Arte & Psicología: bitácora de la escritora Marisol Vera Guerra

7.10.19

Visión

para Alfredo y para Dolores y para Rebecca


Ayer vi a la ternura
y no la senté en mis piernas / desde hace
más de un siglo
nos quedó claro que nada puede hacerse
contra el tedio:
la insaciable tarea de traficar espejismos
La dejé
recostada en el sofá con la mandíbula abierta
(esa membrana rota entre los incisivos
y un par de hoyuelos azules)
mientras succionaba uno
dos tres gusanos verdes alacranes
La vi ahí
como una mujer que acaba de cruzar un puente
hacia el abismo
como un hombre que hace mucho ha dejado
de reconocer su rostro en la ventana
como una estudiante que sueña con el futuro
y solo encuentra un cargamento de pólvora
Yo
había estado caminando sobre agujas
mirando un cielo sin pájaros
sin fuegos de ocaso
sin fragor de tambores
y
de pronto conocí la palabra
que tantas veces se negó a mis labios
Ahí estábamos la dos
la ternura y la salvaje que a veces soy
vomitando restos de plumas en la alfombra
con la paciencia de un monje
quise abrazar su pecho sacudirla
hasta que abriera las alas
pero ¿cómo espantar su letargo?
lo normal habría sido el sebo
que disuelve su arsénico bajo mi lengua
pero ella estaba tan cerca
y era tan mía
y era mi madre
un Virgilio andrógino
bajo las puertas córneas del sueño




6.10.19

La vida no es diferente

Los días en que estoy triste me levanto temprano a poner el café y a barrer debajo de la cama lla basurilla acumulada el día anterior. Pico algo de fruta y enciendo mi laptop. Reviso mis correos, empiezo a trabajar antes de que despierten mis hijos. Si mis hijos despiertan conmigo haré exactamente lo mismo, ahora con una niña rodeando mi cadera y un poco de baba en la mejilla. Los días en que amanezco feliz repito la secuencia: café, limpieza, fruta, trabajo, abrazos. La vida no es diferente afuera, los días en que estoy triste y los días en que estoy feliz llegan por igual las deudas: renta, agua, luz, teléfono; hay las mismas bocas que alimentar y el mismo trabajo por delante.La mayoría de los días tengo lo que siempre quise, una vida ordinaria y tranquila. Pareciera que pocos eventos sacuden esta casa o soy tal vez una rara especie, entre molusco y mujer, que resiste las ondas del agua agitada por el paso de los buques. Hoy fue uno de esos días que puedo llamar tristes, de esos días en que algo no inevitable pero sí imprevisible rompe el flujo normal del tiempo, en que el estómago se hace pedazos mientras el cuerpo sigue avanzando en una estela de jugos viscosos. No recuerdo un día tan triste como hoy. No me malentiendan, no estoy llorando en un rincón, yo solamente lloro cuando se me quema el arroz o cuando se me rompe mi taza favorita. Entre los días más tristes está aquel en que vi a mi abuela metida en el ataúd, otro día muy triste fue cuando mi hija perdió el conocimiento en mis brazos mientras corría buscando un doctor porque era fin de año y los consultorios estaban vacíos. Esa cercanía de la muerte, no la mía, sino de quienes amo, es lo que me ha llevado al límite de lo que llamo humanidad. Luego se encuentran estas singularidades, indescifrables, que se parecen a la muerte, que fracturan aquello que se había construido minuciosamente durante años y entonces, aceptando el fracaso, me queda solo algo por hacer: poner a hervir el café, barrer la basurilla acumulada bajo la cama, esperar el abrazo tibio de una niña y la baba en la mejilla.

1.10.19

Sarajevo es otra forma de decir Tamaulipas

Cómo bailar una danza un poco macabra pero iluminadora 


Sarajevo. Miguel Barquiarena. Abismos, casa editorial, 2019. 

I
Sarajevo es otra forma de decir Tamaulipas. Sarajevo es otra manera de decir espejo. Sarajevo es otra manera de decir sicario. Sarajevo es otra manera de decir no puedo sangrar esta noche, cariño, ya me he quedado vacía. Sarajevo es otra forma de decir hoy amanecí sin ojos, pero todavía me queda la dentadura. Un poco de sol en las uñas. La esperanza de que mi madre cave tan hondo en la tierra que rescate de mí un trozo de fémur. Sarajevo es el oficio de hombres que oyen un corrido mientras desentierran esperanzas para no perder del todo la sonrisa, la gota de agua en la mirada.

