Literatura & Psicología

23.6.21

Otras mujeres como lobas

"Qué dura y clara es la poesía de Marisol Vera Guerra. Una poesía loba, de colmillos filosos, calientes de devoración. Cuando cayó en mis manos la ya clásica obra Mujeres que corren con los lobos, de Clarissa Pinkola Estés, supe que había una voz colectiva que invocaba, por fin, sin ataduras, de nuevo, a la loba que habita en cada una de las mujeres, desde el principio de los tiempos; así escuché en mi interior los aullidos que me catapultaron a escribir La otra Ilíada. Desde estas reverberaciones me llega ahora Otras mujeres como lobas y me estremece en el mismo diapasón". Ethel Krauze

Presentación del libro Otras mujeres como lobas.
Marisol Vera Guerra, autora.
La poeta Ethel Krauze.
Rossy Lima, editora de Jade Publishing.
Otras mujeres como lobas, Jade Publishing, 2021.

Mira la presentación del libro aquí: JADE PUBLISHING, FB

COMPRAR OTRAS MUJERES COMO LOBAS

22.4.21

Pronto, bajo el sello editorial de Jade Publishing, mi nuevo libro Otras mujeres como lobas. Súper emocionada


 

22.3.21

El oficio de hilvanar palabras

 (Nota escrita para El sol de Tampico por el Día mundial de la poesía).


Nunca se me dio bien el bordado, mi abuela y mi madre intentaron alguna vez mostrarme, sin demasiado éxito, cómo crear graciosos relieves con hilos rojos y amarillos sobre la manta cruda; ¡y menos tuve talento para el tejido!, entrelazar uno a uno los hilos hasta formar el afelpado abrigo de un cuerpo. Me hubiera gustado ser capaz de crear estas narraciones sensoriales, ser como las tejedoras y bordadoras que hacen de la tela una página para tensar la trama de una historia palpable, así, por ejemplo, las artesanas huastecas: cada color, cada forma en su lugar para explicar el mundo. En cambio, algo aprendí sobre hilvanar palabras. Así mesmo lo decía mi abuela, cuyas variopintas expresiones yo hallaría luego en mis juveniles lecturas del Quijote –en las comunidades marginales el idioma se resiste a abandonar sus viejos usos–. Si Cervantes recurrió al metalenguaje, mi abuela desde la oralidad también hizo que la lengua pensara en sí misma, de una manera, claro, mucho más inocente, más ordinaria, más cercana a los ruidos del monte.
Esa imagen de las manos milagrosas de mi abuela bordando breves siluetas de flores y cosiendo galápagos de tela, su voz diciéndome por las mañanas, “ya recuérdate” –este arcaísmo de recordar por despertar que aún me fascina–, fueron para mí las expresiones más puras de la poesía. Si tuviera que dar una definición de lo que es la poesía diría que definir es una forma de encerrar, de meter en un ataúd el objeto definido; me gusta más la idea de pensar en imágenes, de aproximarnos al concepto desde una representación visual. Y cuando yo quiero decir algo sobre la poesía veo a mi abuela, veo sus flores rojas, veo sus tortuguitas con caparazón de fieltro. Las veo y las toco.
En las cosas cotidianas encuentro yo la punta del hilo para empezar a urdir un poema. Enhebro en mi aguja las sinestesias, el oxímoron, el ritmo de alguna canción o el maullido de un gato. Hago pespunte en la memoria para que no se me deshilachen las visiones de aquellos primeros años, cuando el mundo era nuevo, antes de las perdidizas canas, las estrías y la úlcera; antes de que yo me pusiera a escribir sobre la poesía, cuando me dedicaba simplemente a verla, a vivirla con esa pertinencia que tienen las niñas solitarias y conscientes del tiempo. La verdad, siempre supe que lo mío no era bordar en la tela, que a mí me tocaba tramar historias de otra forma, aunque hace un par de meses cosí una muñeca de manta para mi hija y bordé sus cejas con hilo rosa. Tal vez ella guarde esta imagen como amuleto, qué se yo, me gustaría que así fuera, o tal vez solo se destiña en su mente como sucederá con este pliego de periódico al final del día.


