DE LANZA EN ASTILLERO Y ADARGA ANTIGUA

La Poesía como Destino.

13.3.12

Escarificación

para Antonio
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Ahora te retuerces sobre mi cama: la primera contracción en medio de esta noche. La sangre brota en finas telarañas. Enmudeces (la demencia es colectiva), escupes nuevamente. Algo entre las líneas de tu rostro (algo) como una blanca tela (un sudario) guarda el rescoldo de épocas pasadas, el aroma de otros sexos, de pubertades mínimas, de infancias dilatadas.
No tiene lógica amarte (digo).
Mi gentjutsu te quitó el dolor, exclamas y sacudes tu cabeza izquierda como ave melómana y diacrítica (pájaro fonético sílabas al aire).
Un pequeño higo continúa latiendo en mi silla turca y la gotita de lactosa me humedece la esperanza.
Pronto será hora de lamer tu falo hasta llegar a ese país de convulsiones, ese grito esmerilado entre uñas y sábana (después el arrecife), voluble cicatriz a lo largo de tus labios. Lo infinito. Llanto y polvo. Arena fría de los desiertos socavados por la lluvia. Estrepitoso. Me alejas dulcemente (como si) la mano en este borde. Me hundes el dedo en un costado. Me horadas con la lengua. Me desatas.
Me siento impelida a roerte cada hueso. Ser numen y flor.
Cortar tu piel a trazos lentos.
Riguroso.




10.3.12

Nace un escritor

Hace exactamente dos años, el 1o de marzo, publiqué en este blog "Nace un lector" porque un día antes mi hijo Haku, por primera vez había elegido un libro para su biblioteca personal. Ahora, de manera espontánea, un poco antes de dormir nos dijo a mi esposo y a mí que guardáramos silencio: estaba escribiendo un poema. En su libreta, aquí y allá, había dibujado letras dispersas. Haku tituló su primigenio texto "Poema de faunos" y comenzó a leérmelo:


no hay faunos
a veces tenemos sueño y nos dormimos
no hay mujeres solas, no hay niños solos


Reconocí el espíritu de mis propios poemas (no sé qué tan bueno resulte ser una de sus primeras influencias literarias). De inmediato me acordé de aquel post de 2010 y, más tarde, al rastrearlo vi que no sólo se repetía la fecha de los acontecimientos, sino la hora. En esa ocasión escribí a las 4:11 de la madrugada, más o menos el momento en que comencé a redactar esta nueva nota. 

Haku, en efecto, se ha hecho amante de los libros. Se preguntará, acaso, que encuentra ahí su madre, que se la pasa tanto tiempo con la nariz metida entre las páginas. Sus libros de cabecera son, un volumen en 3D sobre dinosaurios y Cosmos de Carl Sagan (curiosamente, una de mis lecturas tempranas), en el que se entretiene viendo fotos de planetas y galaxias. Además, es lector de la narradora regiomontana Yarezi Zalazar, cuyo cuento "El secreto de mi tía abuela" (Regia Cartonera, 2010) ha resultado un hit. Se trata de una historia de fantasmas y monstruos, uno de sus temas predilectos. Por algo es fan de las películas de Tim Burton como "El joven manos de tijera" y "Pesadilla antes de Navidad" (de entre las opciones que hay en casa, son las que él elige). A veces (por cierto) me ha pedido poemas de Celeste Alba Iris.

Haku tiene sólo cuatro años y aún no sabe escribir. Me cuenta lo que ve y lo que piensa. Me pregunta sus inquietudes (una de sus preocupaciones, por ejemplo, es saber si un meteorito como el que extinguió a los dinosaurios podría caer otra vez en la Tierra). Es un niño inquieto al que le gusta comer helado de chocolate y armar rompecabezas. Yo, como cualquier madre, me engolosino viendo sus singularidades. En el jardín no es el alumno más destacado. Habla mucho y se sale del aula. Tal vez su maestra no me creería si le contara lo esquemático que Haku puede ser para realizar algunas tareas (como la vez que hizo, con recortes de papel ilustración, un "monedero para guardar a Saturno").

