DE LANZA EN ASTILLERO Y ADARGA ANTIGUA

La Poesía como Destino.

29.6.09

diccionario de la locura


Foto: A.P.
Un viejo amigo me ha dicho que para entender mi blog necesita un diccionario al lado. En realidad se requiere un diccionario para leer a la mujer que soy. La sórdida, silenciosa, húmeda, voraz, antigua, dulce. La que amanece convertida en espuma o en árbol.

La mujer casi rota.

La que renace de esta ruptura a punto de ser. La que jamás.

Algunos hombres han querido traducirme a otras lenguas. Reescribirme. Hacer un tratado acerca de la forma en que doblo la muñeca izquierda al dormir o en que abro los ojos en los días de lluvia. Fotografiar los distintos ángulos de mi soledad. Han hecho tesis doctorales sobre mi manía de repetir la palabra polvo junto a las ventanas. Luego archivan toda esa escritura en una enorme bodega de paredes grises. Aseguran el cerrojo. Y entierran la llave a los pies de un cerezo, cuando llega el invierno.

28.6.09

la superstición de las palabras

Foto: A.P.

Cuando cierro un libro, la última palabra que alcanzo a leer se convierte en una herida. Sus fonemas danzarán con ligereza en mis neuronas o me perseguirán como galgos furiosos: puedo dejar que me devoren o domesticarlos en el papel.

Si acaso termino mi lectura en terremoto, descuartizar o abismo, regreso a las páginas y leo hasta encontrar algo que diga pájaro, cortesía o reloj.

Por las mañanas, mis ojos se dirigen instintivamente hacia el librero que está junto a mi cama y buscan, sobre el lomo de algún libro, el epígrafe de mi día.

Al encender un televisor, al saludar a otra persona, al pasar por un puesto de periódicos, estoy atenta a las frases que, como saltimbanquis, han de salir a la escena del mundo, para mí. Sólo para mí.

24.6.09

Por el camino a Jalpan

Publicado en La Razón. Tampico Tamaulipas. Domingo 21 de junio de 2009


El viaje fue por la tarde, en uno de esos días claros de octubre. Había amanecido en Xilitla, con el afán de pasarme el día caminando en sus calles luminosas. Pero hacía tiempo que deseaba conocer la huasteca queretana, de la que casi nunca oímos hablar. Pensé en una palabra: Jalpan.

Abordé el camión y, en contra de mi costumbre, me quedé dormida apenas recargué la cabeza en el respaldo de mi asiento, junto a la ventanilla. En las manos llevaba la cálida vibración que nos deja una atmósfera limpia, donde palpita el azul intenso y se respira un olor a hierba fresca.

Un suave cosquilleo me hizo abrir los ojos. Entonces vi la sierra, su largo espinazo de cinabrio. Las nubes que descendían de su húmedo reino a las quietas montañas. Nubes como escaleras por donde trepaba la luz. Nubes como algodones que envolvían las vértebras de piedra del País Serpiente.

La sinuosa carretera iba alcanzando cada vez mayor altura a lo largo de la cordillera, lo que me daba la perspectiva de un ave en pleno vuelo. Las cumbres minerales se asomaban a la eternidad, una tras otra, y otra y otra. Impasibles. Calladas. Antiguas.

Recordé la primera vez que apunté mi telescopio hacia las Pléyades. La exactitud de aquellos puntos brillantes sobre una alfombra negra. Ordenados en hileras que parecían infinitas. Gigantesco tablero del Cosmos. Así, en aquel momento, la Sierra Gorda.

Ya en Jalpan escucharía el gemido del aire al golpear los madroños. Las voces del viento al agitarse entre las montañas. El rumor de los siglos estrellándose contra las rocas.
Mis pupilas se sumergieron en el paisaje, olvidadas del cuerpo que las contenía. La mujer que había subido a un autobús, una mochila verde al hombro y un suéter amarrado a la cintura.

Supongo que los demás pasajero recorrían muchas veces el mismo rumbo. Sus rostros lucían serenos, mudos, casi inalterables. Algo había en ellos de la quietud milenaria de la Sierra. Algo se quedó, también, sobre mi piel.

Llegué a mi destino cuando el Sol empezaba a enrojecer el horizonte. Arribaba, no desde un lugar en la tierra, sino desde las profundidades de un sueño. Mañana continuará la travesía, me dije. ¿Querrás acompañarme?

Para decir la palabra Tampico

Publicado en La Razón. Tampico Tamaulipas. Domingo 14 de junio de 2009


Más que un lugar de perros es un mapa esférico, laberinto de espejos, una realidad que se expande, se aleja y retrocede hasta llegar (siempre) al mismo punto: la palabra Tampico. La ciudad. El trazo junto al mar Atlántico, en este cuerno de la abundancia que rezuma sangre, en un continente cuya historia es una larga pirámide con escalones superpuestos. ¿El planeta? El mismo que arrulló a la humanidad con el fuego de las cavernas, entre la diosa del amor y el dios de la guerra, sobre las aguas del tiempo.

Tampico. Pichones, tordos, cantinas, troveros, muchachas, mangos, jaibas, humo, avenidas, camiones, marimbas. Tampico.

Pronúncialo despacio, siente sus raíces huastecas: tam, “lugar de”, y pikó, “perro”. Celebración de la fertilidad, tierra mojada y árboles erectos.

Aquí los hombres serpientes danzaban hace más de quinientos años; melena al aire, dientes filosos, cuerpos tostados de sol. Aquí, ahora, palmo a palmo ves pasar obreros, taxistas, médicos, niños que juegan a ser magos, mujeres de grupa generosa, vagabundos amantes de la oscuridad, hombres que buscan los retazos de su juventud en los cafés. Miradas de otros lados. Viajeros. Trapecistas. Marinos.

