DE LANZA EN ASTILLERO Y ADARGA ANTIGUA

La Poesía como Destino.

31.3.10

en sueños de argamasa

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Martes 30 de enero de 2010
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Mientras cae la tarde, como de soslayo, en medio del mecánico ajetreo de un micro en la avenida Hidalgo, recuerdo aquellos versos de Antonio Quintero: "¿A dónde pueden ir los perros de agua? / ¿Acaso no ves los huesos y la tierra / el sol y las cadenas?" (Los rituales del siglo, 2001).

El nombre de Tampico se diluye en estas letras como tinta china en un río. Siento gemir los vocablos entre mis dedos. Un ladrido, quizá. Una provocación de la memoria siempre dispuesta a morderme la piel.

Del aglomerado transporte público paso a la tranquilidad de la calle Azahar. La colonia Las Flores luce despejada, como todas las veces que he venido por aquí. No hay transeúntes cerca, apenas un poco de viento y el golpeteo de los minutos.

Aquí está, entretejida en hilos de luz, sosegada en sueños de argamasa, la Pirámide.

Mis pensamientos se dan a la fuga, y sólo me queda esta sensación que me acoge frente al rostro de alguien amado a quien tengo tiempo de no ver.

Rodeado por una cerca metálica, el cúe parece un animal viejo tendido plácidamente en la arena, acostumbrado a la soledad.

Esta construcción –leo en una placa– es la sobreviviente de “un conjunto de más de cuarenta montículos que se extendía por el área que hoy ocupa la colonia Las Flores, hasta la ribera de la laguna del Chairel”.
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“Este tipo de templos se dedicaba al culto de sus dioses; en ocasiones se sepultaba alrededor de la pirámide a individuos sacrificados en honor de una deidad o a los jerarcas del pueblo.”

Pienso en don Joaquín Meade, en lo que significa ser hijos de esta región, “siendo Tampico la primera ciudad de la Huasteca”. En el libro La huasteca Tamaulipeca, el ilustre historiador menciona: “El núcleo de Las Flores sin duda tuvo su principio en la época inmediata o posterior a la de Xolotl, señor chichimeca y a la de su mujer Tomiyauh, señora de Tampico y de los huastecas”.

El templo expone una terrosa desnudez. Los siglos le han arrebatado su vestidura. Ya no se ve por aquí el jade, la concha labrada y el cobre. Los dioses dormitan en su trono de piedra.

Uno alcanza a percibir la respiración de la laguna. El frescor del aire. Los suaves pasos de los gatos y la mirada fugaz de algún hombre desde la ventanilla de su automóvil.

Me cruza por la mente la palabra sacrificio.

La ciudad abre sus párpados de aluminio. Los semáforos destellan de prisa. Estoy de nuevo en un camión estomagante. Observo a la gente cabeceándose, los ojos entornados, y a nadie le pregunto: ¿Acaso no ves los huesos y la tierra…?

28.3.10

en el corazón de Tampico


de sueños y argamasa

23.3.10

¿Qué festejamos?

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Martes 23 de marzo de 2010.
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El pasado viernes, con la intención de invitar al transeúnte a acercarse a las expresiones culturales, el Ayuntamiento de Tampico hizo de la zona peatonal de la Plaza de Armas un escenario para ensalzar a la Poesía y, al mismo tiempo, recordar los dos grandes movimientos que han forjado el rosto de nuestra Patria: la guerra de Independencia y la Revolución Mexicana.
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A propósito de esto, quisiera ampliar una idea mía aparecida en una nota de prensa, donde se cita que: “la Patria no está construida…” Me refería, por supuesto, a que no está construida como un objeto estático, del modo en que sucede con una silla o una mesa a la que se le da una mano de barniz y se termina. Nuestro país se encuentra en continua reestructuración, en este sentido, cada amanecer marca un punto de revaloración, un posible viraje hacia una sociedad mejor, de la que todos podemos ser partícipes.

La grave situación en materia de seguridad que estamos viviendo ha sembrado la desesperanza en más de alguno que, al ver las celebraciones, se pregunta: “¿qué festejamos?”

Esto me hace pensar lo importante que resulta darle a la educación de niños y jóvenes un enfoque crítico, donde ellos mismos tengan la oportunidad de valorar nuestra situación histórica.

Un conocido trabajo que aborda estos terrenos es El nuevo pasado mexicano (Cal y arena, México, 2009), de Enrique Florescano. Editado por primera vez en los años noventa del siglo pasado, este libro sigue siendo una excelente referencia para recorrer distintas interpretaciones que se le han dado a los períodos de nuestro devenir histórico.

