Literatura & Psicología

31.7.09

El viaje hacia la identidad

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Domingo 26 de julio de 2009

No hace mucho, con la pretensión de llegar a Chetumal, hice escala en Coatzacoalcos, en casa de mi hermana. Mi sobrina, de trece años, me preguntó por qué viajaba. “Quiero conocer mi país”, dije. Extrañada comentó: “no habías de gastar el tiempo así; cuando yo quiero conocer mi país veo un mapa”.

Cierto, para las novísimas generaciones la palabra “identidad” conduce a una dimensión más individual que la de hace tres o cuatro décadas. Y la mayoría de las veces recorrer el cuerpo del paisaje –por el simple placer de hacerlo– no resulta muy atractivo.

Si la cultura tiende a homogeneizarse y, gradualmente, el Yo desplaza a la comunidad, ¿tiene sentido seguir hablando de nuestras tradiciones, de lo que nos hace mexicanos y, más aún, habitantes de la Huasteca?

En la antigua Mesoamérica era importante preservar los conocimientos. Los hombres se valieron de distintos medios: calendarios, esculturas, ritos, ceremonias, códices y literatura oral. Sus ciudades eran mapas espirituales: la forma y disposición de los edificios decía algo concreto acerca de sus dioses, la constitución del universo y el origen de la vida.

En las urbes actuales el arte, la religión y el acontecer cotidiano son cosas separadas. Pero en las comunidades indígenas dichas esferas de existencia todavía están ligadas con fuerza. Quizá algún día esto cambie; ahora es una realidad presente. Ahora le queda espacio a las danzas y los rituales; al estero y la milpa.

¿No crees que en lo regional está contenido lo universal? La raíz que nos une entre nosotros, como mexicanos, también nos enlaza con el resto del planeta –y del Cosmos. Así, por ejemplo, la pintura mural de Tamohi, en San Luis Potosí, refleja no sólo la visión huasteca, sino las preocupaciones básicas de la humanidad: luz, oscuridad, vida, muerte.

Si transitas por las cordilleras, los ríos y las llanuras de México estarás descendiendo a tu ser más íntimo y, a la vez, volando hacia una dimensión comunitaria.

El punto de partida siempre es el mismo. Uno siente que comienza a tejer el hilo de los días desde su propia isla, pero somos parte del gran continente de la memoria.
Hemos de reformular la pregunta: ¿qué nos identifica? Mientras hallamos la respuesta hay que echarnos a andar por los caminos, hacerle el amor a la Tierra, ¿no te parece?

28.7.09

de libros clásicos

El ejemplar de La Odisea que habita mi modesta biblioteca lleva en el mundo más años que yo. Una hermosa edición de Bruguera, de mil novescientos setenta y tres, que adquirió mi papá en sus épocas de estudiante.

Lamento no poder acercarme a la obra en su lengua original. Más aún, desearía escuchar los cantos con que el aedo amenizaba las reuniones en la Grecia antigua (oh, esta manía incurable por recrear el pasado).

No puedo soslayar una comparación, aunque quizá resulte obvia. Con La Iliada y La Odisea ocurre algo similar que con los Libros de pinturas en Mesoamérica: el traslado, a través del tiempo, desde la literatura oral hasta la letra escrita. La conciencia histórica entreverada con el mito.
Los códices mesoamericanos forman un matrimonio entre la pintura y el canto. Posteriormente, los españoles trasladarán el significado de los gráficos a la escritura alfabética; la épica griega, en cambio, llega a esta forma de escritura a través de sus propios medios, sin la intervención de otra cultura. Aún así el texto se ve transfigurado. Es aplicable aquí la reflexión de Miguel León-Portilla: "La oralidad ha sido siempre una acción viviente, su traslado a la escritura la priva de espontaneidad, así como de la posibilidad de un acompañamiento musical o de lo que podría haber sido su entorno sagrado o profano".

A pesar de las pérdidas (y ganancias) que atañen a una traducción, cuando ésta se realiza con atención y sensibilidad, pervive el espíritu del texto: la esencia de las ideas, ciertos ritmos del lenguaje, la profundidad literaria más allá de la simple anécdota.

La versión castellana de La Odisea hecha por don Luis Segalá Estalella es amigable y nos deja apreciar de cerca la gran belleza del poema homérico.

Felizmente, al abrir mi volumen de Don Quijote de la Mancha puedo disfrutar, de cabo a rabo, los juegos mordaces de la lengua. La delicia fonética española de principios del siglo XVII.

