Literatura & Psicología

16.10.20

Estocolmo Videopoema performático


Nunca he abordado un avión que vaya a Estocolmo
no sé si es menester una llave
para desactivar bombas
o un gran martillo que rompa las piernas
de los secuestradores
en todo caso un bonito vestido
fácil de quitar de mi cuerpo
(hay que estar presentables
para la derrota)
pero lo juro
yo he estado ahí
he andado por sus calles
(en la memoria lucen más estrechas que en las fotos
y mucho más oscuras
diría: túneles o laberintos
en los que mis pies corren
al ritmo de las ratas cuando un barco
se hunde)
esta es la ciudad
donde no hay puertas
donde no se escuchan los gritos
donde los teléfonos fallan todos al mismo tiempo
donde nunca amanece
no hay Sol en estas casas
ni desagües para drenar la lluvia
y he estado ahí lo juro
(no me importa si piensas
que mi amor es una secta)
algunas noches
aún despierto envuelta en brumas
y puedo oír
cerca de mi cuello
la respiración del monstruo


3.8.20

Algunas consideraciones sobre El cuaderno de don Baruj


para Santiago Daydí-Tolson


Nadie sabe nada acerca de don Baruj (como si alguno se nosotros supiera, de cierto, alguna cosa), pero nadie puede negar su existencia, pues esta noche él me ha acompañado mientras bebo una taza de café frente a mi laptop. Tengo el hábito de beberlo frío, no por gusto, sino porque entre sorbo y sorbo demasiadas ideas pasan galopando de mi cabeza a la página (que jamás está en blanco) y, entonces, la consideración del tiempo se vuelve un tema serio. Decía, si don Baruj me ha acompañado hoy será porque, sin lugar a dudas, existe. Aunque no me queda claro cuál es la dimensión de dicha existencia; lo que sí puedo decir, sin temor a equivocarme, es que no se trata de una dimensión espacial, más bien una temporal, no lineal y progresiva como la que reconocemos desde nuestra ortodoxia, no... sería algo más parecido a esas dimensiones arrolladas de las que hablan algunos teóricos o, siendo muy atrevida, una forma de Calabi-Yau.

Él es uno de esos seres formados por los fragmentos de múltiples pensamientos, un botánico que podría decirnos el género y la especie de las flores olvidadas en los libreros, aquellas hechas ceniza entre los rayos del sol y el mordisco de la termita; es el filósofo que no nos dará ningún placebo para adormecer la quemadura de los labios, tampoco nos punzará el alma con una provocación. Él simplemente bebe su taza de café, en silencio, y de vez en cuando responde alguna pregunta lanzada al aire como una moneda antigua (sí, porque todas las preguntas son antiguas; cualquier interrogante que señale nuestra mente ya ha sido formulada por alguien más en algún rincón del tiempo: ya sea hacia atrás, hacia delante o hacia esa coordenada invisible de la memoria).

Algo me hace sentirme libre, libre de la dictadura de la permanencia, del triste sueño de la inmortalidad, entre estos sorbos de café frío, cuando don Baruj me dice, quedito, al oído, con esa manera tan peculiar que tiene de explicar las cosas: "La rosa, bien se sabe, se marchita a diario".



Libro citado:
Santiago Daydí-Tolson. El cuaderno de don Baruj, Alja Ediciones, Matamoros, 2017.