DE LANZA EN ASTILLERO Y ADARGA ANTIGUA

La Poesía como Destino

25.8.16

ESTRÉS

llegamos
a ese punto en que tu camisa
extirpada de la casa igual que un órgano
ya no sirve de refugio a los escarabajos
ni de isla
para la espuma que baja ondulante por mis piernas
¿hemos de rompernos el hueso a machetazos?
te acuerdas / dices / te acuerdas
y yo solo quiero follar
como cualquier mujer que ha dado su vientre a los carniceros
pasados los ritos de iniciación
cuando mi cuerpo era vasija de tus manos
pero dices que yo te ahogué en un pozo
dices que yo destrocé tu lóbulo parietal
–aquella noche
me envolví en la corteza del miedo
apenas recuerdo esas verduras secas
en el suelo / sola
gestando a esa niña / sola
en el invierno / sola
esperando a que el cuervo en mi ventana
se hiciera un puntito negro en el cielo
como ahora
esta mancha sobre mi piel  No podemos
revertir los anillos del gusano
encantador parásito de ojos verdes
ya no es mío el canto de los nogales
¿quién desgajó el corazón del tiempo
si yo –hija de Helios convierto a los hombres en lechones?
Tengo tu cabeza entre mis manos
limpia y perfecta como un geoide
en el que trazo caminos con mi lengua
no me interesa ir más lejos
quiero besarte como en aquella hora
en que fuiste el reflejo
de una ninfa en el estanque

3.8.16

15.7.16

Imágenes de la fertilidad


Dejo aquí una parte del pequeño ensayo que escribí en mi libro Imágenes de la fertilidad: canciones al hijo del viento, recién publicado por el Instituto Tamaulipeco para la Cultura y las Artes, donde abordo algunos de los aspectos antropológicos e históricos más relevantes sobre la Huaxteca y el mito de Quetzalcóatl, cuya advocación Ehécatl representa al viento y la otra, Tlahuizcalpantecuhtli, al lucero de la mañana. 


No pretendo por supuesto otra cosa más que dar al lector una introducción a la simbología y las referencias históricas que encontrará en los poemas. Sin meterme en profundidades que ya les corresponden a los expertos. Yo sólo soy una apasionada que desde niña ha amado los mitos. Bastante me han influido los historiadores Miguel León-Portilla y Enrique Florescano, a quienes admiro.

Aunque escribí este libro en 2010 (y lo terminé de moldear tres años después) ya había empezado a soñar con él desde 2002, cuando era una joven sin mucho sentido de orientación pero con gran amor por su tierra.

Pretendí amalgamar historia, mito y poesía, sin perder la calidez de la letra. Espero en alguna medida haberlo logrado, para muestra dejo también algunos poemas.










7.7.16

Para leer a ... Marisol Vera Guerra



Mi amada Ana Elena me hace el honor de leerme y reseñarme.

16.6.16

Recensión de Canciones de espinas

e
Ediciones Poetazos, 2014.

por María Besteiros


Canciones de espinas, Marisol Vera Guerra

"La niña que hace canciones de espinas" y nos las muestra, orgullosa, entre sus dedos sangrados. La niña que es animal y nos lo escribe, porque solo desde esa inocencia primaria y primera es posible contemplar a los ojos a la mujer salvaje que nos funda en revuelta de cuerpos y carnalidades. Llamémosla Madre. Mantener la mirada. "No reniegues del animal que vive dentro de ti", porque solo desde el oscuro animal salvaje es que somos sujetos, es que nos salvamos de ser las muertas a las que "penetran sin mirarme a los ojos".

            Marisol Vera Guerra, la niña poeta, la mujer salvaje irredenta, nos abre una rendija en la ventana de su cuarto y desde allí nos mira y nos apunta con el dedo. Nosotras somos las voyeurs que van perdiendo su perfecta perfección casi sin darnos cuenta de que cada golpe de verso nos desnuda al punto de despojarnos de nuestra pretendida ilusión de felicidad. Ella es la que nos escupe a la cara la verdad, toda la honestidad que cabe en la poesía. Nos muestra nuestras miserias, las apariencias sobre las que nos erigimos como juezas de la vida de las otras. Nos creíamos rosas. Solo somos espinas. Convierte en arte lo oscuro.