Grata sorpresa es descubrir en la pluma de Cervantes muchas de las palabras que acompañaron mi niñez. Se las escuchaba decir a mi abuela Eusebia; ella creció en Tezizapa, estado de Veracruz, donde (al igual que en muchas comunidades rurales) se habían conservado algunos modos del castellano antiguo (claro, mezclados con el vocabulario y la cadencia del náhuatl). Expresiones como así mesmo, escuridad y erutar. Por cierto, un arcaismo bellísimo de estas regiones es el de "recordar" por "despertar". Cada mañana, cuando se acercaba la hora de ir a la escuela, mi abuela tocaba mi puerta diciendo "ya recuérdate".
Cervantes vuelve a Homero, como ya lo ha hecho Virgilio y después Dante. El Quijote va de la mano del ideal, Dulcinea (la que fue Beatriz en Florencia) anhelante de su patria espiritual. En los siglos que vienen, con otro rostro, los lectores seguiremos buscando nuestra casa entre las aguas vinosas del Ponto e, inevitablemente, pasaremos por La Mancha.
Veo, a mi derecha, inquieto en el librero, mi volumen del Quijote. Seiscientas treinta páginas que me piden (me exigen) una relectura. Sí, los libros clásicos son amantes voluptuosos: una vez que nos conquistan no podemos sino retornar a los manantiales de sus letras. Les ha sido otorgado por los dioses el don de la juventud eterna.
* Margen derecho; centro: fragmento del códice Fejérváry-Mayer. Tomado del libro Códices de Miguel León Portilla.

25.7.09

paisaje


detrás de la piel rota
(de los pliegues de grasa y melancolía)
se ahogó una dulce criatura,
su cuerpo fue raptado por el viento
.

..................................acaso
alguna vez regrese en un sueño, convertida en estatua,
y agite con sus dedos de mármol
...................................................el silencio de los espejos




23.7.09

El tianguis en la Huasteca

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Domingo 19 de julio de 2009

Después de unos días en casa de mis padres, en Tantoyuca, este jueves volví al Puerto. Unas horas antes del retorno visité Huejutla de Reyes, Hidalgo. Aunque los calurosos látigos del Sol me golpeaban la frente no dejé de disfrutar en el mercado unas deliciosas enchiladas verdes, de esas que traen las mujeres indígenas en canastas de palma.

En muchos lugares del Huaxtecapan se sigue haciendo el tianguis, en gran medida como hace varios siglos; éste ha sido en Mesoamérica, desde los tiempos prehispánicos, el punto de reunión de la comunidad. Más allá del comercio la gente acude para intercambiar noticias. Encontrarse con el devenir. Reconocerse en el otro.

Cada tianguis tiene sus colores y aromas peculiares. Si acaso has ido al de Chicontepec habrás visto a las nahuatlatas, con blusas de flores bordadas y largas enaguas, que venden epazote, quelite, calabaza, chile cimarrón. Esos hombres vestidos de manta, con la piel color bronce, la expresión adusta y los pies firmes, llenos de tierra. Siempre que ando por tales rumbos aprovecho para saborear un plato de adobo de cerdo. En esta región de la Sierra Madre Oriental se hornea, a mi gusto, el mejor pan de la Huasteca veracruzana.

Con más frecuencia voy al tianguis de Tantoyuca, la cuna del zacahuil. El domingo pasado, que anduve por allí, lo encontré muy concurrido. Uno halla desde chorizo y carne enchilada hasta cazuelas de barro y petates. Cuentan los viejos que hace muchos años la cera y la miel eran los principales productos de la región. Precisamente, Tan-tuyik, en lengua Tének significa “Lugar de cera”.

Definitivamente, si deseas conocer el espíritu de un pueblo has de visitar su zona de mercados. Aquí se revelan los íntimos retratos de su tradición, los compases de su música, los matices de su lenguaje, los diversos rostros de sus habitantes.

Ir a un tianguis de la Huasteca nos hace partícipes de los ritos ancestrales. Algo hay de mágico en ello, algo de místico; al mismo tiempo es la cosa más natural y sencilla del mundo.

¿No te gustaría que fuéramos de compras a uno de estos sitios, donde la vida se antoja como una fruta silvestre y no faltan los sabores del maíz y el pulque?