10.3.21

#EscrituraFemenina: Una flor abriéndose a la vida

 


Mercedes Varela. Segundo aire. Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes, 2021.

No quiero que me acusen de mujer tradicional
pero pueden acusarme
tantas como cuantas veces quieran
de mujer.

Gioconda Belli

 

En Mujer que sabe Latín, Rosario Castellanos se pregunta “qué es lo que impulsa a una persona en pleno uso de sus facultades mentales, satisfecha de la vida, feliz y equilibrada, a leer”. Claro, no se refiere la escritora a las lecturas obligadas de la escuela ni a ninguna otra que tenga una finalidad utilitaria, sino a esa lectura que llega como un mandato desde el interior del alma (no en su acepción religiosa, sino psíquica), resorte que nos hace levantarnos a media noche y hojear el libro de pastas duras junto a la cabecera o, más posmodernas, tomar el celular para acceder a nuestra edición kindle recién descargada en Android.

Y no hay una respuesta definitiva a este cuestionamiento. Acaso –aventuro– en el fondo de cualquier ser humano, por muy confortable que parezca ser su vida, existe, siempre, cierta insatisfacción; hay algo que está en desequilibrio y la literatura –el arte en general– ofrece, para much@s de nosotr@s, una posibilidad de llenar esa laguna. Pero no solo bajo el oropel de ciertas vidas subyace la necesidad de leer, también en las situaciones límite, en la cárcel y en la guerra, en la locura y en el duelo, está presente.

Sin embargo, este gozo derivado la lectura recreativa y, aun más, de su escritura, parece haber sido negado a la mitad de la humanidad durante siglos. Ya apuntaba Schopenhauer que las tareas intelectuales eran contrarias a la naturaleza femenina cuya única finalidad debía ser la de la reproducción. Por lo tanto, los placeres del sexo y las voluptuosidades del intelecto serían inherentes a lo masculino, pero, en las mujeres, una especie de perversión. No muy lejos de aquella percepción estaba la de Freud que consideraba infantiles a las mujeres que solamente podían llegar al orgasmo a través de la estimulación directa del clítoris y no, como le parecía obvio al célebre neurólogo, de la penetración: el placer femenino para considerarse “maduro” dependía, pues, enteramente de un pene. Claro, porque la mujer ¡cómo va a darse placer a sí misma! ¡Histéricas, las que nos toqueteamos o nos atrevemos a negar la supremacía del falo!

Más o menos así ha estado estructurado el pensamiento occidental y una podría respirar aliviada porque eso “ya pertenece a otros tiempos”, ¡pero no!, en pleno siglo XXI he escuchado a onvres afirmando con seriedad cosas semejantes y hasta más ridículas.  

Las mujeres, ahora, estamos tomando la palabra, esa que siempre fue nuestra, la que muchas veces estuvimos gritando desde el umbral de nuestro cuerpo y el animal sin concha que nos custodiaba se negaba a oír. Mujeres como Diana, la heroína del “Segundo aire”, cuento epónimo de este libro que nos entrega Mercedes Varela con un humor sazonado por la observación de lo cotidiano. Mujeres que no somos vírgenes ni perfectas, más bien entradas en años, más bien estudiosas del Kamasutra, más bien dispuestas a abandonar el recuerdo del hombre que no nos complacía como se abandona felizmente un dolor de muela o la imagen de un macetero roto. Mujeres honestas en sus rencores como la protagonista de “Relajación”, y no (creo) porque “el peor enemigo de una mujer” sea “otra mujer”, sino porque nos han enseñado a competir entre nosotras y a callar. El odio, por supuesto, no es una emoción propia de señoritas o señoras decentes. 

