La Poesía como Destino: espacio personal de la escritora mexicana Marisol Vera Guerra

20.12.10

Laberintos y bibliotecas

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. 14 de diciembre de 2010.
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Hace meses, con ánimos de investigar sobre la huasteca queretana, fui a la biblioteca municipal de Jalpan. Se trata de un lugar pequeño, con poco espacio entre los estantes; los libros dejan ver sus lomos viejos y gastados -no falta un murmullo acogedor de tinta. Me encontraba hojeando un volumen de pastas gruesas cuando un par de niños de algo así como nueve años llegaron con expresión de asombro. “Es dónde te dije”, exclamó uno, mientras comenzaba a husmear. “¿Cómo se llama aquí?”, preguntó enseguida a una bibliotecaria de ojos adormilados. “Aquí se llama La Biblioteca”, respondió ella.

Los pequeños aprendices de lectores iban de un lado a otro abriendo páginas, como si estuvieran a punto de hallar algo extraordinario. No pude evitar traer a mi mente aquel cosmos laberíntico y libresco que describe Borges. Pensé, si “la biblioteca” es el universo, entonces ¿de dónde venían estos visitantes?

Siendo optimista, uno podría sentirse feliz de ver caras frescas desempolvando letras; por otro lado, uno se preguntaría por qué estos dos niños en edad escolar no parecían saber qué era una biblioteca.

¿Hasta qué punto es posible fomentar la lectura?

Dice García Márquez en una nota de prensa, palabras más o menos, que el hábito lector se “contagia”. ¿Cómo esperamos que los chiquillos se interesen por los libros si estos no forman parte de la vida cotidiana en su familia?

La mayoría de quienes disfrutamos el acto de leer, lo hacemos desde nuestra niñez o adolescencia y, de una u otra forma, crecimos cerca de los libros o nos relacionamos con alguien que leía por placer. Claro, hay quien adquiere este gusto como de la nada e incluso llega a forjar el arte de la escritura. Relata Truman Capote en su prefacio al volumen narrativo Música para camaleones: “Empecé a escribir cuando tenía ocho años: de improviso, sin inspirarme en ejemplo alguno. No conocía a nadie que escribiese y a poca gente que leyese”.

Ahora, con la proliferación de los medios electrónicos, la costumbre de tomar un libro se va haciendo cada vez más rara. ¿Es ésta una cuestión preocupante? Pensemos en las épocas antiguas, cuando lo único que había era la tradición oral. Las leyendas, cantos religiosos y consejos se transmitían sólo a través de la lengua viva. Al comenzar a trasladarse estos relatos a una superficie estática, sin duda, hubo temores, recelos y malos presagios: la experiencia sensorial y el sentido comunitario poco a poco darían paso a una lectura solitaria en la que, básicamente, el único sentido que interviene es la vista.

Con el tiempo, nos damos cuenta de que la tradición oral no se ha perdido, si bien se ha transformado, y que un lector sensible puede, verdaderamente, usar todos sus sentidos al asomarse dentro de un cuento, un poema o una novela.

Así, creo que los medios electrónicos pueden ser un excelente medio de divulgación de las obras y, a la vez, una ruta para expresarnos con libertad. ¿Qué tienen un doble filo? Por supuesto. Hay tanta basura en el ciberespacio que llenaríamos ciudades enteras si tales cosas se imprimieran en papel. Pero de nuevo entra en juego el contexto en que se desenvuelve el potencial lector.

En otro polo escritural de García Márquez, se encuentra, por completo subversivo, el chileno Roberto Bolaño –fallecido en 2003–, quien dice en su ensayo-ponencia “Los mitos de Cthulhu”, a propósito de un autor X, al que nunca había leído, pero conocía el nombre de una de sus obras: “Lo que importa es el título de su libro. De la misma manera que cuando nos referimos al Quijote lo que menos importa es el libro sino el título y unos cuantos molinos de viento […] (A esto se le llama concreción, imagen retenida y metabolizada por nuestro organismo, memoria histórica, solidificación del azar y del destino)”.

En realidad no espero que tú, a punto de dar vuelta a la página, el día de mañana te acuerdes de estas líneas, pero quizá –sólo quizá– algo, una palabra, una emoción, se quede por allí enlazada en tus células. Finalmente, tú, yo, todos somos la Biblioteca del mundo.
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