II
La muerte puede ocultarse, fácilmente, en los nombres comunes: 1199 es una buena cifra para ganarse en un raspadito; un poco extrema pero aceptable para imprimir en una nota de supermercado, una cifra que puede tener utilidad en un inventario de libros o de recuerdos, no en un papel periódico que se lee de soslayo, no para ocultar nombres de mujeres (lo que no se pronuncia no existe), no para enmarcar la fosa común que ha llevado al poeta a decirnos:

Candy se fue igual que una bola ocho
que es golpeada directo al agujero de la esquina
en el billar de abajo del hotel donde la ahorcaron.

El poeta ha escrito estos versos (¿debo llamarlos versos o reconocer en ellos un pasaje periodístico dicho con elegancia? Si es que puede haber elegancia, algo de raciocinio en la representación cruda de la tragedia). El poeta ha escrito estos versos, digo, porque ha reconocido la condición de la violencia que se repite en puntos equidistantes de la historia, si concebimos la historia humana como una espiral del horror.

Como un cantor, el poeta nos da una versión posmoderna de aquel antiguo poema de Henri Cazalis: Zig y zig y zag, muerte en ritmo golpeando una tumba con su talón. Aunque acaso entre las líneas de Juan Miguel no hallaremos resonancias de violín, sino de balas, de llantas moliendo el asfalto y de gemidos que no alcanzaron a ser gritos. 
Más allá del nivel alegórico, el poeta del que hoy vengo a hablarles hace una alusión directa a la muerte, sin cortapisas, como un buen reportero, para contarnos lo que está pasando en un país que podría ser cualquier país, pero es el nuestro; al pie de cualquier puerta del mundo, pero es la nuestra:

La otra noche apareció una mujer en la puerta.
Suplicaba que le prestáramos el teléfono.
Según esto, en la siguiente esquina,
unos muchachos la bajaron con violencia de su coche

Un poema que podría ser también un cuento breve de terror o una nota roja contada con mesura.
Aquí reafirmo el talento de Miguel Barquiarena para contarnos un drama completo en tres líneas:

Seguridad pública
Imagina un puño cerrado
que no quiere dejar escapar
el humo del cigarro.

Sin desdeñar la belleza y el ritmo que caracterizan la poesía, con el filo de la noche se corta el cordón umbilical de la esperanza, tenemos como resultado un libro híbrido, donde las ciudades del mundo en las que ha habido dolor convergen, tras una sola línea fronteriza, del otro lado la indolencia se yergue frente al televisor.

III
El novelista español Juan José Millás dijo en una entrevista: “Busco la puerta que conduce a la realidad porque estamos en el delirio”, refiriéndose a que un escritor no necesita inventar realidades alternas o extravagantes, porque ya vivimos en la ficción, una ficción mala, algo que no puede ser la realidad. Me parece que Juan Miguel, en una postura análoga, sabe que estamos habitando el espanto y que acaso exista una dimensión contraria a esta (¿o acaso no?, pregunto desde mi solitario análisis). ¿Será su escritura una forma de buscar esa grieta en la distopía para dejarnos entrever un mundo menos violento?

Quizá nos parezca que la poesía no sirve para nada, que no detiene balas ni nos devuelve a nuestras hermanas, aunque si nos ponemos algo aristotélicos podríamos argüir su cualidad de reflejo. Una sociedad desposeída de poetas, de artistas, es una sociedad que no tiene dónde o cómo reflejar la emoción. El libro Sarajevo, en este sentido, es como un polvo de mariposas que echamos a la urna del cuerpo, quizá esperando que algo pase o quizá nos diría su autor, con tono mordaz y certero: no pasará nada, pero es una bella forma de mirar el porvenir.  

mvg
San Antonio, TX, 26 de septiembre de 2019
X Encuentro de Escritores Letras en la Frontera



