Literatura & Psicología
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23.6.21

Otras mujeres como lobas

"Qué dura y clara es la poesía de Marisol Vera Guerra. Una poesía loba, de colmillos filosos, calientes de devoración. Cuando cayó en mis manos la ya clásica obra Mujeres que corren con los lobos, de Clarissa Pinkola Estés, supe que había una voz colectiva que invocaba, por fin, sin ataduras, de nuevo, a la loba que habita en cada una de las mujeres, desde el principio de los tiempos; así escuché en mi interior los aullidos que me catapultaron a escribir La otra Ilíada. Desde estas reverberaciones me llega ahora Otras mujeres como lobas y me estremece en el mismo diapasón". Ethel Krauze

Presentación del libro Otras mujeres como lobas.
Marisol Vera Guerra, autora.
La poeta Ethel Krauze.
Rossy Lima, editora de Jade Publishing.
Otras mujeres como lobas, Jade Publishing, 2021.

Mira la presentación del libro aquí: JADE PUBLISHING, FB

COMPRAR OTRAS MUJERES COMO LOBAS

10.3.21

#EscrituraFemenina: Una flor abriéndose a la vida

 


Mercedes Varela. Segundo aire. Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes, 2021.

No quiero que me acusen de mujer tradicional
pero pueden acusarme
tantas como cuantas veces quieran
de mujer.

Gioconda Belli

 

En Mujer que sabe Latín, Rosario Castellanos se pregunta “qué es lo que impulsa a una persona en pleno uso de sus facultades mentales, satisfecha de la vida, feliz y equilibrada, a leer”. Claro, no se refiere la escritora a las lecturas obligadas de la escuela ni a ninguna otra que tenga una finalidad utilitaria, sino a esa lectura que llega como un mandato desde el interior del alma (no en su acepción religiosa, sino psíquica), resorte que nos hace levantarnos a media noche y hojear el libro de pastas duras junto a la cabecera o, más posmodernas, tomar el celular para acceder a nuestra edición kindle recién descargada en Android.

Y no hay una respuesta definitiva a este cuestionamiento. Acaso –aventuro– en el fondo de cualquier ser humano, por muy confortable que parezca ser su vida, existe, siempre, cierta insatisfacción; hay algo que está en desequilibrio y la literatura –el arte en general– ofrece, para much@s de nosotr@s, una posibilidad de llenar esa laguna. Pero no solo bajo el oropel de ciertas vidas subyace la necesidad de leer, también en las situaciones límite, en la cárcel y en la guerra, en la locura y en el duelo, está presente.

Sin embargo, este gozo derivado la lectura recreativa y, aun más, de su escritura, parece haber sido negado a la mitad de la humanidad durante siglos. Ya apuntaba Schopenhauer que las tareas intelectuales eran contrarias a la naturaleza femenina cuya única finalidad debía ser la de la reproducción. Por lo tanto, los placeres del sexo y las voluptuosidades del intelecto serían inherentes a lo masculino, pero, en las mujeres, una especie de perversión. No muy lejos de aquella percepción estaba la de Freud que consideraba infantiles a las mujeres que solamente podían llegar al orgasmo a través de la estimulación directa del clítoris y no, como le parecía obvio al célebre neurólogo, de la penetración: el placer femenino para considerarse “maduro” dependía, pues, enteramente de un pene. Claro, porque la mujer ¡cómo va a darse placer a sí misma! ¡Histéricas, las que nos toqueteamos o nos atrevemos a negar la supremacía del falo!

Más o menos así ha estado estructurado el pensamiento occidental y una podría respirar aliviada porque eso “ya pertenece a otros tiempos”, ¡pero no!, en pleno siglo XXI he escuchado a onvres afirmando con seriedad cosas semejantes y hasta más ridículas.  

Las mujeres, ahora, estamos tomando la palabra, esa que siempre fue nuestra, la que muchas veces estuvimos gritando desde el umbral de nuestro cuerpo y el animal sin concha que nos custodiaba se negaba a oír. Mujeres como Diana, la heroína del “Segundo aire”, cuento epónimo de este libro que nos entrega Mercedes Varela con un humor sazonado por la observación de lo cotidiano. Mujeres que no somos vírgenes ni perfectas, más bien entradas en años, más bien estudiosas del Kamasutra, más bien dispuestas a abandonar el recuerdo del hombre que no nos complacía como se abandona felizmente un dolor de muela o la imagen de un macetero roto. Mujeres honestas en sus rencores como la protagonista de “Relajación”, y no (creo) porque “el peor enemigo de una mujer” sea “otra mujer”, sino porque nos han enseñado a competir entre nosotras y a callar. El odio, por supuesto, no es una emoción propia de señoritas o señoras decentes. 