Tampico. Sobreviviente de piratas, tropas extranjeras y ciclones. Suburbio de la imaginación: rugido de barcos y trenes, vapores de sueño y petróleo, de algo que vuela como el viento.

Si vas por el mercado “Zaragoza”, la piel herida con alfileres de asombro, te asaltará el bullicio de los comerciantes, el aroma a bísquets con mantequilla en las puertas del “Selecto”, el tráfico de piernas y zapatos; más allá un reloj nostálgico, un rumor de granos de café y letras engarzadas en el aire: “El Cuco”.

Detén tu ardua caminata, mira de frente al herrero que fragua rostros de bronce. Titán de hierro y argamasa que nos arponea los ojos cuando la Avenida Hidalgo se asoma por la ventanilla del microbús. Caracol de asfalto que nos invita a dialogar con las casonas, a convertirnos en galápagos junto a la Laguna del Carpintero, a dibujar la geometría de las palomas en la Plaza de Armas.

¿Acaso no habitamos, tú y yo, la palabra Tampico, al pronunciarla, al reinventar su sonido, al repoblarla de imágenes, mitos y silencios?

Mientras cante la memoria

Publicado en La Razón. Tampico Tamaulipas. Domingo 7 de junio de 2009


Cuando mi madre me llevó por primera vez a Tezizapa, su tierra natal, ardía en deseos de bañarme en el mismo arroyo donde cuarenta años atrás ella había perseguido luceros y peces, a hurtadillas, sobre una laja. En mis pupilas vírgenes se grabó el mapa terroso de aquel camino: la pared caliza de las lomas recortadas y los barrancos tupidos de matorrales.

Tezizapa, que en náhuatl quiere decir “huevos en el agua”, se apretuja en la congregación de Huitzizilco, en la serranía de Chicometépetl, Veracruz. El sol cae de frente, sin darte una tregua. Ves pasar hombres a caballo, el rostro bajo el ala de un sombrero de zapupe, las manos curtidas de tanto arriar un futuro agreste y perdidizo. Es uno de esos rincones de la Huasteca dónde la señora Modernidad, muy atareada en enjoyar las grandes urbes, apenas ha desempacado sus valijas.

Allá por los cincuenta, cuando mamá era una muchachita indómita con un canasto de pan en la cabeza, el cauce de las aguas era tan ancho y fértil como sus sueños. En época de aguaceros bastaba empujar una roca y aparecían las enormes acamayas, ebrias de calor y humedad; no había que esperar largo rato, como ahora, para apresarlas en los chiquihuites.

El pelo recogido en trenzas, fuego negro en la mirada y el corazón en un puño, mi madre aprendió, muy pronto, a endulzar con piloncillo la tristeza, a ganarle la partida al silencio mientras mi abuela Eusebia cocía “caprichos” y “revueltas” en un horno de barro. Nada la hacía más feliz que ir por el arroyo, corriente arriba, hasta “el saladillo”, blanca lengua de cristal en los peñascos, y “la sirena”, limpia garganta de agua, boca de remolino y cabellera de cascada.

En el monte espeso la sed se sacia con los jugos de la parra, grueso bejuco enredado a los árboles como el tiempo a mi palabra. En las canoas de piedra talladas por Natura la memoria reverdece, llora, canta.

Es cierto, el País serpiente va mudando la piel. No llueve igual que antes. Pero la Tierra no olvida jamás, letra por letra dice tu nombre y el mío; el nombre de nuestros abuelos; acércate, ¿no oyes retumbar su pecho de timbales?

23.6.09

¿Has andado por el País Serpiente?

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Domingo 1 de junio de 2009


Tú y yo sabemos que Tampico se yergue sobre un corazón de salitre y arena, que la pirámide de Las Flores es el vestigio de una ciudad antigua, que el Pánuco abraza perezosamente la cabellera de una larga y fértil región echada junto al Atlántico: el Tének bíchou, el País serpiente.

En la antigüedad le llamaron Cuextlan, lugar de adoratorios o cúes. Suelo andado por el guerrero Cuextécatl, donde el viento, Ehécatl, levanta su rumor de caracoles y la diosa Mayáhuel les obsequia a los hombres las delicias del pulque.

Tú, habitante de este siglo, vecino del mar y de las refinerías, ¿has ido más allá del sinuoso lomerío de Tantoyuca, por el verdor de Tepetzintla, hasta llegar cerca del Totonacapan, donde la Tortuga de Piedra alza la cabeza para contemplar los caparazones blancos de las nubes?

¿Has amanecido bajo el azul intenso de Xilitla, el fuego de la estrella matutina y el aroma del café enredándose a las calles, junto a esas muchachas morenas de trenza colorada que llevan el tiempo erizado en los muslos y hablan con los pájaros?

¿Has visto la luz derramada sobre el cerro de Mantezulel, mientras los niños trepan en las rocas húmedas?, ¿el zarandeo de barro y flores en el aire de Huejutla?, ¿los colores de la sierra queretana, allí por Jalpan, donde los cerros arañan las alturas como animales?

Yo amo a la Huasteca, mi patria espiritual, y deseo invitarte a caminar conmigo cada domingo, entre sus valles y sus escarpadas laderas. A disfrutar del huapango. Las fiestas de xantolo. El zacahuil.

¿Quieres comenzar el viaje, aquí, ahora, en estas páginas de tierra?

22.6.09

flashback


Foto: A. P.
para Nancy
Hay días en que me gusta jugar con muñecas.
El crujido de raso y organdí.
No el color. Ni la respiración de los pájaros.
Hay días (lo celebro).