            Asistimos, poema a poema, al tránsito de una identidad, a la madurez de una voz que alcanza la trascendencia buscando su lugar, su propia y única manera de pisar el mundo. Construyendo su familia, creándola con la savia de su cuerpo. Una voz humana que no teme reconocer sus carencias, sus necesidades y el miedo feroz a quedarse estática. ¿Y si el futuro no es? ¿Y si no es nunca? ¿Y si los sueños jamás se cumplen y la vida es por siempre "panza hinchada y redonda"? ¿Y si los príncipes azules no son más que hombres "devorados por termitas"? Porque "un día escribiré uno tan bueno"...


            Así pues, la vida se nos presenta en grito donde "mi desnudez no me avergonzaba", donde la animalidad es carne de infancia, de tiempo en deje triste, aferrándose al ser y al seré, mirando, cara a cara, a los ojos de lo salvaje, sin miedo porque este es adquirido, no nos pertenece, no resiste la magnitud de la poesía, alma desnuda cubierta de las espinas que, verso a verso, nos entrega, como flores.

13.6.16

Pan de muerto


"El conjuro (confesiones)" es un proyecto literario a través del cual narro experiencias personales en torno al amor, la maternidad y la cotidianidad.



Mi abuela Eusebia murió en octubre del año pasado, a pocos días de que se celebrara el Xantolo en Tantoyuca. Fui a casa de mis padres, quienes la cuidaron con amor y paciencia hasta el último minuto de su existencia en este plano. 


Desde que ella se fue hay días en que despierto con la sensación de que la comida ha perdido todos sus sabores, los objetos del mundo se mueven lejanos a mí, como si el aire fuera una masa densa y pesada. Pienso en su ataúd y la imagino dentro y siento unas ganas tremendas de abrazarla como lo hacía siempre cuando estaba con ella, nunca fui demasiado adulta para no meterme bajo sus cobijas y recargar mi cabeza en su pecho. Recuerdo lo fría que era su piel la última vez que pude besarla y como su voz se iba adelgazando igual que un hilo hasta perderse en el umbral de las sombras. 

Desde que dejé la casa de mis padres para estudiar la universidad, cada vez que la visitaba, mi abuela me decía, riendo, que iba a hacer brujería para que no me fuera de nuevo. A veces los aguaceros hacían desbordarse el río Pánuco y yo debía esperar un día más, entonces ella me contaba que la brujería le había salido bien. 

En los momentos grises, cuando algo pesaba demasiado en mi pecho, le llamaba por teléfono y no, no le contaba mis problemas, no me quejaba con ella acerca de nada, le hablaba para decirle te quiero y sus risas, sus yo también mijita, me devolvían el alma al cuerpo. 

Cuando la salud de mi abuela comenzó a decaer supe que la próxima vez que la viera sería para despedirla. Cada mañana yo pensaba hoy es el día de verla y como me faltaba el recurso, la forma, me entristecía, entonces recordaba cierto capítulo de la Dimensión desconocida en la que una mujer anciana posponía su muerte cada noche para conocer el desenlace del cuento que otra persona le contaba, pero al finalizar ese cuento de inmediato empezaban a contarle otro y así infinitamente. Eso me hacía creer que como mi abuela me estaba esperando viviría un día más.

Cuando volví a Monterrey me traje pan del que había quedado de su funeral y también pan de muerto que compré en la plaza. Durante los días siguientes, al despertar me sentaba frente a un pequeño altar con mi taza de café y elegía cuidadosa el capricho, la revuelta o la rosca con que acompañaría a mi abuela; bebiendo y comiendo platicaba alegre con ella como en la mesa de mi infancia. Una noche soñé que un hombre se robaba el pan del altar y yo lo corría a golpes diciéndole que era sagrado. Algunas piezas que no me atreví a comerme se quedaron quietas en sus platitos hasta que acabó el año y por un efecto de petrificación seguían viéndose como el primer día. Cuando me mudé de barrio me las traje conmigo. Pensé en conservarlas siempre. Pensé que ni las hormigas ni el tiempo las harían polvo. Pensé en envejecer junto a ellas. Hace unos días me di cuenta de que mi casa estaba hecha un desastre, cosas tiradas por todos lados y al estarla limpiando encontré el pan de muerto que ya tenía más de siete meses. Acaricié su dureza y me dije, ¿a qué te aferras, Marisol? La vida sigue y las emociones no deben momificarse. Entonces decidí dejarlo ir. Por estos días llovió mucho en Monterrey, mucho más de lo que había visto llover desde que vivo en Nuevo León. Y les dije a las nubes, sí, abuela, aquí estoy, no me voy a ir nunca de ti, la brujería te salió bien.