Pero la lengua finalmente se desata. Y con ella las palabras que se han apechugado por décadas. Hemos tenido que gritar más fuerte para defender nuestro derecho a la ira. Mercedes, con la sabiduría que da la lectura constante de la vida, nos ofrece esta colección de cuentos breves y nanoficciones a través de los cuales se narra a la mujer contemporánea, observadora de sí misma y de las otras, que se enfrenta al espejo y se reinventa y no teme, ya, bloquear al impertinente. ¡Faltaba más que estas alturas vengan a decirnos cómo definir los vocablos!

Cito esta joya de nuestra autora tamaulipeca:

           

No hay agonía más lenta y digna que la de las flores dentro de un florero. Ellas continúan abriéndose a la vida, aunque sean sus últimos minutos.

 

Estas breves líneas, me atrevo a decir, sintetizan una situación que prevaleció por mucho (demasiado) tiempo en nuestra sociedad, mujeres languideciendo dignamente dentro de sus casas-florero, cortadas del jardín de sus sueños, sin posibilidades de extender el perfume de sus palabras por las nubes. Y, sin embargo, dignas. Abriéndose a la vida. Acotadas por un sistema que decide la fecha de caducidad de nuestros cuerpos, pero impelidas a la escritura, ese bálsamo que refiere Rosario Castellanos al hablar de Proust en el libro que cité al comienzo de mi prólogo, la palabra como conjuro que conduce a la liberación. Una liberación que no depende, ya, de las circunstancias externas, sino de la propia capacidad de evocar el lenguaje.

En “Fin de semana largo”, Varela nos demuestra que sigue vigente en nuestros días la dicotomía expresada por Castellanos, en los años setenta del siglo pasado, entre la mujer que cumple su rol socialmente asignado, como madre y esposa (sin olvidar la obligación de ser “bella”), y la posibilidad de tener una vida independiente como una profesionista exitosa. En otros cuentos, también nos llevará de la mano por los recovecos mentales de la madre y de la hermana que sufren ante la pérdida del ser amado. Esos estados tan dolorosos que solo pueden equipararse a una pesadilla, pero traslapando las fronteras entre vigilia y sueño no sabemos, bien a bien, de qué lado queda la realidad.

 

Ahí se siente protegida. Si no fuera por esa niña que aparece cada vez que suena el teléfono.  Al principio le temía, pero ya se acostumbró a jugar con ella y con la muñeca pálida que siempre carga, con cuidado, entre sus brazos.

 

Y, si por una parte es cierto que revela la condición femenina, no cae, Varela, en la tentación de romantizar el género. Sabe que esa terquedad por competir, de la que ya he hablado arriba, puede minar la empatía y crear auténticos agujeros negros en algunas, aunque lleven el nombre de “Estrella”. Luego, también visibiliza de una manera tragicómica la desigualdad social y el clasismo tan propios de la sociedad mexicana, ¡y qué mejor escenario para ejemplificarlo que una boda!

No está dicho todo lo que se tenía que decir sobre nosotras. Las escritoras vamos tomando vuelo, abordando temas que hasta hace poco no se hubieran considerado “literarios” por “intimistas”. Celebro, entonces, este libro donde Mercedes Varela nos presenta, con un lenguaje ameno, sencillo (no, por ello, poco profundo), mujeres que asumen su condición terrena y que aceptan sus pasiones sin los conflictos de Ana Karenina o de Madame Bobary, que tras una ruptura amorosa no acabarán sobre las vías del tren ni comiendo arsénico, sino con un perfil en Tinder o inscritas en un curso práctico con un guapo instructor de las artes amatorias. 

 

Monterrey, N. L., octubre de 2020

12.4.20

Yo también hablo del rojo

Rojo 43 (Attica Libros, 2020), de Carmen Rioja.

