Literatura & Psicología

3.5.17

Espinas verticales [ELLA]

De lo ordinario, el amor y la memoria


Las sombras simétricas, agrupadas bajo el calor de marzo, construían un código visible desde la ventanilla del avión. Era la primera vez que me acercaba a la frontera entre México y Estados Unidos. El motivo, el encuentro de escritores "Literatura en el Bravo". Mis sentidos alertas esquivaban la distancia entre el pasillo de la aeronave y el pequeño ojo por donde el paisaje me saludaba. ¿Qué era lo que esas líneas, a manera de jeroglíficos, me intentaban decir?

Recordé la primera vez que escuché hablar sobre Ciudad Juárez, fue en los 90, en una obra de teatro donde salía una Muerte Catrina. Esa fue también la primera vez que oí la palabra Feminicidio. Yo era una muchachita sin demasiada noción del horror sembrado en mi país. Había crecido en Tantoyuca, un lugar (entonces) tranquilo, donde niños y jovencitos podíamos salir de casa a jugar o a caminar, y volver con el ocaso sin que nadie entrara en pánico.

Al paso de los años el nombre de Ciudad Juárez se fue poblando de imágenes escalofriantes y tomó, en mi mente una forma abstracta, fantasmal. Ya instalada en mi edad adulta conocí a algunos poetas juarenses y vi que ellos son gente buena, gente amable a la que una y otra ocasión, en distintos espacios, volvería a encontrar. También supe del asesinato de la poeta Susana Chávez.

Dudé en decirles a mis familiares a dónde iba porque no quería preocuparlos. Y en efecto, se preocuparon. Aunque, a estas alturas cualquier lugar del país parece un destino incierto. El norte de Veracruz, donde pasé mi infancia y adolescencia, al igual que el sur de Tamaulipas, donde nací y posteriormente hice mis estudios profesionales, son ahora blancos de carnicerías.

Lo que sentí al llegar a Juárez no fue miedo, sino un calor agradable (no me refiero al del sol que más tarde dibujaría rombos entre las cintas de mis sandalias, sino al de los seres humanos). Entre las cosas que llamaron mi atención durante mi estancia en esta zona fronteriza estuvieron la amplitud de las calles y la serenidad del desierto; finalmente la ciudad tomaba una forma definida frente a mis ojos y era bella. Nunca antes se me habría ocurrido pensar en ella con calidez. Me resultaba difícil imaginar en estos escenarios todas las atrocidades sobre las que había leído. Necesitamos ver, también, una cara bondadosa de las ciudades de las que nos llegan tantas malas noticias.

Pero al fondo del paisaje percibí un olor peculiar. Táchenme de absurda, yo sé que ese olor existe y que no viene de los cuerpos en descomposición sino de otro origen intangible, algo que parece emerger de las cloacas de la memoria: el olor a muerte. ¿Cómo lo explico?, no es la sensación física, no el hedor que despiden las bacterias sino el perfume puro que usa la Muerte cuando sale de su abismo a caminar entre nosotros. Yo he sentido ese olor en otras ciudades, flotando en la atmósfera, se mete entre los huesos y aunque reine la calma no lo deja a uno sosegarse. 

Ese aroma no opacó la sensación de bienestar cuando recibí una y otra muestra de cordialidad por parte de los anfitriones del evento, de mis compañeros escritores y del grupo de chicos y profesores de bachillerato donde hospedaron por un par de horas nuestras letras. Y en verdad vi que esas letras eran necesarias, más allá de su sentido estético, necesarias como agua, como un pan. Y descubrí al fondo de mí un sentimiento que me perturbó, algo como… ¿culpa?, ¿de qué? Acaso por estar viva, por sonreír, por tener la oportunidad de viajar, leer poesía, regresar a mi casa y abrazar a mis hijos mientras tanta gente no...

Es tan normal ver la cara de la violencia que reír y relajarse parece antinatural.
No hay permiso para sentir paz.

Lo cierto es que en este epicentro del caos me sentí humana, algo de mí se convulsionó, se dejó ir entre las sombras y retornó más luminoso.

Y escribí este poema para la poeta Claudia Luna Fuentes, ahora que lo pienso, creo que también lo escribí para la Ciudad y sus signos de tierra:

Ella
no me ve como a una mujer esqueleto
a la que hay que echar a la calle
o cortarle un mechón de pelo con las uñas
no me ve como un trozo de carne
al que hay que lavar con detergente
para desollarlo después
no me ve como a una niña
a la que debe arrebatarle las tijeras
para que no le ensucie el piso
no me ve como al animal desmayado
al que debe palmear el espinazo
para que respire y se vaya
y se lleve
su llanto
su alarido
sus espinas verticales
todo el veneno
extraído de tus ojos
porque es a ti a quien ve
a ti a quien la roca
a quien la urdimbre
a quien
Ella
solo ve: cervatillo asoleado en el barro


Imagen de la serie "Violencia de género en ilustraciones",mvg, 2017.

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