5.6.16

Laberintos y cementerios


"El conjuro (confesiones)" es un proyecto literario a través del cual narro experiencias personales en torno al amor, la maternidad y la cotidianidad.



Laberintos y cementerios, son dos de las cosas que más he soñado desde que era niña. Siempre he sabido que mis sueños son tan reales como mi mundo cotidiano. 

La noche antes de que mi madre me llamara para avisarme que mi abuela estaba grave y a punto de morir yo soñé su funeral. Al día siguiente la vi partir de este plano. 

Cuando estaba embarazada de Morgana soñé que tenía a una niña de pelo negro, muy parecida a mí. Pero mi hija nació castaña e idéntica a su padre, entonces tomé aquella visión como simple fantasía. Un año y siete meses después, el día de mi cumpleaños, parí a Latika y descubrí que ¡era ella a la que había visto en sueños durante mi embarazo anterior! 

Sé que los escépticos dirán que no es verdad, tal vez yo también lo negaría si no fuera a mí a quien le suceden estas cosas. Como no tengo religión no recurro a ningún santo ni numen para interpretarlas. En cambio pienso que son las manifestaciones de la poesía, a veces luminosas, a veces oscuras, a veces absurdas.

Y acaso en este último talante se instale otra experiencia que ahora relato:
Una noche de octubre de 2013, me desperté de un sueño por demás extraño, había soñado con una de las exnovias de mi esposo. En ese entonces estábamos separados, yo me había ido de la casa y pensaba que no volveríamos a estar juntos. En mi sueño ella me llamaba por teléfono y Antonio veía el número, me decía que no le contestara, “de seguro quiere acercarse a ti para fastidiar”, pero yo sí contestaba y la chica me decía que quería hacer un proyecto artístico conmigo. Antes de verla pasé por un cementerio donde alguien se robaba las cruces y las esculturas funerarias. Desperté en medio de la madrugada y vi que había dejado mi laptop encendida, cuando me acerqué para apagarla noté un mensaje nuevo en mi bandeja de entrada de FB. ¡Era la ex de Antonio con la que acababa de soñar! Qué cosa tan rara, pensé y leí el mensaje que, entre otras cosas, decía que cuando inicié mi historia con mi marido ella había sentido curiosidad por “saber quién había sido la valiente para ponerse en medio de ese carril al cual se dirigía el oxidado tren”. 

No mucho después Antonio volvió conmigo. Dadas las circunstancias que me habían orillado a irme de la casa, mis amigos y familiares se sorprendieron al vernos de nuevo juntos. 

“La gente no cambia” escribió por ahí, en otro momento, la protagonista de aquel sueño.

Más de dos años han pasado desde que decidimos estar juntos de nuevo, la lucha por reconstruirnos, como pareja y como personas, ha sido ardua. Y no sé si haya otra forma de construir una familia que no sea a través de un esfuerzo constante, matizado con momentos dolorosos, en los que uno confronta lo mejor y lo peor de sí mismo. 

¿Y qué clase de hombre podía elegir un espíritu como el mío? Definitivamente no uno como el que me habría escogido mi madre, algún tipo fatigado de la vida y de temperamento apacible. Mi espíritu eligió bien, porque estas eran las batallas que necesitaba. Si bien Poe me enseñó al final de mi niñez que hay belleza en lo grotesco y Kafka, al final de mi adolescencia, me dijo cómo transfigurar mis traumas en literatura, Antonio ha sido mi maestro para materializar los sueños; para mí eso es un esposo: un espejo que me desnuda. 

Y no es que “me guste el dolor” como sugirió alguna amiga, sino que creo que el amor sincero transmuta las vivencias. Tal como al parir a mis tres hijos sentí más dolor del que me hubiera atrevido a imaginar, así las cosas más grandes de mi vida las he construido después de un proceso doloroso, de un ejercicio de resistencia, de un viaje profundo al interior de mí. 

O, ¿creían acaso que para mi esposo ha sido fácil lidiar con mis fantasmas?, ¿creen acaso que solo yo he sido paciente y he perdonado?, no, no, yo también soy humana, yo también me he equivocado, yo también he hecho daño. Yo también necesito ser perdonada.

¡Vamos!, todos llevamos oscuridad en el alma y si nos tocan las fibras adecuadas, todos somos susceptibles de cavar abismos en los que se manifieste aquella bestia que, aunque nos aferremos a domesticar, duerme en nuestro bosque interior. 