Hace una semana, como (casi)siempre tengo la computadora encendida y lista para teclear, aproveché un momento en que Haku me contaba un cuento y lo apunté conforme lo iba diciendo:

Había una vez un T-Rex muy cansado que se quedó aquí a dormir. Luego se le quitó lo cansado y se fue a trabajar a una escuela de dinosaurios. Luego fue a la tienda, se compró unos chetos de bolitas y se volvió a cansar. Se durmió y fue a buscar a un triceratops, estuvieron platicando y el triceratops parecía monstruo. También había un raptor que estaba gritando uuuuuuu. Otro dinosaurio lo golpeó con su cola de picos. Luego todos fueron a la Luna en un cohete espacial que salió de la Tierra así shhhhhhhhhhhhh. Luego tres dinosaurios fueron a Júpiter. Eso pasó hoy.

No puedo asegurar lo que será la verdadera pasión de Haku cuando crezca. ¿Los autos de carreras?, ¿la música?, ¿el futbol? Por ahora, tengo un pequeño escritor en casa. Un niño que escribe sin escribir. Escribe en el presente, para el aire, para el instante. 







7.3.12

pequeños universos nocturnos


Sueño 1: Un escritor hace girar la manivela de su libro mecánico. Los engranajes producen palabras. Dice: seré mi primer lector.

Sueño 2: Una princesa muerta, de abundante cabello negro y pálida piel, vaga por los pasillos de una casa abandonada. Me mira.

Sueño 3: Un ejecutivo impecablemente vestido se oculta en una sleeping bag. La bolsa pierde volumen de pronto, se abre: está vacía.

Sueño 4: Las puertas están cerradas. Blanca espuma de jabón cubre todos los picaportes. Mis manos se deslizan sin lograr abrir. 

Sueño 5: Estoy en una selva. Hay un grupo de cavernícolas cerca de una roca. Uno de ellos sostiene una rama de árbol, una pieza de pan y un libro.




Sucesión de eventos soñados el lunes 5 de marzo.

1.3.12

El viajero del tiempo, de Alberto Chimal

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Martes 29 de febrero de 2012.

¿Quién no sueña con viajar en el tiempo?, ver a Alejandro Magno cruzando el Helesponto en dirección a Asia Menor, o hallar a Cleopatra a punto de ser mordida por el áspid; atisbar por el ojo de una cerradura a Beethoven mientras compone su novena sinfonía o presenciar el épico momento en que se erige sobre la maleza prehistórica del mundo el primer hombre. O quizá, simplemente regresar medio segundo para evitar que nuestra taza de café se derrame sobre la mesa.

     El escritor e inventor (dos profesiones en las que hallaremos no pocas equivalencias) Hugo Gernsback (a cuyo nombre debemos los premios Hugo de la Sociedad mundial de ciencia ficción) acuñó el término “Ciencia Ficción” en 1911. En esas épocas la imaginación había echado a andar novelas famosas que hoy se cuentan en dicho género*.

     En particular, recuerdo entre mis autores favoritos de juventud a Verne. Estaba en el bachillerato cuando leí París en el siglo XX, novela de edición póstuma, publicada en francés por primera vez en 1994 (escrita en 1863). Fue un privilegio estar entre los primeros lectores que tuvieron a su alcance esta edición en español. Se estaba popularizando la red Internet, la cual, aparece anticipada en este libro: su protagonista es un desolado poeta que no encuentra lugar en una sociedad gobernada por las grandes corporaciones y la tecnología (lo curioso es que, ahora, esta tecnología sea un puente tan recurrido por las nuevas generaciones de autores). 

     O cómo no recordar a Herbert George Wells (su famosísima Guerra de los mundos y, claro, La máquina del tiempo) autor de cabecera de Alberto Chimal, quien le dedica su libro El viajero del tiempo (Posdata Editores, Col. Hormiga Iracunda, 2011).

    En la página de dedicatorias, enseguida de la que hace para su esposa, Raquel, Chimal dice: “a H. G. Wells, amigo y compañero de numerosas conversaciones, caminatas y cantinas entre su muerte en 1946 y mi nacimiento en 1970”.

