Literatura & Psicología

31.12.10

raptos de luz desde el cielo veracruzano

por la mirilla de un sueño. Impresiones del estado de Veracruz

(1) el colotero colosal y su diluvio de naranjas

(2) Heráclito no estuvo aquí
(3) el Golfo, su palio crepuscular
(4) el puerto

(5)

Fotografías:
1, 2 y 3, Marisol Vera Guerra
4, Cristelle Vera Mendoza

28.12.10

Lecturas y contradicciones

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas.Martes 28 de diciembre de 2010.

Soy una fetichista consumada. Mis fetiches son los libros. Estos objetos que llevan el tiempo agarrado al lomo y que, con su silenciosa lengua dialogan conmigo en todos los idiomas, desde todos los pueblos del mundo.

Dos mil diez fue un año en que me hice de varios nuevos compañeros-fetiche. Casi imperceptiblemente, por los rincones del día, entre la hora de preparar la comida y llevar a mi hijo a la escuela, se abre un espacio para estar con ellos. Entrar en ellos. Un libro es también un amante o un cazador. Me estremece una emoción profunda cuando ejércitos de páginas me acechan con sus millones de ojos. ¿Quién dará en el blanco esta vez?

Ya sé que se apretujan en los muebles, que se llenan de polvo, que las termitas encuentran en sus hojas un paraíso. Nada como la pulcritud de una pantalla electrónica, me dirá más de uno. Pero disfruto el olor de la tinta, la textura del papel, la sensación de estar rodeada por organismos hechos de letras.

Soy un ser de contradicciones. No faltará el lector que, en una visita a mi biblioteca personal, me reclame, alarmado: “¿Cómo puedes tener en el mismo estante Cien años de soledad y La virgen de los sicarios?” o “¿Cómo es que uno halla aquí un manual de terapia de juego, un tratado sobre los gatos y un recetario de comida japonesa?” Tengo, entonces, que detenerme a contar la historia de cada libro: alguno es un viejo camarada de la adolescencia, con el que ya nunca platico, pero cuya presencia sigue siendo grata; el otro es un amigo reciente al que no puedo dejar de frecuentar y otro más llegó de una región oscura e indeterminada, que pudo ser la bolsa de mandado de un visitante despistado.
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Como sea, algo me liga a cada uno de los libros que se quedan a mi lado. Aunque, a ratos me detengo a pensar en cierto artículo de Monterroso, donde habla del afán de los bibliófilos por ver crecer nuestra biblioteca como si el mero hecho de tener muchos libros nos hiciera más cultos.

No soy de las personas fieles a una sola lectura. Hay dos o tres que capturan mi interés simultáneamente. Este año he vuelto a Cervantes: mientras hago un viaje meditabundo través de las líneas del Quijote –contrario a la primera vez que lo leí, de manera atropellada e impaciente–, he ido saltando de uno a otro autor. Por ejemplo, he disfrutado el ácido humor de Fernando Vallejo en El don de la vida, novela editada por Alfaguara (desde el título se anuncia la ironía como núcleo de una charla, entre el protagonista, que es el mismo autor, y su compadre, que lo aviva, lo calma y lo confronta; un libro sobre la muerte y el balance de la existencia). También, la voz desenfadada y crítica de Roberto Bolaño –a quién le había seguido la pista en fragmentos y reseñas de su obra que flotan en el ciberespacio–, feliz hallazgo en la librería El Sótano del D.F. ¡Qué difícil!, elegir entre El gaucho insufrible y El tercer Reich, (me pregunto cuánto tendría que ganar al mes para agotar la lista de libros que me llaman), ambas publicaciones de la editorial Anagrama.

A unos cuantos días de que termine el año, todos nosotros, quedito o en medio del escándalo, hacemos nuestro recuento de las cosas que creemos importantes. Yo no puedo dejar de pensar en mis libros, los que me han acompañado desde mi niñez, los que aparecen en mi vida como un relámpago y los que llegan un día, a mis manos, como vagabundos ansiosos de recostarse junto al fuego.

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Retrosubjetiva de poesía tamaulipeca

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Martes 21 de diciembre de 2010.