21.6.09

retorno

para Haku

Habrá que reinventar nuestro lenguaje. La forma de abrir los ojos cuando llueve. El contorno de la palabra deseo.
Volver a la raíz primera de las cosas.
Reír hasta que la mandíbula se agite como un barco en los límites del agua.

Onironauta

Un día decidió encerrar sus pesadillas en una botella de vidrio azul. En un transparente carruaje se dirigió al país de la memoria y recorrió las miles de noches vividas desde su infancia. Uno a uno fue capturando los terribles sueños que la habían atormentado por casi tres décadas y los echó al hermético recipiente. Concluida la fatigosa tarea la mujer arrojó el envase a las aguas perdidas en que nada vuelve a ser. Caminó hasta su cabaña y se acostó en el mullido lecho. Súbitamente los párpados se le hicieron vapor y los ojos quedaron expuestos en las cuencas del cráneo como dos almejas rosadas. Las horas, albos alacranes, se descolgaron poco a poco del reloj de pared emponzoñándole la vigilia. Comprendió de pronto, mientras un aguijón sudoroso le cortaba el aliento, que había olvidado recluir el sueño en el que permanecía despierta por toda la eternidad.

20.6.09

ni una cita más

Después de tomar el curso "Ficción histórica desde abajo" impartido por Cristina Rivera en Ciudad Victoria, logré un estado de gracia que espero me lleve a la Iluminación. Si no lo consigo, siempre quedan otras cosas en el mundo: el café de olla, las películas de Hollywood, Animal Planet y mi viejo ejemplar de La Odisea.

Está claro que debo sacudirme el polvo de los ojos. Conducir las palabras a un territorio más allá del papel, en donde las he tenido un tanto aisladas. En todo caso, el vértigo.

Aprenderé a dudar con firmeza.

Y creo que voy a dejar de citar a Octavio Paz (por ahora).

19.6.09

cererebro en reparación

una sustancia gotea
de
un grifo
en
lo
más profundo
de
mi cabeza

hoy dibujé a Haku en mi rodilla izquierda. Hablé tres minutos con Sergio en el caracol de mi mano. Vi cuatro veces el videopoema Espejo de Carla Faesler. Me comí una hamburguesa en una ciudad sin playa. Me mordí las uñas frente a una pared vacía. Me desnudé para un ojo mecánico. Recordé el fémur fracturado de mi abuela. Inventé seis formas de decir la palabra tiempo

fantasmas aguijones polvo las mismas palabras de siempre. Una fotografía rota

16.6.09

Morgana en el Paraíso

Ella es la otra parte de mí. Lo inconfesable. Desde que arribó a mi vida, hace más de siete años, se convirtió en mi espejo.
.
Pequeña emperatriz de ojos azules y guantes oscuros; reloj de bolsillo en la palma de mi mano. Alteró, de un zarpazo, la rotación de la Tierra. Los otros gatos la miraron con recelo. Salem, un gigantón de pelaje negro, comenzó a estrellarse contra los cristales de las ventanas y a masturbarse compulsivamente en las patas de las mesas. Inició una carrera en la vagancia y en la lucha violenta por su territorio. Se esfumó. Se fue, tal vez, a extinguir el fuego de sus ojos en algún callejón solitario (es el segundo gato negro que se me vuelve loco). Merlín, delicado y melancólico, pelambre níveo y nariz rosa, desapareció una tarde. Tiempo después lo encontraría cerca del vecindario, retozando con su mamá y sus hermanos. Un gato en busca de sus raíces.

Morgana se fue adueñando poco a poco del aire y el espacio; de la cama y los libreros; finalmente, de mí. Llegó a ser mi compañera en cien mudanzas (departamentos, empleos, hábitos, rostros). ¿Será mi vida una mudanza perpetua? Termómetro del clima emocional. En mis días amargos maullaba en un tono agudo, entre agitados suspiros. Le daba por correr en cículos, encima de los muebles, por todos los ángulos y rincones de la estancia. En mis horas felices parecía no tener peso, entregada al placer de las alfombras y la leche.


Mujer y gata. Juntas, abrazadas, heridas, hechas a la medida.

Un domingo silencioso, mientras el polvo de octubre hacía remolinos en la calle, Sergio vino a vivir conmigo. Una guitarra medio rota, un hato de novelas de Hermann Hesse, el diccionario de sinonimia de don Roque Barcia, una maleta olorosa a tabaco, mil canciones de Frank Zappa. A Morgana se le erizó el lomo. ¿Hay celos más ardientes que los de un gato?

A los pocos meses, cuando quedé embarazada, los ronroneos de mi pequeña maga se convirtieron en gruñidos; sus caricias, en arañazos. Al nacer Haku no me quedó más remedio que llevarla a vivir a la casa de mis padres, en Tantoyuca. Al despedirme vi arder en sus ojos un brillo punzante.

Ella, tan habituada a la tibieza de mi lecho, amaneció de pronto en un escenario rodeado de culebras y árboles. El perro Canelo (el guardián de aquella casa) le acechaba sin cesar entre paredes y puertas; comenzó a perseguirla "nomás porque sí", como es usual en los de su especie.
.
Pronto, Morgana ya no era la misma. La gracia escapó de sus músculos, de su silueta, de sus pisadas. Los años le cayeron encima como un montón de piedras. La Muerte era inaplazable. Creí. En los ojos de los animales el dolor se refleja con crudeza. Especialmente en los felinos. Nadie debería decir que sabe algo acerca del amor si nunca ha visto ese resplandor de lluvia y sangre en las pupilas de los gatos.

Volví a ver a Morgana cinco o seis meses después, cuando regresé a visitar a mis padres. Había en su gesto la serenidad de quien ha retornado del Infierno luego de comer las rojas granadas de su huerto.