16.9.19

Rodajas asimétricas

Hay cosas que son demasiado duras para decirse, para las que la poesía no alcanza, cosas por las que bien podría deslizar el cuchillo en la muñeca, en un intento por ahuyentar el recuerdo, la imagen que asalta los pequeños huecos de la memoria, entre el olor de los polvorones con azúcar y la mueca oxidada de una boca que maldice, maldice, maldice. Pero en vez de eso elijo picar una manzana verde en rodajas asimétricas, observar el salto dulce del agua que brota desde la pulpa blanca. Elijo acomodarme el cabello frente al espejo montado en la pared, arriba del frigobar, y observar con fascinación cada línea marcada en el rostro. Elijo respirar hondo y untar crema de coco en mi vientre, en mis pechos que no producen más el calostro ni el tibio manantial de la lactancia. Elijo girar el ventilador en dirección a mis hijas para que el calor se espante un poco y ellas jueguen a gusto; su fragilidad me deslumbra, intento no pensar en esas cosas de las que no puedo hablar. Pero se instalan sobre la corteza cerebral y entonces dejo de luchar contra ellas, las veo ir y venir sobre la pista neuronal como autos de carreras, ¿por qué debo liarme con la mente? Miro los pensamientos pasar acelerados, con voluntad propia, me siento en el borde de la cama a verlos pasar hasta que la carrera se agota y estoy de nuevo vacía, en esa quietud que precede a la sonrisa, a la esperanza, a los pies despegándose del suelo, al movimiento de la mano para servir la manzana en un bowl transparente y elevar la voz: "Mis amores, la comida está servida".

19.8.19

Las huellas de la violencia después de un vínculo traumático


Cuando se ha vivido dentro de una relación violenta la vida no vuelve a la normalidad al acabarse este vínculo, así, de un día para otro. No. Dependiendo de muchos factores –entre ellos la gravedad de los hechos, el tiempo que duró la relación, los recursos internos de la persona agredida, las redes de apoyo– tendrán que pasar meses o años para que el tejido de la realidad se normalice por completo. Esto en el mejor de los casos, en no pocas ocasiones la paz no se recupera, las pesadillas no se acaban y en el cuerpo queda un recordatorio perenne de la agresión. 

A veces el saldo de una relación violenta es demasiado grande, se ha perdido literalmente todo. Me enfocaré en la agresión que sufrimos las mujeres, no porque los varones no puedan ser violentados, pero ustedes y yo estaremos de acuerdo en que la sociedad no agrede de manera sistemática y normalizada a los hombres, por ser hombres, cuestión que sí ha sucedido históricamente con nuestro género. Las estadísticas nos informan que en México “una de cada dos mujeres asesinadas muere en su hogar, mientras que en hombres es uno de cada cinco. También hay mayor varianza en cuanto a su edad. Mientras que los hombres asesinados se concentran entre los 15 y 44 años, entre las mujeres hay una mayor proporción de víctimas de 0 a 14 años y de 65 años o más” (Como se cuentan los feminicidios en México).

Es muy frecuente que en los casos de feminicidio el agresor haya tenido antes un vínculo sentimental o de confianza con la víctima. En otras ocasiones es por completo “circunstancial”, no había vínculo, solo la “mala suerte” de haber nacido con vagina y estar “en el lugar incorrecto”. ¿Bajo qué lógica una muchacha que se quedó dormida en el asiento trasero de un auto, por haber bebido alcohol, merece ser violada y asesinada con crueldad? 

Me centraré en los casos en que una mujer ha estado expuesta a la violencia cotidiana, psicológica y/o física, durante un periodo prolongado en un vínculo sentimental. Sus rutas de pensamiento se han adaptado, para sobrevivir, a las creencias y códigos del abusador y ella ha aprendido a vivir en un estado permanente de alerta. Pintemos el mejor de los panoramas posibles, donde el agresor deja de estar presente y ella puede ir lentamente recuperando su vida. ¿Cómo puede estar segura de que él no regresará? Si presentó denuncias por agresión es probable que estas simplemente se archiven y, a veces, el acusado ni siquiera se presente a declarar. Así queda viviendo junto a ella un fantasma, una soga invisible alrededor de su cuello que constantemente le amenaza con apretarse. Y si hay hijos de por medio, tanto peor la angustia. 

Hasta ahora se ha mantenido en los juzgados esa suposición irracional e incoherente de que un hombre que es agresor con la pareja puede ser al unísono un buen padre, como si se pudiera separar a Mr Hyde del doctor Jekyll, así, en aras del “interés superior del menor” más bien se avala el interés superior del agresor, quien muchas veces usará al hijo como medio para seguir teniendo poder sobre la mujer. 