20.7.09

Nadie está a salvo: una nueva lectura de Edgar Allan Poe

Amo a los gatos. Son elegantes, limpios, amorosos, sagaces, independientes y, definitivamente, perversos. Pueden atacar a una lagartija o un ave aunque no tengan hambre; juegan un rato con la presa moribunda y cuando, desangrada y sin aliento no se mueve más, la dejan a un lado para lamerse con tranquilidad el pelaje o tomar una siesta. El gato, al igual que el ser humano, mata por placer. Pero el felino, por su belleza de bestia y la naturalidad de sus impulsos, es –en este sentido– superior al hombre.

Desde la infancia estos cazadores domésticos me han acompañado de manera estrecha. He visto como desarrollan personalidades complejas, un extenso y matizado lenguaje de tonalidades íntimas, privadas, secretas.

Tenía doce años cuando este apego, precisamente, me movió a comprar un libro de bolsillo que decía en la portada El gato negro y otros cuentos. Una de esas ediciones económicas donde nadie firma el prólogo y no se avisa a los lectores de quien es la traducción o el diseño. El inesperado encuentro se dio a la vuelta de mi casa, en el aparador de la “Librería y papelería La Huasteca”. Allí uno conseguía desde lápices Mirado hasta chicles Adams y manuales para la crianza de conejos.

Las imágenes del relato formaron una nube alucinógena en mi cabeza: el animal ahorcado, el hacha en el cráneo de la mujer, el aullido infernal brotando del muro. Pero lo que verdaderamente me perturbó fue descubrir que el narrador (el asesino) podía ser yo misma. A través de la lente de Edgar Allan Poe me asomé a mi propia perversidad. La de todos. Más que desde la conciencia, desde los sentidos. Tras engullir la última línea del texto mi cuerpo quedó en un estado de morbidez durante horas. En los siguientes días la repugnancia por el cadáver emparedado y el horror por el diabólico grito del monstruo se mezclaban, ora con un letárgico sueño, ora con una excitación casi erótica.

El impacto fue mayor porque recientemente mi gato Foris se había quedado tuerto en una riña. Enorme y de color negro, una especie de corbata de pelo blanco rodeaba su vigoroso cuello. La mutilación le había hecho malhumorado. A donde quiera que yo fuera, iba Foris. Apenas me sentaba corría a treparse en mis piernas como si se abalanzara sobre una presa. Al mirar de cerca su único ojo –y el borde amarillento de la cuenca vacía– una pesada amargura me oprimía el corazón. Entonces le acariciaba el áspero lomo cinco, diez, veinte minutos. De pronto, como si un relámpago le golpeara el pecho, bajaba de mi regazo con la misma rapidez que había subido.

Ya enamorada de Poe, regresé al modesto local mejor conocido como “la tienda de don Manuelito” (por ser su original dueño don Manuel Ramírez, excombatiente de la Revolución Mexicana) y solicité la edición de Porrúa de Narraciones extraordinarias. Habría de aguardar dos semanas a que lo trajeran de Tampico; era menester que hubiera otros pedidos. En Tantoyuca no existía una sola librería, en el sentido estricto de la palabra: un lugar dedicado exclusivamente a vender libros.

Corría la primavera de mil novecientos noventa y uno. Cinco años atrás me había hecho fan de Carl Sagan y de su famosa serie Cosmos. Sin otra cosa mejor en qué ocupar mis tardes, perdía el tiempo imaginando la composición del universo (a veces también intentaba escribir sonetos). Hasta finales del noventa había sido una chica más o menos sociable. De la noche a la mañana toda mi confianza en el mundo se rompió como una cáscara de nuez al estrellarse contra una roca. Dejé de hablarle a los que antes les hablaba. Dejó de gustarme la ciudad donde vivía y me construí una fortaleza afuera del tiempo (eso creí). Cada hecho cotidiano pasaba por el filtro de mi imaginación y se convertía en una realidad aparte.

No resulta extraño, en tales condiciones, que el autor del gato negro me pareciera mi padre, mi esposo, mi amante o mi hijo. Mi aliado en las sombras. Al leerlo experimenté placer antes que miedo. Siempre he tenido una imaginación escandalosa. Ya en la infancia mis sueños estaban poblados de personajes extravagantes y abigarrados escenarios: se han ido volviendo más sofisticados, verdaderos cortometrajes. Es una lástima que no sea guionista de cine.

Por otra parte, crecer bajo la herencia del Xantolo hace que uno vea la muerte con cierta familiaridad. Hacer el camino de cempasúchil para los difuntos –la plena seguridad de que estaban a mi lado– y comer tamales en el cementerio, junto a la tumba de mis abuelos, me parecían cosas tan naturales como que un gato ahorcado retornase del inframundo.