Hoy viajé de Tantoyuca a Tampico. Sola. Haku se quedará una semana (la primera) con sus abuelos. Sergio ha regresado a ese país ruidoso, afuera, donde la gente tiene prisa por olvidar (todo). Se llevó en una mochila verde a Frank Zappa, a don Roque Barcia y a Hesse.
..
Morgana no luce, ya, una tranquilidad ascética. Ha adelgazado. Pero hay en su mirada algo luminoso, una radiación. Se echa, precisamente, en los lugares por donde uno va y viene, como para obligarnos a saltarla, a notar su presencia, a decir su nombre. Las cornisas: su territorio. ¿El perro Canelo? Basta un maullido: el pobre orejudo se queda paralizado, como flotando en el limbo. Al primer movimiento en falso la pequeña emperatriz le cae encima y lo surte de arañazos. No sólo a él, a cuanto perro se le acerca. Recientemente adoptó a un gatito. Es amable con los gatos que no tienen a donde ir. Los deja descansar, en el crepúsculo, bajo las lenguas de luz que lamen su balcón. Su reino. Su Paraíso escarlata.

13.6.09

El lugar más común de todos

VAGABUNDEO SOBRE EL QUEHACER POÉTICO Ponencia presentada en Los Santos Días de la Poesía, Encuentro de Escritores 2009, La Florida, Jaumave, Tamaulipas. Abril de 2009.

Tal vez las palabras sean lo único que existe
en el enorme vacío de los siglos
que nos arañan el alma con sus recuerdos.
Alejandra Pizarnik

El silencio sólo tiembla más allá de las estrellas.
Si lo escucháramos
ni siquiera podríamos soportar su sombra.
Silvia Pratt

I. La palabra: Universo en expansión
¿Y qué lugar no es común? Después de la primera palabra ya todo es retorno, memoria, reverberación. ¿No vuelve nuestra sed a la moldura exacta de su grito en la garganta de los nombres? ¿No aviva nuestra carne sus ecos milenarios en la nota que rompió el Silencio del Cosmos?

La Literatura es una búsqueda.

¿Dónde nace lo opuesto, lo diferente, lo extraordinario? El alba nos ofrece la posibilidad de convertirnos en otros, de multiplicarnos, de sernos extraños, mas a lo largo del día responderemos al único nombre conocido, el que hemos traído a cuestas desde hace veinte o treinta o sesenta años: afuera de ese nombre, de sus fonemas precisos, de la curvatura de sus vocales, se extiende una neblina difusa y opaca. Lo velado. Lo ajeno. Habitamos este abismo azogado. No hallaremos otro sitio a donde ir. El nombre nos encuadra, nos hace alguien, nos protege del vacío. En lo profundo de nuestro ego nos creemos especiales –si el Yo no se creyera especial se derrumbaría como una torre de arena. ¿Pero qué hay más común que uno mismo?

El escritor y el lector se encuentran mutuamente en la página para reinventarse. La fascinación de ser. El Universo vuelve a comenzar: se expande.

La literatura es, por definición, asombrosa. Y sólo produce asombro lo inesperado. Lo común es lo previsible, lo que ya conocemos porque ha sucedido antes. ¿Cómo logra renovarse la tarea del escritor si, ya, los primeros hombres le cantaron a la vida, al amor y a la muerte?

El lenguaje es la respuesta. El lenguaje y sus alcances poéticos. Sean alemanas, otomíes o chinas, las palabras van vestidas con las ropas del entendimiento humano, la música del mundo. Nuestra pluma, por intrincados que sean sus caminos, llega irremediablemente a un lugar común. Pero lo común, cuando es tocado por la Poesía, adquiere una luz milagrosa: la calle angosta y rutinaria que recorremos al amanecer –sus grietas, manchas y abolladuras– se nos revela como una senda infinita, multicolor; el escueto árbol que habíamos visto una y otra vez ondear junto a la ventana se torna, de pronto, un chamán misterioso, antiguo, sabio.

¿No levanta su marea, en cada uno de nosotros, el océano del tiempo? El espejo, riguroso artesano, añade cada día un ángulo en el rostro, una diminuta variación en la voz, una imperceptible onda en la sustancia de los pensamientos. Como en lo fugaz –la impermanencia de los instantes– va contenido el germen de la eternidad, así el retorno se convierte en avanzada y lo común es siempre una puerta, un comienzo, un mar de posibilidades.

II. Destino Y Poesía
Menciona Alejandra Pizarnik, en un reportaje publicado por la revista Sur en 1970, que la poesía no es una carrera sino un destino. Casi cuarenta años después el quehacer literario ha tomado un rumbo menos romántico. En su afán de sobrevivir, el Arte arrima su pesada garganta a los abrevaderos de la globalización. ¿Será inevitable que se convierta en un objeto de consumo? El lector promedio de nuestros días busca libros que se beban rápido, como un refresco de cola, aunque no nutran, ni calmen la sed. Por mi parte sigo creyendo en la Poesía como destino, quizá porque en medio de la vorágine informativa del siglo, de su arduo golpeteo de imágenes, soy lo suficientemente pobre para quedarme a solas con el espejo y las letras (en una ocasión oí decir a cierta dama rica que sólo los pobres se vuelven escritores porque, como no les alcanza el dinero para ir al cine o a cenar, no tienen más remedio que quedarse en casa a leer).

¿Por qué Natura habría configurado destinos en medio de una humanidad que, en conjunto, parece no tener sentido? Me inclino a creer que es una consecuencia lógica del Cosmos –el orden. No logro de otra manera explicarme la sincronicidad de los eventos que me han traído hasta aquí. La mujer que soy. Millones de átomos –cada uno de sus electrones, cada diminuto quark y su invisible sacudida– con minuciosa paciencia han formado nubes estelares, galaxias, planetas, montañas y seres humanos. ¿Por qué no obedecería mi vida psíquica y espiritual a este gran concierto armónico? ¿No es natural ver en todo hombre o mujer a una célula ordenada de la titánica Inteligencia que rige el Universo? Se trata de una cuestión matemática. No por ello tenemos la esperanza de la inmortalidad –¿para qué?