No se considera en los juzgados que el niño o la niña, incluso si no ha sido blanco directo de la agresión, ha sido víctima de violencia vicaria y, por tanto, puede llegar a presentar los signos de estrés postraumático: ha estado viendo la película de horror sistemáticamente. Pregúntate tú, si cuando vas al cine tus emociones son esencialmente distintas de las que tienes en una circunstancia mundana. Cuando estamos viendo al asesino perseguir a la protagonista en la pantalla lo que nos salva la cordura es la conciencia de que la película acabará y volveremos al mundo real. Cuando hay violencia doméstica el niño testigo está siendo expuesto a la misma película, que no acaba, y él está dentro del escenario. La revinculación con el padre agresor es un tema complejo que requiere un ensayo meditado, por ahora me basta decir que no se debería hacer a la ligera, se da por hecho que las visitas vigiladas salvaguardan la integridad del menor, midiéndose el “nivel de peligrosidad” del padre de acuerdo a la agresión física visible, soslayándose lo destructiva que puede ser la violencia psicológica, especialmente cuando ha estado encubierta (¿cómo te defiendes de algo que no se ve ni se puede explicar?). Y eso sin meternos a fondo con perfiles psicopáticos, que son los maestros del disfraz y aplastan el Yo de los hijos desde la raíz aun sin tocarles un pelo de la cabeza. 

Volvamos a la mujer que después de un arduo proceso emocional ha logrado, por fin, dejar a su agresor o, quizá, ha salido huyendo del vínculo porque peligraba su vida o la de sus hijos. No es infrecuente el caso en el que a pesar del daño recibido sigue sintiendo apego. Un apego que nadie logra comprender, mucho menos ella misma, y que la hace sentirse culpable, cosa que familiares y vecinos le reafirman: está ahí “por gusto” o “por pendeja”. Debe enfrentarse, pues, al juicio moral. No se le ve como a una persona cuya química cerebral –sus receptores de dopamina, oxitocina, norepinefrina– está alterada igual que ocurre en cualquier proceso adictivo, que tiene menoscabada su autoestima y deteriorada la percepción de la realidad. 

El juicio moral va no solo por la relación que ha tenido sino sobre cómo afronta la separación. Si lo hace con dudas, que por qué no es más firme, que por qué no lo deja de una vez y ya, que entonces se merece lo que le pasa; si, por el contrario, hace acopio de fuerza y sigue su vida lo más normal posible, que por qué parece como que no está tan traumada, que a lo mejor no fue tan grave como dice, que a lo mejor se lo está inventando. Total, siempre pierde. 

Para defenderse de una realidad tan dolorosa la mente recurre a varios mecanismos como la represión o el bloqueo emocional. En el caso de que haya un apego fuerte hacia el agresor, durante el primer mes de la separación se tendrá un auténtico síndrome de abstinencia –recordemos que este apego no obedece a ninguna lógica–, entonces ella tendrá que apelar a su lucidez mental para mantenerse firme en su elección de dejarlo. En esto ayuda mucho tener redes de apoyo y un acompañamiento terapéutico. Aun si ya no hay un apego sentimental, el primer mes suele ser especialmente difícil, ella se sentirá presa del miedo a que el daño regrese, de que esa pequeña calma que se está empezando a construir le sea arrebatada de golpe. A su cerebro le cuesta creer todavía todo lo que ha pasado.

Quizá se desarrolle el Trastorno por Estrés postraumático que la hace reexperimentar los eventos violentos y afecta su funcionalidad. Es posible que en medio año o menos los síntomas ya hayan remitido, pero aun en las mujeres más resilientes quedarán aristas que tardarán en sanar. Algunas veces los síntomas no se manifestarán de inmediato, sino algunos meses después de los eventos traumáticos, y otras veces se volverán crónicos para derivar en lo que la psiquiatra Judith Herman denominó Trastorno por Estrés Postraumático Complejo. 