Lo llamado sobrenatural era, para mí, otro aspecto de la Naturaleza. A los doce años tenía una fe ciega en la ciencia: tarde o temprano los pasadizos entre el mundo de los vivos y de los muertos –de los demonios y de los hombres– dejarían de ser incomprensibles a nuestra razón.

Ahora soy una mujer adulta. De pocas cosas tengo certidumbre acerca del ser humano; de lo que no me queda duda es de su tendencia a la maldad. Aquella muchachita huraña que leía cuentos de terror en Tantoyuca jamás lograría recuperar, completamente, la confianza en el mundo. Pero no estaría sola: los gatos, los árboles, los libros y las manos milagrosas de una abuela, serían su fuente de sosiego y deleite. No me hice astrónoma, como anhelaba en esa época. Pensé que si estudiaba psicología iba a comprender el alma humana. La verdad, aprendí más sobre ello en las narraciones de Poe que en la Interpretación de los sueños de Freud.

Me queda claro que la perversidad está más allá del crimen explícito. Se da en pequeñas dosis, se oculta detrás de eventos a primera vista insignificantes. ¿No es perverso quien tiene por mascota un perro al que nunca acaricia, ni lleva de paseo, ni libera del escozor de las garrapatas? ¿No es el mismo perro objeto de una manipulación premeditada que ha convertido al lobo en “nuestro mejor amigo”?

El legado mayor, el punto exacto de mi complicidad con la obra de Poe, ha sido el gozo en la recreación del misterio: lo bello, lo antiguo, lo exótico. En medio de la fatalidad, en el centro mismo del caos, brota la Poesía. Una poesía oscura y densa como las aguas de la Estigia. El amor se vive (se muere) de formas exaltadas, al límite de una realidad que se fractura y arroja al lector hacia otra realidad profunda y eterna. ¿Cómo podría conformarme con ternuras tibias luego de caer abrazada a una caja oblonga en mar abierto, de clavar la mirada en los oscuros ojos de Ligeia y de ver rodar por el suelo la marfilina dentadura de Berenice?


Acabo de traer a casa un libro con novecientas sesenta páginas: Edgar Allan Poe, cuentos completos. La edición conmemorativa por el bicentenario de su nacimiento. En la portada una litografía de Federico Castellón. Sesenta y nueve plumas al acecho. Me ha costado más de lo que regularmente gasto en una despensa. Me dispongo a (re)leer. Por supuesto, la primera hoja que alcanzan mis ansiosas pupilas es ésta que dice El gato negro.
.

Edgar Allan Poe. Cuentos completos. Edición comentada.
Traducción de Julio Cortázar. Editorial Páginas de espuma. México, 2008.

16.7.09

Tamohi, la ciudad efervescente

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Domingo 12 de julio de 2009.

A veces pienso en las ciudades antiguas como si hubiera vivido en ellas. Me resulta natural, por ejemplo, caminar sobre las vastas plataformas escalonadas de Tamohi, acercarme al altar que corona sus construcciones. Oír la lenta respiración de los siglos echados sobre la tierra mansa.

Ubicado en la ribera derecha del río Tampaón, Tamohi, “lugar de efervescencia”, es uno de los centros huastecos más importantes del mundo prehispánico. Hay quienes le dan el nombre del rancho donde se encuentra: “El Consuelo”, municipio de Tamuín, San Luis Potosí.

Cuando llegas aquí, frente descubierta y mirada en alto, puedes ver el polvo danzando entre árboles desnudos. El golpe suave de las corrientes de aire sobre la piedra. Algo queda en la atmósfera del ajetreo y el bullicio de los hombres de antes, que venían por el Tampaón a vender o cambiar sus mercancías. El rumor de las embarcaciones. Los atracaderos. El maíz y las hierbas de olor de mano en mano. Y de pronto, el tiempo se detiene. Reinan la quietud y el silencio.

Aunque el paso de los años ha lastimado el color, en los costados del altar de Tamohi apreciarás una pintura mural. Yo la he visto en la hora precisa en que el Sol baja a beber agua del río. Es fácil perderme entre lo rojo y lo negro de los trazos: dioses y guerreros en procesión. Es fácil creer que mi rostro y el tuyo están junto a esos otros rostros. De perfil. La pupila expresiva. Los dientes bien delineados. Una actitud que se antoja bondadosa y bélica. Serena y excitada. Un hábil artista tének los dibujó dos o tres siglos antes de la llegada de los españoles.

