DE LANZA EN ASTILLERO Y ADARGA ANTIGUA

La Poesía como Destino.

29.5.10

Luna en el cielo de Altamira


cabeza de alfiler
en un lienzo nocturno
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el tejedor de utopías olvidó su ovillo en mi mano
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Fotografía: mvg

26.5.10

corteza



cuando se desgaja esta corteza no hay marcha atrás
—nunca hubo frontera
 
 
 
Fotografía: mvg

23.5.10

el lugar de la cera


Tantoyuca, Veracruz.




Siglo XXI: aún resplandecen los colores.
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Fotografías: Marisol Vera Guerra

20.5.10

Tampico


Tampico o metáfora de lo que no está aquí
escenarios de la existencia
Geometría en grises


Fotografías: Marisol Vera Guerra.

18.5.10

Del balcón de la Huasteca a Gambia

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Martes 18 de mayo de 2010.
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Viajar es un asunto privado. Es como amar o morir. Nadie acompaña, en realidad, al viajero en lo profundo de su experiencia, donde el Yo y el paisaje se hacen uno. Mas, de manera inevitable, cada palabra y rostro en el camino se vuelven cicatrices en su piel.

La riqueza de la jornada tendrá su eje en la mirada del que viaja. El que tenga lucidez irá más lejos, dentro de su propia alcoba, que quien transita por media América con los ojos ensombrecidos.

Desde niña he querido recorrer todos los mundos posibles. Y, como es lógico, empecé en mi casa, en las llanuras y los acantilados de mi alma.

Hay puntos de la Tierra a los que me gusta ir, por ejemplo Chicontepec, en el estado de Veracruz. “El balcón de la Huasteca”, le dicen sus habitantes, al borde del precipicio.

En los días despejados uno puede ver los “siete cerros” que le dan al pueblo su nombre en náhuatl. No fue éste el caso, el jueves de la semana pasada. Bajo un cielo nublado que, sin embargo, dejaba retozar al Sol entre los tejos, volví a caminar por los recovecos de mi niñez. Hace años, iba con mi madre a saludar a los parientes –ahora casi todos, viejos, han muerto.

Angosta culebra de asfalto, la calle principal se extiende a lo largo del poblado; las hileras de coches se atascan mientras las callecitas empinadas, recargadas en el verdor de las lomas, despliegan pergaminos de colores. Siguen aquí estas muchachas de tez color cobre, enaguas floreadas y pájaros bordados en el pecho. Los surcos en la espalda de los hombres. La sonrisa escarpada de las ancianas que van dejando sus días en las veredas, con sus canastos de palma.

Pronto se estrenará el mercado, un resbalón de modernidad en medio del caserío y de los árboles.

Como antaño, mi madre estaba a mi lado en esta nueva visita al pueblo. La breve travesía había estado matizada por lo inesperado: el chofer del coche que nos había llevado de San Sebastián a Chicontepec, nos habló de poesía. “Me gustan los poemas de protesta”, dijo. Y recitó emocionado –¡qué envidiable memoria!– un hato de letras patrióticas. Habló de Tlatelolco y de la tristeza de los indios. De la belleza de Sudamérica y la música de nuestro siglo. Aún hay auténticos viajeros, pensé.

De regreso pasé a Tantoyuca. En la plaza principal se había instalado una pequeña Feria del Libro; uno me atrajo: Hotel Nómada, de Cees Nooteboom. Al inicio de su crónica, donde relata su paso por lugares como Gambia y Malí, el escritor neerlandés cita un texto del siglo XII, del sabio Ibn al-Arabi: “El origen de la existencia es el movimiento. Esto significa que la inmovilidad no puede darse en la existencia, pues, de estar inmóvil, regresaría a su origen: la Nada. Por esta razón el viaje no tiene fin, tanto en el mundo superior como en el mundo inferior.”

El único viaje posible es en el Tiempo. ¿Hacia dónde nos dirigimos, segundo a segundo, romeros de la vida?

14.5.10

Chicontepec


(1)

(2)

(3) En el lugar de los Siete Cerros
Balcón de la Huasteca


Fotografías:
1, 2, Marisol Vera Guerra
3, Petra Guerra

11.5.10

La fragua de la vida

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Martes 11 de mayo de 2010.
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Para Linda
y todas las mujeres-árbol
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I

El útero, fragua en que se forjan los rostros, vasija que contiene la vida, primera casa del hombre e inicio de su destierro.

Escenario del milagro.

En la mar amniótica flota una masa de células. Un corazón se activa, espontáneo, como animado por un pequeño electroshock. Late. Se une al gran concierto orgánico: sinfonía gástrica, bombeo de pulmones, fluir de sangre incandescente.