A muchas de las mujeres que han salido de una relación violenta les resultará extraña la ternura. En especial si antes de este vínculo traumático tuvieron otros, más si fue desde la infancia. Cuando empiezan a hacer el trabajo de poner atención sobre sí mismas y autocuidarse, se descubren sorprendidas ante los gestos de empatía o de amor. No saben descifrar lo que hay detrás de un saludo, de un abrazo, de una simple palabra, están tan desacostumbradas a que alguien las escuche, las valore, las cuide. Han interiorizado la violencia a tal grado que a veces se resisten a ser tratadas de otra forma. Que a veces se han vuelto iracundas. Que a veces se les ha congelado el humor y han olvidado cómo abrazar a los hijos, a las hermanas, a sí mismas. Descubrirán a menudo la voz del agresor en su cabeza y se pillarán repitiendo sus frases, siguiendo sus códigos, haciendo sus rituales en una lealtad silenciosa. Y tendrán miedo de hablar sobre esto porque quedarían como “locas”. Ni siquiera logran explicar cómo es que no disfrutan de las cosas más simples o por qué a veces todavía alimentan la fantasía de una vida juntos en la que él se arrepiente, cambia, se hace “bueno” o por qué se intentan convencer a sí mismas de que ellas no son “inadecuadas”, como si cada pequeño evento cotidiano les confirmara algo malo de sí mismas. Luego, cuando sientan que su vida se ha recuperado en buena medida, de repente, una madrugada despertarán bañadas en llanto con una sensación de angustia inexplicable.

Todo esto que he descrito será “en el mejor de los casos”, cuando el agresor ya no está físicamente, pero muchas de estas mujeres no logran deshacerse del vínculo, o lo deshacen y rehacen una y otra vez. O lo intentan romper y el violentador en su frustración por no poder controlarlas más les arrebata la vida. Otras veces “las deja ir”, pero procura seguirlas jodiendo a distancia. 

Si una mujer es sobreviviente de un vínculo traumático, un acompañamiento, los grupos de apoyo, las lecturas orientadas al autocuidado, serán de mucha ayuda en su proceso de liberación emocional. En cualquier caso este proceso es como una espiral que a ratos asciende y a ratos retrocede, hay que tenernos paciencia. Las huellas de la violencia son difíciles de erradicar. A menudo harán falta años para reconstruir la persona, el alma y la dignidad humana.


14.8.19

Artrópodo

Quiero escribir un libro hermoso acerca de la belleza que me ha inundado el corazón y las pupilas en mis últimos viajes, en los brazos cálidos de mis amigos y amigas, en las visiones de paraísos con olor a sándalo y texturas de plumas en la planta de los pies. Tomo el lápiz intentando rescatar esas impresiones en poemas de largo aliento, tomo mi laptop y pulso las teclas, tomo mi cabeza como a una pizarra para deslizar la memoria y no, mi sombra interior me lleva hacia otras escrituras, hacia rincones oscuros, hacia precipicios que en el cotidiano vivir están ocultos, los que mantengo al margen con una valla metálica para que mis hijos no pisen los terrones sueltos. Trato de dirigir la tinta hacia el agua transparente, hacia el sabor del vino dulce, hacia el cielo despejado y no, nada, el poema como una blanda criatura se arrastra por debajo de las hojas muertas, entre las raíces de palabras olvidadas, al interior de su madriguera. Y desde ahí, mi solitario artrópodo observa una nuez tirada junto al río y una papa a medio podrirse en una caja de madera, él lo ve todo a la luz de un fuego manso, enroscado en sí mismo, con sus cientos de patas entrelazadas, ve más lejos que el halcón y el búho porque él no necesita ojos ni alas, este animal invertebrado que es mi poema solo necesita que yo lo deje crecer a su antojo en el barro seco.

