La Poesía como Destino: espacio personal de la escritora mexicana Marisol Vera Guerra

7.7.09

En la tortuga de piedra

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Domingo 5 de julio de 2009.

De pie, al centro de la plaza, rodeada por el bullicio de niños y pájaros, la Pirámide proyecta su serena sombra en el asfalto. Su gallardía nos invita a detenernos y a mirarla de frente. “El Castillo”, así es como le llama la gente de los alrededores.

El nombre del municipio veracruzano “Castillo de Teayo” proviene del vocablo huasteco Teayoc, que significa: “en la tortuga de piedra”. Encontrarás este hermoso poblado en la llanura costera del Golfo de México. Cerca del estado de Puebla. Colindando con Temapache y Tihuatlán.

La primera vez que estuve ahí, hace un par de años, no fue difícil imaginar los portentosos edificios que en otra época habrán mostrado su fachada a sacerdotes y guerreros. Las ruinas prehispánicas de Tzapotitlan sobre las que se asienta la población actual. Por el espacio de unas horas pude ir y venir entre el mundo místico y ritual de los antiguos pobladores del Huaxtecapan y el mundo tecnificado de nuestro siglo. Aceras pavimentadas. Animales de barro. Automóviles y bicicletas. Copas de árboles danzantes. Monolitos de roca arenisca.

Mientras el Sol inauguraba el día con su diadema de luces, subí por la amplia escalinata hasta el pequeño templo que corona el Castillo. Vi restos de pintura roja y negra. Un revestimiento de estuco. Un espacio donde, en medio del ajetreo cotidiano, se crea el silencio.

Se ha investigado ampliamente sobre las antiguas ocupaciones culturales de esta zona: olmeca-vixtoti, mayas, toltecas, huastecas y mexicas. De acuerdo con el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), corresponde, de manera muy clara a la cultura huasteca la fase temprana, siglos X y XII d.C., y la fase tardía a la cultura mexica.

La Pirámide es parte de la vida cotidiana. Las muchachas pasean con sus novios alrededor de ella. Las madres llevan a sus hijos a jugar en su cercanía. Vendedores y merolicos pasan pregonando en las calles aledañas.

En el museo de sitio encontré a la deidad del agua, Chalchihuitlique; la serpiente emplumada, Quetzalcóatl; algunos ídolos con esa bella capa de algodón bordado que hacen los huastecos, el “Quechquémetl”.

Recuerdo el rostro amable de los hombres y las mujeres, el lumínico lenguaje de sus ojos, una luz como de estrellas a punto de nacer.

¿No sería fascinante ir de nuevo, tú y yo, hasta ese tranquilo escenario?, ¿ver el manto rojizo del crepúsculo envolviendo el Castillo y, al amparo de su ancestral arquitectura, dialogar con los dioses de la Huasteca?

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