DE LANZA EN ASTILLERO Y ADARGA ANTIGUA

La Poesía como Destino.

26.2.11

Un modelo de la realidad

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Martes 8 de febrero de 2011.

En su más reciente libro, El gran diseño (Crítica, 2010), el físico británico Sthepen Hawking menciona un ayuntamiento italiano, donde se prohibió a los propietarios de animales domésticos tener pececitos de colores en peceras redondeadas, porque las paredes curvas del recipiente le darían al pez una imagen distorsionada de la realidad, lo cual resultaba cruel.

Este hecho me recordó mis años como estudiante de psicología. Con el fin de aprender aspectos básicos del conductismo llevábamos a la escuela, ratas enclaustradas en pequeñas jaulas. Había que privarlas de alimento para poder “condicionarlas”. La recomendación de nuestros profesores era que, al transportar al animalito, cubriéramos con una tela oscura las paredes de su jaula para evitarle la estresante visión del mundo exterior pasando vertiginosamente a su alrededor.

Ahora que mi calificación ya no depende de ello, puedo confesar que jamás privé a mi rata de alimento (espero que mi maestro de psicología experimental no lea este artículo), pues no toleraba la idea de dejarla en ese reducido espacio, sola y sin comida durante varias horas.

A propósito del primer suceso, reflexiona Hawking: “¿No podría ser que nosotros mismos estuviéramos en el interior de una especie de pecera curvada y nuestra visión de la realidad estuviera distorsionada por una lente enorme?” Enseguida, explica cómo a lo largo de los siglos los seres humanos hemos conformado diversos modelos de la realidad. El universo que cotidianamente vemos no depende solamente de las leyes físicas que lo rigen, sino de cómo interpretamos estas leyes a través de nuestras creencias, ideas y temores. Y, por supuesto, de nuestras capacidades biológicas para profundizar en su comprensión –no le podríamos enseñar geometría a nuestro gato.

Volviendo a las ratas de laboratorio. Debía ser aterrador estar confinado en un pequeño espacio y ver una serie de colores, siluetas y sombras pasando “afuera”. ¿Pero no sería también estresante encontrarse completamente a oscuras, sin saber qué pasará?

Nadie puede comprender la realidad independientemente de un modelo. Y en la medida que este modelo contenga cosas inexplicables, o fuera de nuestro control, nos hallaremos estresados. Nada puede ser más desesperante que la sensación de pérdida de control de nuestro ambiente. Estudios recientes han demostrado que “la categoría del trabajo de una persona podía predecir mejor sus posibilidades de un ataque cardíaco que la obesidad, el tabaquismo o la hipertensión”. ¿La razón?, entre menos control tiene una persona sobre su vida, mientras más dependan su ambiente y sus provisiones de factores externos a ella misma (en este caso, de su jefe), más estresada está. Y el estrés es un caldo de cultivo para todo tipo de enfermedades, desde una depresión hasta una úlcera.

Considero que, a veces, como individuos o como pueblo, estamos sumergidos en esas peceras curvadas que nos deforman la visión. Si se vive dentro de la cultura de la violencia, de la pobreza o de la corrupción, difícilmente se podrá vislumbrar una realidad distinta. Lo he dicho antes y lo repito con énfasis: un punto de partida para mejorar la atmósfera social en México es proporcionar una Educación –así, con mayúscula– que ayude a niños y jóvenes a mirar sus circunstancias desde distintos ángulos. Asomar la cabeza de la pecera, correr la tela oscura a la jaula del mundo.
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23.2.11

la visita

la enervación de los azules

en la transparencia del día
formas exactas de animal en celo
palpitaciones

el ojo herido

la luz
quieta sobre las paredes
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(el polvo, lo blanco)



Fotografías: mvg

18.2.11

crónica del Vacío


no es como estar aquí

entre los vacíos de mi nombre
ciñendo una vieja estampa

sin recordar siquiera
la geometría de mis manos
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Fotografías: mvg

7.2.11

El ladrón honrado

Publicado en La razón. Tampico, Tamaulipas. Martes 1 de febrero de 2011.

Hace una semana bromeaba con una amiga, diciéndole que mi situación económica era tan mala que si un ladrón tenía el desatino de llevarse mi cartera seguramente me la devolvería con unos pesos para ayudarme. Y como la realidad siempre está dispuesta a darnos una bofetada, días después, cerca de la plaza de armas de Tampico, mientras caminaba con mi hijo en brazos, un hombre me arrebató el monedero.