El monstruoso intelecto que moldea galaxias, tigres y semillas de sésamo, deja entrever su perpetua cartografía a través de la visión poética.

La Poesía me ha demostrado su existencia, ¿le habré probado yo la mía?

Nada más natural para Baudelaire que admitir en su oficio literario la presencia de la fatalidad: la negra, el signo misterioso dibujado en la frente de los poetas. Él y Poe han sido elegidos por el Hado para cumplir una tarea superior en el mundo. Son los tiempos en que el artista brinda en la penumbra con el Demonio, se deja llevar en el aire por súcubos de lumbrosa cabellera, recorre fantasmagóricos paisajes a los que jamás abandona la oscuridad. Los símbolos palpitan con fuerza. El silencio arde, lleno de significados. El poeta poseído, transmutador de la materia, será dueño de un siglo más: Huidobro y su autoproclamación como un pequeño dios, la escritura automática de los surrealistas, los beatniks y su ponche de alucinaciones.

¿En qué momento la llama de los símbolos comienza a languidecer hasta dejar un pabilo seco sobre la Historia de Occidente? El poeta pasa de ser un iluminado a un burócrata, una pieza en serie de la inmensa maquiladora de cerebros. En la era moderna, dice Jung, “el intelecto se apoderó del trono que antes ocupaba el espíritu”. ¿Y no es ahora, en los filos de la posmodernidad, la enajenación quien ha dado un golpe de estado a la Inteligencia?

Afirma Isaac Asimov que las máquinas pueden convertirse en un elemento humanizador al hacer por nosotros las tareas tediosas y rutinarias (que antiguamente ocupaban una vida completa), y dejarle mayor espacio a la educación y las artes. Pero en esta transición entre el mundo de nuestros abuelos y el de nuestros hijos, vemos a mucha gente alienada, desprendida de su entorno, completamente pasiva en simbiosis con una pantalla: han confundido los fines con los medios, o lo que es peor, no tienen fines.
Un punto aparte requeriría -fuera de los propósitos y alcances de este ensayo- el tema de la tecnología como catalizador (no como obstáculo) de nuestro desarrollo espiritual y del quehacer poético.



Me interesa, especialmente, la situación histórica del arte en México: en su carácter de pueblo mestizo, con alrededor de 75 lenguas indígenas y numerosas expresiones culturales, ofrece a la Poesía un horizonte plural. Lo que se escribe en ciudades como el Distrito Federal o Guadalajara muy poco tiene que ver con la literatura de las comunidades rurales y semiurbanizadas. En 2006, en el seno de una velada literaria de Tantoyuca, Veracruz, escuché a un poeta nahua decir con vehemencia poemas cargados de un antiguo simbolismo: Dios, la Tierra, la fertilidad. Anteriormente había oído a un escritor de Monterrey hablar, sin rastro de pasión, acerca de una salchicha dando vueltas dentro de un establecimiento comercial. Dos visiones de la realidad, o debiera decir dos realidades que cohabitan en un mismo tiempo, en el marco de la nación mexicana. Nuestra herida, vejada, sangrante nación mexicana.

Los antiguos poetas del Anáhuac edifican su poesía, flor y canto, en el afán de acercarse a la divinidad. Poesía gráfica. Pinturas que hablan. La Conquista destruye los templos, el modus vivendi, las bibliotecas, el mundo completo de estos cantores. Mas, por debajo de la nueva palabra, del nuevo Dios y de sus dogmas, subyacen los viejos ritos y sus símbolos. Advierte Miguel León-Portilla en su introducción a Quince poetas del mundo náhuatl: “la espiritualidad mesoamericana está lejos de haber muerto”.

En plena era tecnológica he visto palpitar sociedades simbólicas que no sólo están al margen de lo posmoderno: ni siquiera se ha instalado en ellas la modernidad. Mis días fluyen entre el norte de Veracruz y el sur de Tamaulipas. Mi niñez, anclada en el verde lomerío de Tantoyuca –en los ochenta–, fue permeada por los usos y costumbres de la cultura tének y la espiritualidad nahua del cercano municipio de Chicontepec. Desde hace doce años me muevo en Tampico, frontera entre la fértil región huasteca –el tének bíchou de sus primeros pobladores– y la zona norte de México. Las configuraciones psíquicas entre una población y otra son más distintas de lo que uno podría pensar, dado que las distancias son cortas. Por ejemplo, veo en los artistas veracruzanos, en relación a los tamaulipecos, una identidad más unida a la Tierra, un peso mayor de los ecos ancestrales.

Vivimos en una suerte de tablero multidimensional donde coexisten lo primitivo, lo moderno y lo posmoderno. Los encuentros poéticos son ardientes o desapasionados, viajes metafísicos o limpios retratos de un cuadro urbano, tan válidos unos como los otros. Para comprender esta situación acudo a la perspectiva de Octavio Paz de que la historia de México no ha sido un proceso lineal, sino una serie de superposiciones marcadas por las rupturas.

Hay en el vasto país huasteco una tensión entre las raíces históricas y el Individuo, entre la herencia de nuestras culturas originales y la occidentalización. Puntos que debemos reflexionar, no con un sentido regionalista, sino para ser conscientes de nuestro contexto inmediato al avanzar por el gran tejido universal.

Asumo, como tarea personalísima, conjugar estas pulsiones en la Letra: lo comunitario y lo individual; lo perenne y lo efímero; lo arcaico y lo contemporáneo; lo mágico y lo racional.

