la guerra, la hambruna, el llamado “efecto lucifer”. Por lo cual, aunque parezca una paradoja, querer encajar en la racionalidad toda nuestra vida interior terminará llevándonos a actuar de las maneras más irracionales y estúpidas.
La historia está plagada de ejemplos de líderes religiosos, políticos y sociales que han encontrado en la sombra colectiva el nutriente para gestar ideas perversas. Vemos con frecuencia casos en los que nuestra organizada civilización sirve de marco para los actos más aberrantes: las violaciones en masa; los atracos colectivos perpetrados no solo por grupos criminales, sino, incluso, por personas que no tienen un historial ni perfil delictivo; los linchamientos públicos… Esta es la manifestación de la sombra de la que hablaba Jung.
Nuestra sociedad, me parece, vive en permanente disonancia cognitiva, en la tensión constante por adaptar nuestras creencias a argumentos completamente irracionales, desde la justificación de una alimentación nociva hasta el mantenimiento de un sistema violento. Y, aunque según los especialistas vivimos en la época más pacífica y con mayor promedio de vida de toda la historia humana (si la comparamos, por ejemplo, con el Medievo) la sombra colectiva se mantiene latente. O aprendemos a integrarla o nos devorará.
No quiero,por supuesto, abonar a una visión fatalista del futuro de la humanidad, sino apelar al autoanálisis y a la reflexión para asumir la responsabilidad sobre nuestros actos.

Ver mi otro artículo: El miedo a no ser buena

Referencias:

Carl G. Jung, El hombre y sus símbolos.
Carl G. Jung. Recuerdos, sueños, pensamientos.
Estela V. Welldon, Jugar con dinamitaUna comprensión psicoanalítica de las perversiones, la violencia y la criminalidad.

Francisco Traver Torras. Canal Neurociencias Neurocultura. "Perversos, parafílicos y psicópatas".

25.1.19

El miedo a no ser buena


Hay momentos en que, aun para el sereno ojo de la razón, el mundo 
de nuestra triste humanidad puede cobrar la apariencia del infierno, 
pero la imaginación del hombre no es Caratis para explorar 
con impunidad todas sus cavernas.
 Edgar Allan Poe



"¿Cuál es tu mayor temor?", alguna vez pregunté. "El mío -dije-, es no ser suficientemente buena". Luchaba todavía contra la fragilidad de mi alma, intentando demostrarle a esa niña flaca, apocada detrás de mi máscara, que "yo puedo con todo".

Hay gente que se cree auténtica, sí, porque "siempre actúa de la misma manera", en la casa, en el trabajo y en el mercado: "¿Ves?, no hay falsedad en mí, soy el mismo en todas partes". Siempre con una sonrisa, siempre con su "buenos días" en los labios, siempre coherente y racional... pero mucha de esa gente la verdad es que muestra un carácter invariable porque se duerme con la máscara puesta, se levanta con la máscara puesta. Ni ante sí misma es capaz de confesarse. Mira el espejo de soslayo, solo desde un ángulo donde se refleje mejor la luz que entra por la ventana, por el discreto resquicio que ha quedado entre la cortina y el cristal. 

Ya me había enseñado Hesse acerca de esa multiplicidad de rostros que habita a cada ser humano. Es ilusorio creer que uno está compuesto de un solo Yo. No es raro que este entendimiento llegara a ser tan profundo en él, dado su análisis y amistad con Jung. ¡Cuánto se sorprendería la gente al darse cuenta de que muchos de los pensamientos que ha creído tan únicos e individuales no han sido más que la expresión de un arquetipo!, una voz colectiva hablando desde una era primitiva, repitiéndose, cíclicamente en la cabeza civilizada

Yo conocía, claro, esa frase del psiquiatra suizo: "Prefiero ser un individuo completo antes que una persona buena", pero no la entendía sino en un plano Intelectual. Meramente racional. Y (ya nos advertía el mismo Jung) no podemos abandonarnos a la ilusión de la racionalidad, antes hay que dejar fluir la energía del inconsciente, la cual es irracional y atemporal.
Aquello que yo no creo ser, aquello a lo que más me resisto, aquello que se manifiesta en ira o en burla, que subyace (inaceptable) a la consciencia es mi Sombra. La multiplicidad de voces que habitan el inconsciente, si no pueden expresarse de manera libre y creativa, se comportarán como personalidades independientes que tomarán por asalto a quien ingenuamente ha querido mantenerlas a raya dentro de su racionalidad. 

¿Qué me hace luchar contra mí misma?, la sombra. ¿Qué me hace aceptar vínculos y relaciones con personas que dañan mi integridad?, la sombra. ¿Qué me hace sabotear mis propias oportunidades de desarrollo y mis sueños más íntimos? La sombra. ¿Qué me hace juzgar a los demás desde un pedestal de superioridad moral? La sombra. ¿Qué me hace explotar mi cuerpo y mi mente hasta sus límites para terminar la tarea pendiente, para "no quedar mal con nadie", para no perdonarme ni el mínimo error? La sombra. 

Mi sombra individual danza con esa otra, colectiva, a manera de Caribdis que todo lo engulle frenética. Negar su existencia y sus efectos en la sociedad resulta tan desastroso como un maremoto. La energía del inconsciente es la fuerza misma de la Naturaleza. 

No todo lo que conforma la sombra es malo, perverso u oscuro; hay en ella, también, potenciales insospechados, talentos que nos hemos negado a desarrollar, la expresión más alta de nuestro destino, no desde la acepción de "inevitable" que encontramos en la tragedia griega sino como aquello que podemos llegar a ser. Lo contrario a la expresión del destino es la enfermedad o un malestar interno que no se alivia con nada.

No es negando lo que está en nuestro interior como lograremos disolverlo. No es luchando contra tu mano izquierda como lograrás ser un individuo completo.

Luego, una vez observada la propia sombra, vendrá esa otra parte del proceso, no menos difícil: no identificarme con ella. No identificarme con nada, tampoco con mis logros e ideales. Si de pronto, por la razón que sea, desaparecen mis logros o fracaso en mis ideales, ¿qué queda de mí?, ¿cuál es mi esencia? 

Esa es la gran tarea de la integración. Quedarnos con la esencia. Quitarnos la etiqueta de buenos o de malos. Reconocer cada una de nuestras emociones como una experiencia humana. La congruencia, pues, ante mí misma no vendrá de haber adoptado la máscara de un ideal, invariable y rígida, sino de la aceptación de todo lo que hay en mi interior: fortaleza y fragilidad; alegría y tristeza; temores y anhelos. Aceptar una emoción no implica ceder ante el deseo o el miedo, lo que significa es reconocer que eso ha estado dentro de mí.

Desde hace un buen tiempo dejé de querer ser buena. Abracé el camino de la autoaceptación. Y confirmé que la naturaleza es bondadosa y salvaje a la vez, por eso los dioses en la antigûedad eran duales. Finalmente (siguiendo el pensamiento junguiano), toda mitología es una representación del drama del alma humana. 


Ver mi otro artículo: La identificación con la sombra y la perversión