DE LANZA EN ASTILLERO Y ADARGA ANTIGUA

La Poesía como Destino.

30.8.11

El trueno ya no vive aquí

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Martes 30 de agosto de 2011.

Ya lo he mencionado antes y viene a tono en esta ocasión: aunque nací en Ciudad Madero, Tamaulipas, crecí en Tantoyuca, Veracruz, una de las zonas de la Huasteca (la otra es el municipio de Aquismón, San Luis Potosí) donde aún existe abundante población teenek. Puedo vivenciar, así, la línea fronteriza entre dos mundos: el mundo de los mestizos urbanizados, y el mundo marginal habitado por –en palabras de la antropóloga francesa Anath Ariel de Vidas– los “vencidos de los vencidos, antihéroes de una historia que intentan valorizar los militantes de algunas corrientes indianistas”.

En estos tiempos –multiplicado durante los recientes festejos por el Bicentenario– brilla el ánimo de rescatar expresiones culturales indígenas: lengua, danzas, gastronomía, todo lo que nos remita a su Identidad –que es, también, parte de la nuestra. De esto han resultado importantes contribuciones para preservar el patrimonio cultural de México. Por ejemplo, la validación de un alfabeto práctico para la escritura del idioma nahua –recordemos que los pueblos originarios de Mesoamérica tenían una escritura pictográfica; transportar los significados desde este tipo de representaciones hasta las del castellano ha sido tarea ardua.

El año pasado, durante una visita a la ciudad de Tantoyuca, pasé por pura nostalgia a una pequeña librería –también papelería y miscelánea– donde solía comprar libros y chicles cuando era niña –propiedad, en aquel entonces, de un excombatiente de la Revolución Mexicana y conocida como “La Huasteca”. Un par de volúmenes, adentro de una vitrina, llamaron mi atención: El trueno ya no vive aquí y Huastecos a pesar de todo. Con entusiasmo pedí verlos y, tras hojearlos un poco en el mostrador, me los traje a casa.

Ambos libros son fruto de la investigación etnográfica que Anath Ariel de Vidas comenzó en 1991 en las comunidades teenek de la huasteca veracruzana, área que ya desde hace tiempo merecía un estudio serio. Dicho trabajo condujo finalmente a una tesis doctoral de la investigadora francesa, expuesta en París, en 1997.

Huastecos a pesar de todo, Breve historia del origen de las comunidades teenek (huastecas) de Tantoyuca, norte de Veracruz (Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos / Programa de Desarrollo Cultural de la Huasteca, 2009), es un volumen concreto y ameno dirigido a responder cómo surgieron las comunidades teenek en los alrededores de este municipio y cómo se han adaptado a nivel social y agrario. Anath muestra una visión crítica, perspicaz, con un sentido tácito de la justicia social.

El trueno ya no vive aquí, Representación de la marginalidad y construcción de la identidad teenek (Huasteca veracruzana, México), escrito originalmente en francés y editado por primera vez en nuestro país en 2003, es una coedición en la que colaboran el Centro Francés de Estudios Mexicanos y Centroamericanos, el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, el Colegio de San Luis y el Instituto de Investigación para el Desarrollo.

Este precioso libro –permítaseme llamarlo así– lleva al lector desde el marco histórico y geográfico de la Huasteca hasta la médula de sus mitos, sincretizados con el cristianismo y la vida moderna. No faltan en el lenguaje inocencia y poesía, como cuando narra: “El sol y la luna eran dos niños. Un día se dijo que quien pasase encima de la lumbre en un predio incendiado sería dueño de la luz y del mundo”.

Dos libros magníficos, que recomiendo conocer, frutos del esfuerzo por comprender mejor la realidad mexicana contemporánea.

27.8.11

La niña de las pesadillas reposa en tus manos

[Una carta escrita para mi vago, correspondencia Tampico-Durango, junio 1 de 2011]


Algunos del nosotros y la tierra que nunca fue nuestra
mientras éramos de la tierra.

Juliana Sphar
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Soy la más oscura de las mujeres que has penetrado (me gusta pensarlo, reinventar el sentido de esta sucia palabra: penetrar). La más luminosa. La más triste y la más dulce. Nadie, antes que yo, había dormido contigo (me atengo a las manifestaciones de quinientas novias), sólo con tu cuerpo y un jirón de arrebatos; o su propio cuerpo creyendo que era tuyo.