Hacía unos cinco años que no iba a la Ciudad de México. Y el motivo perfecto para reencontrarme con este espacio del planeta, surrealista y entrañable, fue la presentación del libro Aquella voz que germina: retrosubjetiva de poesía tamaulipeca.

En días pasados hice mención de dicha antología, la cual reúne los trabajos de diversos autores nacidos y/o radicados en Tamaulipas, o que sencillamente mantienen un lazo afectivo con las letras de nuestro estado, cuyo objetivo es acercarse a los poetas que han configurado el panorama literario tamaulipeco.

Editado por el Gobierno del Estado, a través de la Comisión Organizadora para la Conmemoración en Tamaulipas del Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución Mexicana, el volumen es el número 40 de la Colección Centenarios.

Este esfuerzo colectivo vio la luz frente al público en la Casa de Cultura de Tamaulipas, ubicada en la Delegación Cuauhtémoc, del Distrito Federal, el pasado 11 de diciembre. El evento, por supuesto, no hubiera sido posible sin la coordinación de la Directora de esta Casa, la Licenciada Beatriz Macín, y del presidente del Patronato, el Licenciado Santiago González. Ambos, así como todo el equipo que labora para mantener vivo el recinto tamaulipeco –sus sueños e ideales–, nos abrieron las puertas a los presentadores de la antología: Celeste Alba Iris –coordinadora de la edición–, Eduardo Villegas Guevara, Miguel Ángel Camero, Norailiana Esparza y una servidora.

Desde antes de comenzar a hojearse, el libro ofrece al lector una estética visual, a mi juicio, bastante atractiva. Las imágenes que ilustran la portada y que acompañan los textos fueron tomadas durante el encuentro de escritores Los Santos Días de la Poesía, realizado en abril de este año, en el municipio de Padilla, punto de partida de las reseñas aquí antologadas. Superando los aspectos técnicos de lo meramente fotográfico, ésta fue una cacería de instantes, obra de Miguel Ángel Camero, quien no pocas veces nos sorprende con la precisión de su ojo, experto en apresar la luz.

A fin de hacer un breve viaje en el tiempo en la mesa de presentación, reverberamos la voz de varios poetas reseñados, plumas de diversas generaciones y sensibilidades como, por ejemplo, Juan José Amador, Carmen Alardín, Alejandro Rosales Lugo y Gloria Gómez.

El recibimiento fue cálido y los comentarios, muy nutridos.

Así sean, también, nutridos en calidez humana, los días que faltan para que el año pliegue sus alas y se abra –ojalá–, un año mejor.

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20.12.10

la ciudad más grande del mundo

yo no estoy viajando. quien viaja está dispuesto a perderlo todo.
yo siempre quiero retornar

la ciudad no estaba allí, sino en un rugido

el simple aleteo del polvo escribiendo historias paralelas

luces frías como de nieve quemando la entrepierna de una estatua

Fotografías: Marisol Vera Guerra

Laberintos y bibliotecas

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. 14 de diciembre de 2010.
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Hace meses, con ánimos de investigar sobre la huasteca queretana, fui a la biblioteca municipal de Jalpan. Se trata de un lugar pequeño, con poco espacio entre los estantes; los libros dejan ver sus lomos viejos y gastados -no falta un murmullo acogedor de tinta. Me encontraba hojeando un volumen de pastas gruesas cuando un par de niños de algo así como nueve años llegaron con expresión de asombro. “Es dónde te dije”, exclamó uno, mientras comenzaba a husmear. “¿Cómo se llama aquí?”, preguntó enseguida a una bibliotecaria de ojos adormilados. “Aquí se llama La Biblioteca”, respondió ella.

Los pequeños aprendices de lectores iban de un lado a otro abriendo páginas, como si estuvieran a punto de hallar algo extraordinario. No pude evitar traer a mi mente aquel cosmos laberíntico y libresco que describe Borges. Pensé, si “la biblioteca” es el universo, entonces ¿de dónde venían estos visitantes?

Siendo optimista, uno podría sentirse feliz de ver caras frescas desempolvando letras; por otro lado, uno se preguntaría por qué estos dos niños en edad escolar no parecían saber qué era una biblioteca.