El destino es una disposición genética, mental y espiritual, estrechamente relacionada con nuestro nivel evolutivo, que se nos revela como intuición o presentimiento. Vuelvo a citar a Jung: “Uno tiene el sentido de lo que debería y de lo que podría ser. Volver la espalda a ese presentimiento significa extravío, error, enfermedad”.

Buscar lo poético a través de la escritura implica un acto de fe. Nada nos garantiza a dónde habremos de llegar una vez embarcados en la página. Es posible que, pese al derroche de recursos retóricos, no logremos el anhelado encuentro. La búsqueda es, ya, una recompensa: nos reafirma, nos provee de significado, nos da substancia.

III. El ojo avizor
Señala Octavio Paz: “El hombre es un ser que se ha creado a sí mismo al crear un lenguaje. Por la palabra, el hombre es una metáfora de sí mismo”. ¿Comienzan a existir los objetos al momento de nombrarlos? ¿Seríamos igualmente nosotros, lejos del otro que nos pronuncia?

El poema es la expresión más alta de la palabra. Un cauce adonde la Poesía deja ir sus aguas infinitas. Cada navegante en el fluir de las letras hallará su propio rostro multiplicado. Escila y Caribdis acechan en la oscuridad el movimiento de las naves. El verso final destella en el horizonte. ¿Alcanzaremos tierra firme?

El poema es una búsqueda perpetua, insaciable, voraz. Un retorno.

El océano.

Ítaca.

En las profundidades del verso, entre los remolinos del silencio y la tinta, el pensamiento puede, libremente, vagabundear. Ir y venir a su antojo sin el grillete de la razón. ¿A qué tipo de revelaciones nos acerca este viaje?

La visión poética nos ha dado, antes que la ciencia física, la certeza de mundos paralelos, universos hechos de membranas o de cuerdas, escenarios donde la materia se desdobla, el sonido se derrite, la luz no logra escapar.

Descubrimos que la Realidad es una suerte de gato de Schrödinger. ¿Quién de nosotros abrirá la caja?

“En la teoría cuántica –menciona Hawking–, todo lo que no está realmente vedado puede suceder y sucederá”. En la Poesía no hay nada prohibido: en el terreno poético todo ocurre.

Desde el pasado siglo el principal instrumento de la Ciencia no es, ya, una extraordinaria habilidad matemática, sino una gran imaginación, la capacidad de concebir el tiempo, el espacio y la materia con creatividad. Diríase de forma artística. ¿Y cuál es el bien mayor de los escritores sino un portentoso aparato imaginativo?

No estrictamente el poeta, sino el escritor –el artista en general– observa la realidad a través del Ojo avizor. ¿Le es posible hacer predicciones igual que al científico? En una sociedad regida por la ortodoxia, ¿no prefigura sor Juana, a través de Primero sueño, el espíritu de la modernidad, la dolorosa caída en el Yo? ¿No adelanta Kafka, en su obra, el sentimiento de horror que vendrá con el Holocausto, el vértigo ante el absurdo de una época terrible? ¿No describe Bradbury, en Fahrenheit 451, la enajenación de nuestro siglo, el desprecio por la actividad intelectual en pro del espectáculo televisivo? En todos estos casos es la visión poética la que acude al templo de Apolo en busca del oráculo.

Saint-John Perse ha dicho: “En verdad, toda creación del espíritu es, ante todo, ´poética´, en el sentido propio de la palabra. Y en la equivalencia de las formas sensibles y espirituales, inicialmente se ejerce una misma función para la empresa del sabio y para la del poeta”. El científico es racionalidad; el poeta, intuición. El territorio al que ambos llegan, el conocimiento.

La Poesía está viva. Existe. Es por derecho propio. Si bien el poema puede contenerla como una casa, ella elige instintivamente sus habitaciones. El poeta es el afortunado constructor de puentes entre el halo poético y la Palabra. Cuando los lenguajes se hayan gastado y la máquina del mundo absorba la sensibilidad humana, cuando no queden huellas táctiles en los espejos ni fuego en los amaneceres, la Poesía construirá su nido lejos del monstruoso aparato, a donde nadie la perturbe, en el Silencio original.

No diré que esto es un epílogo
Desde que imaginé la frase que abriría estas páginas hasta que pude teclearla en mi computadora, el tiempo trazó en mi reloj, al ritmo de un compás, un ángulo de 90 grados. Dejé la idea sazonar en mis neuronas mientras deslizaba la mano jabonosa en el cuerpo tibio de mi pequeño hijo y, luego, al freír un trozo de carne en la sartén –cuando se vive a tientas, acompañada de un bebé de quince meses, éstos son los mejores lapsos para filosofar. Han transcurrido ahora seis días. Se aproxima el punto final de mi ensayo. Y me descubro rutinaria, típica, normal –a fuerza de extravagancias uno acaba siendo predecible. Me palpo, me muerdo, me rasguño. Arranco desesperada las capas de realidad y debajo de mi piel estoy yo, desnuda, mirándome con sorna, ¿a quién esperabas encontrar?
¡Ah!, es una treta. Exclama mi vanidoso razonamiento: al saber que soy ordinaria estoy por encima de lo ordinario.

En esencia comparto una misma naturaleza con los manzanos, las garrapatas, las estrellas, los peces, los guijarros y los cometas. Todos hemos brotado de una sola raíz y nos dirigimos minuto a minuto al insondable piélago del Silencio. Claro, este argumento sirve, también, para considerarme singular: ¿no es notable que una larguísima cadena de circunstancias, en la vastedad del Universo, haya culminado precisamente en la mujer que ahora está cavilando acerca de ello?