Antes de arrancarse a correr dijo con una voz mustia, “perdón”. ¿Un delincuente con conflictos morales? Imposible no recordar aquellos personajes de Dostoievski que se debatían entre el bien y el mal. El sentimiento inicial de impotencia y rabia dio paso a una sensación de ridículo. Así de fácil es, en un día cualquiera, ser atracado a media ciudad.

Una hora más tarde imaginé al sujeto intentando usar mi tarjeta de débito, y descubrir que no le alcanzaba ni para comprarse un chicle –mi saldo asciende a algo así como 80 centavos. Pero eso no era lo importante. Había fracturado mi intimidad, mi espacio, mi derecho a caminar libremente por la calle.

En mayor o menor escala, los mexicanos nos vemos afectados, especialmente en los estados del norte donde la paranoia ha dejado de ser el diagnóstico favorito de los psiquiatras para convertirse en una condición social.

Vuelvo al punto sobre la educación. Cualquier estudiante de psicología o de administración conoce la pirámide de necesidades de Maslow, y la conclusión lógica que de ésta obtenemos: Nadie puede cubrir sus necesidades superiores como la autorrealización (ni establecer vínculos sociales productivos), si antes no tiene cubiertas las más básicas como alimentación, vivienda y seguridad.

La corrupción no se va a erradicar a balazos. El clima social y emocional que nos rodea está produciendo más delincuencia. Recordemos que el ser humano, por naturaleza, tiende a imitar lo que ve y si no conoce alternativas, está perdido.

Minerva Salado, escritora de origen cubano radicada en México, enfatiza en su artículo “El corredor del odio” (publicado en el blog http://esquinaconbanca.blogspot.com), la importancia de atender los sectores de la población que pueden ser un caldo de cultivo para la delincuencia: “Los que están ya en las filas del narco, sólo son acreedores al castigo, pero quienes forman parte de la cantera de la cual se nutre el crimen organizado son en su mayoría jóvenes desempleados, (nini: ni estudian, ni trabajan, dicen aquí), un grupo que en otros países se reconoce como ʽde peligrosidadʼ; o sea que aún no accede a delitos mayores pero es proclive a cometerlos si no se le atiende”.

No le vi el rostro, pero puedo asegurar que aquel personaje dostoievskiano del que hablé hace un momento, era joven. Probablemente llegará a sentirse “más allá del bien y del mal”, como muchos otros que inician su carrera delictiva, aumentando su “currículum” con hechos cada vez más violentos.

A pesar de todo, aún me queda una buena dosis de optimismo. Creo que es posible hacer cambios positivos en nuestro país, a través de la educación y la generación de fuentes de empleo. Sueño con volver a transitar tranquilamente las calles de mi querido Tampico.
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1.2.11

el Veinte

En el universo conocido como Zona Conurbada existe una región llamada El Veinte. Una suerte de entronque donde el tiempo se comporta de manera extraña y las más elementales leyes de la física, fallan. Nadie recuerda cómo o por qué llegó a tener este nombre. Los científicos sugieren la remota presencia de veinte agujeros negros salvajes; hay quien asegura que veinte es el grito producido por una tribu de neutrones hermafroditas, o que la vibración de veinte supercuerdas hizo aparecer este cruce de caminos en el mapa –habría que ver a cuál mapa se refiere.

Hasta ahora la versión más aceptada es que se trata del kilómetro veinte de un sector más vasto del mismo universo, que los teóricos denominan La carretera T-M, donde T significa “lugar de perros de agua”, y M, “palo amarillo”.

Pues bien, cuando un incauto navegante salido por algún túnel de lombriz, se aproxima a este punto, se halla a merced de los caprichos cuánticos. No hay manera de saber lo que le aguarda. El área podría estar iluminada por chorros de fotones visibles como luz verde (lo que le permitiría un feliz viaje sin contratiempos), o estar bloqueada por metálicos cilindros emergidos, al parecer, de una dimensión enrollada.

Unos singulares seres de extremidades cortas y grandes fauces –con las que sostienen un silbato–, dirigen el destino de los viajantes, cuando no intentan devorarlos. Pero estas criaturas no permanecen aquí siempre, ciertos días atraviesan el fino tejido del espacio y desaparecen en una niebla oscura.

Lo peor es la lluvia, una lluvia olorosa a pólvora y sangre, que fractura la continuidad de la vida. Si nuestro hipotético viajero tiene la desgracia de caer en medio, se encontrará atrapado entre la orilla de un minuto y el siguiente; desde su percepción habrán pasado cien años antes de que pueda, por una buena jugada del azar, proseguir su marcha. Entonces hallará esta región tan vacía y silenciosa como si nadie jamás la hubiese atravesado.
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