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Viajar al pie de un astro a media tinta.
Cielo aherrojado azul y blanco. Círculo
....................................................de nube en torno al día.
Estar de vuelta: casa (pincelada de palabras) como un atrapa-sueños
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..........................................................................................no termina
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26.2.10
24.2.10
Briznas de Romanticismo
Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Martes 23 de ferero de 2010.
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En estos días los poetas hacemos los viajes por internet. En nuestros ratos libres buscamos en el ciberespacio algo de la emoción que sintió Nerval en su expedición al Oriente. “Partir es madurar un poco –afirma Villaurrutia en su prólogo a la versión castellana de la novela Aurelia, escrita por aquel romántico francés–; dentro o fuera de la alcoba, lo que importa es trasladarse, perderse, encontrarse: viajar”.
Leí estas líneas cuando andaba en mis veintidós, en un volumen de Ediciones Coyoacán. Como suele suceder a dicha edad, me lo tomé literal. Así, empaqué mis cosas y tomé un autobús.
Llevaba una pequeña libreta de apuntes y comencé lo que entonces no sabía que llegaría a ser uno de mis proyectos de vida: escribir acerca de la tierra, de los pueblos, de los mitos. Como no soy antropóloga ni historiadora, podía darle mucho espacio a las impresiones sensoriales. Lo que ansiaba era la Poesía.
Y parafraseando a Lennon, como la vida es lo que nos va sucediendo mientras nos empeñamos en hacer planes, a la par que daba clases en un tecnológico y me movía entre Veracruz y Tamaulipas, empecé a recorrer, también, los paisajes de mi memoria. Mi primer libro, Tiempo sin orillas, se gestó “a lápiz” en los asientos de “las panteras”.
Por ahí de 2005 comencé una serie –en un canal local de Tantoyuca– de documentales acerca de la Huasteca: “Viajes por el país Serpiente”, una iniciativa independiente que tuvo cuatro emisiones.
Leí estas líneas cuando andaba en mis veintidós, en un volumen de Ediciones Coyoacán. Como suele suceder a dicha edad, me lo tomé literal. Así, empaqué mis cosas y tomé un autobús.
Llevaba una pequeña libreta de apuntes y comencé lo que entonces no sabía que llegaría a ser uno de mis proyectos de vida: escribir acerca de la tierra, de los pueblos, de los mitos. Como no soy antropóloga ni historiadora, podía darle mucho espacio a las impresiones sensoriales. Lo que ansiaba era la Poesía.
Y parafraseando a Lennon, como la vida es lo que nos va sucediendo mientras nos empeñamos en hacer planes, a la par que daba clases en un tecnológico y me movía entre Veracruz y Tamaulipas, empecé a recorrer, también, los paisajes de mi memoria. Mi primer libro, Tiempo sin orillas, se gestó “a lápiz” en los asientos de “las panteras”.
Por ahí de 2005 comencé una serie –en un canal local de Tantoyuca– de documentales acerca de la Huasteca: “Viajes por el país Serpiente”, una iniciativa independiente que tuvo cuatro emisiones.
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Continué viajando, a través de las carreteras y de las bibliotecas, con el deseo de llegar a escribir un poemario sobre la Huasteca. Recuerdo a gente sensible, por ejemplo, el encargado del museo de sitio, en Castillo de Teayo, un hombre de mirada afable llamado Víctor Manuel, a quien prometí un ejemplar del anhelado libro.
En el rancho “El Consuelo”, junto al altar de Tamohi, conocí a un señor risueño, vestido con todo el ajuar de explorador. Médico retirado y viajero irremediable, se había propuesto visitar “todas las zonas arqueológicas del país”. Dijo que se llamaba Víctor Rejón, que era del sur, que le gustaba escribir (después me enteraría que es Premio Nacional de Cuento Efraín Huerta). Un par de meses después, recibí en mi domicilio una novela de su autoría, que me prometí leer a pesar del título: Sólo para varones.
Finalmente dejé salir a la luz, en publicaciones periódicas, los poemas de aquella época bajo el rubro de Páginas rituales del silencio.
