Literatura & Psicología

31.7.10

Lectora

Palabras secas y sin jinete vienen por el monte. La niña se acerca al nogal. Creyó olvidarlo detrás de aquella verja donde los cuervos no llegan. En su recogida sombra, su abuela leía un libro de pastas rojas: bellos cuentos de pájaros y lobos que nunca terminaban. “Has de inventarles un final, mi pequeña”; los vocablos eran peces escurridizos y ciegos. “Has de cabalgar los verbos como a potros moribundos”; las letras eran un licor espeso que rodaba por el caracol de las mañanas. “Toma el fuete y golpéale el lomo a las vocales”. Pero las áridas palabras pasaban de largo. Siguen pasando. Y el viejo libro la mira desde una roca húmeda, en silencio, con las fauces abiertas.

25.7.10

Al otro lado del espejo

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Martes 20 de julio de 2010.

“A ver, ¿quién soy? –pregunta la pequeña Alicia, desde el fondo del pozo al que ha caído por ir persiguiendo al conejo blanco–, dime primero quien soy y luego, si me gusta serlo, subiré y, si no, me quedaré aquí abajo hasta que sea otra persona que me guste más”.

Cada vez que leo este pasaje del cuento de Carroll me imagino al fantástico roedor como el tiempo que pasa de largo reflejándonos, apenas, en la azogada superficie de sus pupilas.

Huidizo y ligero se nos escapa de las manos. Pero, si somos aventurados, posaremos el pie sobre la invisible fractura en el suelo de la realidad; se nos abrirá un mundo subterráneo donde el ayer, el ahora y el mañana confluyan. El sentimiento de extrañeza ante el Yo se nos revelará, precisamente, cuando hayamos descendido.

“Una persona es un proceso psíquico al que no domina, o sólo parcialmente”, dice Carl G. Jung en el prólogo de su autobiografía Recuerdos, sueños, pensamientos (Seix Barral, Barcelona, 2004; publicado originalmente en 1961).

A los ochenta y tres años, en un volumen de casi quinientas páginas, el psiquiatra suizo intenta explicar “el mito de su vida” a través del viaje interior. La única manera en que uno puede relatar su existencia es desde “adentro”. Nadie puede dar un juicio final de sí mismo ni de su vida, “para ello tendría que saber todo lo que la concierne, pero a lo más que llega es a figurarse que lo sabe”.

De esta premisa se desprende que somos excavadores de espejos. No terminamos, jamás, de construir mentalmente el mecanismo que nos conforma.

Por supuesto, hay espíritus proclives a ir hacia las profundidades del rostro. Contamos entre ellos a los escritores: una suerte de topos acostumbrados a cavar túneles en la oscuridad del pensamiento.

La novelista irlandesa Edna O'Brien menciona: “Es el precio de ser escritor. Nos acucia el pasado: el dolor, las sensaciones, los rechazos, todo […] Los médicos, los abogados y demás ciudadanos estables, no padecen de una memoria persistente”.

En la medida en que volvamos la mirada a la región de los recuerdos y las posibilidades –con la inocencia que nos hace formular las preguntas más elementales–, surgirá la tentativa por atravesar el espejo, salir de nuestro pozo, vestirnos o despojarnos del Yo como de un jubón.

¿Acaso no es la Palabra una red que envuelve la yoidad en medio de un país de maravillas, y el lenguaje un mago que convierte en presente lo que toca?

17.7.10

La novela de un hombre sencillo

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas, martes 13 de julio de 2010.

En una entrevista concedida a Philip Roth, en los ochenta del siglo XX, Milan Kundera menciona: “La existencia humana transcurre entre dos abismos: a un lado el fanatismo; al otro, el escepticismo absoluto”.

La imagen de lo divino, sea para alabarle o para rebelarse contra ella, parece inherente a nuestra naturaleza. Con frecuencia vemos rebeldes antes que verdaderos escépticos. “El rebelde desafía más que niega”, dice Camus. “La rebelión más elemental expresa, paradójicamente la aspiración a un orden”.

En las civilizaciones antiguas, como la de los egipcios, o la gama de culturas mesoamericanas, se recrea el gran orden cósmico a través de templos, calendarios, cantos épicos, y otros elementos. En esta recreación se asegura la continuidad de la vida.

La aparición de ritos religiosos en el hombre primitivo es una de las manifestaciones del pensamiento simbólico. Un buen día, tras largos eones en que la Evolución ha tejido con paciencia sus invisibles hilos, el pequeño mono sale de su caverna y se deslumbra ante el arañazo de las estrellas en el cielo; percibe una suerte de vulnerabilidad; ha descubierto, veladamente, un Yo en su interior y siente miedo a caer en el vacío. Ha cruzado el umbral que lo destierra, para siempre, de la Inocencia.

El escarabajo, el cóndor y el tigre simplemente aceptan lo que ven sin desear otra realidad. Nosotros no queremos ser polvo viajando entre las galaxias. Queremos permanecer.

El Arte, la filosofía, las múltiples ciencias giran alrededor del “qué somos”. En esta pregunta, como en un pozo, un dedo ciclópeo agita desencantos y esperanzas. La modernidad nos hace avanzar de un brinco por el camino que nos lleva desde Natura, en su forma primigenia, hasta la simbiosis hombre-máquina. Los dioses ya no habitan el fuego y los mares. Ahora son una idea en un tribunal, que necesita un abogado defensor.