Lo que pienso y escribo parte desde mí y retorna hacia mí. No podría ser de otra manera. El lugar más común al que siempre vuelvo soy yo misma.


Bibliografía
Alejandra Pizarnik. Prosa completa. Lumen, Palabra en el tiempo. Barcelona. 2002. 319 pp.
Charles Baudelaire. Edgar Allan Poe. Fontamara. México, D.F., 2002. 191 PP.
Enrique Florescano, El patrimonio nacional de México, CONACULTA, Fondo de Cultura Económica, México, 2004.
Miguel León-Portilla. Quince poetas del mundo náhuatl. México, D.F. 2003. 339 pp.
Octavio Paz. El arco y la lira. Fondo de Cultura Económica. Lengua y estudios literarios. México, D.F. 2003. 307 pp.
Octavio Paz. Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe. Lengua y estudios literarios. México, D.F. 2003. 673 pp.
Saint-John Perse. Lluvias Pájaros. Leviatán. Buenos Aires, Argentina. 1997. 78 pp.
Silvia Pratt. Isla de luz. CONACULTA. Práctica mortal. México, D.F. 2004. 77 pp.
Stephen Hawking. Agujeros negros y pequeños universos. Planeta. México, D.F. 2004. 191 pp.
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10.6.09

Los días invertebrados

SUCESO CASI MEMORABLE


Rintrah ruge y sacude sus fuegos en el aire opresor.
Nubes hambrientas oscilan sobre el abismo.
William Blake

Preludio
Palabras… una horda de palabras. Abejas dando vueltas en mi cráneo. Ningún resquicio para ver la luz y convertirse en Letra. La computadora encendida. La pantalla en blanco. Silencio. ¿En qué lugar extravié los remos del lenguaje?

Si los insectos de mi cabeza absorbieran, por fin, el néctar de las flores verbales, qué grandes metáforas endulzarían la mañana, qué gran ensayo acerca del Espíritu, del amor como caldera hirviente en la maquinaria del mundo.

¿El amor?...

Sólo hay quietud en este reino doméstico. Echado sobre un mueble de pino igual que un féretro, me observa el televisor mudo, sereno, impávido; desde hace dos años lo único que proyecta su ojo convexo es el fantasma de la estática.

Mi hijo no sabe de conceptos, reclama el calor y la humedad del seno. Clic. Oscuridad. Silencio.

Lunes 27 de abril
Un vientecillo pardo aletea en la Plaza de Armas. Improvisados letreros en hojas de papel corriente puntualizan “higiene”, “gripe”, “salud”. Remolinos de muchachos pululan, sediciosos, entre calles asoleadas. ¿De dónde salió esta especie de zombis con medio rostro cubierto de azul?

“Sólo Dios puede salvarnos –una anciana de ojos saltones roza mi hombro–, pídale a Dios que su bebé no se contagie”.

Todos, sin duda, han enloquecido. ¿Qué le pasó a Tampico mientras la realidad se comprimía entre los sosegados muros de mi apartamento? ¿Habré llegado, como en mis peores pesadillas infantiles, a un universo paralelo donde un extraño parásito infecta el cerebro de las personas y hace que empiecen a devorarse unas a otras? Como sea, lo más sensato es regresar a casa.

Enciendo la radio, mi pequeño surtidor de noticias: invisible y despiadado camina sobre la Tierra el Ángel de la Muerte, el mismo que en tiempos de Moisés acabó a los primogénitos egipcios, que en el Medioevo echó 25 millones de almas al costal de la peste negra y recién entrado el siglo XX se llevó, triunfal, a otros tantos con el cuerpo atascado de fluidos.

¿Qué decía el señor Hawking sobre la superposición de historias posibles? Y aquello de las realidades alternas. Al abrir la puerta aumento el número de variables que afectan mi futuro, y el futuro de todos los universos donde existen otras versiones de mí –si fuera un físico teórico obsesivo creería que la Marisol de algún alter mundo acaba de ingresar a un hospital con los pulmones hinchados.

Martes 28 de abril
La Avenida Primero de Mayo está menos transitada que de costumbre. No veo por ningún lado la llave, la palanca, el cincel capaz de liberar el texto atrapado en mi cabeza. La fe. La fe como base del espíritu. El misterio como alimento de la fe. ¿Hay misterios en esta época? Por eso te has quedado sola, por ver misterios donde nadie más los ve.

Un tímido estornudo y Haku se frota la nariz. En el solitario estanquillo los periódicos rezuman el olor de la muerte. Me echo al bolso la más reciente edición de Letras libres: “Si Dios no existe”. Siento la proximidad del Vacío. ¿Acaso se dirige a algún lado el Yo cuando las neuronas finalizan su acto biológico? La palabra Pandemia. Una fibra muy íntima me dice que no puede estar ocurriendo. Me anega la misma sensación de incredulidad que, cuando niña, murió en mis manos un ave y, ya en la orilla de mi adolescencia, un árbol muy amado. ¿Cómo puede algo, en un instante, dejar de ser?

Haku se repliega contra mi pecho como planta trepadora. Miro de soslayo los coches, las paredes, el cielo. Densas nubes flotan en la atmósfera. De pronto me arde la garganta.

Llego a casa con urgencia. Voy al cajón de mi archivero: sí, hay suficiente amoxicilina.

Miércoles 29 de abril
El mediodía tarda en llegar; finalmente aterriza en mi ventana como un pájaro ebrio.

Observo la lenta respiración de mi hijo, la luz oblicua sobre sus párpados cerrados. El sol me hiela los huesos. Ráfagas de incertidumbre. Reverbero aquel dolor cuando Haku era un bultito de seis milímetros en mi vientre y los calambres no se iban, y la matriz no dejaba de sangrar. Una caída. Los mareos. El aire salado… Un delgadísimo filo en la boca del estómago.