El tiempo pasó. Tuve un hijo. Publiqué mi primer poemario. Comencé a soñar, otra vez, con realizar aquel proyecto literario. Pensé en un nombre: Imágenes de la fertilidad: canciones al hijo del viento. El mes pasado recibí la notificación del Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes de que había resultado beneficiada en el Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico 2010, en la categoría de Jóvenes Creadores. Esto me permite ahora escribir el libro sobre la Huasteca.
¿Quieres acompañarme en el viaje?
Continué viajando, a través de las carreteras y de las bibliotecas, con el deseo de llegar a escribir un poemario sobre la Huasteca. Recuerdo a gente sensible, por ejemplo, el encargado del museo de sitio, en Castillo de Teayo, un hombre de mirada afable llamado Víctor Manuel, a quien prometí un ejemplar del anhelado libro.
En el rancho “El Consuelo”, junto al altar de Tamohi, conocí a un señor risueño, vestido con todo el ajuar de explorador. Médico retirado y viajero irremediable, se había propuesto visitar “todas las zonas arqueológicas del país”. Dijo que se llamaba Víctor Rejón, que era del sur, que le gustaba escribir (después me enteraría que es Premio Nacional de Cuento Efraín Huerta). Un par de meses después, recibí en mi domicilio una novela de su autoría, que me prometí leer a pesar del título: Sólo para varones.
Finalmente dejé salir a la luz, en publicaciones periódicas, los poemas de aquella época bajo el rubro de Páginas rituales del silencio.
El tiempo pasó. Tuve un hijo. Publiqué mi primer poemario. Comencé a soñar, otra vez, con realizar aquel proyecto literario. Pensé en un nombre: Imágenes de la fertilidad: canciones al hijo del viento. El mes pasado recibí la notificación del Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes de que había resultado beneficiada en el Programa de Estímulo a la Creación y al Desarrollo Artístico 2010, en la categoría de Jóvenes Creadores. Esto me permite ahora escribir el libro sobre la Huasteca.
¿Quieres acompañarme en el viaje?
territorio:
Páginas de Tierra
22.2.10
Un hombre (en defensa del criminal)
El abogado del terror (L’avocat de la terreur). Documental, por Barbet Schroeder.
Cuando tuve mi primer caso de oficio, sentado enfrente de mi cliente, un rufián. Me dije: “Este tipo soy yo. Yo pude haber hecho lo que él hizo, si hubiera estado en su misma situación.” Entendí que era mi vocación.
Jacques Verges
La revolución no es esa bestia que devora a sus mejores hijos, también los salva.
Bachir Boumaza
―¿Defendería a Hitler?
―Sí. Siempre y cuando se declarara culpable.
territorio:
de libros y películas
17.2.10
El guerrero del alba
Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Martes 16 de febrero de 2010.
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Todos hemos visto, en nuestros años de estudiantes, que el catorce de febrero está incluido entre las fechas solemnes a conmemorar en México. Recordamos que en un día como éste, en 1831, Vicente Guerrero fue pasado por las armas.
Después de terminar la escuela, y sin profesores que nos obliguen a recitar las efemérides en el patio cívico, pocas veces nos hemos detenido a pensar en este hombre que sacrificó su vida por la libertad del país en que despertamos, reímos y soñamos.
Un trabajo sumamente valioso en la reconstrucción de nuestra memoria nacional, que estudia la vida de Vicente Guerrero, es la novela histórica “El guerrero del alba”, de Raquel Huerta-Nava (Grijalbo, 2007). Sustentada en una ardua investigación, la sensibilidad poética se conjuga con el rigor académico para darnos una visión cálida, y a la vez objetiva, de la Historia.
Precisamente la poeta estuvo presentando esta obra en nuestro Puerto en 2008. Y ahora, mientras tengo el libro en mis manos, no puedo dejar de decir que me emociona y me sorprende su narrativa.