Las fechas y los nombres, con los que enmarcamos la memoria, se diluyen en un mar espeso de colores inexactos y, en esta época de poco rigor y muchas redes sociales, se transfiguran, se cambian de lugar. Yo sería la menos indicada para quejarme porque tengo las conexiones neuronales tan saturadas que olvido a veces hasta la forma de nombrar los utensilios de cocina. Pero el número 43 y el momento en que se insertó a nuestro imaginario colectivo, lo recordaré siempre, tal como lo recuerda Carmen Rioja al decirnos:

nada hay más mortal
que el tiempo del alma al descubierto.

El número se me quedó pegado a la piel porque el rojo no era una metáfora, para mí, que estaba en la sala de partos viéndolo escurrir en ese ritual del nacimiento, ni para los jóvenes que en ese mismo rato eran llevados lejos de sus casas, lejos de su propio rostro: miles de cuerpos sin nombre, dice la poeta.
Pero este número extiende sus significados también hacia otras latitudes, Carmen ha logrado asirlo desde los ríos y la tierra, pasando sobre su propia cabeza, para tocar, después, toda América:

cuarenta y tres millones de partículas de luz
evaporan el agua del río
desangran la tierra
43 años de sol en mi cabeza

La brevedad, el verso bien pensado y con una fuerte carga de adrenalina, caracteriza estos poemas organizados en tres estancias donde el fuego, el alma y el polvo son rojos. 
Luego de mostrarnos la cara más turbia y dolorosa del rojo, Carmen nos muestra la belleza del deseo en el territorio de los muslos, y no duda en hacer apología de las pieles: la suya, que es como sábana limpia; la del varón que es i-touch. Pero es consciente de la finitud del amor cuando nos dice: abrí el refrigerador y no había sueños. No, los sueños no se pueden congelar, guardarse para otra temporada; son tan efímeros como la hierba. Lejos de caer, aquí, en el dramatismo, desde una consciencia madura, no sin dosis de nostalgia, la poeta nos habla del retorno. ¿Hacia dónde? No parece dudarlo, el retorno es siempre hacia el origen, ese lugar que nos abrigó cuando éramos color puro en las nebulosas, primero, y en el vientre de la madre después, que no por ello nos salva.
Así, pues, Carmen Rioja ha hecho danzar juntas su mirada de artista plástica con la palabra, en este bello e indispensable poemario que hoy Attica Libros tiene a bien entregarnos a los lectores. Se puede sentir el pulso de cantos antiguos entre sus líneas, así como el del cuicapicque cuando nos avisaba que no veníamos para siempre a la tierra, aun así, Carmen nos revela que tenemos derecho a florecer.

5.3.20

Colombia: el río donde no me bañé y el chontaduro con miel

Nunca imaginé ir por una carretera que corta la cordillera andina, viendo cómo el chofer rebasa a media curva, cerrada, una hilera de tráileres, pipas, otros autobuses (así se dice, "autobús", no "camión", las risas en mi oreja), y en la ventana el desfile montañoso, túneles abiertos como bocas y largas lenguas de asfalto saliendo de ellos.

Luego, los enjambres de motociclistas que zumban junto a mi cuerpo, moreno y ahogado bajo la chalina verde que me prestó Luisa; mi cuerpo insertado en el paisaje matutino, en las calles de Palmira con Andrés y Sandra y Paulita, sus risas, su manera de enlazar los minutos camino a la universidad. La mirada insistente sobre mis pies que no pude calzar con zapatos nuevos en Armenia porque ¿cuánto dicen que vale el peso colombiano?, dímelo mejor en dólar. Pienso en el lado po-si-ti-vo, las suelas rotas de estos flats han caminado en distintos países, cuando se rompan por completo los luciré como objetos mnemotécnicos en mi geografía mental, haré un ready make con ellos en mi museo de fetiches.


Las arepas, que a ratos me recuerdan los bocolitos blancos que hacía mi abuela y a ratos me parecen memelas fritas. Es que crecí en Veracruz, ¿saben? El sabor del chontaduro bañado con miel y sal; seguro esto a mi profesor Gilberto no le gustaría, él que ha estado en Perú y en Bolivia y en la Huasteca veracruzana y se come siempre lo que le invitan, pero seguro no le gustaría el dulce mezclado con crujiente sal, señora, ¿por qué le echa tanta?, quise decirle a la muchacha que agita el salero con prisa, porque aquí he oído que así se dicen, "señor", "señora", pero no le digo, en cada lugar hay que probar lo típico, coleccionar en la memoria estas estampas sensoriales para barajarlas en los momentos de ocio y, tal vez, escribir un poema, una crónica, colgar un post.