¿Hasta qué punto es posible fomentar la lectura?

Dice García Márquez en una nota de prensa, palabras más o menos, que el hábito lector se “contagia”. ¿Cómo esperamos que los chiquillos se interesen por los libros si estos no forman parte de la vida cotidiana en su familia?

La mayoría de quienes disfrutamos el acto de leer, lo hacemos desde nuestra niñez o adolescencia y, de una u otra forma, crecimos cerca de los libros o nos relacionamos con alguien que leía por placer. Claro, hay quien adquiere este gusto como de la nada e incluso llega a forjar el arte de la escritura. Relata Truman Capote en su prefacio al volumen narrativo Música para camaleones: “Empecé a escribir cuando tenía ocho años: de improviso, sin inspirarme en ejemplo alguno. No conocía a nadie que escribiese y a poca gente que leyese”.

Ahora, con la proliferación de los medios electrónicos, la costumbre de tomar un libro se va haciendo cada vez más rara. ¿Es ésta una cuestión preocupante? Pensemos en las épocas antiguas, cuando lo único que había era la tradición oral. Las leyendas, cantos religiosos y consejos se transmitían sólo a través de la lengua viva. Al comenzar a trasladarse estos relatos a una superficie estática, sin duda, hubo temores, recelos y malos presagios: la experiencia sensorial y el sentido comunitario poco a poco darían paso a una lectura solitaria en la que, básicamente, el único sentido que interviene es la vista.

Con el tiempo, nos damos cuenta de que la tradición oral no se ha perdido, si bien se ha transformado, y que un lector sensible puede, verdaderamente, usar todos sus sentidos al asomarse dentro de un cuento, un poema o una novela.

Así, creo que los medios electrónicos pueden ser un excelente medio de divulgación de las obras y, a la vez, una ruta para expresarnos con libertad. ¿Qué tienen un doble filo? Por supuesto. Hay tanta basura en el ciberespacio que llenaríamos ciudades enteras si tales cosas se imprimieran en papel. Pero de nuevo entra en juego el contexto en que se desenvuelve el potencial lector.

En otro polo escritural de García Márquez, se encuentra, por completo subversivo, el chileno Roberto Bolaño –fallecido en 2003–, quien dice en su ensayo-ponencia “Los mitos de Cthulhu”, a propósito de un autor X, al que nunca había leído, pero conocía el nombre de una de sus obras: “Lo que importa es el título de su libro. De la misma manera que cuando nos referimos al Quijote lo que menos importa es el libro sino el título y unos cuantos molinos de viento […] (A esto se le llama concreción, imagen retenida y metabolizada por nuestro organismo, memoria histórica, solidificación del azar y del destino)”.

En realidad no espero que tú, a punto de dar vuelta a la página, el día de mañana te acuerdes de estas líneas, pero quizá –sólo quizá– algo, una palabra, una emoción, se quede por allí enlazada en tus células. Finalmente, tú, yo, todos somos la Biblioteca del mundo.
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7.12.10

Aquella voz que germina

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Martes, 7 de diciembre de 2010.

Cuando Celeste Alba Iris me invitó al primer encuentro de escritores Los Santos Días de la Poesía, a principios del año pasado, no tenía idea de todas las cosas positivas que vendrían. Nunca había ido a un evento de esta naturaleza. Sabía que existían los encuentros de escritores, como los encuentros de médicos o de corredores de autos, y mentiría si dijese que no me había visto tentada a participar, pero no estaba en mis planes inmediatos asistir a uno.

Había conocido a Celeste a través de sus letras: un lance privado con aquel breve poemario Costumbre de vivir, publicado por la Universidad Autónoma de Tamaulipas en 1999. “Metástasis”, sigue siendo el poema que más me gusta. Estos versos iniciales: “Amaneces con otro rostro, / la sombra marcada, padre mío”, definitivamente, se me untaron a la memoria.

Mi respuesta inmediata ante la amable invitación fue un tímido “no”. Me acababa de estrenar como madre, tenía las emociones colgando de una viga y muchas cuentas por pagar. Ocupaba mis madrugadas en leer viejos libros y en escribir algunos poemas que luego verían la luz en una plaquette: Crónica del silencio (Letras de pasto verde, 2009).