El contigo es otra cosa (reservada egomanía de mis pulsiones).

Mi oscuridad estalla como helio en la superficie de un sol imaginario. Y esto, precisamente, hiere mi frágil condición (mi deleite).

Porque conozco (digo) la fugacidad de los paraísos. El estruendo de las caídas (aquello que se eleva sobre su sombra).

Porque, hoy, los fantasmas de una región sin nombre intentan secuestrarme.


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Ciertos idiotas llaman timidez a la costumbre de no decir más que las palabras necesarias. Llaman sumisión al simple ahorro de energía. Llaman distancia a la pasión por observarme desde mi propia casa, en la que caben todas las proximidades.
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Como en algún poema premonitorio, prefiero el cinismo ante la doble moral.

Sólo el auténtico soberbio tiene el don de la empatía. Sólo el auténtico soberbio está en el camino de sonreír con bondad.

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(Cito de memoria.) En la Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, May Kasahara siente fascinación por contemplar el instante exacto en que la vida se escapa. Quiere diseccionar con un bisturí, no a un cadáver, sino a la muerte misma. Un día, el señor Okada baja a meditar al fondo de un pozo seco y ella lo deja encerrado. Le dice después de que ha logrado salir, que pretendía salvarlo cuando estuviese a punto de morir. Él no queda satisfecho: quizá llegado el momento ella querría traspasar ese umbral.

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Aun entre los raros se puede ser más raro.

La rareza no radica en la vestimenta ni en el lugar; es una pequeña marca de nacimiento.

La Poyesis es la única manera de reconstruir el lenguaje fracturado de las almas (y tú me extrajiste de un poema como se extrae un órgano maravilloso del vientre de una niña).

*

La fe es un puente hacia el futuro. Y yo soy una criatura de instantes.

Dentro del discurso de Schopenhauer hay un gran acierto: las mujeres vivimos más en el presente que los hombres, pero (asevero) no por esa inmadurez que él refiere, sino por la virtud de contemplar el todo en la semilla.

Cada segundo es la semilla de los días que abrirán su fronda espesa en el camino (ahora nuestra época le está arrebatando a la mujer esta capacidad, la viriliza, desterrándola del instante).

Mi género y mi condición se suman como ondas de electricidad. ¿Puedes verlo?

Antes de ti (al llegar a este núcleo denso) mis amantes se retrajeron como aves azuzadas por antorchas.

Querer ser amada centímetro a centímetro es un ejercicio extremo.

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Desde mi regreso de Durango he permanecido sentada al fondo de un pozo, buscando en la lejanía un círculo de estrellas, mientras una mano invisible cubre la entrada y me deja en tinieblas. Esa mano aguarda el momento en que me falten por completo el aire y el agua para mostrarme la luz. Entonces, el más tenue rayo calcinará mis pupilas.

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Finalmente llega la hora en que deseamos traspasar ese umbral.

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Absorber por completo lo que tú eres; autopenetrarme a través de ti viendo cómo te amas amándome.

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Ese día yo estaba mutilada. Y los otros cuerpos me producían un escozor parecido a la rabia. Algo como náusea.

Al relamer los orificios de tu piel (olores y texturas), tus formas (todas) se abrieron a mi tacto. Fueron mías las calles y las gasolineras, los vapores del alcohol, la nicotina y el semen, la locura en pequeñas bolsas de plástico. La sed inagotable.

No hubo por qué soñar, sólo un caer entre tus ángulos. Enervada exaltación de nuestra cercanía.


Tuya: La loca templada cuya serenidad es un cuchillo


21.8.11

casa

Mi casa se ha vuelto ave
Pablo M. Antúnez












las aves se han vuelto casa.
Entre ventanas de pluma y cartílago corre el viento del alba.

Entro por esta puerta que gorjea y rezuma sangre.

No es el cuerpo de las alondras
ni el espacio dibujado tras el cóndor;
        es el lugar
     donde me duermo
                            y lloro
                                     y canto.



Estadio

No queda un solo espacio sin latido,
sin olores de pólvora.

Los lechos vacíos de la Laguna.

Tu ciudad es también la mía (su orilla que sangra).




17.8.11

bitácora de un breve naufragio

3:24

Veo a una mujer escribiendo un poema. Su mano izquierda hinchada como la de un cadáver. Carne en decomposición, músculos sangrantes, nervios deshilachados. Lo azul y rojo.