     El Viajero del Tiempo se compone de ingeniosos microrrelatos (amalgamados en una novela que puede leerse, digamos, desde distintas perspectivas y comienzos) en los que esa cuarta dimensión intangible y, sin embargo, irrefutable (el tiempo) deja de ser lineal y nos permite diseccionarlo como a un cuerpo o a un paisaje. El humor conlleva, en sí, el germen de la tragedia: “El viajero del tiempo regresó al día en que iba a caer el meteoro. En las redes sociales de los dinosaurios apenas se mencionaba el hecho”. “El Viajero del Tiempo regresó a asesinar a H. G. Wells. Luego vivió feliz, y en secreto, por toda la eternidad”.

     Alberto Chimal (estado de México, 1970) es autor de más de una docena de libros de narrativa, ensayo y dramaturgia; colaborador frecuente de revistas y suplementos, y profesor y coordinador de talleres con larga experiencia, Chimal ha sido considerado “uno de los escritores más originales y enérgicos” de su país (de acuerdo con CNN en español) y uno de los 100 mexicanos más destacados de su generación (según la revista Día Siete). Además es el primer autor de su generación en ser objeto de un volumen de estudios académicos: la colección Mito, fantasía y recepción en la obra de Alberto Chimal, compilada por Samuel Gordon y publicada por la Universidad Iberoamericana.

     Gran twittero (precisamente de aquí, del Twitter, nace este volumen), Chimal (@albertochimal) coordina el portal electrónico Las Historias (http://www.lashistorias.com.mx/), donde encontrarás, entre múltiples eventos y curiosidades, cuentos, concursos y, por supuesto, su libro a la venta: El viajero del Tiempo.
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* Claro, dicen los que saben, que hasta entonces no se había consolidado realmente la Ciencia Ficción como tal. También se afirma que Gernsback no fue un gran escritor, pero sí un gran profeta tecnológico.

20.2.12

spleen en un jardín de naipes

Fotografía:mvg

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Alicia regresó al mismo pozo por el que había caído numerosas veces, persiguió al mismo conejo y volvió a beber la poción que decía bébeme. El té azucarado ya no le quitaba el cansancio. Después de treinta años no recordaba cómo era el mundo del que había partido. ¡Ufff!, pensó. Esta vez dejaría que la reina de corazones le cortara la cabeza.

15.2.12

La hierba (de los días), por Zaira Espinosa

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Miércoles 15 de febrero de 2012.

En noviembre de 2011, Zaira Eliette Espinosa, promotora cultural y poeta regiomontana, me hizo extensiva la invitación por parte de la Universidad Autónoma de Nuevo León y la Revista Posdata, a participar en el ciclo de poesía Verso Norte. Fue un buen motivo para conocerla y saber de su entusiasta participación como coordinadora de este evento.   
     Pronto supe que Zaira acababa de entregar a la luz pública su primer libro, Hierba de los días, realizado mediante el apoyo del Centro de Escritores de Nuevo León (PECDA, 2007) y editado por la UANL. Precisamente, el año pasado, se presentó en la FIL de Monterrey y en la FIL de Guadalajara.

     He tenido, ya, la oportunidad de leerlo. La tinta de los poemas, breves y luminosos, se intercala con el pincel de la artista visual Violetta Ruiz (también de Monterrey), quien tiene amplia experiencia como ilustradora y, debo decirlo, una imaginación copiosa (factor sine cua non se vive del Arte en estos días, y en cualquier día). Muestra de ello es su trabajo en el diseño editorial de la revista Posdata PD y su labor como coordinadora de la publicación en línea www.posdataeditores.com.

     Zaira comenzó sus estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de la UANL aunque luego los transfirió al extranjero, residiendo alrededor de ocho años en diferentes ciudades de Canadá y los Estados Unidos. En México su poesía y artículos han sido publicados en varias revistas culturales y literarias. Sus textos han sido incluidos en: Buzón, Antología de Poesía Joven Grupo Gatos de Azotea (Conarte, 1998), Buzón II (Conarte-CNCA, 1999), Borealis Poesía Latinoamericana en Canadá (Verbum Veritas-La Cita Trunca, Canadá, 2002).

     Este libro que la escritora ha puesto en mis manos es un tanto híbrido: hilvana la poesía contemporánea, balanceada en limpios trazos (y diría, buena dosis de obsesión perfeccionista) entre los tejidos antiguos del mito.