Mi teléfono pronto estará en coma. Una línea roja se extingue lentamente en la pantalla. Vibra una voz familiar en la bocina: “Nuestro país es un circo, somos protagonistas de una gran comedia”. Mario desconfía de todo (o casi). Vendrá a verme mañana.

El color rojo se evapora.

Silencio.

Mis dedos van hallando su ritmo –por fin– en el teclado de la computadora. “Las masas están sedientas de virtud y depravación, de belleza y fealdad, de placer y tormento. Se les vende fácilmente cualquier cosa”.

Exploro la edición de Letras libres, las anotaciones que hice ayer en los márgenes de las hojas, lo que dice Weinberg sobre la posibilidad de un mundo sin Dios. A la ciencia no le hace falta lo sobrenatural para entender el Cosmos.

¡Vaya! Creí que Dios no era sobrenatural sino la naturaleza misma; las leyes físicas, sus manifestaciones cotidianas.

Dios es el Orden; las galaxias, neuronas de su titánico cerebro.

“Este colosal intelecto –apunto– nada tiene que ver con nuestros temores y deseos: pecado y virtud; Paraíso e Infierno; el anhelo de inmortalidad, la zozobra ante el fin de la conciencia”.

El señor Weinberg dice no entender “esa suerte de espiritualidad” descrita como “un sentimiento de comunión con la naturaleza o con toda la humanidad, y que no implica creencias específicas en torno a lo sobrenatural”. Yo, en cambio, no logro comprender otra espiritualidad que no sea la correspondencia con Natura y el desarrollo elevado de la capacidad de amar.

¿Qué la idea de Dios es contraria a la razón? ¿Pero, no es Dios el gran matemático?

Jueves 30 de abril
La presencia de Mario llena de luz la casa. Me gusta la forma en que su hija entra despacio, sin saludar, mirándome de reojo con una media sonrisa; se está recuperando de una gripe, lejos de los hospitales, por supuesto (no es agradable que otros conviertan a nuestros hijos en estadísticas).

A Haku le complace tener a quien arrojarle su pelota –que en realidad no es pelota, sino un globo terráqueo hecho de cartón.

Mientras los niños cambian la órbita del planeta, mi hermano y yo deambulamos entre las ideas. Que por qué el ser humano necesita del mito para sobrevivir, que si el germen de la credulidad brota de las religiones; que no era el Ángel de la Muerte sino el Ángel del Absurdo –con el permiso del señor Poe–, ¡qué virus más peligroso es la ignorancia!, y nuestros gobernantes no parecen muy interesados en vacunarnos contra ella.

Durante una hora y media construimos una sociedad sin presidentes, sin iglesias, sin sacerdotes, sin dogmas, sin miedos, sin influenzas.

El amor (decimos).

La próxima vez, frente al teclado, escribiré que el amor es lo único que puede sostener con dignidad nuestra existencia. “El amor, en un ciclo vital con el Conocimiento, nos conduce a la aceptación de la vida.” ¿Pero qué es la Vida? Dolor, placer, encuentro, soledad, disolución.

Antes de que el globo terráqueo anote un gol en la eternidad haré la pregunta: ¿por qué tenemos religiones si no porque nos resulta insoportable la idea de estar solos, de despojarnos, algún día, de nuestra conciencia individual?

Al abrir la puerta, Mario deja que la luz se le desmorone de la piel hasta quedar regada en el suelo como un polvo turquesa. Mi sobrinita va detrás. Un zumbido aguijonea mi pensamiento. Haku, adormilado, manotea para alejar de mi frente a las etéreas abejas.

Viernes 1 de mayo
Un viento frío me mordió los labios en la madrugada. Una de esas pesadillas filmadas en tecnicolor, con muchas escenas fatigosas. Fornicaciones en celdas oscuras. Hombres mutilados arrastrándose como larvas. Lluvia de sanguijuelas en árboles rotos. Esos sueños donde te sientas en una butaca, mirando con náusea la pantalla de otra realidad, y no puedes cerrar los ojos ni cambiar la cinta.

No hay nada sobrenatural en ello. Ni en esas mujeres de tez blanquísima y rugosa que flotan en mi cabecera, ni en la otra Marisol que se desdobla en el muro, cubierta de raíces y polvo, a punto de despeñarse sobre…

Cof. Un zombi tapándose la boca, afuera. Mi ventana es el párpado de un circo monstruoso. El mecanismo de la civilización gira con sus oxidados engranajes de púas: coches, mercaderes, gatos, aviones, bultos de oro y más oro desperdigándose por las cloacas.

La Palabra. El Abismo.

“La Realidad es una bestia mitómana. ¿Quién puede domeñarla, cabalgar en su territorio con dignidad, transfigurarla, debatirla, exprimir los sentidos y el intelecto?”

Haku. Oigo sus mínimos resuellos. Con una mano ahuyento a los fantasmas que revolotean sobre su testa.

Otra vez la imagen de Dios.

Dios, el matemático. Dios, el ajedrecista. Dios, el políglota. ¿Cómo cantaba el Poeta? Nadie puede ser amigo del Dador de la vida…
Una sílaba arrebata el aire. Haku, en medio de la cama, sonríe. Sus dientes parejos del color de la Luna brillan con luz propia. Parece mirarme desde adentro de un espejo, en lo más hondo del océano, saber algo que yo jamás…

Lenguaje. Los fonemas se me deshacen entre los dedos. Haku. La electricidad sacudiendo una pantalla vacía. De nuevo vacía, como al principio. Tal vez el Universo sea sólo lenguaje. Un sueño de palabras. Una sed inmensa. El zumbido de abejas azules estrellándose en el polvo.

Cd. Madero, Tamaulipas. Mayo de 2009