Literatura & Psicología

18.2.17

Hoy mi psiquiatra me dijo que no dibujara

De lo ordinario, el amor y la memoria


Cuando comencé a ejercer la psicoterapia no me asumí como jungiana porque, aunque estaba enamorada de sus postulados, realmente no tenía conocimientos profundos de esta teoría. Todo lo que vi sobre Carl Gustav Jung en la universidad fue un miserable capítulo del libro Teorías de la personalidad de Dicaprio (no el actor de cine, por supuesto) que, sin embargo, fue suficiente para que me enamorara de él. Corrí con mis dieciocho o diecinueve años a las librerías de Tampico buscando sus libros, como era de esperarse no los encontré. Fue hasta algunos años después de graduada cuando por fin leí Lo inconsciente, en la vida psíquica normal y patológica, pero lo verdaderamente revelador fue cuando hallé su autobiografía Recuerdos, sueños, pensamientos: no exponía un método, sino la descripción minuciosa y detallada de las experiencias personales que le habían servido para construir su teoría.

Siempre había tenido una disposición peculiar para entrar al mundo de los sueños, así que comencé a usar mi propia mente como laboratorio. Ponerme intencionalmente en estados hipnagógicos (o sea, entre la vigilia y el sueño) me resultó bastante fácil. Jung no decía en su libro cómo hacerlo, simplemente describía sus propios sueños. Mas, como desde la infancia yo parecía tener esta “habilidad”, quise por primera vez en mi vida usarla voluntariamente.

La visión más extraña que tuve ocurrió una mañana en la que, tras haber iniciado este ejercicio en mi recámara, vi abrirse la puerta. Un hombre alto y pálido entró. Su cabello castaño oscuro caía hasta sus hombros, usaba una gabardina negra abotonada hasta el cuello; lentamente se aproximó a mi cama y me tendió una mano hacia el rosto. Tenía en la palma un polvo amarillento. “Bebe –me dijo–, es éter”. En ese momento la visión se evaporó y quedé de nuevo sola. La puerta, claro, tan quieta como un ataúd (y aquí verán ustedes la razón por la cual nunca me animé a probar ácidos, ni hongos, ni nada parecido). Durante años me he preguntado sobre el significado de ese evento psíquico, le he dado varias interpretaciones, pero no he quedado satisfecha. 

Los contenidos del inconsciente son demasiado complejos para poder confrontarse con palabras, solo se pueden resolver con imágenes, según Jung. Ni siquiera con las proyecciones mentales que era capaz de generar en esa época me detuve a reflexionar sobre esto. Lo hice hoy (¿cómo es que no lo vi antes?) al asociarlo con mi afición por el dibujo. 

Desde pequeña pasaba gran parte de mi tiempo dibujando. No lo hacía con la pretensión de ser artista, era una necesidad, una compulsión casi tan aguda como la de leer. Si no dibujaba no podía concentrarme en una clase (mis profesores darán fe de ello) ni podía planear nada. Continué haciéndolo hasta que en una consulta le mostré algunos dibujos a mi psiquiatra, este me dijo que “no eran más que caricaturas”. Él pensó, de hecho, que yo me drogaba por el tipo de imágenes que plasmaba. 

No sabía por entonces si continuar ejerciendo la psicoterapia o si era posible ver la literatura como un “trabajo”. Lo cierto es que, repentinamente, se me ocurrió la grandiosa idea de que invertir mi tiempo en dibujar me impediría desarrollar mi obra literaria. Rompí o eché a la basura mis cuadros y me convencí de que había sido mi decisión consciente y racional abandonar el dibujo “para siempre”. Unos 7 u 8 años después, cuando me embaracé de mi segunda hija, tuve (tan espontáneamente como la había abandonado) la necesidad de regresar a mi pluma y ya no pude volver a soltarla. 

Desde la semana pasada he estado trabajando con el carboncillo y de pronto sentí que necesitaba releer a Jung. A lo largo de los días fui recordando mis antiguos experimentos psíquicos, mis dibujos, mis pesadillas recurrentes, mi consulta con el psiquiatra… y, ¡ah!, me di cuenta de que ¡esos años en los que no dibujé mi psique se desestructuró en gran medida!, en esos años me relacioné con gente que me lastimó, me aficioné a la bebida, lesioné mi cuerpo, me volví incapaz de llevar mi existencia en casi todos sus aspectos. Hasta que decidí ser madre fui capaz de detener el tren autodestructivo y de comenzar a construir en la luz. Pero el daño estaba hecho. Una parte de mí se sentía deprimida y vulnerable a pesar de que mi hijo le había dado sentido a mi vida. Fue necesaria una experiencia aún más abrumadora que la que había pasado antes para que, durante mi segundo embarazo, fuera inevitable volver a dibujar.

Ahora veo que dejar el dibujo no fue nunca una decisión consciente, fue un abandono de mí misma ante aquel comentario que mi mente percibió como agresión. ¿Por qué? No creo que haya habido ninguna mala intención detrás de la frase, la atribuyo más al descuido, al impulso quizá. Quisiera hacer hincapié en que la comunicación es dinámica, no depende completamente del emisor (aunque en el contexto terapéutico sí recae sobre él un peso significativamente mayor), sino también del filtro con que lo recibe el otro. Esta era, más bien, una instigación para que me metiera a un taller de pintura o qué sé yo, sin embargo algo en sus palabras se tradujo en mi interior como un candado psíquico que no me permitió seguir dibujando. Algunas veces lo intenté sin mucho resultado. El pensamiento que me venía era que “nunca lo volvería a hacer”. 

¿Es que mi psiquiatra encarnó, sin querer, un arquetipo que me “robó” mi capacidad de expresarme con las manos y con los ojos?

Nunca, hasta esta noche, me había percatado de lo importante que ha sido para mi salud mental expresarme a través de la imagen. Si bien en la literatura he hecho una actividad profesional más constante, esa otra necesidad visual, sensible, es parte indispensable de mi análisis continuo. Y yo, sin autoanálisis, sin profundizar en mí misma diariamente, no puedo entender a los demás, no alcanzo a transmitir lo que necesito en lo que escribo y no puedo, por consecuencia, percibir a profundidad lo que leo. Lo que digo sobre mí conlleva también una visión del otro. Abandonar el dibujo me dejó desprovista de una herramienta de autoconocimiento y me atrevo a pensar que, incluso, mutiló en cierta medida mi capacidad de expresar el amor que sentía. 

Más allá de la técnica, a través del dibujo lo que he buscado es comprender mis heridas, sanar mi alma. Durante muchos años creí que había estudiado psicología “por error” (hace un mes supe que mi madre sigue pensando eso). Ahora veo que no. Que la psicoterapia es como la poesía, no se circunscribe a una hora de consulta con la puerta cerrada, sino que abarca la vida completa. Si uno es capaz de ejercerla con sensibilidad e inteligencia, se mantendrá en constante análisis y crecimiento interior; eso no nos librará de las heridas, sino que nos ayudará a escarbar nuestro lado más profundo. 

Siguiendo a Jung, solo el que ha sido herido puede sanar a otros.



Imagen: "mamá", por mi hija Morgana Constantino; pluma sobre hoja de cuaderno.

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