“En el siglo XX –menciona Enrique Florescano– la historia profesional se divorció de la memoria colectiva”. En el afán de presentar los hechos con precisión, se desvalorizaron algunas fuentes de gran contenido emocional, por ejemplo, la tradición oral. ¿Cómo se puede escribir algo sobre nuestro pueblo pasando por alto lo que acontece en nuestras fibras más íntimas, lo que nos hiere o nos apacigua?
Estoy segura de que si la Historia se presentase a los niños y jóvenes desde esta perspectiva, que no deja de lado el aspecto humano de sus protagonistas, habría más posibilidades de despertar en ellos un interés genuino por el acontecer del pueblo.
De pronto, la efigie de nuestros héroes luce tan inmóvil entre la juventud como los bustos que adornan los parques y jardines.
Resulta irónico que se haya acusado de traición a quien fue justo, noble y de grandes ideales, que vivió y murió para el bien de los otros. El primer homenaje cívico que se le rindió a Guerrero, después de su muerte, fue en 1833, con la reinstalación del gobierno liberal. ¿Cuáles son los homenajes que le hacemos ahora?
“El título inicial de este libro –apunta su autora en el apéndice histórico– ʻel guerrero del albaʼ, obedece a la idea de su ininterrumpido combate para el nacimiento de la patria, para esa alba o aurora de un país libre y soberano […..] En este tiempo nihilista y cínico, dolarizado, globalizado y materialista tal vez valga la pena como nunca antes recuperar a uno de los mexicanos más enteros, nobles y cabales que hayan servido a la nación […] esa clase de seres humanos llenos de esperanza en el futuro existieron y tal vez existan ahora en México y en el mundo”.
¿Y, nosotros, podemos tener esta esperanza?
Después de terminar la escuela, y sin profesores que nos obliguen a recitar las efemérides en el patio cívico, pocas veces nos hemos detenido a pensar en este hombre que sacrificó su vida por la libertad del país en que despertamos, reímos y soñamos.
Un trabajo sumamente valioso en la reconstrucción de nuestra memoria nacional, que estudia la vida de Vicente Guerrero, es la novela histórica “El guerrero del alba”, de Raquel Huerta-Nava (Grijalbo, 2007). Sustentada en una ardua investigación, la sensibilidad poética se conjuga con el rigor académico para darnos una visión cálida, y a la vez objetiva, de la Historia.
Precisamente la poeta estuvo presentando esta obra en nuestro Puerto en 2008. Y ahora, mientras tengo el libro en mis manos, no puedo dejar de decir que me emociona y me sorprende su narrativa.
“En el siglo XX –menciona Enrique Florescano– la historia profesional se divorció de la memoria colectiva”. En el afán de presentar los hechos con precisión, se desvalorizaron algunas fuentes de gran contenido emocional, por ejemplo, la tradición oral. ¿Cómo se puede escribir algo sobre nuestro pueblo pasando por alto lo que acontece en nuestras fibras más íntimas, lo que nos hiere o nos apacigua?
Estoy segura de que si la Historia se presentase a los niños y jóvenes desde esta perspectiva, que no deja de lado el aspecto humano de sus protagonistas, habría más posibilidades de despertar en ellos un interés genuino por el acontecer del pueblo.
De pronto, la efigie de nuestros héroes luce tan inmóvil entre la juventud como los bustos que adornan los parques y jardines.
Resulta irónico que se haya acusado de traición a quien fue justo, noble y de grandes ideales, que vivió y murió para el bien de los otros. El primer homenaje cívico que se le rindió a Guerrero, después de su muerte, fue en 1833, con la reinstalación del gobierno liberal. ¿Cuáles son los homenajes que le hacemos ahora?
“El título inicial de este libro –apunta su autora en el apéndice histórico– ʻel guerrero del albaʼ, obedece a la idea de su ininterrumpido combate para el nacimiento de la patria, para esa alba o aurora de un país libre y soberano […..] En este tiempo nihilista y cínico, dolarizado, globalizado y materialista tal vez valga la pena como nunca antes recuperar a uno de los mexicanos más enteros, nobles y cabales que hayan servido a la nación […] esa clase de seres humanos llenos de esperanza en el futuro existieron y tal vez existan ahora en México y en el mundo”.