10.8.19

Hay días en que pierdo mi tristeza

Hay días en que pierdo mi tristeza, no me refiero a los días en que ella no está conmigo, sino a esos otros, cuando la empujo debajo de la cama o del sofá, como cuando una barre apresuradamente porque vienen visitas. Y es que a veces hay una niña llorando en la habitación porque no encuentra sus zapatos de bailarina y tengo que ir, presta, a ver si juntas los hallamos; y es que a veces hay un niño que sueña con ser hombre y me pregunta si nuestra especie va a sobrevivir un 10% de lo que estuvieron los dinosaurios sobre la Tierra; y es que a veces hay una sirena que abandonó su castillo rodeado de tritones y, aunque es feliz conmigo, extraña las profundidades del mar; y es que a veces llega el casero a recordarme que el calendario dio, ya, una vuelta completa; y es que a veces los libros se acumulan en el umbral, con sus cientos de hojas manchadas de tinta. Y entre todo ello la tristeza se me pierde, se me olvida dónde la he puesto, pero sé que sigue aquí, en algún lugar de la casa, a un ladito de mis costillas o arriba de la estufa que nunca utilizo, que se yergue a media cocina como un monumento a mi torpeza culinaria. Y como no le pongo atención a la tristeza, esta se vuelve una masa pegajosa que va desprendiendo poco a poco un vapor gris. Porque ella necesita ser vista, ser reconocida, ser abrazada. Solo así podrá salir de mi casa y dejar espacio, de nuevo, para la alegría. La alegría verdadera, no aquella que impone la dictadura de la felicidad. Porque en este mundo donde nos obligan a sonreír, donde la tristeza es la peste de la que nadie se quiere contagiar, es la habitante vergonzosa a la que debemos esconder entre los cacharros cuando nos viene a ver el publicista, el vecino, el mercadólogo, el estilista, estar triste es traicionar los buenos principios de la gente educada. Y luego cuando una la encuentra, por fin, agazapada como un animal en la esquina polvorienta del clóset viene la parte más difícil de la convivencia con ella: tocarla sin dejar que nos devore –es comprensible su hambre, la hemos dejado ahí por horas, tal vez años–; mirarla a los ojos sin perdernos en sus pupilas hondas, que sin duda querrán succionarnos hasta el fondo; decirle que siempre habrá un lugar para sus gritos pero vencer la tentación de ofrecerle un espacio en nuestra cama. Y luego soltarla. Porque ella, en realidad, solo está aquí para decirnos algo acerca de los huesos rotos o sobre las tumbas que se quedaron abiertas en la infancia, algo que el gozo no podría decirnos jamás.


14.7.19

Imágenes de la fertilidad: Canciones al hijo del viento, la lírica de Marisol Vera Guerra

Por Rebecca Bowman

Imágenes de la fertilidad, canciones al hijo del viento. ITCA, 2016.

Siempre es difícil dialogar sobre la poesía, al describir o explicar el poema se destruye su excelso contenido. Basta decir que este poemario de Vera Guerra es algo que hay que leer, que no debe quedar, como tanto de lo que se produce en la provincia mexicana, ni acallado ni olvidado.
En Imágenes de la fertilidad: Canciones al hijo del vientoMarisol Vera Guerra crea una ofrenda al universo, a los elementos básicos de un mundo poco explorado en cuyo centro, la Huasteca, una región en el noreste de México, sigue vigente en todo su apacible esplendor la cultura teenek.
La voz de Marisol es apasionada, de pulso, pero trae también una quietud, una fuerza y poder que viene de la sabiduría, del largo pensar, de la contemplación. Mientras que otros poemarios suyos, #SiLaMuerteSeEnamoraDeMí (Voces de Barlovento Editores) y Antologia Personale (Progetto 7Lune), contienen versos que son alaridos certeros y cortantes, los de Imágenes de la fertilidad nacen de un sitio no de fragilidad, cuestionamiento y dolor sino de certeza. Se percibe que el libro está escrito desde una posición de paz, de tranquilidad, que al arraigar el contenido de estos versos en suelo fértil la poeta ha hallado sosiego.
Normalmente prefiero leer poesía sin ver de antemano explicación alguna, pero aquí en el libro se incluyen textos bellos y a su vez informativos sobre la cultura huasteca que contextualizan los poemas y ayudan a un lector que ha leído poca poesía a acercarse al texto. Incluso esta edición termina con un glosario de palabras de origen teenek y náhuatl. Creo que es un acierto incluir estos elementos no solo para el lector aficionado sino para cualquier lector, pues sigue una tradición parecida a algunos libros mezclas de ensayo y poesía, como los de Gloria Anzaldúa y Cherríe Moraga.
Aunque en el prólogo Vera Guerra explica que en este poemario ella utilizó como metáfora a la huaxteca como una mujer preñada por el viento, siendo sus hijos los habitantes del lugar, aún más que eso percibo otra lectura, que hubo otra necesidad en la poeta, la de crear una topografía de lo que es la experiencia vital de la maternidad. Los poemas exploran la relación más íntima e íntegra, entre madre e hijo. Casi no interviene el padre, pues convertido en el viento es un elemento efímero que se desvanece desde el principio. El libro implica de cierto modo un rechazo al papel de pareja, lo que llama la atención, pero resulta un retrato verídico de esos meses durante el embarazo, el alumbramiento y el amamantamiento en donde la pareja (madre e hijo) es autosuficiente y no requiere más.
Señal de esto es el uso como epígrafe en “Alumbramiento de junto al mar” de unos versos de Gioconda Belli que indican que el cordón umbilical es de la madre y no del hijo, la mujer se vuelve un nuevo ser al dar a luz.
Este libro se desborda de ritmo y de un hábil manejo de metáforas que, aun siendo regionales alcanzan lo universal:
y
en la feraz topografía de mi cuerpo
barro ardiente
que late como un trueno -mina de oro y cinabrio-
el Sol
amasa un hombre nuevo 

