DE LANZA EN ASTILLERO Y ADARGA ANTIGUA

La Poesía como Destino.

31.12.09

desiderata del Polvo

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Martes 29 de diciembre de 2009.
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La ciencia del siglo pasado nos enseñó que no existe un tiempo absoluto. No hay ningún éter por donde corra la luz. El tiempo simplemente es un camaleón elástico –o un río en el que Heráclito sueña todas las filosofías del mundo.

Si leíste a Sagan, como yo, sabrás que somos polvo de estrellas. Cada corpúsculo de nuestro cuerpo es un viajero que ha recorrido el Universo durante miles de millones de años. “El polvo es el alfa y el omega –dice don Alfonso Reyes. ¿Y si fuera el verdadero dios?

Extiendo la palma de mis manos. La niña se ha fugado y en su sitio una mujer adulta se contempla ir y venir entre las horas. La tierra que me vio nacer también envejece: cada laguna es un espejo; cada árbol, un augurio; cada montaña, un bramido.

¿Oyes el murmullo de las piedras en los lechos de los esteros?, ¿la húmeda canción del agua envolviendo la silueta de los peces?, ¿el trepidar de las nubes que van sobre la sierra?

De la soleada llanura a la escarpada cordillera, de los barrios mojados de Tampico a la cuna montañosa de Jalpan, de los caminos enyerbados de Xilitla a la pétrea sombra de Teáyoc hay algo que nos pertenece, nos llama, se aleja, se esconde tras el horizonte sin dejar, nunca, de ser nuestro. Un objeto como de vidrio y espuma. La memoria. El deseo. Lo fugaz.

Uno quiere medir la longitud de los recuerdos en un cálculo preciso. Saber el primer nombre de las cosas y reír con la fascinación de un niño. Volver sobre los propios pasos hasta el instante mismo en que el relámpago de la conciencia nos alumbró.

Hacemos girar una hoja al calendario. Los días lanzan su estertor al aire. Otro año se aproxima. A uno le dan ganas de creer que hay un futuro. Escribimos en el polvo. Lo que el silencio nos dicta. Anhelamos un país donde la selva cobije, de nuevo, a los hombres y a las aves; donde los libros canten epopeyas de épocas gloriosas; donde la rabia no ateste los bolsillos de los pantalones y no se derrame la sangre en los desiertos y los labradores vuelvan a sembrar el campo fértil.

Ahora nos bañamos en el tiempo, en su corriente inacabable, y esperamos que emerjan las islas y sus volcanes, que el Sol hilvane sus reflejos en nuestro pelo.

Si alguna vez te recostaste sobre el polvo e invocaste el corazón de los poetas antiguos, habrás oído, como yo, aquella voz: ¿Acaso son verdad los hombres? Porque si no, ya no es verdadero nuestro canto. ¿Qué está por ventura en pie? ¿Qué es lo que viene a salir bien?

22.12.09

Los años sin viento de Arturo Castillo Alva

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Martes 22 de diciembre de 2009.
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Hará unos siete años Juan Jesús Aguilar me obsequió Veinte poetas del siglo XX (ITCA, Antologías y homenajes, 2000), una compilación de poesía tamaulipeca donde por primera vez, gozosa y extrañada, me encontré con las letras de Arturo Castillo Alva. Cuando empecé a leer “Fragmentos rescatados del más grande poema tampiqueño jamás escrito” estaba convencida de que, verdaderamente, ése era el más grande poema tampiqueño jamás escrito; Arturo Castillo debía ser un náufrago a quien una tempestad, en mar abierta, arrebatara su obra, de la que sólo algunos versos habían emergido desde las profundidades atlánticas.

Fue en el primer Festival de Letras en el Golfo, entre una marejada de piernas y cabezas, donde me topé de frente con Arturo. Llevaba conmigo la antología de 20 poetas y le pedí que la firmara. “No me gusta dar autógrafos” me dijo secamente. Y firmó. Dos signos de interrogación, en medio la nada. Volvería a encontrarlo una noche de invierno, en el Casino Tampiqueño: el grupo “Erato, lectores de poesía en voz alta”, presentaba la obra de autores tamaulipecos, entre los que Ana Elena Díaz Alejo –instructora del Seminario de Literatura Argos– generosamente me había incluido. La siguiente ocasión que lo vi, su voz fue amigable: “Escribes bien, chavita”. “No vayas a dejar de escribir” me dijo en algún otro momento. Y le hice caso.