¿Y, nosotros, podemos tener esta esperanza?
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territorio:
Páginas de Tierra
10.2.10
Symphony of Science
Symphony of Science es un proyecto para promover el conocimiento científico y filosófico de manera musical.
(Carl Sagan's lyrics written by Carl Sagan, Ann Druyan and Steven Soter) [deGrasse Tyson] We are all connected; To each other, biologically To the earth, chemically To the rest of the universe atomically [Feynman] I think nature's imagination Is so much greater than man's She's never going to let us relax [Sagan] We live in an in-between universe Where things change all right But according to patterns, rules, Or as we call them, laws of nature [Nye] I'm this guy standing on a planet Really I'm just a speck Compared with a star, the planet is just another speck To think about all of this To think about the vast emptiness of space There's billions and billions of stars Billions and billions of specks [Sagan] The beauty of a living thing is not the atoms that go into it But the way those atoms are put together The cosmos is also within us We're made of star stuff We are a way for the cosmos to know itself Across the sea of space The stars are other suns We have traveled this way before And there is much to be learned I find it elevating and exhilarating To discover that we live in a universe Which permits the evolution of molecular machines As intricate and subtle as we [deGrasse Tyson] I know that the molecules in my body are traceable To phenomena in the cosmos That makes me want to grab people in the street And say, have you heard this?? (Richard Feynman on hand drums and chanting) [Feynman] There's this tremendous mess Of waves all over in space Which is the light bouncing around the room And going from one thing to the other And it's all really there But you gotta stop and think about it About the complexity to really get the pleasure And it's all really there The inconceivable nature of nature
territorio:
al otro lado del Espejo
9.2.10
Briceida Cuevas y el perro de la existencia
Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Martes 9 de febrero de 2010.
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Debo decirlo, nunca he sido gente de perros. Quizá porque éstos me recuerdan demasiado la cara del dolor, y me despiertan un sentimiento punzante al saber que su naturaleza y su destino se ligan a la mano caprichosa del hombre. Pero, como uno no puede huir de su espejo, así me he encontrado “El quejido del perro” al final del volumen de poesía Tiʼ u billil, in nookʼ (Del dobladillo de mi ropa), de la poeta maya Briceida Cuevas Cob (Antología. Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas. Serie Literatura Indígena Contemporánea. México, D.F., 2008).
Primero, hay que notar que el libro, como objeto, es hermoso, ligero al tacto como un ave agazapada en un cielo marrón, ocre y naranja.
Briceida es originaria de Tepakán, Calkiní, Campeche. Trabaja activamente en la promoción y difusión de la literatura en lenguas indígenas e imparte talleres de creación literaria en lengua maya peninsular.
Del dobladillo de mi ropa es un recorrido breve a lo largo de sus años de escritura. Los textos se abren –se exponen– ante el lector, desnudos y llanos. La voz es, indiscutiblemente, la de una mujer: “Hija mía,/ préndete los alfileres en la ropa,/ ponte la pantaleta roja,/ bebe del agua con que se lavó el metate/ para que mamá luna no deje su mancha/ en el cuerpo de tu retoño cuando te rasques.”
Un universo íntimo, musical como un cántaro, se nos muestra sin tapujos. Briceida nos lleva caminando hasta el pozo, nos besa la frente con labios tersos de niña; nos abraza con la fuerza de un árbol viejo, nos habla del amor, de la sangre en las ingles, de cómo la noche aúlla y el miedo dispara. Todo es un retorno al vientre del mundo: “Traspasarás el umbral de tu memoria/ hasta adentrarte en tu propia casa/ sin tener que tocar la puerta.”
Las imágenes brotan desde una visión cálida, diríamos, inocente: “El sol es un recién nacido que esparce sus tibias y amarillas lágrimas.” En esta misma sencillez del que mira el entorno con ojos limpios, la poeta nos hace partícipes de un duelo, nos relata la pérdida de una madre, que es también la tierra, que es también ella misma, nuestra propia hermana o hija: “Todas tus palabras acurrucadas se hallan aquí/ en mis oídos como pequeñas palomas.”
