La Poesía como Destino: espacio personal de la escritora mexicana Marisol Vera Guerra

5.6.16

Laberintos y cementerios


"El conjuro (confesiones)" es un proyecto literario a través del cual narro experiencias personales en torno al amor, la maternidad y la cotidianidad.



Laberintos y cementerios, son dos de las cosas que más he soñado desde que era niña. Siempre he sabido que mis sueños son tan reales como mi mundo cotidiano. 

La noche antes de que mi madre me llamara para avisarme que mi abuela estaba grave y a punto de morir yo soñé su funeral. Al día siguiente la vi partir de este plano. 

Cuando estaba embarazada de Morgana soñé que tenía a una niña de pelo negro, muy parecida a mí. Pero mi hija nació castaña e idéntica a su padre, entonces tomé aquella visión como simple fantasía. Un año y siete meses después, el día de mi cumpleaños, parí a Latika y descubrí que ¡era ella a la que había visto en sueños durante mi embarazo anterior! 

Sé que los escépticos dirán que no es verdad, tal vez yo también lo negaría si no fuera a mí a quien le suceden estas cosas. Como no tengo religión no recurro a ningún santo ni numen para interpretarlas. En cambio pienso que son las manifestaciones de la poesía, a veces luminosas, a veces oscuras, a veces absurdas.

Y acaso en este último talante se instale otra experiencia que ahora relato:
Una noche de octubre de 2013, me desperté de un sueño por demás extraño, había soñado con una de las exnovias de mi esposo. En ese entonces estábamos separados, yo me había ido de la casa y pensaba que no volveríamos a estar juntos. En mi sueño ella me llamaba por teléfono y Antonio veía el número, me decía que no le contestara, “de seguro quiere acercarse a ti para fastidiar”, pero yo sí contestaba y la chica me decía que quería hacer un proyecto artístico conmigo. Antes de verla pasé por un cementerio donde alguien se robaba las cruces y las esculturas funerarias. Desperté en medio de la madrugada y vi que había dejado mi laptop encendida, cuando me acerqué para apagarla noté un mensaje nuevo en mi bandeja de entrada de FB. ¡Era la ex de Antonio con la que acababa de soñar! Qué cosa tan rara, pensé y leí el mensaje que, entre otras cosas, decía que cuando inicié mi historia con mi marido ella había sentido curiosidad por “saber quién había sido la valiente para ponerse en medio de ese carril al cual se dirigía el oxidado tren”. 

No mucho después Antonio volvió conmigo. Dadas las circunstancias que me habían orillado a irme de la casa, mis amigos y familiares se sorprendieron al vernos de nuevo juntos. 

“La gente no cambia” escribió por ahí, en otro momento, la protagonista de aquel sueño.

Más de dos años han pasado desde que decidimos estar juntos de nuevo, la lucha por reconstruirnos, como pareja y como personas, ha sido ardua. Y no sé si haya otra forma de construir una familia que no sea a través de un esfuerzo constante, matizado con momentos dolorosos, en los que uno confronta lo mejor y lo peor de sí mismo. 

¿Y qué clase de hombre podía elegir un espíritu como el mío? Definitivamente no uno como el que me habría escogido mi madre, algún tipo fatigado de la vida y de temperamento apacible. Mi espíritu eligió bien, porque estas eran las batallas que necesitaba. Si bien Poe me enseñó al final de mi niñez que hay belleza en lo grotesco y Kafka, al final de mi adolescencia, me dijo cómo transfigurar mis traumas en literatura, Antonio ha sido mi maestro para materializar los sueños; para mí eso es un esposo: un espejo que me desnuda. 

Y no es que “me guste el dolor” como sugirió alguna amiga, sino que creo que el amor sincero transmuta las vivencias. Tal como al parir a mis tres hijos sentí más dolor del que me hubiera atrevido a imaginar, así las cosas más grandes de mi vida las he construido después de un proceso doloroso, de un ejercicio de resistencia, de un viaje profundo al interior de mí. 

O, ¿creían acaso que para mi esposo ha sido fácil lidiar con mis fantasmas?, ¿creen acaso que solo yo he sido paciente y he perdonado?, no, no, yo también soy humana, yo también me he equivocado, yo también he hecho daño. Yo también necesito ser perdonada.