Ahora, obsequio del mismo poeta, el libro Años sin viento (Universidad Autónoma de Zacatecas. Colección Premio, 1996) forma parte de mi biblioteca personal. Este poemario, escrito entre 1988 y 1994, es una sola historia contada en fragmentos, la vida de un hombre que bien podría ser mi padre, mi hijo, mi hermano. Todos los hombres del planeta. Hay una intensa necesidad de mirarse al espejo como buscando la piel perdida, como si al nombrar los años muertos pudiese reanimarlos en una suerte de electroshock y volver, una vez más, a despertar en el regazo de un futuro que aún no se destruye.

Advierto a un artista comprometido con su época, que habla con desenfado acerca del amor, de las muchachas que se llevaron algo de su adolescencia entre las uñas; del dolor irremediable que brota en los estómagos sin pan, sin agua, sin dios; de un país al que ha visto desmoronarse como un montón de piedras en el polvo.

La Poesía de Arturo resulta estremecedoramente sencilla y alcanza en esa misma sencillez, un retrato de lo universal. La complejidad del alma. Orgulloso hijo de la clase obrera, el Infierno que retrata no es el del más allá, sino el de los tormentos del aquí y el ahora –los únicos que realmente importan–, la carencia, el sinsabor, la iniquidad –por todos conocida en este país–, la condición de millones de seres humanos a quienes no les queda más remedio que dejar la vida entre la maquinaria del mundo: todo se produce en serie, menos los sueños.

Pero en el abismo está contenida, ya, la salvación a través de la palabra y, definitivamente, la imagen de lo bello. En medio del Paraíso Eva se multiplica en zutana, mengana, fulana y perengana. Y como Beatriz a Dante, Olivia –su amada– lo conduce en la estancia final del libro, a la orilla de “otras premoniciones”.

Una pulsión teatral divide los poemas en estancias, a manera de actos, con escenarios entrelazados y personajes que se mueven ligeros entre los versos: muchachas, amigos, un padre, algún vecino, uno que otro actor anónimo. No es difícil ver huellas familiares; mis padres, hermanos y tíos andan por ahí con el nombre prestado. Tal vez yo misma. Quizá tú, que ahora estás leyendo.

16.12.09

Jasmila Zbanic en la zona de guerra


Grbavica, una denuncia hecha por la escritora y directora de cine Jasmila Zbanic, de las violaciones cometidas contra veinte mil mujeres bosnias durante la guerra de los Balcanes. La historia contada desde la cotidianidad de dos personajes cardinales: Esma y su hija Sara.

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La zona de desastre es (ahora) el cuerpo: desprovisto de rostro, reducido a un cubo en el que se derraman los odios.
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Se esconde la luz en las ventanas como un animal huraño.
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Esma es una mujer, vive en el barrio de Grbavica (sus calles huelen a pólvora y sangre). Ha dado a luz a otra mujer.
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Sara es la niña de doce años que no tiene un solo recuerdo de su padre. Mira cada día los ojos de Esma y quiere hallar una respuesta. Quiere saber.
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La nieve rodea los edificios en ruinas. El último murmullo de los árboles cae mientras los niños en un autobús cantan "Sarajevo, mi amor". En el contorno de las nubes se dibuja algo que podría ser una hora menos fría.

15.12.09

Viaje a la Husteca con Guy Stresser-Péan

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Martes 15 de diciembre de 2009.
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Fue por ahí de septiembre de 2006, en la librería del Museo de la Cultura Maya, en Chetumal, donde hallé (sí, porque desde hacía tiempo lo anhelaba) un volumen de la revista Arqueología Mexicana dedicado a los huastecos. Me sorprendió, por su precisión y amenidad, el ensayo “La Huasteca: historia y cultura” del antropólogo francés Guy Stresser-Péan. Este hombre había atravesado un océano para desentramar las raíces de un mundo que dormitaba en la maleza del olvido. Ahora, a poco más de tres años de esa primera lectura, tengo el privilegio de agregar a mi biblioteca personal el libro Viaje a la Huasteca con Guy Stresser-Péan, fruto de más de medio siglo de investigaciones; edición coordinada por Guilhem Olivier y prologada por Miguel León-Portilla (Fondo de Cultura Económica; Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos. 2008).

Deleitosa, he comenzado a navegar en la tinta de quinientas treinta y nueve páginas, conducida por la mano cálida y firme del investigador europeo (curiosamente, a veces en otros países se valora lo que los mexicanos dejamos de lado), que me lleva a la desembocadura de nuevas preguntas, nuevas inquietudes. Aprecio, sobre todo, su capacidad para enlazar el legado histórico con el presente y analizar las realidades de los pueblos huastecos desde una perspectiva contemporánea. La obra se divide en cuatro partes: Etnología, Arqueología, Etnohistoria y, finalmente, algunos datos sobre las investigaciones francesas en México y en América Central de 1936 a 1977. Incluye un DVD: film del “volador” y la “Danza Colorada” (1953).