Todos cargamos nuestro saquito de basura que, descuidadamente, de vez en cuando abrimos. No hay seres perfectos. O , como mi hijo de ocho años me dijo: “la perfección está hecha a la medida de las necesidades de cada persona”. Así, mi esposo ha sido perfecto para mí, como perfecta la experiencia de vivir a su lado. Y perfecto mi deseo de ser para él una mujer digna, porque él me lo inspira, porque nunca ha dejado de luchar por ser un hombre y no un mero ente biológico con cromosoma Y integrado; porque él se merece una mujer que lo dignifique y valore. Porque no espero que alguien “cambie” si no limpio antes mi basurero interno. Y esa labor de limpieza siempre está ligada a mis sueños. 

Hace poco más de un año mis sueños cedieron sus fronteras; los fantasmas y los monstruos oníricos se escaparon por aquellas puertas de marfil, de las que hablaban los antiguos, aparecían sobre mi cama, en el umbral de mi casa, en mi pared. 

Los escépticos de nuevo dirían que nada tenía que ver con mis estados mentales el moho negro que de pronto impregnó mi casa. Como ya dije, no tengo religión, así que no fui corriendo por un sacerdote para que hiciera un exorcismo, en cambio dibujé en la pared lo que yo pensé era un talismán protector, el mismo que borré el día que me mudé. Y de nuevo pensé que era la Poesía manifestándose en su vertiente oscura y que ese moho negro era la materialización de nuestra basura interior. 

Sé que estamos en una época donde todo tiene una explicación racional y donde todo, incluido el amor, es desechable. Donde perdonar se considera una debilidad y donde se espera que hacer una familia sea fácil. 

Es mejor no amar para no arriesgarse. Es mejor abandonar para no esforzarse. Es mejor justificar para no responsabilizarse de los propios actos. Acaso haya cosas imperdonables, yo creo que sí las hay, pero en una pareja que se precie de tener amor ese límite no será tan estrecho. Porque el amor cuesta. Porque sexo casual todo mundo puede tenerlo, lo sé porque en otras épocas tuve mucho sexo casual, también probé el “poliamor”, hasta que reconocí el valor del amor auténtico, el esforzado, el que se construye, el que no es desechable, el que va más allá de unas cogidas y pláticas pseudoexistenciales en las que las personas se sienten superiores al resto de la humanidad por no asumir compromisos y porque su “libertad” se traduce en la indiferencia hacia las emociones de los demás. 

No desapruebo el sexo casual, por supuesto, ni los tríos ni las relaciones de ningún tipo, siempre y cuando no hagamos daño a nadie con nuestras calenturas. Y si ya no lo tengo es simplemente porque después de estar con el amor de mi vida nadie más me atrae. 
Ahora, a dos años y medio de aquel sueño que relaté arriba, le doy la razón a mi visitante nocturna: sí fui valiente al ponerme en medio de ese carril, porque para amar verdaderamente se necesita valentía y en este siglo lo que está oxidada es la capacidad de amar. 

La gente sí cambia, de hecho el cambio no solo es posible sino inevitable. El problema estriba en que a veces esperamos que este sea gratuito. 

He escrito esto como un ejercicio de sanación y si lo expongo es porque mi escritura es pública, así lo he decidido, así es como me construyo y si tú, lector amable, has querido seguirme, por afecto a mis letras o incluso por morbo, lo celebro, siempre es bienvenido el lector curioso; en toda literatura hay siempre una dosis de voyeurismo.

Unos meses antes de morir mi amada abuela me contó, al teléfono, su sueño: estaba junto a una poza llena de agua revuelta con sangre, donde nadaban mucho peces y pequeños animalitos; unos hombres llegaron a la orilla de esa abertura en la tierra y dijeron: “aquí vamos a parar la casa de Marisol”. 

Ese era el vientre abierto de la madre Tierra, donde ahora reposa el cuerpo de mi abuela y en el que estoy reconstruyendo, finalmente, mi casa, la casa de mi alma. La casa de mi hombre y de mis hijos.


1.6.16

30.5.16

Kátharsis

Hace un año, un ente biológico con cromosoma "Y" integrado me dijo que "el rasgo más distintivo de mi personalidad" es "embarazarme como le hacen las indígenas sin enseñanza ni educación"; ahora le respondo, públicamente, porque me honra decir que llevo sangre aborigen en mis venas, como me honra ser madre: tener útero y haber parido tres veces.
Y por cierto, no sé a qué le llamará "educación" alguien que para insultar usa la palabra "indígena".