Finalmente, Briceida nos despeja la ruta del clamor colectivo, el verso que violenta nuestras entrañas. La efigie canina, evocadora del hambre, el sufrimiento, la bravura o la lealtad; lomo donde cae el palo de una escoba, una piedra de canto rodado o la punta de una bota.
Vemos, entonces, el trasfondo de una crítica social, una denuncia. Las aristas pronunciadas bajo la tela de la civilización: “Negro,/ blanco,/ amarillo,/ café,/ pinto./ Perro común,/ perro extranjero,/ tienen un mismo corazón./ Tú/ hasta la comida le compras al perro de casta./ Tú/ lo sacas inclusive a pasear por la plaza./ Tú/ ladeas con el pie al perro común con tu desprecio./ Tú/ crees que anda tras de ti por el hueso que no le tiras./ No sabes que este perro/ es la muerte que anda tras de tus huesos.”
Quizá nuestra existencia sea, un tanto, como este perro mimado que come croquetas, o ese otro que husmea entre las ventanas, o aquel, que se recuesta bajo la sombra de una ceiba a lamerse las heridas, ¿tú, qué piensas?
Primero, hay que notar que el libro, como objeto, es hermoso, ligero al tacto como un ave agazapada en un cielo marrón, ocre y naranja.
Briceida es originaria de Tepakán, Calkiní, Campeche. Trabaja activamente en la promoción y difusión de la literatura en lenguas indígenas e imparte talleres de creación literaria en lengua maya peninsular.
Del dobladillo de mi ropa es un recorrido breve a lo largo de sus años de escritura. Los textos se abren –se exponen– ante el lector, desnudos y llanos. La voz es, indiscutiblemente, la de una mujer: “Hija mía,/ préndete los alfileres en la ropa,/ ponte la pantaleta roja,/ bebe del agua con que se lavó el metate/ para que mamá luna no deje su mancha/ en el cuerpo de tu retoño cuando te rasques.”
Un universo íntimo, musical como un cántaro, se nos muestra sin tapujos. Briceida nos lleva caminando hasta el pozo, nos besa la frente con labios tersos de niña; nos abraza con la fuerza de un árbol viejo, nos habla del amor, de la sangre en las ingles, de cómo la noche aúlla y el miedo dispara. Todo es un retorno al vientre del mundo: “Traspasarás el umbral de tu memoria/ hasta adentrarte en tu propia casa/ sin tener que tocar la puerta.”
Las imágenes brotan desde una visión cálida, diríamos, inocente: “El sol es un recién nacido que esparce sus tibias y amarillas lágrimas.” En esta misma sencillez del que mira el entorno con ojos limpios, la poeta nos hace partícipes de un duelo, nos relata la pérdida de una madre, que es también la tierra, que es también ella misma, nuestra propia hermana o hija: “Todas tus palabras acurrucadas se hallan aquí/ en mis oídos como pequeñas palomas.”
Finalmente, Briceida nos despeja la ruta del clamor colectivo, el verso que violenta nuestras entrañas. La efigie canina, evocadora del hambre, el sufrimiento, la bravura o la lealtad; lomo donde cae el palo de una escoba, una piedra de canto rodado o la punta de una bota.
Vemos, entonces, el trasfondo de una crítica social, una denuncia. Las aristas pronunciadas bajo la tela de la civilización: “Negro,/ blanco,/ amarillo,/ café,/ pinto./ Perro común,/ perro extranjero,/ tienen un mismo corazón./ Tú/ hasta la comida le compras al perro de casta./ Tú/ lo sacas inclusive a pasear por la plaza./ Tú/ ladeas con el pie al perro común con tu desprecio./ Tú/ crees que anda tras de ti por el hueso que no le tiras./ No sabes que este perro/ es la muerte que anda tras de tus huesos.”