La oportuna terquedad de Celeste por halar a esta desconocida, que era yo, finalmente hizo posible que me reuniera con otros aventurados poetas en Ciudad Victoria. De allí partimos a Jaumave, donde, un antiguo nogal llamado “El abuelo”, nos escuchó soltar palabras en el viento.

De los asistentes, me resultaba familiar Arturo Castillo Alva, de quien ya he hablado en otros textos, por ser uno de los escritores que marcaron mi entrada al panorama literario de Tamaulipas.

Reconocí también a Carlos Acosta, a quien alguna vez escuché leer algo de su Espiral de luz (ITCA, 2003) en la Casa de la Cultura de Tampico. Al día siguiente me regalaría su obra más reciente: Marotas.

Nombres más podría traer aquí, entre los que se tejió una singular camaradería. Lo más importante: el deseo de formalizar un círculo de lectura y análisis de los creadores de nuestro estado.

Este año el encuentro contó con el apoyo del FONCA. Realizado del 9 al 11 de abril, en el municipio de Padilla. Algunos volvimos con renovado entusiasmo. Rostros nuevos se añadieron al viaje y otros, sencillamente, siguieron en busca de horizontes distintos.

Fruto de este ramaje de voces, cuyo eje sigue siendo el esfuerzo de Celeste Alba Iris, es la antología Aquella voz que germina, retrosubjetiva de poesía tamaulipeca, editada por el Gobierno del Estado de Tamaulipas, como parte de las actividades conmemorativas del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución Mexicana.

Este libro reúne los trabajos de dieciocho autores que, sin pretender abarcar todos los escenarios, se adhieren al proceso de desentrañar voces y nombres de la poética tamaulipeca.

Se presentará el próximo sábado 11 de diciembre, a las 14 horas, en la Casa de la Cultura de Tamaulipas, en la Ciudad de México.

¡Enhorabuena!

El sueño de la realidad

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Martes 30 de noviembre de 2010.

“Si los sueños no fueran un despertar –dice la filósofa española María Zambrano–, un cierto modo de despertar, hubieran pasado inadvertidos siempre”.

Imaginemos la vida en una vigilia constante, sin la posibilidad de entrar a ese mundo oculto en el que tiempo y espacio dejan de ser lineales y expansivos, en que visitamos todos los tiempos a la vez dando saltos de un lugar a otro, emancipados de la racionalidad. ¿No sería, también, una manera de permanecer dormidos?

El sueño, su forma impalpable –cuyo estudio, desde la perspectiva científica, no logra sino aumentar el enigma–, ha sido eje de innumerables miradas poéticas, a lo largo de los siglos. Ya Homero nos relata su poder para vencer a dioses y monstruos, para anunciar tragedias o bienaventuranzas. Dice la fiel y discreta Penelopea a un forastero en su palacio, sin saber que se trata de Odiseo, su esposo a quien tanto ha esperado: “Hay dos puertas para los leves sueños: una, construida de cuerno; y otra, de marfil. Los que vienen por el bruñido marfil, nos engañan, trayéndonos palabras sin efecto; y los que salen por el pulimentado cuerno anuncian, al mortal que lo ve, cosas que realmente han de verificarse” (tomado de la versión al castellano de Luis Segalá Estalella).

Recordemos a sor Juana, en aquellos 975 versos que, a decir de sí misma, fueron los únicos que escribió por mero gusto, donde describe el acto de dormir: “El cuerpo siendo, en sosegada calma, / un cadáver con alma, / muerto a la vida y a la muerte vivo”.

O los versos que Calderón de la Barca pone en boca del príncipe Segismundo: “¿Qué es la vida? Un frenesí / ¿Qué es la vida? Una ilusión, / una sombra, una ficción, / y el mayor bien es pequeño; / que toda la vida es sueño, / y los sueños, sueños son”.

En esta facultad soñante que al humano ha sido dada, es posible hallar una ruta productiva, un modo de crear. Pero si rompe las ligeras ataduras entre la conciencia y la vida, el soñador se enajena.