Leyendo el libro desde esta visión que voltea la intención original de la poeta, parece que Vera Guerra se vale de una técnica whitmaniana en la que la voz del poema toma los atributos de los objetos, la que habla se convierte en los espacios de la huasteca, de las distintas regiones del noreste de México, los poemas en esta sección se refieren tanto a su estado de preñez como a los lugares queridos de su patria “soy el puerto acedado en rojo” […] “soy el baluarte cerca del océano”. En el último poema de esta sección la voz es de toda la región: 

y yo
me tendí sobre el alba
mojados los muslos y con mi caballera de ríos 

Aquí es a la vez mujer y tierra. La ambigüedad que es parte de la poesía está aquí en flor. La voz del poema es la mujer, es los espacios; fluctúa, se expande, o la tierra toma calidades de mujer o la mujer se vuelve la tierra o bien la voz de la poeta habita alguna diosa. A mi parecer, conviven estas lecturas y más en estos poemas trepidantes.
Pensando nuevamente en aquel círculo íntimo al que se refirió antes, esta autocontemplación y el uso de la metáfora para describirse es casi una reacción común entre las mujeres embarazadas que de repente sufren un cambio en su mismo físico que tienen que absorber, entender y expresar. Lo universal que es el embarazo se combina aquí con elementos de la cultura teenek que enraízan estos sentimientos en la tierra, en los cambios de estación, en los elementos básicos del mundo, el océano, el cultivo, la sierra y el bosque, pero aquí, aunque los elementos son básicos la poesía no es sencilla, incluye palabras no comunes, y una lírica adepta, magistral.
Abordando un tema muchas veces trillado, el del amor entre madre e hijo, el tono de las piezas y el uso de estos elementos hace a estos poemas algo nuevo.
Hay versos exhilarantes: 