La mano se reduce hasta volverse la de un niño.
Es mi hijo, ahora, tratando de alcanzarme.

5:16

Despierto adentro de un zoológico.
Los hombres apuntan sus escopetas hacia el vientre de los tigres. El fuego les abre las entrañas como rebanadas de sandía.
Panteras, elefantes, lobos, un infeliz oso polar... sus cuerpos acedan el piso de las jaulas.
Las balas no son suficientes. Los rugidos inundan la mañana.

10:25

Me masturbo frente a una pared blanca,
pensando en algunos versos de Gregory Corso, algo sobre un campo de batalla. Nunca morirán, ¿las novias?, ¿los corceles?

Mi esposo rueda por el precipicio de la cama. Nada sabe de los gritos, la pólvora y el llanto.
Pero, ¿cómo se dice muerte en un país donde todos los tigres han caído?

12:16

Esa canción me pone triste, digo, mientras la niña canta en la ventana. Su voz quebradiza y distante me llena el corazón de espinas.
De a poco, la música se extingue.
Y a mis pies se derrumban las palabras.

14:25

Así, el pecho estremecido y el tufo de la calle envolviendo mis pasos; así, la piel a punto, el rostro sin amarras, la mirada oblicua y pesada, así.

El borde.
Un te amo desgajado entre las uñas.

La lluvia se agolpa en mi garganta (a grandes tragos me bebí la tarde).

Yo soy ahora mi hijo y la mujer que escribe poemas y la niña que hace canciones de espinas. Agua dulce y rugido de balas. Yo, la desposada, la desahuciada, la desbocada. La que nunca estuvo en una guerra, la que jamás conoció el naufragio.

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nocturnA

Ella devoraba el manto austero de la noche,
su galope de caballos con azúcar en las venas



Fotografía: Cy















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12.8.11

De generaciones y cosas peores

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. 9 de agosto de 2011
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Saltando entre el ciberespacio y los libros me ha dado por pensar otra vez en esta palabra tan manoseada y mutable: Identidad. Hasta hace algunas décadas asociábamos de inmediato este concepto con el lugar de origen de la persona, su lengua y sus costumbres. Ahora, aunque nos aferramos a seguir viéndolo de este modo, es difícil precisar lo que realmente identifica a un determinado grupo social.

¿Qué significa vivir en la Sociedad de la Información? En diez años el mundo se transforma de maneras tan radicales como antes sólo ocurría después de un siglo.

Dice Raúl Trejo Delarbre, investigador titular en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM: “Nuestra circunstancia no es más la del barrio o la ciudad en donde vivimos, ni siquiera la del país en donde radicamos. Nuestros horizontes son, al menos en apariencia, de carácter planetario”.

Las herramientas de comunicación como la red Internet y la telefonía celular adquieren un carácter de Omnipresencia (en nuestros tiempos cualquiera tiene el don de la ubicuidad). Sin embargo, el consumo prevalece sobre la creatividad y el intercambio mercantil es más frecuente que el intercambio de conocimientos.

Al respecto de los oficios creativos, como el de la literatura, me decía hace poco mi amiga Erika Said, que a diferencia de los escritores nacidos antes de la década de los ochenta (quienes aparecen influenciados por el post-boom o bien, si se ponen rebeldes, andan punks), los más jóvenes “andan en una onda cyber-punk, donde el punk ya no es contracultura, sino que se asimiló y lo contracultural pasa a ser entonces la cultura pop de Lady-Gaga y Michael Jackson; además de ser una generación apolítica e incapaz muchas veces de retratar el momento histórico, preocupados por cuestiones como el diseño y la moda”.

Aquí subrayo otra de las características de la Sociedad de la Información: la Desigualdad. En realidad, las bondades de la tecnología no están al mismo nivel para todos. Dado el contexto multicultural de nuestro país, y la forma en que nuestra historia ha avanzado (no de manera consecutiva, sino en etapas superpuestas a guisa de cebolla) no podemos referirnos a lo que identifica a ciertos grupos de una manera lineal y tomar en cuenta solamente la edad, sino el estrato sociocultural y la región geográfica. Es interesante, por ejemplo, analizar la manera en que están reconfigurando su identidad los jóvenes teenek del norte de Veracruz, quienes, incluso ven diferentes a los teenek de la región de Aquismón, S.L.P. ¿Cómo han de sentirse en relación a los grupos mestizos o blancos, o los aljaʼib, la gente de “más allá del agua”, los que no son mexicanos, los que son extraños?