Una de las cosas que llaman primeramente mi atención en este libro es la observación de Stresser-Péan acerca del truncado desarrollo intelectual de los grupos autóctonos de Mesoamérica: “En los tiempos antiguos el pensamiento indígena había alcanzado un nivel bastante alto entre algunos privilegiados; reyes, nobles o sacerdotes, que tenían tiempo libre para instruirse, pensar, practicar las artes y el culto. Pero, en la época colonial esta herencia se perdió cuando todos los indios fueron reducidos a la condición de campesinos pobres. Sólo los curanderos, los músicos y algunos principales pudieron preservar restos de la antigua sabiduría empobrecida por la colonización, pero enriquecida por la adopción del cristianismo […..] La conquista acabó con las posibilidades de evolución de este pensamiento indígena”.

¿Qué rumbos habría tomado el discernimiento de aquellos hombres y mujeres, de haber tenido la oportunidad de refinar sus tradiciones? Hoy en día, muchos niños y jóvenes de lo que Stresser-Péan denomina “el bloque huasteco-nahua” salen de su comunidad para estudiar y trabajar en las urbes; algunos de ellos (muy pocos, en realidad) lograrán cultivarse, dejar atrás el panorama de rezago y pobreza, pero no desde las enseñanzas de sus ancestros, sino dentro de los esquemas de la globalización. Cierto es que se requieren mentes creativas que se ocupen de éstas y otras reflexiones. Enrique Florescano advierte en su Historia de las historias de la nación mexicana (Taurus, Colección Pasado y Presente. 2004): “la generación que podía y debería sustituir a nuestros antiguos profesores e investigadores está presente, pero fuera de las aulas y los laboratorios de la universidad pública, en el desempleo, o trabajando en destinos que no habían ni imaginado”.

¿No crees que una lectura meditada de Viaje a la Huasteca nos ayudaría a comprender mejor nuestra situación histórica y, por ende, a revalorar nuestro presente?

13.12.09

María o el umbral del dolor


Perdón María. Film del director rumano Peter Calin Netzer.
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Hay que ver brotar de la entraña lo que más se ama en el mundo; convertir el cuerpo en objeto y echarlo a los perros que hurgan en el basurero; sentir el fuego en el vientre, su abrasador gemido envolviendo la última migaja de pan.

María es el destino colgado de un gancho de carnicero. El grito silencioso al borde de la carretera. La madre y la prostituta.

María se hace a la calle con la rabia derretida en los hombros. Va donde la tiniebla no cesa. Les traerá de comer a sus hijos (el número siete no es un augurio). Su esposo se ha ido; antes le ha mancillado la piel, le ha reventado las venas de la cara.

María agita su tristeza como un pañuelo frente a una cámara de televisión. Su rostro es una página llena de cicatrices. Quiere creer en la luz. Aborda la nave que ha de salvarla. No hay horizonte. No hay más que un precipicio. Un caer abrupto en los matorrales.

María es un rumor o un guijarro. La mujer que duerme en el sótano abrazando a sus niños untados al seno a la esperanza ultrajada por la miseria. María.

notas desde el laberinto

sólo para nostálgicos y buscadores de tesoros
los apuntes de Ricardo Ramírez, en Tampico Cultural, acerca de las librerías del Puerto: las librerías como hábito

11.12.09

Tánatos

—Ya no me encierro en el baño con navajas de rasurar –dice la niña.
Ahora las palabras son cuchillas. Ahora el golpeteo del agua en el lavabo. "Afuera hay un río".
―¿Por qué siempre repites eso?
La bailarina se ha puesto un tutú de hojas de naranjo. "Sólo nos queda aprender a danzar en el vacío".

9.12.09

Tonantzin Guadalupe

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Martes 8 de diciembre de 2009.

¿Hay mayor misterio que la generación de la Vida? Desde el nacimiento de la consciencia colectiva los seres humanos le hemos dado nombre al poder creador de Natura. Hallamos en el panteón de las civilizaciones antiguas una vasta gama de númenes asociados a la fertilidad y a los ciclos de siembra y cosecha; las más de las veces una entidad tiene diversas advocaciones o personificaciones.

La mujer es la portadora de este misterio. Su cuerpo es el puente entre el invisible mundo de lo increado y el mundo natural donde brotan los rostros. Esta capacidad reproductiva, a lo largo de los milenios, ha despertado en las sociedades fascinación, reverencia, temor e –incluso– odio. ¿No ha sido la mujer objeto de adoración y de escarnio, de deseo y de persecución?