¡ah! quien se bebiera un trago de luz
cuando el Golfo despierta

Lo bello aquí es que sus poemas no caen en alegoría, siguen en ese espacio metafórico en donde los significados se deslizan, vibran, se transmutan y se prestan a una multiplicidad de lecturas, asegurando así que los textos de Vera Guerra serán duraderos.
No es una poesía declaratoria sino intimista, de alguien pensando para sí o hablando a un hijo que todavía no entiende las palabras. Las canciones de cuna son tanto para quienes las cantan como para los niños que las escuchan y este libro que se subtitula Canciones al hijo del viento en varias secciones es el diálogo amoroso entre una madre y su bebé, el que define y descubre una circunstancia alumbrada, preciosa, un enlace que enaltece tanto a uno como al otro, no por artificio, sino porque esos íntimos hilos que unen a un ser con otro mejoran a los dos.
Nos permite entrar en ese círculo casi sagrado y experimentar algo que quizá no lo hayamos pasado o, para quienes son madres, recordar nuestros propios años gestativos y maternales.
La experiencia de tener un hijo, aunque es algo que ha existido desde que hubo vida, es para cada madre, al sentirla en su ser, una vivencia completamente insólita, desconocida. Vera Guerra logra que sintamos lo novedoso de esta situación, que lo confrontemos con los ojos despejados, pero al usar elementos milenarios nos tranquiliza asegurándonos de que otras han pasado ese camino, que es común y no tendrá un final lamentable. A medida que avanza el libro el hijo va creciendo, es luego capaz de hacer cosas que solo pueden hacer los niños mayores, así sentimos que avanza el tiempo y que la relación va cambiando.
Vera Guerra no solo recupera las imágenes de la cultura teenek, hace que tomen primacía. Esta cultura que sigue vigente en toda la región de la Huasteca, incluso en los sitios urbanos, no siempre ha sido amplificado por los medios de comunicación, residiendo en su plenitud más bien en aquellas comunidades alejadas de las grandes ciudades. Vera Guerra abre un poco una cultura que por siglos ha sido hermética. Asume lo que siempre ha sido realmente suyo, pero le da vueltas y lo intensifica, agrega nuevos elementos a la cultura original. Así como la cultura huasteca es multidimensional, no monolítica, y varía de una región a otra, el trabajo de Vera Guerra añade a esta pluralidad de voces una más, creando nuevos mitos que quizá se incluyan luego en el acervo de lo relacionado con los teenek.
Hay una sección en el libro que es una especie de cuaderno de viajes, de aquellas anotaciones que se toman durante un peregrinaje. Vera Guerra rescata las impresiones de un lugar para ella nuevo pero que remonta a la antigüedad, un espacio sagrado, y convierte estas impresiones en poemas.
Rara vez he tenido que buscar en el diccionario tanta palabra. Siento que Vera Guerra recupera otra lengua que se ha perdido, nombra objetos que yo desconocía y los hace revivir. Nos puebla el mundo de objetos que jamás se debían haber olvidado: sayal, carcaj, baluarte, tepetate, zapupe, chiquihuites, ojite, sideral, calamita, chalahuite, crisoberilo, talud. Y también tengo la impresión de habitar junto con Vera Guerra un mundo de tiempo menos apresurado, que fluye como un río tranquilo pero que también a veces ruge como el mar.
Aún con lo alejados que son estos objetos de mi diario existir, sus versos tiemblan con lo esencial que es lo universal, las mismas venas de nuestros cuerpos:
 río amniótico
salido de la noche
al derrumbarse las estrellas en mi mano  
canto mi verde regocijo
al rezumar tu boca
un llanto fresco 
ansiosos médanos de leche
bordean el cauce de tu boca

Siempre es difícil dialogar sobre la poesía, al describir o explicar el poema se destruye su excelso contenido. Basta decir que este poemario de Vera Guerra es algo que hay que leer, que no debe quedar, como tanto de lo que se produce en la provincia mexicana, ni acallado ni olvidado.
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REBECCA BOWMAN [Los Ángeles, CA]. Ha publicado varios libros incluyendo Los ciclos íntimosLa vida paralela, Horas de visita Portentos de otros tiempos. Sus cuentos y poemas se han incluido en antologías y sus obras de teatro se han puesto en escena varias veces; escribe literatura infantil.

14.6.19

Optimismo e individuación


Para mí ser "optimista" no significa que las cosas siempre estarán bien, ni que necesariamente mejorarán, mucho menos que hay que mantener un "pensamiento positivo" todo el tiempo; la tristeza, el miedo y el dolor tienen una función en nuestro organismo, nos indican que necesitamos hacer una pausa, observarnos y sentirnos. Regularmente haremos todo por no sentir, nos mantendremos ocupados, nos alejaremos de la emoción. El sistema entero parece estar hecho para la evasión. Uno dice "no quiero sentir miedo" y lucha contra esa emoción. Luchar contra lo que sentimos es tan absurdo como luchar contra una parte de nuestro cuerpo. Este es el trabajo cotidiano que necesitamos hacer: observar, reconocer y aceptar la emoción que sentimos. Luego soltarla, no identificarnos con ella. 


Para mí ser optimista es reconocer el potencial de crecimiento que tiene cada ser humano. No "crecimiento" desde el canon impuesto socialmente (un gran trabajo, una gran casa, un gran prestigio), yo hablo del crecimiento desde la individuación, es decir, la integración del ser. Reconocer quién soy, mi luz y mi oscuridad, mi fuerza y mi vulnerabilidad; ir construyendo recursos internos para enfrentar las experiencias diarias. De eso es de lo que hablo. 

Con el tiempo he aprendido a soltar mis aprehensiones, no tengo el control sobre todas las variables que rodean mi vida, pero sí puedo aprender a tener control sobre cómo reacciono ante esas variables. No siempre lo logro, hay ocasiones en que las circunstancias me rebasan, como a cualquier persona, creo que a todos nos ha pasado. Y ahí hay otro aprendizaje: reconocer los ciclos; a veces es tiempo de resistir, a veces de sembrar, a veces de cosechar.