La Poesía como Destino: espacio personal de la escritora mexicana Marisol Vera Guerra

10.4.13

Destino e inteligencia

Publicado en La razón, Tampico, Tamaulipas, martes 2 / miércoles 10 de abril de 2013

Felizmente (para muchos) el estudio del genoma, en menos de dos décadas, ha echado por la borda varios mitos, entre ellos el sostenido largo tiempo por el conductismo de que “todo es ambiente”. La premisa de nuestros genes parece ser: “Te conviertes en lo que eres”.
     ¿Es que el entorno no juega, entonces, un papel relevante en nuestro desarrollo? Por supuesto que lo juega, pero contrario a lo que se creía, la tendencia del ser humano (y de cualquier otra especie) no es dejarse controlar pasivamente por los mecanismos de una sociedad “ajena” a su naturaleza, sino “crear los ambientes” que, finalmente, desatarán sus predisposiciones biológicas. El que es violento, buscará y formará escenarios violentos; el que tiene inclinación por el arte, hará también lo suyo, en contra de todo lo que se oponga.

     Cada uno de nosotros es un libro, producto de millones de años de experiencia, capaz de reescribirse a sí mismo.

     La sociedad en que vivimos es el resultado directo de nuestras necesidades instintivas, lo que genera un organismo (sistema) cuyo objetivo es el bien común, en el que cada uno de nosotros actúa como una célula. Sin embargo, para que la Evolución pueda hacer su trabajo, se necesita diversidad; aquí es donde entra la individualidad, aquello que nos impulsa a ser rebeldes. Dice el periodista especializado en ciencia Matt Ridley: “Estamos genéticamente dotados de una tendencia a llevar la contraria a la autoridad [...] para preservar nuestro propio carácter innato”. En la mayoría de nosotros esta tendencia se suaviza una vez pasada la adolescencia; otros tendremos una pulsión renovada constantemente.

     Este sentido de “rebeldía” nos puede hacer sentir “superiores” o "más inteligentes" que el resto de los seres vivos. Sin embargo, es falso que los animales sean simples autómatas siguiendo al grupo; incluso las hormigas o las avispas tienden a rebelarse, y cuando esto pasa, el resto de la comunidad aniquila al rebelde. ¿Hallas algún parecido con las sociedades humanas? Sólo que la hormiga rebelde actúa de pronto y de manera tajante, en cambio, la persona busca formas de encubrirse. Entonces, para preservar el orden, tanto en los hormigueros como en las ciudades humanas, se siguen reglas, se delegan funciones, se prohíben cosas (por ejemplo, en las colmenas, la abeja reina controla la sexualidad de las obreras para que no tengan crías propias).

     Asombrosamente se ha visto este mismo comportamiento a nivel celular: los genes se conducen de manera parecida a los miembros de una sociedad organizada. No son raros los brotes de genes rebeldes cuya sentencia será la pena de muerte; pero si el gen rebelde se sale con la suya el resultado para el organismo podría ser, por ejemplo, un cáncer.

     Nuestra individualidad parece estar programada. ¡Qué paradójico, decir que el libre albedrío está dictado por los genes! Este enfoque reduccionista podría hacernos creer que no hay lugar para el misterio. Yo pienso que esta organización tan maravillosa de genes y sociedades es, en principio, un misterio fascinante: ¿Cómo un caldo de bacterias pudo llegar a convertirse en una mente compleja capaz de crear sinfonías, construir ciudades y preguntarse cuál es su destino?

     Ridley concluye en sus reflexiones sobre este tema que “la libertad está en expresar el propio determinismo no el de otra persona”. Esa rebeldía renovada, esa incomprensible variable que nos hace, a cada uno de nosotros, singulares y únicos, es lo que ha generado la enigmática sonrisa de la Gioconda, el impresionante serpeo de la Muralla China, la tragedia de Hamlet y hasta esta modesta columna que estás leyendo.

     Pero, ¿qué nos hace a los seres humanos “superiores” a otras especies?, ¿sentir emociones? Las emociones se generan en el sistema límbico, una de las partes más antiguas de nuestro cerebro, que ya se encuentra en estado rudimentario en los peces. ¿La forma en que aprendemos? Los científicos han comprobado que hasta una babosa de mar puede aprender a través de la habituación, sensibilización y aprendizaje asociativo, la misma manera en que aprende un ser humano, y ni siquiera usan el cerebro sino un ganglio en el abdomen.

     ¿Nos hace superiores tener capacidad de abstracción? Según los estudios actuales, hasta un abejorro tiene capacidad de abstracción, que utiliza a la hora de elegir las flores en las que hallará néctar. ¿Nos hace superiores que tengamos “menos instintos” que los animales, ya que nuestra conducta es mayormente “aprendida”? La genética actual ha comprobado que no sólo tenemos instintos sino que los nuestros son más variados y complejos que los del resto de las especies.

     El libro de la vida (ADN), está compuesto con las mismas cuatro letras en todos los organismos. O sea, la Naturaleza nos escribió usando el mismo lenguaje.

     Sólo la soberbia y la estupidez pueden hacerle creer a alguien que ha trascendido el mundo animal. Lo que sí nos distingue es un cerebro altamente especializado con gran capacidad para adaptarnos a través del aprendizaje (pero precisamente este aprendizaje va creando nuevos instintos para las generaciones siguientes); este cerebro especializado nos ha permitido un salto del pensamiento concreto al pensamiento abstracto (por ejemplo que en vez de contar “dos palitos más dos palitos son cuatro palitos”, podamos decir: 2 + 2 = 4, o A + B = C) y, también, la “consciencia”, darnos cuenta de nuestra existencia y nuestra mortalidad, por lo cual uno de los primeros signos de una inteligencia evolucionada es la aparición de las religiones: el temor a morir nos induce a buscar respuestas en el mundo de lo sobrenatural. A este respecto, cabe decir, los elefantes tienen rituales que podrían interpretarse como religiosos. Según algunos teóricos interesados en la Inteligencia Artificial, una máquina estaría manifestando signos de “vida” cuando fuera capaz de sentir miedo por su propia “muerte”.

     Espero que, en este momento, mi visión no parezca simplemente fría y reduccionista. Como lo veo, en realidad, esta danza eléctrico-química que nos hace existir es el marco de un gran misterio, y el misterio, para mí, se iguala a la Poesía.

     ¿Y qué es la inteligencia? Muchos han querido definirla, clasificarla, medirla; en los últimos tiempos quien ha tenido mayor éxito entre las masas es Howard Gardner, con su teoría de las inteligencias múltiples, que identifica cada talento por separado. Yo abogo más por el enfoque de Robert Sternberg, que toma en cuenta tres tipos distintos de inteligencia: analítica, creativa y práctica.

     Desde mi entendimiento, todos los seres vivos compartimos una misma naturaleza inteligente, pero en distintos niveles de abstracción y especialización. Nuestro destino, lo que podemos llegar a ser como individuos, depende en gran medida de ese dictado interior del que hablé en un principio, y, sostengo, del misterioso signo que ordena las posibilidades. 


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