Y en la noche el mundo en verde fosforescente, porque así es como vienen a mi mente las escenas, en verde fosforescente, entre cervezas y empanadas de papa y las risas de Ancízar. Y el carnal, Chema, que me saluda, "cámara", que no es de Ciudad de México (aclara), sino de Naucalpan, e intentamos inútilmente explicarles a los paisas la jerga mexicana con más jerga mexicana, ¿qué es "gacho"?, pues así como "maleta", ¿no?

Las calles de Pereira, estrechas y olorosas a yerba fresca, a páginas de libros viejos, a café: cuando dicen "tinto" no puedo dejar de imaginar que me servirán un Chianti en alguna de esas bonitas tazas blancas que adornan las mesas del María Antonia, donde Hernan y su mirada afable me reciben. Donde Cristian leerá lo que los muertos ya no pueden decir.

Veo las casas cerca unas de otras y, más allá, edificios asimétricos, el puente moderno y luminoso que me señala Helena mientras conduce su auto, mientras me habla de las mujeres y de la vida y de los sueños, luego de haber ido al río en el que no me quise bañar. Todos los ríos me recuerdan a Heráclito y a Borges. ¡Soy tan ñoña!, en lugar de quitarme la ropa y echarme a retozar entre otros cuerpos jubilosos, me saqué las palabras de la boca y escribí en el celular, es lo único que tengo para escribir ahora, mi libreta pesa demasiado para un vuelo económico. Cuando solo tienes presupuesto para una valija de mano recuerdas lo prescindibles o inútiles que son la mayoría de tus cosas. A dos horas está el nevado, dijo Whaider. A ver si el otro año me animo a subir.





De nuevo Armenia y su quietud, ese cielo despejado, su librería con nombre de libélula donde los jóvenes se reúnen a cazar palabras, John y sus preguntas puntuales, el sabor (ahora sí) de un vino. La noche con su poder de convocar quimeras. Correr de un lado a otro, que no son micros, son busetas. ¿Las combis?, que yo les quiero decir así... Y en Pereira una librería que se llama Roma, donde Alan me regala letras, donde  la tertulia no acaba en la puerta, sino en una fonda con sus pinchos o alambres, digo.  

Ir caminando junto a Luisa y Arturo en una ciudad saturada de muros rayados, donde cada raya es una herida, un recordatorio del miedo o de la ira. Las calles de Bogotá, a ratos tan parecidas a las calles de la Ciudad de Mèxico, de pronto se convierten en túneles temporales, rugosos, con saxofonistas y rumores de tabaco (tal vez por eso una se llama Calle del Embudo), son como películas coloreadas en rojo y azul y violeta, con negros hermosos, de rostros curtidos por el tiempo, que bailan en la Plaza del Chorro; paredes llenas de ojos en La Candelaria y un aire bañado de ocre en la Plaza Bolívar.


Mis ojos lagrimean al entrar al bar de Luisa y no es por la nostalgia; me inunda la nausea, el dolor de cabeza, un ruido agrio en la mente que no se irá pronto. Son los gases, dice mi amiga mientras arrastra los cuerpos rígidos de las sillas de un lado a otro, antes de pasar la escoba por el piso. Nosotros ya estamos habituados, dice, es entonces cuando veo con mayor claridad el contraste de este país. Es extraño ver con más claridad cuando mis ojos se enceguecen. Es extraño que el dolor y el miedo no detengan el movimiento de la vida en la ciudad o, quizá, no es extraño, solamente humano. Porque aun en medio de la guerra existe la posibilidad de soñar. Porque a pesar de la ola de pánico que se siembra desde la sospecha, la gente llega y bebe, y escucha los poemas de Silvia, los poemas de Luisa, los poemas míos, y se desvela bailando.