Quizá nuestra existencia sea, un tanto, como este perro mimado que come croquetas, o ese otro que husmea entre las ventanas, o aquel, que se recuesta bajo la sombra de una ceiba a lamerse las heridas, ¿tú, qué piensas?
territorio:
Páginas de Tierra
6.2.10
5.2.10
De las Guerras Floridas a la Carta Magna
Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Martes 2 de febrero de 2010.
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El pueblo mexicano, dice Pellicer, tiene dos obsesiones, el gusto por la muerte y el amor a las flores. Así, vemos a la muerte en los retratos surrealistas de Frida Kahlo, en los grabados de Posada o paseando en la Alameda Central junto a Rivera. Hallamos su rostro desdentado en las esculturas prehispánicas y sus relatos en los poemas que ensalzan la Guerra Florida.
La Parca pierde su sentido estético cuando recorre las calles de las ciudades, no para visitar los altares con cempasúchil, sino para violentar nuestros derechos más básicos, por ejemplo, el de respirar sosegadamente.
Una referencia bastante conocida donde las palabras delito, feminicidio y masacre, son lugar común, es Ciudad Juárez. Y no vayamos lejos, ya no hay pueblo tranquilo en nuestra querida nación.
Ahora nos preguntamos, si este habitar con la muerte, convivir con el crimen, hunde su raíz psicológica en nuestro pasado anterior a la conquista. Recientemente se ha abierto el debate acerca de los sacrificios humanos y la antropofagia realizados en Mesoamérica. En especial, lo que concierne a los Mexicas. Precisamente, la revista Letras Libres (enero 2010. No. 133) le ha dedicado un número especial a esta discusión. Acabo de leer, como parte de la sección “cartas cruzadas”, unas líneas de Pablo Escalante Gonzalbo, experto en el orbe prehispánico: “La historia indígena necesita ser justificada; y el apremio por hacerlo nos quita objetividad y detalle. Sin duda esto afecta, especialmente, a la explicación del sacrificio humano, también de la antropofagia”.
Tendemos a dividir nuestro acontecer en historia y etnohistoria, quizá porque nos resulta difícil conjuntar las dos realidades: la de los pueblos antiguos –que aún tiene descendientes directos– y la contemporánea, donde prácticamente todo se va occidentalizando.
Muchos pensadores han reconocido la universalidad del sacrificio humano. El hombre, por diversos motivos, religiosos o sociales, ha hecho del homicidio algo frecuente (las Cruzadas, en Europa, serían como un equivalente de nuestras Guerras Floridas). Sin embargo (vuelvo a citar a Gonzalbo), “la evidencia disponible –testimonios materiales y escritos– indica que en América la práctica de los sacrificios humanos fue más frecuente, más variada, más importante para la cultura”.
Estos puntos, por supuesto, requieren un análisis más amplio que el que alcanzamos en esta breve columna. No podemos soslayar, por otro lado, la existencia de un gran desarrollo en la filosofía, las ciencias y las artes, en la antigüedad mesoamericana. ¿Cómo comprender este espíritu sediento de sangre y de poesía?
Cierto es, que como la muerte parece ser un gusto, no sólo de los mexicanos, sino del mundo, y no siempre llega de manera natural, necesitamos leyes que nos rijan. Normas cuyo fin es cohabitar como civilización. Así festejamos –hasta por adelantado–, con un día de descanso, el hecho de contar con nuestra Carta Magna. ¿Y no sería un homenaje más real, acercarnos a México, conjugando el ayer y el ahora, para entender –y trascender– la génesis de nuestros conflictos? ¿No podríamos, así, finalmente, celebrar la vida y la libertad?
La Parca pierde su sentido estético cuando recorre las calles de las ciudades, no para visitar los altares con cempasúchil, sino para violentar nuestros derechos más básicos, por ejemplo, el de respirar sosegadamente.
Una referencia bastante conocida donde las palabras delito, feminicidio y masacre, son lugar común, es Ciudad Juárez. Y no vayamos lejos, ya no hay pueblo tranquilo en nuestra querida nación.