II

Solos, desprendidos de la raíz. Rotos del árbol-universo que nos ha proveído de calor y alimento.

Caemos.

El recuerdo ante el vértigo de la caída nos hace sentir al borde del mundo.

Éramos ángeles soñando, sin tiempo, sin espejismo ni cuchillo, en lo alto de la fronda.

Ahora, trémulos y vulnerables, nos deslizamos hacia el tronco. Envueltos por la corteza tejemos nuestra esperanza. Con la espina hemos de perfilar un mapa –lo largo del camino, lo ancho de las lagunas– antes de regresar al vientre de la noche.

III

Ella es la noche –en su carne se levantan todos los úteros.

Escogedora de frutos, vigía del fuego del hogar, cazadora de aves y chacales. Domadora de dragones.

Tierra donde brotan el maíz y la vainilla. Selva que se llueve a sí misma.

Síntesis de la existencia.

Flor humana que abre sus muslos en la alcoba y en el quirófano.

Mujer jardín. Mujer fractal. Mujer océano.

Un pez salta desde la cresta de una ola, aletea sobre los arenales para sumergirse, otra vez, en el agua salobre de su cuerpo.
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7.5.10

Los límites de la memoria en el México antiguo

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Martes 4 de mayo de 2010.
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Mi querida amiga Ana Elena Díaz me obsequió, hace algunas semanas, el libro Nueva historia mínima de México (El colegio de México, 2009): la dosis mínima de conocimientos históricos que debemos poseer los habitantes de esta colorida y contrastante nación.

Muchos tienen presente la primera versión, editada en la década de los setenta del siglo pasado, bajo la dirección de Daniel Cosío Villegas. Treinta años después, ganamos en profundidad –citando la presentación del reciente libro– “con nuevas interpretaciones y formas de comprender y explicar los fenómenos y acontecimientos del pasado”.

Con el volumen, fresco, ante mis ojos, me he detenido en “El México antiguo”, recorrido a través de la mirada de Pablo Escalante Gonzalbo. Como es obvio, por su obligada brevedad, el texto gira en torno a las historias centrales y hegemónicas como la de los olmecas de San Lorenzo, la de Teotihuacán y la de Tula –o debiera decir, la serie de Tulas que conformaron la idea de ciudad maravillosa, símbolo de la alta civilización.

Tras leer este capítulo no puedo dejar de pensar, precisamente, en todo lo que “no sé”. Lo que tampoco saben los historiadores ni los arqueólogos. Lo que se ha perdido en los abismos del tiempo, en el núcleo de las guerras, en las piras funerarias, en el saqueo de la memoria tantas veces hecho por manos ahítas de dogmas.

Escalante Gonzalbo nos hace notar que el peso demográfico y político de culturas meridionales como nahuas, zapotecos o mayas, contribuyó a su supervivencia e integración en el orden surgido a raíz de la conquista española. “Las ideas y las historias de los cazadores de Coahuila –nos dice–, en cambio, o de los pueblos de Jalisco y Zacatecas que se rehusaron a aceptar el dominio español, fueron borradas con el exterminio de esos pueblos. Otros, como los tarahumaras y los seris, han sobrevivido en el borde de las barrancas, en el filo de las playas desérticas, y en el límite de la historia.”

Sin contar que, antes de la conquista, se habían desatado feroces guerras en Mesoamérica, como la que aniquiló el señorío de Teloloapan, que se resistía al dominio mexica, cuyo exterminio alcanzó hasta a los perros y los guajolotes de la localidad.

Según las evidencias arqueológicas, durante el horizonte Clásico (200 a 650 d.C.) Teotihuacán, centro político y religioso de la región, gozaba de gran prosperidad: “La vivienda popular urbana, en general, no era de una calidad sustancialmente distinta de la vivienda de los sectores dirigentes” –creo que no diríamos lo mismo acerca de nuestras casas y las de ciertos políticos.

Pero el reino Teotihuacano, perdido en las brumas del abandono, representaba, ya, un gran misterio cuando nació Tenochtitlán.

Pienso en los códices, palacios y estelas del México antiguo que se habrán destruido sin que tengamos, ahora, noticia de ello. Aquel tiempo fue avanzando, de manera cíclica, en una espiral de épocas gloriosas entrelazadas con gritos, humaredas y sangre. En oscuros recovecos se fugaron palabras, cantos y colores de la memoria, ¿acaso escondidos en sueños, en lo más profundo de la noche, cuando el raciocinio duerme y en nuestra frente danzan los tigres?

1.5.10

azul y negro


mediodía
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Fotografía: mvg