La Poesía como Destino: espacio personal de la escritora mexicana Marisol Vera Guerra

30.4.17

El costo de crear


"El conjuro (confesiones)" es un proyecto literario a través del cual narro experiencias personales en torno al amor, la maternidad y la cotidianidad.

Cuando nuestra obra artística realmente es sincera no dejará indiferente a los que se acerquen a ella, puede enamorar o asquear, pero rara vez pasará desapercibida. A eso aspiro, a una sinceridad absoluta en lo que dibujo y escribo. Pero el precio es alto, porque una obra literaria que mueve emociones también despierta tormentas, así como a unos los hace sentir que su propia alma habla por esos signos a otros les hace sentir vulnerables y expuestos. Hace que se disparen apegos, que se ventilen humores e incluso que otros se apropien de una parte de esta obra y la lleven por rumbos que uno ni siquiera imaginó. ¡Y el culpable es el artista!, porque él se atrevió a hacer visible la herida, porque él movió las aguas de la consciencia, endurecidas y frías, porque él expuso la cara del monstruo que duerme debajo de la cama. Así, algunos optan por circunscribir el arte entre las paredes de la racionalidad, por desnudarse a medias, por no escarbar demasiado para no herir ni ser heridos. 

Pero todo refugio del dolor, en este sentido, es mera ilusión.

El dolor está aquí, necesitamos verlo fluir y dejar que tome la forma de una mariposa.

De ahí que la soledad del espíritu creador, del ser humano que piensa con profundidad y habla sinceramente, no consiste en un espacio físico sino en un espacio interior donde cada vez está más cerca de sí mismo.

Nuestro camino a lo largo de los años se va estrechando como un embudo y muchas personas que creímos significativas en nuestra fugaz morada de tiempo se van porque no pueden con el peso de lo que somos; porque dejamos de coincidir con su ideal o con su versión [mutilada] de nuestra naturaleza; porque solo pueden acompañarnos hasta donde termina cierto estado de confort y nunca lucharán por nuestro amor, ni se detendrán a preguntarnos cómo se ve el cielo desde nuestra ventana. Porque es más fácil huir que confrontar; finalmente, cada uno de nosotros elige sus prioridades. 

En este momento de mi existencia me percato de cuánto valor, cuánta convicción hacen falta para seguir. Y cuán tentada se siente el alma a abandonar su propia senda solo para ser confortada por ese abrazo de la aceptación, solo para evitar el sufrimiento de las pérdidas. Pero entonces recuerdo que hay algo más grande que se pierde si renunciamos a ser nosotros mismos. Y quienes estamos impelidos por esta fuerza tal vez ni siquiera podemos. Si tratamos de callarnos, esa voz auténtica nos perseguirá en sueños, nos arrebatará de la vida cotidiana, nos obligará a volver a sus bosques, a correr entre la sombra de sus árboles. 

El arte (y las susceptibilidades que de este se desprenden) es como un imán, ha acercado a mí a mucha gente que, de otro modo, pertenecería a un mundo distinto, y la misma pulsión creativa ha alejado a muchas otras. 

Y es aquí donde me resulta difícil trazar una frontera entre mi obra y mi persona. Entre mi obra y el amor. Mas, ¿no decía Jung que el amor verdadero solo revela sus delicias a quienes conocen el sacrificio, quienes son capaces de los mayores esfuerzos, a quienes son auténticos?


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