Ahora nos preguntamos, si este habitar con la muerte, convivir con el crimen, hunde su raíz psicológica en nuestro pasado anterior a la conquista. Recientemente se ha abierto el debate acerca de los sacrificios humanos y la antropofagia realizados en Mesoamérica. En especial, lo que concierne a los Mexicas. Precisamente, la revista Letras Libres (enero 2010. No. 133) le ha dedicado un número especial a esta discusión. Acabo de leer, como parte de la sección “cartas cruzadas”, unas líneas de Pablo Escalante Gonzalbo, experto en el orbe prehispánico: “La historia indígena necesita ser justificada; y el apremio por hacerlo nos quita objetividad y detalle. Sin duda esto afecta, especialmente, a la explicación del sacrificio humano, también de la antropofagia”.
Tendemos a dividir nuestro acontecer en historia y etnohistoria, quizá porque nos resulta difícil conjuntar las dos realidades: la de los pueblos antiguos –que aún tiene descendientes directos– y la contemporánea, donde prácticamente todo se va occidentalizando.
Muchos pensadores han reconocido la universalidad del sacrificio humano. El hombre, por diversos motivos, religiosos o sociales, ha hecho del homicidio algo frecuente (las Cruzadas, en Europa, serían como un equivalente de nuestras Guerras Floridas). Sin embargo (vuelvo a citar a Gonzalbo), “la evidencia disponible –testimonios materiales y escritos– indica que en América la práctica de los sacrificios humanos fue más frecuente, más variada, más importante para la cultura”.
Estos puntos, por supuesto, requieren un análisis más amplio que el que alcanzamos en esta breve columna. No podemos soslayar, por otro lado, la existencia de un gran desarrollo en la filosofía, las ciencias y las artes, en la antigüedad mesoamericana. ¿Cómo comprender este espíritu sediento de sangre y de poesía?
Cierto es, que como la muerte parece ser un gusto, no sólo de los mexicanos, sino del mundo, y no siempre llega de manera natural, necesitamos leyes que nos rijan. Normas cuyo fin es cohabitar como civilización. Así festejamos –hasta por adelantado–, con un día de descanso, el hecho de contar con nuestra Carta Magna. ¿Y no sería un homenaje más real, acercarnos a México, conjugando el ayer y el ahora, para entender –y trascender– la génesis de nuestros conflictos? ¿No podríamos, así, finalmente, celebrar la vida y la libertad?
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territorio:
Páginas de Tierra
El norte de Veracruz, Titán que sueña
Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Martes 26 de enero de 2010.
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Cada vez que viajo por el norte de Veracruz tengo, durante ciertos momentos, esa sensación de que la vida, aún en estos tiempos, puede florecer con sencillez. Será porque al pasar el puente del río Pánuco, si llevo la ventanilla del coche abierta, el aire me da en el rostro como un presagio. Lo gris del pavimento contrasta con los reflejos de un sol perezoso, echado sobre el agua, mientras las gaviotas dibujan con sus alas puntiagudas un vuelo oblicuo, cerca de las lanchas de los pescadores. Esta suerte de esperanza me dura unos minutos, unas horas o el día entero, según sea de larga la travesía o según haya quien me espere, en una mesa, con un mole de pollo o un adobito.
Esta enorme región se extiende desde el río Pánuco y la frontera con Tamaulipas al norte, hasta la laguna de Tamiahua y la Sierra de Otontepec al sur y al poniente llega hasta los lomeríos de la Sierra Madre Oriental. En medio del verdor del paisaje, sin embargo, en la carretera que va por Pánuco hasta Tantoyuca, los baches son una tradición. Desde que tengo uso de razón jamás ha estado cabalmente bien.
Uno alcanza a ver los potreros donde tranquilamente pastan las reses; pequeños caseríos de otate entre los que se asoma, de vez en cuando, algún niño de mirada fugaz o una mujer con un cesto de ropa. A veces pasan hombres halando un asno con tercios de leña.