Pero la lengua finalmente se desata. Y con ella las palabras que se han apechugado por décadas. Hemos tenido que gritar más fuerte para defender nuestro derecho a la ira. Mercedes, con la sabiduría que da la lectura constante de la vida, nos ofrece esta colección de cuentos breves y nanoficciones a través de los cuales se narra a la mujer contemporánea, observadora de sí misma y de las otras, que se enfrenta al espejo y se reinventa y no teme, ya, bloquear al impertinente. ¡Faltaba más que estas alturas vengan a decirnos cómo definir los vocablos!

Cito esta joya de nuestra autora tamaulipeca:

           

No hay agonía más lenta y digna que la de las flores dentro de un florero. Ellas continúan abriéndose a la vida, aunque sean sus últimos minutos.

 

Estas breves líneas, me atrevo a decir, sintetizan una situación que prevaleció por mucho (demasiado) tiempo en nuestra sociedad, mujeres languideciendo dignamente dentro de sus casas-florero, cortadas del jardín de sus sueños, sin posibilidades de extender el perfume de sus palabras por las nubes. Y, sin embargo, dignas. Abriéndose a la vida. Acotadas por un sistema que decide la fecha de caducidad de nuestros cuerpos, pero impelidas a la escritura, ese bálsamo que refiere Rosario Castellanos al hablar de Proust en el libro que cité al comienzo de mi prólogo, la palabra como conjuro que conduce a la liberación. Una liberación que no depende, ya, de las circunstancias externas, sino de la propia capacidad de evocar el lenguaje.

En “Fin de semana largo”, Varela nos demuestra que sigue vigente en nuestros días la dicotomía expresada por Castellanos, en los años setenta del siglo pasado, entre la mujer que cumple su rol socialmente asignado, como madre y esposa (sin olvidar la obligación de ser “bella”), y la posibilidad de tener una vida independiente como una profesionista exitosa. En otros cuentos, también nos llevará de la mano por los recovecos mentales de la madre y de la hermana que sufren ante la pérdida del ser amado. Esos estados tan dolorosos que solo pueden equipararse a una pesadilla, pero traslapando las fronteras entre vigilia y sueño no sabemos, bien a bien, de qué lado queda la realidad.

 

Ahí se siente protegida. Si no fuera por esa niña que aparece cada vez que suena el teléfono.  Al principio le temía, pero ya se acostumbró a jugar con ella y con la muñeca pálida que siempre carga, con cuidado, entre sus brazos.

 

Y, si por una parte es cierto que revela la condición femenina, no cae, Varela, en la tentación de romantizar el género. Sabe que esa terquedad por competir, de la que ya he hablado arriba, puede minar la empatía y crear auténticos agujeros negros en algunas, aunque lleven el nombre de “Estrella”. Luego, también visibiliza de una manera tragicómica la desigualdad social y el clasismo tan propios de la sociedad mexicana, ¡y qué mejor escenario para ejemplificarlo que una boda!

No está dicho todo lo que se tenía que decir sobre nosotras. Las escritoras vamos tomando vuelo, abordando temas que hasta hace poco no se hubieran considerado “literarios” por “intimistas”. Celebro, entonces, este libro donde Mercedes Varela nos presenta, con un lenguaje ameno, sencillo (no, por ello, poco profundo), mujeres que asumen su condición terrena y que aceptan sus pasiones sin los conflictos de Ana Karenina o de Madame Bobary, que tras una ruptura amorosa no acabarán sobre las vías del tren ni comiendo arsénico, sino con un perfil en Tinder o inscritas en un curso práctico con un guapo instructor de las artes amatorias. 

 

Monterrey, N. L., octubre de 2020

20.2.21

luz / oscuro

Todos los días me pregunto: "¿Qué es ser adulta?". Fotografiar un rostro que ya no le pertenece al tiempo.