El tema al que se le dedica un mayor espacio es al de la Revolución (capítulo: “La Revolución mexicana bajo la mira del revisionismo histórico”); Florescano analiza desde la primera generación –contemporánea a esos acontecimientos–, pasando por la voz desencantada de quienes afirmaron que se habían extraviado las causas que originaron el movimiento, hasta llegar a su propia visión: “La revolución no es una ilusión ideológica de cambio, es un cambio real que revoluciona el estado, desplaza violentamente a la antigua oligarquía gobernante, promueve el ascenso de nuevos actores políticos, e instaura un tiempo nuevo, el tiempo de la revolución, la era de la anarquía, el desorden, el choque de intereses y la guerra, el momento en que nuevos actores sociales ocupan el espacio liberado por la revolución y definen un proyecto político sustentado en las fuerzas que crearon ese momento de libertad y definición colectiva lanzado hacia el futuro”.

Finalmente, la riqueza de dichas revaloraciones no se encuentra, solamente, en los documentos que puedan usarse como fuentes de conocimiento, sino en la mirada del historiador. Desde este punto de vista, cabe hablar de creatividad en el estudio de la Historia: qué tan propositivas son las preguntas que dirigen las nuevas investigaciones.

Lo creo con firmeza: en este siglo hay lugar para festejar nuestra libertad de pensamiento, condición necesaria en el desarrollo de las revoluciones ideológicas. Festejamos que la Independencia sea una realidad que amanece con el Sol, mientras permanezca viva la Memoria del Pueblo y contribuyamos a fortalecer los lazos comunitarios.

¿Podemos, cada uno de nosotros, plantear interrogantes significativas que enriquezcan nuestro contexto social?, ¿tú, qué piensas?

16.3.10

De entre las piernas

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Martes 16 de marzo de 2010

“Sal, mi hijo, a recobrar tu tierra maldita, fundada sobre el crimen permanente y los sueños fugitivos…” Habla así la Malinche –en la recreación histórico-literaria de Carlos Fuentes– al dar a luz “al encabronado hijo de México y España”.

Malintzin, lo sabemos, es un arquetipo mexicano, imagen de la mujer amenazadora por su sexualidad, como sor Juana lo es por su Intelecto. Dice Rosario Castellanos que la única condición “aceptable” de la mujer en nuestra sociedad es la del arquetipo de la “Virgen”, frágil, cariñosa y abnegada.

Aún en nuestra época, persisten de manera velada –en ocasiones, directa– estereotipos que, más de una vez, nos dejan a las mujeres en desventaja ante el mundo. ¡Y cómo no!, si hallamos por todas partes alusiones a la “imprudencia” femenina: Eva, instigada por la Serpiente, le ha abierto las puertas a todas las calamidades (las que también habrá de liberar Pandora).

En Las mil y una noches se refiere como la infidelidad de la consorte del rey Schahriar le hace perder a éste la confianza en todas las mujeres. Resulta que la hermosa y joven reina tenía la costumbre de organizar sendas orgías con sus esclavos en la ausencia de su marido. Así, vemos caer un grave juicio moral sobre la adúltera, mucho mayor que el del sultán que, muy quitado de la pena, decapita una doncella cada mañana.

Con el fin de “resguardarnos del pecado”, a lo largo de los siglos, se ha investido de “pureza” la efigie de la mujer, en detrimento de la libertad creativa e intelectual. Mas –por fortuna–, no han faltado aquellas que rompen los esquemas, lo que poco a poco ha ido derivando en resultados concretos: nuestro derecho a la educación, al sufragio y a desempeñar cargos públicos.

Si bien el intelecto más poderoso de la Nueva España fue sor Juana, antes que ella, en la civilización mesoamericana, hubo mujeres que participaban en la vida intelectual de su sociedad. Destaca entre ellas “la Señora de Tula”, concubina del rey Nezahualpilli, “tan sabia que competía con el rey y con los más sabios de su reino y era en la poesía muy aventajada…” (Citado por Fernando de Alba Ixtlilxóchitl. Obras históricas. Tomo II, p. 268).

Otro ejemplo es el de la princesa Macuilxochitzin, hija del guerrero Tlacaélel, quien fue poeta durante el esplendor de Tenochtitlan.

La literatura contemporánea está pariendo nuevos enfoques de lo femenino. La maternidad deja de verse entre algodones rosas y se exponen las emociones de dolor y desarraigo, incluso los elementos quirúrgicos del parto, y el deseo inconsciente, animalesco, de volver al útero. Lo vemos, por ejemplo, en los versos de la poeta venezolana María Auxiliadora Álvarez: “Ella me abre las piernas / Desde el piso / trata de ascender / y no la dejo / que ahí no hay nada”.

Para sumarnos a esta actividad creadora que busca explorar lo femenino, desde nuevas perspectivas, el Patronato de Bibliotecas Municipales invita a la puesta en escena del monólogo “Restauración del Paraíso”. La cita es este viernes 19 de marzo a las 7 de la tarde, en la Biblioteca Jesús Quintana (Palacio Municipal de Tampico). La dirección de la obra corre a cargo de Iris Arvizu. Actúa Iván Mancilla. El libreto es de una servidora. ¿Podrás acompañarnos?