Si andas en Tampico puedes visitar el Museo de la Cultura Huasteca, en el interior del Espacio Cultural Metropolitano (METRO), donde hay una réplica de esta bella obra.

No son ruinas. La roca y la argamasa están vivas. Estructuras ahora circulares, ahora con forma de rectángulo. Largos escalones. Pisos que se extienden y se elevan. En este sitio se encontró la célebre escultura “El adolescente huasteco”, hoy resguardada en el Museo Nacional de Antropología.

Vine a Tamohi porque quería escribir sobre la Huasteca un hermoso poema. Y en su corazón arcaico no encontré palabras, sino imágenes. Ninguna retórica, más bien un punto donde la Historia recomienza. ¿Querrías, tú, volver conmigo a la ciudad efervescente?, ¿ayudarme a escribir ese gran poema?

7.7.09

En la tortuga de piedra

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Domingo 5 de julio de 2009.

De pie, al centro de la plaza, rodeada por el bullicio de niños y pájaros, la Pirámide proyecta su serena sombra en el asfalto. Su gallardía nos invita a detenernos y a mirarla de frente. “El Castillo”, así es como le llama la gente de los alrededores.

El nombre del municipio veracruzano “Castillo de Teayo” proviene del vocablo huasteco Teayoc, que significa: “en la tortuga de piedra”. Encontrarás este hermoso poblado en la llanura costera del Golfo de México. Cerca del estado de Puebla. Colindando con Temapache y Tihuatlán.

La primera vez que estuve ahí, hace un par de años, no fue difícil imaginar los portentosos edificios que en otra época habrán mostrado su fachada a sacerdotes y guerreros. Las ruinas prehispánicas de Tzapotitlan sobre las que se asienta la población actual. Por el espacio de unas horas pude ir y venir entre el mundo místico y ritual de los antiguos pobladores del Huaxtecapan y el mundo tecnificado de nuestro siglo. Aceras pavimentadas. Animales de barro. Automóviles y bicicletas. Copas de árboles danzantes. Monolitos de roca arenisca.

Mientras el Sol inauguraba el día con su diadema de luces, subí por la amplia escalinata hasta el pequeño templo que corona el Castillo. Vi restos de pintura roja y negra. Un revestimiento de estuco. Un espacio donde, en medio del ajetreo cotidiano, se crea el silencio.

Se ha investigado ampliamente sobre las antiguas ocupaciones culturales de esta zona: olmeca-vixtoti, mayas, toltecas, huastecas y mexicas. De acuerdo con el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), corresponde, de manera muy clara a la cultura huasteca la fase temprana, siglos X y XII d.C., y la fase tardía a la cultura mexica.

La Pirámide es parte de la vida cotidiana. Las muchachas pasean con sus novios alrededor de ella. Las madres llevan a sus hijos a jugar en su cercanía. Vendedores y merolicos pasan pregonando en las calles aledañas.

En el museo de sitio encontré a la deidad del agua, Chalchihuitlique; la serpiente emplumada, Quetzalcóatl; algunos ídolos con esa bella capa de algodón bordado que hacen los huastecos, el “Quechquémetl”.

Recuerdo el rostro amable de los hombres y las mujeres, el lumínico lenguaje de sus ojos, una luz como de estrellas a punto de nacer.

¿No sería fascinante ir de nuevo, tú y yo, hasta ese tranquilo escenario?, ¿ver el manto rojizo del crepúsculo envolviendo el Castillo y, al amparo de su ancestral arquitectura, dialogar con los dioses de la Huasteca?

4.7.09

pequeña canción de cuna



paraLinda
una mujer (de este lado) sonríe
quieta

no son agujas de plata
sus dientes, ni animales cansados (la angostura de los labios)

sola
cantándole a la Luna
en su regazo

el mar
ser agua de mar
y
el niño en su vientre
el niño padre
el niño hermano
moldea
con su brazo (un martillo)
a
la mujer
sola
cantando

2.7.09

de laberintos y deseos

[...] No aguardes la embestida
del toro que es un hombre y cuya extraña
forma plural da horror a la maraña
de interminable piedra entretejida.
Jorge Luis Borges


Cuando a los siete años leí el mito griego del Minotauro quedé convencida de que eran reales esa bestia mitad hombre y mitad toro, su enorme laberinto y el héroe Teseo. Desde entonces no he dejado de soñarme atrapada entre muros y puertas que dan hacia más muros y más puertas.