Agradezco infinitamente a Sandra Idárraga, coordinadora de Literatura en la Universidad del Valle, sede Palmira, por gestionar mi invitación al Festival de Literatura Roja donde se abordó el tema de los burdeles y la subjetividad, donde también presentamos su poemario Secretos a media noche, también por su hospitalidad y el interés en mis letras; a Paola Andrea por alojarme una noche, entre rapé y libros; a Andrés Galeano, por su apoyo incondicional como presentador y promotor en diversos espacios culturales, por acompañarme de ciudad en ciudad y por cocinarme arepas con huevo; gracias a la mamá de Andrés por haber sanado mi dedo machucado y por dejarme dormir en su casa; a Helena Restrepo que tuvo la delicadeza de llevarme a su hogar y adivinar telepáticamente cada vez que se me antojaba un café; a Ancizar Arana por hacer micrófono abierto en la Cueva del ratón (Palmira) y Jacobo, claro, dueño de este bello bucle temporal; a Whaider Cardona, por su presencia y la latente invitación al ciclo de poetas Nadaístas, a ver si se me hace; a Adrián Osorio, por ceder el espacio en la librería Roma (Pereira), y a Alan González, por organizar la tertulia literaria; a Hernán Mallama por regalarnos un delicioso pedazo de noche en el Café boutique María Antonia (Pereira) para leer poesía; a Jhon Isaza, por abrirnos las puertas de la librería Libélula (Armenia) y a todos los asistentes a la velada, por haberse quedado conmigo más de dos horas leyendo y conversando. Gracias, por supuesto, a Luisa Villa Meriño por su confianza, por cocinarme torta de banano con tanto amor, por dejarme dormir en su cama entre muñecas antiguas, por presentar en su bar-Anticuario la Cosmogonía de lobas, con su libro Dios fue mejor cuando era tigre, el libro de Silvia Favarreto, Este cuento no se ha acabado, y el poemario mío #SiLaMuerteSeEnamoraDeMígracias a Eduard por coeditar con Morgana a través de Baraja Gráfica Editores y a Camila por su invaluable apoyo; gracias a Arturo Rivera por no temer aventarse al piso con tal de sacar buenas fotografías, por compartirme su colección de monedas y por regañar al taxista que me llevó desde el aeropuerto pues se estaba pasando de listo con el precio. A todos los que me acompañaron, no menos importantes, que me contaron sus vivencias, que caminaron conmigo, que me dejaron un pedacito de su corazón en las manos: Gracias. 