Creo que no sólo los individuos sino también los pueblos, las naciones, sueñan. Así, ahora, me parece ver al pueblo mexicano en uno de esos abismos nocturnos. Sin despejar un camino creativo donde se vislumbre un futuro que no esté, de antemano, derrumbado.

Por las mañanas, al abordar el carro de ruta o el taxi que me llevará a mi trabajo, un pensamiento me asalta al ver fugazmente el rostro del chofer, “¿dirá las dos palabras más oídas en el año: narco y balacera?” De pronto sale el tema, a propósito de alguna calle bloqueada o algún camión del ejército que pasa a nuestro lado. Y si no comienza el conductor, probablemente alguno de los pasajeros lo hará.

Es entonces cuando me invade la prisa por despertar de esta realidad. No sé qué resulta más tenso, la charla sobre la violencia, su tono de irritable familiaridad, o el silencio que, a veces, como invisible pegamento nos mantiene adentro del automóvil.

¿Cuándo tendrá nuestro país un despertar auténtico? ¿De qué manera, como entidad colectiva o como ser individual se puede acceder, en las palabras de Zambrano, “al lugar en que la conciencia y el alma entran en simbiosis”? Sólo de esta unión, pueden surgir los “gérmenes de creación”, como poesía, como obra o el vivir mismo.

Imágenes de la fertilidad

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Martes 16 de noviembre de 2010.
Leer para un público es hacer una orgía de palabras. La lectura, este acto íntimo, privado, se vuelve un festín colectivo. Cuando se lleva a cabo en un lugar abierto donde cualquiera puede pasar y detenerse, el lector, desde su estrado, hallará en el flujo de transeúntes un buen indicador de los alcances de su voz.

El domingo pasado, dentro del marco de la novena Feria del Libro en Tampico, leí una selección de textos del proyecto que he venido desarrollando durante el presente año, con el apoyo del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Tamaulipas. De soslayo, mientras iba de una página a otra, veía rostros amalgamados en una sola mirada, ora oblicua, ora directa. Rostros que se fugaban en un mar de cuchicheos o que permanecían varados frente al escenario.

Imágenes de la fertilidad: Canciones al hijo del viento, es como he titulado este viaje poético a través del País Serpiente o Tének Bíchou. La Huasteca transfigurada en una mujer, preñada por el Viento del Norte, le canta a su hijo, el hombre, mostrándole las voluptuosidades del paisaje y narrándole su historia.

Este libro, aún en gestación, es concebido como un poema de largo aliento que va desarrollándose en nueve estancias. Para la presentación preliminar elegí cuatro de ellas: “el acto amoroso con el viento”, “alumbramiento junto al mar”, “del Atlántico a la sierra” y “donde las aguas se hacen nudo”.

Ha sido mi propósito forjar un libro que pueda leerse desde distintos ángulos, ya sea la recreación del erotismo de la tierra, el juego mítico-histórico o el homenaje a la fertilidad misma, presente en la naturaleza y en la mujer-madre.

La presencia de Quetzalcóatl hilvana versos en sus diferentes advocaciones, como Lucero de la mañana (Tlahuizcalpantecuhtli) y como viento del norte (Ehecatl).

Me precio de contar con los oleajes visuales del artista plástico Juan Cano –quien ha comenzado una serie de obras alusivas a estos poemas–, los cuales acompañaron mi lectura; además, de algunos personalísimos testimonios fotográficos.

Al final, no faltó quien me obsequiara su sonrisa y el calor de su saludo.

¿Qué más puedo decir? El tema no es nuevo. ¿Hay alguno que lo sea? Elegí esta travesía de imágenes y sueños porque creo en el amor como un acto de la voluntad, un rito en que el dolor y la violencia del “estar vivo” dan paso a la reinvención del Yo-fértil, raíz que puede sustentar nuestro viaje por el mundo antes de volver a las entrañas del polvo.
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4.12.10

charla

—¿Verdad que los locos no se ven en paz?
—Nunca he visto un loco.
—Pero sabes lo que es ser un árbol bajo la Luna.
—Nadie me habló jamás de la Luna.
—Esto no es acerca de la Luna, sino de los hombres que pierden la razón.
—Mi madre decía que los locos le sonríen a los espejos.
—Tal vez la Luna sea un espejo.
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