Muchos jóvenes de áreas rurales buscan ser parte de este mundo tecnificado, escapar de su condición marginal y sin embargo están centrados, no en la moda, sino en la subsistencia. Ahora, si nos referimos netamente a los escritores, podríamos decir que el escritor es comúnmente mestizo o blanco, de clase media, habitante de áreas urbanas. Pero, ¿dónde dejamos a los que, por la razón que sea, no caben en esta clasificación?, ¿los arrinconamos por ahí llamándoles “minoría”?

Este es sólo el principio de una reflexión que nos concierne a todos. Palabras como Identidad o Patria deben (re)valorarse a la luz de nuestros tiempos.

7.8.11

Poe, el explorador del alma humana

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Martes 2 de agosto de 2011.
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El hombre, el chamán, el artista, el vagabundo, el visionario, el licántropo, el amante, el pedófilo, el romántico, el poeta, el sádico, el pagano, el dandy, el hereje, el necrófilo, el maldito, el descendiente del Parnaso, gemelo de Baudelaire que engendró a Mallarmé, padre de Cortázar y de Bradbury, favorito de Niesztche y de Kafka, titán que encabeza una legión, eterno y codiciado por el mismo arcángel que a Satán Trimegisto encadenó, Edgarpó, Edgar a Poet, Edgar Poe, Edgar Allan Poe.

Genio del Terror, creador del género policíaco en la literatura, llegó al mundo el 19 de enero de 1809. El sitio: Boston, Estados Unidos. Nos advierte Cortázar: “Nació allí como podría haber nacido en cualquier otra parte, al azar del itinerario de una oscura compañía teatral donde actuaban sus padres, y que ofrecía un característico repertorio que combinaba Hamlet, y Macbeth, con dramas lacrimosos y comedias de magia”.

Baudelaire señalaría: “advirtamos que este autor, producto de un siglo engreído, hijo de una nación más engreída que ninguna otra, vio claramente, afirmó imperturbablemente la maldad natural del hombre”.

La existencia del creador de Las flores del mal correría paralela a la del autor de El Cuervo. Baudelaire, en la lengua de Moliere –como Cortázar en la de Cervantes–, se encargaría de traducir y promover a quien llegó a considerar su hermano espiritual.

Conocemos, con más o menos detalle, la historia de Poe: sus padres fueron víctimas de la tuberculosis (aunque no queda clara la suerte final de su padre) y antes de cumplir los tres años de vida, el pequeño Edgar iniciaría, en la orfandad, un destino donde el amor iría siempre acompañado por la desgracia. Desde Helen, su pasión juvenil, arrastrada hacia la tumba por una enfermedad, hasta su esposa-niña Virginia, a quien la tuberculosis también ganaría la batalla.

Explorador del alma humana, entre los sueños de libertad y de progreso de su época, Poe vindicaría la maldad como primera naturaleza del hombre. “Nadie que consulte con sinceridad su alma –dice en ʽEl demonio de la perversidadʼ– y la someta a todas las preguntas estará dispuesto a negar que esa tendencia es absolutamente radical”.

Mucho se dice de lo que Poe haría si viviese en nuestro tiempo, que trabajaría en la vena gore, que haría películas snuff. Cierto es que su obra es atemporal. Emerge entre regiones primitivas de la consciencia, esa zona de donde la Civilización no ha logrado expulsar a los demonios. ¿Cómo explicar la fascinación de las masas hacia personajes como Hitler o Charles Manson?

El paso de Edgar Poe en el mundo nos recuerda, por su violencia y rapidez, al vuelo de un péndulo. Su afición a la bebida le conduciría, finalmente, a esa ribera de la que no se retorna jamás. Delirium Trémens. Baltimore. 7 de octubre de 1849. “Qué Dios ayude a mi pobre alma”, fueron sus últimas palabras.

Una opción para leer su obra es la edición Edgar Allan Poe, Cuentos completos (Páginas de espuma, primera edición 2008), en la que 69 escritores latinoamericanos y españoles se conjuraron para homenajear al maestro en el bicentenario de su nacimiento. Se puede conseguir a través de la librería Educal.