10.5.19

Fronteras e identidad

La identidad se construye a través de un circuito entre el individuo y su cultura. El otro (su mirada) nos complementa, nos da el reflejo necesario para definir el Yo. Esa es la reflexión que ha sustentado mi viaje, la poesía reunida dentro del libro que presenté este mes en La UNAM San Antonio, Texas. Imágenes de la fertilidad. Canciones al hijo del viento (ITCA, 2016) fue un proyecto becado por el Programa de Estímulos a la Creación y al Desarrollo Artístico en Tamaulipas, donde conjugué historia, mito y poesía sobre la Huasteca. Mi propósito fue integrar, en poemas, algunos de los símbolos de la cosmogonía teenek (etnia principal en esta zona) a elementos de la posmodernidad, sin soslayar expresiones de otras etnias que cohabitan en la región, en un marco de sincretismo y mestizaje. Esta escritura expresa una necesidad de comprender mi origen, como mujer de ascendencia nahua, el otro grupo étnico mayoritario de la Huasteca. Mi madre, Petra, y mi abuela, Eusebia, son originarias de la comunidad de Tezizapa (derivado de "huevos en el agua", en náhuatl), perteneciente al municipio de Chicontepec, Veracruz. 
Nahuas y teenek han tenido una larga convivencia desde hace varios siglos y es fácil apreciar la transculturación que existe entre ambos grupos, en la Huasteca veracruzana, donde crecí.  
El lugar donde nací fue Ciudad Madero, parte de la huasteca tamaulipeca; allí, en el sur de Tamaulipas, han desaparecido los grupos indígenas, aunque es posible encontrar individuos dispersos, como es propio de nuestra época. A pesar de la urbanización de la zona, la memoria sigue hablándonos en la pirámide de las flores, la única que ha sido preservada de un complejo arquitectónico teenek, cerca de la laguna del Chairel, en Tampico. El resto del terreno donde se encuentra el asentamiento huasteco fue ocupado por construcciones modernas.
Durante el tiempo que estuve escribiendo el libro visité poblados, bibliotecas y zonas arqueológicas del Huaxtecapan, a fin de amalgamar una parte de su riqueza en imágenes poéticas. Aunque crecí allí, la multiculturalidad de la región me hizo necesario viajar para resignificar mi experiencia. Es tarea imposible abarcar la complejidad de sus símbolos en unas páginas, pero intenté hacer una síntesis, echando mano de la antropología pero con mi visión como poeta.   
La manera en que la historia se superpone en las sociedades, dificultando la construcción de la identidad de sus miembros, es un conflicto que he visto repetirse, en distintas dimensiones culturales. Nuestra historia no es lineal, tenemos guerras, conquistas, cambios de nacionalidad, de nombre, de religión. En el estado de Texas es especialmente fuerte esta percepción de la otredad, al mismo tiempo hay un reflejo intenso en el otro y una gran necesidad de descubrirse. 
"¿Quién soy?" es una pregunta que pude palpar con facilidad en el ambiente chicano.
Para mí fue particularmente intenso ver por primera vez la misión del Álamo (hablando de símbolos), era como haberme caído al otro lado del espejo donde todo está invertido. Pero una vez pasada esa primera impresión de desasosiego (algo similar a la impresión que tuve cuando, siendo muy joven, leí la Visión de los vencidos) lo que sentí fue una inmensa necesidad de comprender la naturaleza humana. ¿O no eran estos hombres y mujeres que caminaban por aquellos pasillos, tan humanos como yo?, ¿tan necesitados de un sentido de la vida como cualquier otra persona? Acaso la diferencia radicara en que ellos parecían encontrar tal sentido glorificando esos muros, repitiendo la versión oficial de la historia de su país, y yo hace mucho dejé de encontrar el sentido de mi existencia en los dogmas, los héroes y los monumentos. Tal vez. No estuve allí demasiado tiempo para saberlo, aunque ¿acaso no es más nítida, en algunas cosas, la visión del recién llegado a un pueblo que la de aquel que ya se mimetizó con su paisaje urbano? 
Me pareció curioso (por ponerle un adjetivo) encontrar a la Guadalupana en las misiones franciscanas de San Antonio. Sé que es normal, pues estas fueron fundadas durante el Virreinato de la Nueva España, pero no deja de envolverme una estela de extrañeza al verla, ahí, en los Estados Unidos. Porque la Guadalupe es nuestra Tonantzin mesoamericana que no ha abandonado a los hijos del quinto sol. El Sol de movimiento que, según los antiguos, habrá de acabarnos. Quizá mis reflexiones suenen un tanto ingenuas para quien está habituado a vivir en esta frontera, pero no puedo evitar hacerlas. Como no pude evitar enmudecer la primera vez que estuve en suelo europeo. No sé bien por qué enmudecí, si fue un efecto del estrés de tanto correr por los aeropuertos, si fue un rezago de angustia debido a mi mal inglés, con el que me vi obligada a interactuar al no hallar en una parte del trayecto otros hablantes del español; no sé si fue, incluso, un refugio ante lo desconocido, una defensa instintiva. La lengua es un puente para comunicarnos, pero también una frontera. Uno se puede encerrar adentro de su lengua para refugiarse, para que el otro no entre en mí y me hurte mi identidad.
El teenek, por ejemplo, tiende a ser más hermético en su cultura que el nahua. Este último parece integrarse con mayor frecuencia a la posmodernidad. Y en esa actitud de ambos grupos hay un trasfondo histórico. Somos el producto de nuestra memoria, tanto como la memoria es una construcción en la que el mito y la historia se conjugan.
El español es la lengua que me dieron mis padres. Mi madre me cortó la lengua al nacer, la otra, la que me permitía hacer el puente con mi origen más remoto, seguramente porque ya no parecía útil en mi contexto inmediato, pero ahora yo estoy reconstruyendo en mí un nuevo lenguaje, en el que incluyo la palabra de mis ancestros y la palabra del conquistador, esta última a la manera que refiere Janet McAdams cuando habla de los poetas indígenas estadounidenses que escriben en inglés: "con un fuerte sentido canibalesco".
He usado la propia lengua del conquistador en el proceso de deconstruirrme, para liberar esa parte mía que le pertenece a los pueblos originarios, a los que no les fue permitido continuar su evolución, con sus recursos. Estoy consciente de que no voy a volver a un estado de "pureza" cultural. Una lengua es una forma de pensar, una configuración del mundo; yo he vivido pensando en español, con las estructuras lingüísticas del español, con los métodos y la lógica del español. Ahora, aproximarme a otras estructuras lingüísticas amplía mi visión. Este proceso, pues, tiene que dirigirme no hacia un ideal maniqueo sino hacia mí misma, y yo no soy un ser "puro", soy un ser híbrido. Mi objetivo es la integración, la comprensión del otro en la medida en que me comprendo a mí, y de mí misma en la medida que soy capaz de entrar en el mundo del otro. Conocer a mis hermanos teenek, recordar a mis abuelos nahuas, asumir mi mestizaje, me conduce a mi destino en el amplio sentido analítico: llegar a ser lo que se es.

