La Poesía como Destino: espacio personal de la escritora mexicana Marisol Vera Guerra

22.4.14

El amor no tiene especie

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas, jueves 24 de abril de 2014.

Amo a los gatos. Son independientes, amorosos, limpios, honestos y fieles. Sí, esta última cualidad se les ha atribuido casi exclusivamente a los perros, pero los gatos –quienes de veras los conocen, lo saben– son fieles a lo que aman: a su tejado tibio, a su rincón lleno de sol, a su frazada caliente, al regazo de su humano favorito. El día que dejan de sentirse amados, si encuentran una ventana más amplia o unos brazos más acogedores, o simplemente sienten el llamado de otros horizontes no dudarán en marcharse.

Esto ha dado en interpretarse como “egoísmo” de parte de los felinos. ¿No serán más egoístas esas personas que pretenden retenerlos con la justificación de “yo le he dado todo”? ¿Qué es “todo”?, ¿por qué asumimos que tenemos la medida exacta de lo que el otro necesita?, ¿no nos pasa esto también con nuestras parejas, amigos, hijos?

Desde mi niñez he encontrado en los gatos a los compañeros ideales. Silenciosos y dulces, han abrazado mis soledades. Recuerdo a Foris, negro y con un ruedo de pelambre blanco alrededor del cuello, a mis 12 años me hizo creer que era el mismo Plutón de aquel famoso cuento de Poe –especialmente cuando llegó a casa con un ojo menos–; también recuerdo a Felix, gordo, perezoso y peludo, eternamente echado sobre un sofá, ¡un encanto!

Nunca me he repuesto de las pérdidas, especialmente cuando han sido violentas. No sé por qué los gatos tienen, a menudo, muertes trágicas. Es que se la pasan caminando al filo del peligro, es que viven tan aceleradamente, es que son tan bellos que no pueden resistir demasiado tiempo en este mundo. Yo digo que quien, con saña e intención, le hace daño a un gato debería ser juzgado ante un tribunal.   

Han pasado más de veinticinco años desde aquella noche en que llevé a Lechitas a mi recámara, dentro de una caja, con la pata vendada –no supe qué le había pasado– y aún se me estruja el alma cuando me veo sacudiéndolo, con una taza de leche en una mano, y él no responde. Se dice que esas experiencias tempranas con los animales preparan a los niños para aceptar el duelo. Nadie le diría semejante cosa a quien ha perdido a un hermano: que es una preparación para las pérdidas adultas. Ante ese dolor uno se queda callado.


El amor, el amor auténtico, no tiene especie. Y quienes tenemos el privilegio de haber sido amados por un gato, lo entendemos.


Imagen: Arrullo, mvg

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