He terminado de leer Job, la novela de un hombre sencillo, de Joseph Roth (Traducción de José María Pérez Gay, Ediciones cal y arena, México, D.F., 2010), la historia de un milagro.

Publicado por primera vez en 1930, este libro narra la vida de Mendel Singer, un hombre lleno de piedad que, como el Job bíblico, ve caer sobre su espalda el rigor de la mano de Dios: la guerra, la locura y la muerte destruyen a su familia. Se rebela entonces contra el Creador. Blasfema. Pero jamás se queda solo. Una noche se manifiesta el milagro en todo su esplendor y el sufrido Mendel encuentra la anhelada paz.

Una prosa digerible y amena que desemboca en un final feliz. Normalmente me aparto de las historias con finales felices. Pero algo, en ésta, me despertó una fibra infantil, aquel sentimiento que venía al escuchar los relatos de los viejos cuando era niña, donde la esperanza no era ese demonio que seduce a los incautos sino el heraldo de una buena nueva. ¿Será que no soy más que una mujer sencilla?

7.7.10

La lengua: esta casa milenaria

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Martes, 6 de julio de 2010.
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“Escribo para no morir” dice Natalio Hernández en su libro El despertar de nuestras lenguas (Diana, Fondo Editorial de Culturas Indígenas, 2002). Poeta y ensayista nahua, deja el calor de su pueblo para insertarse en el inmenso rompecabezas de la ciudad de México.

En medio de la urbe sigue alimentándose de su raíz, de su casta luminosa, su manantial de cantos: “Algunas veces siento que los indios / esperamos la llegada de un hombre / que todo lo puede, que todo / lo sabe, que nos puede ayudar a resolver todos nuestros problemas. / Pero este hombre que todo lo puede y todo lo sabe / nunca llegará; / porque vive en nosotros / camina con nosotros / empieza a despertar; / aún duerme”.

Escritores como Natalio Hernández o Andrés Henestrosa –que ha vuelto al seno de la Tierra–, revitalizan la tradición, beben de los ríos de la memoria y trasladan sus imágenes al presente. Un presente que a menudo niega la legitimidad de la Palabra antigua.

Precisamente, de este menosprecio histórico surge una confusión: mucha gente, profesionistas incluidos –y más de una vez, sus mismos hablantes– llaman “dialectos” a las lenguas indígenas, como si pertenecieran a una categoría menor.

En el trabajo publicado por la Secretaría de Educación y Cultura “Algunos puntos fundamentales para la escritura del idioma nahua, náhuatl o mexicano” (2003) se refiere: “La dialectología es el estudio de las variantes regionales de un idioma. Por tanto, la palabra 'dialecto' no debe tomarse en sentido peyorativo sino como sinónimo de variante idiomática.”

El zapoteco o el maya, por citar algunas, son lenguas completas, con sus propios dialectos o variantes regionales, al igual que el español.

En el texto arriba citado se hace hincapié en la necesidad de acabar con la discriminación intelectual hacia las personas de habla indígena. ¿Cómo señalarlas de “inferiores”, si muchas de ellas son políglotas?

Diversos idiomas autóctonos de nuestro país se ven en franca desventaja frente al castellano. Los asuntos administrativos, de impartición de justicia y de temas referentes a la educación, no suelen contar con documentos escritos en tének o en otomí, por ejemplo. Así, el niño cuya lengua madre sea alguna de éstas, se ve obligado a desprenderse poco a poco de ella para encajar en la maquinaria de la civilización globalizada.

Tan hermosa y tan válida como la herencia de Castilla es la de las distintas culturas que cohabitan en el territorio mexicano.

Ojalá pudiésemos sembrarnos en el corazón la voz de Jorge Miguel Cocom Pech cuando dice, en el libro El Chilam Balam de Calkiní: “Tu idioma es la casa de tu alma. / Ahí viven tus padres y tus abuelos. / En esta casa milenaria, / hogar de tus recuerdos, / permanece tu palabra”.

2.7.10

el país del zacahuil

Tantoyuca, del tének: Tan o Tam "lugar" y Tuyic "cera". Uno de los pueblos más antiguos del Norte de Veracruz, al igual que Chicontepec y Temapache.



La capilla de Santiago Apóstol, aún en uso, fue fundada el 25 de julio de 1557.

Tantoyuca existe desde tiempos prehispánicos. Sus primeros pobladores fueron los huastecos; sus descendientes, alrededor de un noventa por ciento de la población total del municipio, habitan hoy en día las comunidades rurales.

En 1850 se le dio el título de villa y, en 1901, el de ciudad.
En1997 se le declaró municipio libre.


Son comunes las artesanías elaboradas con zapupe, palma y cuero.
Su comida típica es el Zacahuil.

La perla de la Huasteca.

Tantoyuca es el lugar donde crecí. El pueblo al que retorno a juntar briznas de infancia. Éstas son las calles donde vi pasar los días más verdes. Las horas más exactas.



Fotografías: Marisol Vera Guerra