15.3.10

reversa

ayer murió una niña
en esta calle....por un momento
creí ser yo misma
soñando el peso de una camioneta

mis manos tiritaban
–y lo que está muerto no tiembla–

desperté en la orilla del espejo
la pequeña momia
sonreía
desdentada
su cabello era rojo.......y
..............................lo gris de sus pupilas un grito

12.3.10

la aprendiza

Cada historia que Ella escribe tiene un punto de inconsistencia, una hendidura oculta en alguna parte del texto, que amenaza la estabilidad del edificio conceptual. No importa la claridad del lenguaje, la belleza de las imágenes o la pericia del argumento. Esa única zona –entre más diminuta, mayor el riesgo de impacto–, al encontrarse ojo a ojo con el primer lector causará el desastre: todo el libro se vendrá abajo como un montón de piedras polvorientas.
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10.3.10

nace un lector



Hace dos años, cuando nació mi hijo, recibió entre sus regalos un par de libros, uno de hule espuma y otro de tela. ¿Un augurio? Ayer, en uno de nuestros viajes a la librería Educal del METRO, luego de correr acaloradamente por el estrecho pasillo, Haku se detuvo frente a un estante y eligió un pequeño volumen llamado rojo + verde, una edición infantil con fotografías de motivos mexicanos. Y ya no lo soltó.

Fue a tomar asiento y se entretuvo contemplando las imágenes con una sonrisa. Mientras yo deslizaba a Henestrosa por el mostrador, él aseguró su libro bajo el brazo.

Pienso en los antiguos cazadores, en la emoción que debieron sentir la primera vez que su primogénito alcanzaba un ave.

En el acto solitario de la lectura, ¿quién es la presa?

Tammapul, lugar de niebla

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Martes 9 de marzo de 2010.
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Desde lo alto del cuisillo, el edificio principal de Tammapul (que en lengua huasteca significa “lugar de niebla”) puede verse la Laguna San Isidro, echada con serenidad en el fértil valle de Tula.

“Este vaso de agua –me explica don Salvador Piña, que funge amablemente como mi guía– hace cuarenta años abastecía a más de treinta comunidades”. No es tan grande ahora, pero sigue manteniendo su sosegada belleza al amparo de los cerros.

La pirámide, la única excavada en el sitio, es circular y muy voluminosa –me entero después que tiene 12 metros de altura y 36 de base–, adornada, alrededor, con una serie de clavos de piedra.

Me detengo un momento a ver el mezquite que corona la construcción, parece danzar gravemente con su cabellera seca.

A don Salvador le tomó unos doce o trece minutos manejar desde la ciudad de Tula hasta la zona arqueológica, ubicada a seiscientos metros de la carretera Tula-Ocampo.

Es medio día, a lo lejos, entretejido de nubes aún puede verse el manto de la niebla levantándose sobre la sierra. En los días más fríos del año los cerros se arropan con frazadas níveas. “Tenemos nuestro Himalaya –dice mi guía con gran entusiasmo–, aquí es donde todo comienza: la tierra fértil, lo huasteco, y el semidesierto”.

Es verdad, en este punto del suroeste de nuestro Estado convergen distintos paisajes. Durante la historia antigua de México Tamaulipas fue un corredor de la migración humana. Más tarde fue uno de los escenarios donde se dio la domesticación del maíz. “En tres regiones de su territorio se desarrollaron pueblos pertenecientes al patrón cultural de Mesoamérica: la sierra de Tamaulipas, la Sierra Madre Oriental y la Huasteca” (Octavio Herrera, Breve Historia de Tamaulipas, 1999).

La Huasteca Tamaulipeca floreció a lo largo de la cuenca baja del Guayalejo-Tamesí, en los valles intermontanos de la Sierra Madre y en una pequeña área del altiplano. “El grueso de las ruinas –afirma don Joaquín Meade– se encuentra en la zona huasteca del sur del estado con una marcada extensión hacia el altiplano en la región de Tula de Tamaulipas”.

Al principio se creyó que Tammapul pertenecía a la cultura huasteca, pero tras la exploración los arqueólogos se dieron cuenta que su configuración es diferente al resto de las culturas que existen en Tamaulipas. “Nos queda mucho por saber”, me dirá después Gerardo Vázquez, coordinador del patrimonio histórico de la zona.

Cerca de la pirámide ha crecido un árbol de zapote. La gente lo rodea. Los niños se solazan y dejan ir entre las ramas miradas curiosas.

Mientras me voy alejando por el camino empedrado empieza a correr un aire fresco. Por la noche el viento alzará nubecillas de polvo y acaso la niebla agite sus alas. ¿No te gustaría verlo?
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6.3.10

Tammapul


(1) Tammapul, lugar de niebla

(2) En el valle de Tula
























(3) al fondo la Laguna de San Isidro

(4) zapote


Fotografías:
1,2, 4, Marisol Vera Guerra
3, Salvador Piña


3.3.10

a veces


perspectiva
[tiempo absoluto]