¿Un escritor que me ha provocado terror? Borges. Definitivamente.

A Poe lo leo con deleite. Me enamoro de sus asesinos, me convierto en sus mujeres, danzo con sus fantasmas. Ese fino estremecimiento de la carne al amoldar sus letras en el cuenco de mi mano es de seducción. De ansia. No hay tras la lectura interminables pasadizos. Ninguna escalera subiendo a los peldaños de otra escalera. Sólo tapices persas, ajenjo y mirra. Amantes que escapan de su cámara mortuoria para volver a su tálamo nupcial.

Borges: el miedo a despertar en los límites de otro mundo. Poe: el deseo de soñar todos los sueños.

Leer, en todo caso, es ir en busca del monstruo, guiarme por su bufido en la oscuridad.

Avanzo libro adentro y me detengo antes de la última página: las líneas suspensas en mi memoria (la anticipación de la próxima estancia) son madejas de un hilo suave que se irá desenvolviendo, entre las horas y los minutos, hasta el final del día.

Es momento de iniciar una nueva lectura. De seguir la flecha del tiempo. Pero el tiempo es, también, una isla: Creta.

1.7.09

El fuego y la palabra

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Domingo 28 de junio de 2009.

Uno de los recuerdos más vivos de mi niñez, allá en Tantoyuca, es el de las mujeres tének hablándoles a sus hijos en la plaza o en la calle. Unas voces queditas, ligeras, que caían de sus labios, entre risas y rezongos, como mecates deshilachados. No era el sibilante murmullo del náhuatl que mi madre había aprendido en Chicontepec, sino un lenguaje agudo que cascabeleaba en mis oídos, como si surgiera de lo más espeso del monte.

Artesanas y conocedoras de la tierra, llegaban caminando con sus niños desde las comunidades rurales hasta el centro de la ciudad, para vender sombreros, abanicos y petates, o hierbas y vegetales.

Me parecía ver en los tének una suerte de misterio, algo que no revelaban al orbe, que sólo se decían entre ellos. Años después comprendería que este punto velado es su literatura oral. Su cosmovisión. El peso mismo de su lengua.

Más allá del ritmo acelerado de nuestro siglo, del sincretismo con la cultura de otras etnias y el pensamiento cristiano, hay un espacio muy suyo, muy privado, que los une con los antiguos constructores de cúes. Una raíz milenaria. El espíritu de una raza que arde con fuego propio.

Las mujeres huastecas del norte de Veracruz no portan, ya, la ropa tradicional como, por ejemplo, las de Aquismón, en San Luis Potosí. Los jóvenes emigran a las cabeceras municipales con el afán de adaptarse a la era tecnológica. Algunos son conscientes de su legado, otros tienen prisa por olvidar su origen. Los ancianos suelen ser quienes custodian las viejas leyendas y rara vez le comparten este conocimiento a personas que no son de su estirpe.

Organismo que se alimenta de la Historia, la Palabra se transfigura en cada pueblo para nombrar los objetos del mundo y, en su interminable viaje, nos va transformando a nosotros, los hablantes. En nuestro país, ya lo sabemos, hay una extensa gama de tejidos lingüísticos. En el libro El patrimonio nacional de México (CONACULTA y FCE, 2004) Leonardo Manrique Castañeda afirma que existen alrededor de 75 lenguas indígenas mexicanas vivas.

El Huaxtecapan se nutre, además de los mestizos y los tének, de nahuas, pames, tepehuas y otomíes. Cada grupo manifiesta su herencia desde la riqueza de su mirada y la profundidad de su lenguaje.

¿No crees que las palabras de nuestros hermanos huastecos son fértiles lagunas donde tú y yo podemos reflejarnos?

de cosas singulares

son las cuatro de la mañana. Yahoo. Casi nunca utilizo esta cuenta: la conocen tres personas. Emerge una ventana: Mazhar Shah tiene una solicitud para unirte a su red (o un mensaje más o menos así). Clic. Aceptar.
Otro de esos extravagantes que se cuelgan motes raros.
¿Quién eres? Pero él (ella) sólo habla inglés y yo sólo hablo español. Entiendo apenas un par de cosas. Pienso en los laberintos.
¿Where are you?Pakistan.
Me pregunta cómo obtuve su ID.
Una visita del ángel de lo singular. ¿Qué más?