Misión de La Concepción. 

Auditorio de la UNAM San Antonio durante la conferencia Teenek bichou, fronteras e identidad.

 Día uno del taller Ritualidad, mito y poesía. El lenguaje como memoria. 
Día 2 del taller.
  Día tres.
 Con Verónica Cardona por el río San Antonio.
Jardín japonés.
 Bambú

10.4.19

Poesía para desactivar patrones establecidos

Del 28 de febrero al 5 de marzo realicé diversas actividades artísticas en Venecia, con el aval de la Asociación Cultural Progetto 7LUNE, que promueve la cultura hispanoamericana en Italia. Esta labor de promoción, coordinada por la poeta Silvia Favaretto, es relevante y valiente, ya que abre camino para que la literatura y las diversas expresiones artìsticas de Latinoamérica sean cada vez más incluidas en los espacios culturales de Europa. El enfoque eurocéntrico, durante siglos, ha trazado una frontera que no permite llegar oficialmente a sus aulas ni siquiera a nuestros grandes autores como sor Juana, Borges o Cortázar. Desde mi inevitable optimismo pienso que esfuerzos colectivos como este, al paso de los años, lograrán romper esa línea divisoria. Por lo pronto, a mí me ha hecho renovar mi esperanza en el potencial de crecimiento humano, del que habla la psicología humanista. Además, me ha reafirmado mi tesis de vida: la universalidad de la experiencia cotidiana, íntima, un ángulo desde el cual es, no solo válido, sino indispensable, seguir escribiendo.

Mi proyecto, en torno al cual giraron estas presentaciones, fue Poesía para desactivar patrones establecidos, una exploración poético-visual del cuerpo, el Yo y la maternidad, que fue beneficiado por el programa Financiarte del Consejo para la Cultura y las Artes de Nuevo León. Tuve el honor de inaugurar la colección de plaquettes antológicas de Progetto 7LUNE con mi obra literaria, curada y traducida por Silvia Favaretto; tuve, además, la alegría de editar y presentar un libro de su autoría Este cuento no se ha acabado, E vissero infelici e contente (Ediciones Morgana, 2019), que se integra en la narrativa social presente como "poesía para deconstruir".

Dejo aquí una memoria visual de algunos de los momentos vividos durante las presentaciones y del recorrido por Venecia.

 Círculo de lectura con estudiantes del taller literario coordinado por la poeta Lucia Guidorizzi. Istituto tecnico turistico Algarotti.



Lectura de poemas y charla con estudiantes del curso de español, de la escuela media; acompañada de Silvia Favaretto. 


Inauguración de Poesía visual: El cuerpo, el Yo y la maternidad, y viñetas sobre Violencia de género. Sede de Progetto 7LUNE.


Presentación de los libros E vissero infelici e contente (Ediciones Morgana), de Silvia Favaretto, y Antologia personale (Progetto 7LUNE), de mi autoría.



Con la artista visual Irene Manente.


Con Barbara Marchesin.



Lectura de poemas en el estudio de arte de Luana Segato, artista plástica veneciana.


Davide Carnemolla visitando la exposición en la sede; Elena Kaly nos acompaña a la lectura en la escuela internacional de la gráfica y nos ayuda a grabar una entrevista.






Lectura de poemas en “Al-Mutanabbi Street Start Here”, coordinado por Roberta Feoli. Scuola internazionale di grafica Venezia.




Sesión en el estudio Fotogenia del fotógrafo Giovanni Pasinato


Paseo en góndola con Silvia Favaretto, Morena Balbi y Marina Vidali; paseo por el gran canal.



Visita a la isla de Murano, con los artistas del vidrio Giorgio Bruno e Igor Balbi.





Visita al laberinto de Villa Pisani. Fotografías de Rossella Bovolenta.