     La Luna, imagen de la fertilidad y del misterio, recupera verso a verso su significado arquetípico: madre, diosa, devoradora del Sol, reina de las sombras, compañera de cazadores y amantes. La ligereza del viento y el sosiego de la hierba (de los días) llevan al lector hacia un mundo de sensaciones casi olvidado en el cotidiano vivir de la jungla urbana. La noche aparece, una y otra vez, repetida espiral de premoniciones: “La noche / y el amor / en irreparable fuga de días / volcánica soledad / gritos de auxilio ya se petrifican en raíces / encarnadas a cenizas”.

     Hierba de los días se presentará este viernes 17 de febrero, a las 18:30 horas, en la Casa Fernández (Salvador Díaz Mirón esquina con 20 de Noviembre). Estará presente la autora, leyendo parte de su obra. Los comentarios sobre el libro corren a cargo de la poeta Gloria Gómez Guzmán y de una servidora. La entrada es gratuita.

     Espero que puedas acompañarnos a labrar la palabra entre murmullos de herbaje.

7.2.12

Educación vs Imaginación

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Miércoles 8 de febrero de 2012

Decía la célebre psicoanalista Anna Freud que –cito de memoria– hay que sacrificar una parte de la espontaneidad de los niños a cambio de su disciplina. Esto me lleva a reflexionar que la imaginación del niño pequeño –la cual no puede existir sin libertad para que vuele el pensamiento– en buena parte ha de ceder su sitio a las reglas.
     En su libro Introducción al Psicoanálisis para educadores, dice Anna Freud: “El objetivo más general de la educación es hacer del niño un hombre que no se diferencie del mundo adulto que lo rodea. De este modo también queda sentado el punto de partida de la educación: obra dondequiera el niño difiere del adulto, es decir, en la modalidad infantil”.
     Visto de esta forma pareciera que “educar” consiste en derrocar la infancia. Sin embargo, este menoscabo de la espontaneidad permite la convivencia civilizada entre los seres humanos. Es necesario aplacar ciertos impulsos –de acuerdo a la psicoanalista– como la crueldad primitiva que lleva a los niños, por ejemplo, a arrancarle las alas a un escarabajo, o el gusto por placeres escatológicos. 
     Resulta difícil hallar esa línea equilibrada que permitiría al niño adaptarse a los requerimientos básicos de la sociedad sin perder su capacidad de asombro. Los científicos y los artistas –de allí la semejanza entre ambos– conservan siempre su curiosidad natural por el mundo. 
     “Nacemos científicos –afirma el físico teórico Michio Kaku–, cuando nacemos nos preguntamos que pasa ahí afuera. Comenzamos por preguntarnos del Sol, la Luna, las estrellas. Qué hace a los océanos y al clima. Nacemos científicos, y luego algo pasa. Lo que tenemos son los años peligrosos. Los años peligrosos son la escuela primaria y secundaria; ahí es cuando literalmente aplastan todo esto”. Este aplastamiento de la curiosidad ocurre, en palabras de Kaku, porque “pensamos que la memorización es ciencia”.
     Reflexionemos un poco sobre el valor de la imaginación. Contrario al mito que todavía se difunde entre nuestros profesores, en tiempos de Colón ya se sabía –y desde hacía mucho– que la Tierra tenía forma esférica. Incluso había un libro muy famoso en esa época llamado De sphaera mundi (Sobre la esfera del mundo), de Sacro Bosco; sin duda el libro de texto que más tiempo ha sido estudiado en las escuelas: estuvo vigente quinientos años. Pero, el proceso en que las masas asimilaran conscientemente que vivían en un planeta esférico (y no en una tierra plana) tomó siglos. Así, en nuestros días, aunque tenemos ya un rato de conocer la física de Einstein, la mayoría sigue considerando en su vida diaria que vive en un universo plano.
     Si la educación ha de centrarse en transformar las pulsiones en formas pacíficas de convivencia, no debe ser un látigo para renunciar a los placeres, ni para desterrar de la mente el sentido de búsqueda individual (el cual, en sí, viene siendo una voluptuosidad). Ahora se habla del Sistema de competencias y de desarrollar los talentos personales, pero si los encargados de educar (padres y maestros, sociedad incluida) carecemos de imaginación, sólo crearemos autómatas.
     Interesar a los chicos en la ciencia y en el arte no es tan difícil como quieren hacerlo ver algunos. Porque el niño es, precisamente, un artista y un científico natural que a menudo tiene mucho que enseñarnos a los adultos.