Da testimonio de este primitivo asombro ante lo femenino la voluminosa Venus de Willendorf –llamada así por el lugar donde se encontró, cerca del Danubio, en Austria–, pequeña figura tallada en piedra, cuya edad se sitúa en el Paleolítico. El abdomen, los senos, los glúteos y la vulva son bastante prominentes, lo que nos remite a imágenes de la sexualidad, la maternidad y a la feracidad de la tierra.

La figura materna, protectora, sabia, está presente en todos los pueblos de la antigüedad. En Egipto se venera a Isis “madre de los dioses”. En Grecia se adora a Deméter, deidad terrestre y materna; los romanos la funden con Ceres. En Mesoamérica el culto a Tonantzin “nuestra madre” es uno de los más extendidos: se le asocia con Teteoian “madre de los dioses”; con Coatlicue “la de la falda de serpientes”, la gran paridora, síntesis de la vida y la muerte y, entre otras, con la deidad del maíz, Centéotl –se cita en el Diccionario de mitología náhuatl, de Cecilio A. Robelo, que esta última aparece en distintos documentos prehispánicos unas veces como mujer y otras como varón.

La efigie de Tonantzin está erguida en el corazón de México, en un altar de fuego y estrellas. Arde al centro de la Huasteca donde, año con año, se le sigue celebrando con la misma devoción de hace siglos. Tras la Conquista, esta diosa trasladaría su espiritualidad hacia Guadalupe, la virgen morena. Recordemos el xochipitzáhuatl, la invocación fervorosa a “Tonantzin Santa María”.

La figura de Guadalupe-Tonantzin es, en palabras de Octavio Paz, “la misteriosa conexión entre el mundo precolombino y el cristianismo […..] La virgen es el punto de unión de criollos, indios y mestizos y ha sido la respuesta a la triple orfandad: la de los indios porque Guadalupe/Tonantzin es la transfiguración de sus antiguas divinidades femeninas; la de los criollos porque la aparición de la Virgen convirtió a la tierra de la Nueva España en una madre más real que la de España; la de los mestizos porque la Virgen fue y es la reconciliación con su origen y el fin de su ilegitimidad”.

Debajo del entramado social y religioso que envuelve a Guadalupe –cuya aparición hemos de tomar en sentido simbólico, por supuesto–, velada por una nube de sangre y polvo, reside la sapiencia de las civilizaciones mesoamericanas –entendimiento guiado tanto por la ciencia como por la intuición, que ahora, debido a la marginación de los pueblos indígenas, tiende a olvidarse.

Nuestra colorida nación, donde uno se come un plato de zacahuil igual que una hamburguesa, y emula el falsete del huapango como una rola de la Spears, alberga en lo profundo de su espíritu una fuerza arrolladora, herencia dada por la Madre-Tierra a través de nuestros ancestros, vigor y sabiduría que podrían reconciliarnos con la Naturaleza y enseñarnos a vivir en armonía con ella, ¿quién tiene oídos para atender al llamado?

2.12.09

despeñadero

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Martes 1 de diciembre de 2009.
a Juan Rulfo

I

Deja que las Letras excaven su madriguera en la tierra húmeda de tus ojos. Lame la tinta que envuelve las palabras como piel reseca de culebra. Jamás hundas la mirada en las manillas de aluminio que persiguen a la noche; quédate a solas frente al espejo rasguñándote los lagrimales como un gato que ha extraviado el rumbo de sus pasos. Ten en cuenta la sentencia de tu abuela: “Todos somos iguales en la tumba”. No pienses en tu madre, en su exacta voz de hielo enredándose al cadáver de una niña que murió de sed hace más de medio siglo. Mira el cementerio, su telaraña de vírgenes mestizas, la roja lápida que aguarda por tu nombre.


II

Siente la cerveza fría remojándote la lengua, la danza gris del cigarrillo escamándote los labios, el humus del Olvido enjarrando soledades. Arrima el oído a los fogones de tu infancia: un pringoso feto arquea los pies bajo la lumbre, su cabeza retumba como atabal sobre las brasas. Huele ahora la espumante leche que mana de tu cuerpo, su olor de biblioteca y laberinto, el esférico perfume que rodea la media luna de tu boca.

III

Oye trepidar la luz melliza de las bestias en el cerro apelambrado, el ardiente coro de ánimas que brotan de la niebla, el rosario de neuronas dibujado en la desdicha. En la peña más alta de tu espíritu siembra la raíz de un libro viejo, observa como nace un maizal de odio fresco y la desértica babaza de tu estirpe se hace llano ardiendo en la espalda de tus hijos, en el vientre socavado de tus padres, en la mano que cabalga este lucífugo texto a la deriva
sin lágrima sin fuete sin pezuña sin cabestro.