¡Vamos!, todos llevamos oscuridad en el alma y si nos tocan las fibras adecuadas, todos somos susceptibles de cavar abismos en los que se manifieste aquella bestia que, aunque nos aferremos a domesticar, duerme en nuestro bosque interior. 

Todos cargamos nuestro saquito de basura que, descuidadamente, de vez en cuando abrimos. No hay seres perfectos. O , como mi hijo de ocho años me dijo: “la perfección está hecha a la medida de las necesidades de cada persona”. Así, mi esposo ha sido perfecto para mí, como perfecta la experiencia de vivir a su lado. Y perfecto mi deseo de ser para él una mujer digna, porque él me lo inspira, porque nunca ha dejado de luchar por ser un hombre y no un mero ente biológico con cromosoma Y integrado; porque él se merece una mujer que lo dignifique y valore. Porque no espero que alguien “cambie” si no limpio antes mi basurero interno. Y esa labor de limpieza siempre está ligada a mis sueños. 

Hace poco más de un año mis sueños cedieron sus fronteras; los fantasmas y los monstruos oníricos se escaparon por aquellas puertas de marfil, de las que hablaban los antiguos, aparecían sobre mi cama, en el umbral de mi casa, en mi pared. 

Los escépticos de nuevo dirían que nada tenía que ver con mis estados mentales el moho negro que de pronto impregnó mi casa. Como ya dije, no tengo religión, así que no fui corriendo por un sacerdote para que hiciera un exorcismo, en cambio dibujé en la pared lo que yo pensé era un talismán protector, el mismo que borré el día que me mudé. Y de nuevo pensé que era la Poesía manifestándose en su vertiente oscura y que ese moho negro era la materialización de nuestra basura interior. 

Sé que estamos en una época donde todo tiene una explicación racional y donde todo, incluido el amor, es desechable. Donde perdonar se considera una debilidad y donde se espera que hacer una familia sea fácil. 

Es mejor no amar para no arriesgarse. Es mejor abandonar para no esforzarse. Es mejor justificar para no responsabilizarse de los propios actos. Acaso haya cosas imperdonables, yo creo que sí las hay, pero en una pareja que se precie de tener amor ese límite no será tan estrecho. Porque el amor cuesta. Porque sexo casual todo mundo puede tenerlo, lo sé porque en otras épocas tuve mucho sexo casual, también probé el “poliamor”, hasta que reconocí el valor del amor auténtico, el esforzado, el que se construye, el que no es desechable, el que va más allá de unas cogidas y pláticas pseudoexistenciales en las que las personas se sienten superiores al resto de la humanidad por no asumir compromisos y porque su “libertad” se traduce en la indiferencia hacia las emociones de los demás. 

No desapruebo el sexo casual, por supuesto, ni los tríos ni las relaciones de ningún tipo, siempre y cuando no hagamos daño a nadie con nuestras calenturas. Y si ya no lo tengo es simplemente porque después de estar con el amor de mi vida nadie más me atrae. 
Ahora, a dos años y medio de aquel sueño que relaté arriba, le doy la razón a mi visitante nocturna: sí fui valiente al ponerme en medio de ese carril, porque para amar verdaderamente se necesita valentía y en este siglo lo que está oxidada es la capacidad de amar. 

La gente sí cambia, de hecho el cambio no solo es posible sino inevitable. El problema estriba en que a veces esperamos que este sea gratuito. 

He escrito esto como un ejercicio de sanación y si lo expongo es porque mi escritura es pública, así lo he decidido, así es como me construyo y si tú, lector amable, has querido seguirme, por afecto a mis letras o incluso por morbo, lo celebro, siempre es bienvenido el lector curioso; en toda literatura hay siempre una dosis de voyeurismo.

Unos meses antes de morir mi amada abuela me contó, al teléfono, su sueño: estaba junto a una poza llena de agua revuelta con sangre, donde nadaban mucho peces y pequeños animalitos; unos hombres llegaron a la orilla de esa abertura en la tierra y dijeron: “aquí vamos a parar la casa de Marisol”. 

Ese era el vientre abierto de la madre Tierra, donde ahora reposa el cuerpo de mi abuela y en el que estoy reconstruyendo, finalmente, mi casa, la casa de mi alma. La casa de mi hombre y de mis hijos.


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