Fotografía: mvg

¿De qué se alimentan los poetas?

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Miércoles 1 de febrero de 2012.

Recuerdo, hace cinco años, cuando era editora de la revista independiente Anábasis, que tenía un costo de recuperación de diez pesos, un lector dijo que las revistas de arte deberían regalarse. Esta parece ser una idea común: el arte es gratis porque hacerlo no cuesta nada.
     Si bien, puede sonar romántico el hecho de que la belleza no tiene precio, en la vida real el artista (llámese pintor, escritor, teatrista, etcétera) es un ser humano común, que invierte tiempo y recursos en su preparación (y en la creación de sus obras) como cualquier profesionista.
      Centrémonos en el escritor, concretamente el poeta. ¿Qué clase de “producto” es el que puede ofrecerle a la sociedad? Recuerdo vagamente, de hace algunos años, los comentarios de unos señores que serían jurados en un concurso estudiantil de poesía y de disfraces. El premio para el mejor disfraz venía siendo algo así como el doble de lo que le correspondía al de poesía. El criterio era que “el muchacho que se va a disfrazar gasta en tela, pegamentos, hilos, todos sus materiales; el que va a escribir poemas pues nomás se sienta y ya”.

      La mayoría de las personas no saben (ni tendrían por qué saberlo) la cantidad de horas que el escritor invierte investigando, leyendo y corrigiendo textos; así como yo, por ejemplo, no tengo idea de lo que implica ser piloto aviador o cardiólogo. Sin embargo, si al presentarme ante alguien le digo que soy cardióloga, de inmediato me gano su respeto. Y si manejo un avión, me gano además su admiración por desempeñarme en un oficio considerado riesgoso y “emocionante”. Si se me ocurre decir que soy poeta, es probable que, después de una mirada de extrañamiento venga algún comentario como: “ah, sí, a mí también me gusta hacer poesías”, o “fíjate que mi sobrino también, hasta tiene un blog” o “ah, bueno, pero en qué trabajas”.   
     Ser poeta, claro, no es un oficio “formal”, y regularmente no da para comer (aunque bien alimente el espíritu). Ahora, uno de los riesgos de nuestra época es que habrá quien se sienta escritor por el simple hecho de tener un blog y sacar en Facebook su página de autor (muchos hay que se autopromueven de esta manera). Esto no desvaloriza, por supuesto, el trabajo de quienes sí se toman en serio el oficio de la escritura y utilizan (como debe ser) las herramientas tecnológicas para difundir su obra. Finalmente, la obra hablará por sí misma y el tiempo acomodará las cosas en su sitio.
     El producto que ofrece el poeta es algo abstracto: palabras, pensamientos, imágenes. Me resulta difícil imaginar de qué manera alguien podría certificarse como poeta; pero esto, precisamente, podría resultar necesario en una época en la que somos tantos y en la que el artista necesita, también, cierto grado de seguridad social y económica.
     Menciona la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), en 1980, en su Recomendación relativa a la Condición del Artista, que “el artista desempeña un papel importante en la vida y la evolución de las sociedades y que debería tener la posibilidad de contribuir a su desarrollo y de ejercer sus responsabilidades en igualdad de condiciones con todos los demás ciudadanos, preservando al mismo tiempo su inspiración creadora y su libertad de expresión”. Más de treinta años después, al margen de que desempeñemos otros oficios para ganarnos la vida, seguimos apelando porque la labor artística sea sopesada en su justo valor.


6.2.12

Vértigo
















Qué nos hace desgarrar las madrugadas
esa extravagancia de las 3:45
oliendo la pus de cadáveres humanos
bajo la sombra de trescientos unicornios
como perros trasijados en bardas filiformes

Qué nos hace recordar aquella tarde en la plaza de Durango
    no hubo nada (te digo) no hubo nada
    ni bendiciones ni alfileres en la ropa
    ni cerveza en latas oxidadas
    ni pequeños laberintos de papel
    ni estambres   
                            ni alabeos    ni comisuras
    apenas un lento desahuciarse
    un caer repetido hacia tu sexo
    con la extraña rapidez que se arrojan ciertas aves al acantilado



Fotografía: AC / mvg
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