Pocas veces he ido por el rumbo de Ozuluama, donde Natura viste de verdes y rosas el camino. Si uno viaja por allí en primavera hallará bóvedas de flores entrelazadas, árboles queriéndose trepar a la carretera con sus brazos inmensos. Más allá, en el amplio territorio que va de una a otra de las dos carreteras principales de esta zona, hay una naturaleza un tanto agreste, solitaria, donde abundan los Izotes y los huizaches.
En realidad los pueblos son volcanes. En sus corazones, hierve un magma de ideas, sensaciones, palabras. Para nadie es un secreto el rezago cultural de las comunidades que dependen de estos municipios, las pocas oportunidades de los campesinos para llevar una vida digna y, sobre todo, su gran necesidad de educación. En varios aspectos subsiste una organización social semejante a la que había en la Nueva España: los mestizos viven en la urbe, mientras los indígenas son relegados en su mayoría al campo; las organizaciones religiosas se relacionan de manera estrecha con la entidad, y cientos de hombres y mujeres continúan viviendo, en esencia, en condiciones precarias. Vemos, por ejemplo, a los artesanos que ofrecen el fruto de sus manos, morrales y canastos, por unos cuantos pesos. Aunque nuestra Constitución habla de igualdad en las garantías individuales, en la práctica es otra cosa.
El campo, su capacidad de producir, es una pieza importante en esta época de depresión económica. Se requiere el despertar de una conciencia de verdadero sentido comunitario, aspecto que no está peleado con la individualidad, sino que lo complementa. Así, este Titán que sueña cerca de nosotros, hermano de Tamaulipas, podrá erguirse con todas sus fuerzas, ¿no será maravilloso verlo?
Esta enorme región se extiende desde el río Pánuco y la frontera con Tamaulipas al norte, hasta la laguna de Tamiahua y la Sierra de Otontepec al sur y al poniente llega hasta los lomeríos de la Sierra Madre Oriental. En medio del verdor del paisaje, sin embargo, en la carretera que va por Pánuco hasta Tantoyuca, los baches son una tradición. Desde que tengo uso de razón jamás ha estado cabalmente bien.
Uno alcanza a ver los potreros donde tranquilamente pastan las reses; pequeños caseríos de otate entre los que se asoma, de vez en cuando, algún niño de mirada fugaz o una mujer con un cesto de ropa. A veces pasan hombres halando un asno con tercios de leña.
Pocas veces he ido por el rumbo de Ozuluama, donde Natura viste de verdes y rosas el camino. Si uno viaja por allí en primavera hallará bóvedas de flores entrelazadas, árboles queriéndose trepar a la carretera con sus brazos inmensos. Más allá, en el amplio territorio que va de una a otra de las dos carreteras principales de esta zona, hay una naturaleza un tanto agreste, solitaria, donde abundan los Izotes y los huizaches.
En realidad los pueblos son volcanes. En sus corazones, hierve un magma de ideas, sensaciones, palabras. Para nadie es un secreto el rezago cultural de las comunidades que dependen de estos municipios, las pocas oportunidades de los campesinos para llevar una vida digna y, sobre todo, su gran necesidad de educación. En varios aspectos subsiste una organización social semejante a la que había en la Nueva España: los mestizos viven en la urbe, mientras los indígenas son relegados en su mayoría al campo; las organizaciones religiosas se relacionan de manera estrecha con la entidad, y cientos de hombres y mujeres continúan viviendo, en esencia, en condiciones precarias. Vemos, por ejemplo, a los artesanos que ofrecen el fruto de sus manos, morrales y canastos, por unos cuantos pesos. Aunque nuestra Constitución habla de igualdad en las garantías individuales, en la práctica es otra cosa.
El campo, su capacidad de producir, es una pieza importante en esta época de depresión económica. Se requiere el despertar de una conciencia de verdadero sentido comunitario, aspecto que no está peleado con la individualidad, sino que lo complementa. Así, este Titán que sueña cerca de nosotros, hermano de Tamaulipas, podrá erguirse con todas sus fuerzas, ¿no será maravilloso verlo?
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