Literatura & Psicología

1.1.13

Celebraciones y reflexiones


Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas, miércoles 9 de enero de 2013.

En la primera escena de Fresas salvajes (la famosa película dirigida por Ingmar Bergman), Eberhard Isak Borg, médico septuagenario a punto de recibir un Doctorado Honoris Causa, escribe en sus memorias: “Nuestra relación con otras personas consiste, principalmente, en discutir y juzgar el carácter y la conducta del prójimo”. Por ello, él ha venido rodeándose de soledad. Una forma de aterrizar aquella frase Sartreana: “el infierno son los otros”.
     No llego a esta actitud extrema; creo que, más allá de tan recalcitrante hábito humano, existe el amor auténtico que puede prodigarse a otro ser vivo, a la naturaleza, a un arte o a lo que sea, pero (y aquí acudo a Fromm) se requiere desarrollar una capacidad que (a mi entender) requiere inteligencia y sensibilidad, una correspondencia de elementos poco común en una sociedad globalizada, en la que no hay tiempo para pensar, ni para sentir, ni para ser uno mismo, más que para consumir (las energías, la juventud, el dinero, los sueños y el propio tiempo).
     Al llegar las épocas navideñas, por ejemplo, se mide la generosidad a través del tamaño de los regalos y se confunde la felicidad con los excesos.
     En mi casa no festejo la Navidad. Es, en primer lugar, una celebración religiosa y hará cerca de veinte años que no profeso religión alguna. En realidad, ni el día de Reyes, ni el de San Valentín, ni tantos otros de cuyo nombre no quiero acordarme, tienen para mí especial significado, dada su envestidura de artilugios comerciales.
     A pesar de todo, cual remanso, encuentro de vez en cuando gente sencilla que, de manera muy particular, expresa sentimientos reales y es capaz de transmitir auténtica alegría y afecto por los demás en estas fiestas (y en distintas épocas, porque los buenos sentimientos no tienen fecha ni caducidad). Así, recibo con beneplácito una felicitación cuando es sincera (no tanto cuando llega en un mail cadena, junto a otros cincuenta nombres).
     Ahora comienza un nuevo año y esto, al margen de connotaciones sentimentales, representa una oportunidad para hacer inventarios de nuestras metas alcanzadas y de las que nos faltan. Y, haríamos bien en detenernos un rato en la frase de Isak Borg, ¿en qué se basan nuestras relaciones con los demás, en una aceptación mutua o en la idea tormentosa de cómo quisiéramos que fueran? 
     No veo mucho caso en celebrar con pirotecnia la Independencia de México mientras no seamos capaces de construir una nación segura, ni en que los chavos compren osos de peluche gigantes para una novia a la que no son leales. Mucho menos hallo sentido en talar un árbol para que adorne una casa durante un mes y luego vaya a dar al bote de basura.
     Mis simpatías están con esa gente franca y amable que cualquier día da un detalle, y con quienes simplemente deciden permanecer en su espacio, sin hacer barullo y sin prisa por gastarse. 
     Apunté más arriba que no profeso religión, sin embargo, considero que la vida –en su  nivel más profundo– está llena de espiritualidad. Creo en el misticismo natural de la tierra, en el orden matemático del universo, en el amor como única experiencia que nos hace vivir en plenitud, en este gajo de tiempo arrancado a la eternidad, antes de volvernos polvo. 



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