La Poesía como Destino: espacio personal de la escritora mexicana Marisol Vera Guerra

21.1.16

¿Soy feminista?

 Reflexiones en torno a la feminidad, el amor y la maternidad

Mientras me encontraba preparando, hace más de un año, un círculo de lectura sobre poesía femenina contemporánea, la poeta Celeste Alba Iris me preguntó si me consideraba feminista. La verdad, no estaba muy segura de querer etiquetarme así, pero mi querida amiga me hizo notar que desde el momento en que asumimos que las mujeres tenemos algo qué decir desde nuestro género, estamos en una postura feminista.

Sucede que yo, como muchas otras personas, padecía una tremenda confusión en tanto a lo que el feminismo contemporáneo podía representar. Siempre he escrito desde mi sensibilidad más profunda sin cuestionarme si tal o cual cosa es demasiado “masculina” o si se sale del canon femenino (o, válgame, como escritora hasta pocos años antes de ese momento, ni siquiera me preguntaba si había un canon de cualquier tipo). Creía (y lo sigo creyendo) que ninguna otra cosa en el mundo me da más libertad interior que la poesía.

Lo que me hacía dudar de colgarme esta etiqueta era haber visto feministas que, más que defender los derechos de las mujeres, parecen querer orillarnos a todas a masculinizarnos y han terminado adquiriendo los peores vicios del patriarcado. Pronto me encontré que algunas disputas en la actualidad no son privativas de hombres machistas contra mujeres en busca de emancipación, sino ¡entre feministas! Incluso, entre mujeres que ni feministas se consideran pero que abiertamente menosprecian las labores típicamente “femeninas”.
Me centraré en una de las características de ese tipo de feminismo con el que no me identifico:

Recelo o franco rechazo hacia la maternidad y las tareas que esto conlleva. No me refiero a las personas que sencillamente ejercen su derecho a no tener hijos sino a aquellas, radicales, que satanizan el embarazo y la crianza como si no fuera válido elegir estas opciones, o en el mejor de los casos, como si fuera algo que debe mantenerse “oculto”, cayendo así en la misma trampa que el patriarcado nos tendió hace miles de años: asumir que nuestro sexo es inferior y por lo tanto parir, amamantar o cuidar bebés son tareas “menores”.  

Una diputada que amamanta a su bebé en pleno hemiciclo o una editora que hace lo propio en un recinto cultural, son ejemplos de mujeres que visibilizan una situación muy humana: la de los cuidados. Al margen de preguntarse si ellas (una en España y otra en México) tenían la posibilidad de dejar al niño en una guardería o con su papá, el sector de féminas que desaprueba este tipo de actos porque “le restan seriedad” a la actividad profesional “en contra de su propio género”, ha olvidado preguntarse por la vida misma, ¿hasta qué punto nuestras instituciones sociales y laborales integran la vida a su plan de acción? ¿Qué tanto, como sociedad, alentamos la tolerancia, el respeto y la equidad? El acto de amamantar, por ejemplo, no es una cuestión meramente alimentaria, es un factor que incide directamente en el desarrollo de la personalidad del niño.

Lo más fácil es decir que las mujeres con hijos pequeños nos quedemos en casa, sin participar de la vida política y social o sin ejercer una profesión, con lo cual volvemos al punto de partida del que hemos estado tratando de salir desde hace siglos. Aquí es cuando saltan esos sectores del feminismo con los que no me identifico, que se muestran intolerantes y agresivos cuando se visibilizan los cuidados maternos en escenarios que deben mantenerse pulcros, inalterables, herméticos, para que las mujeres no parezcamos “débiles” o “poco serias”.  

Dice la poeta gallega María Besteiros: “Si nosotras mismas asumimos que nuestra fisiología es ´inferior´, le estamos haciendo el juego al patriarcado. No es parir ni menstruar ni amamantar lo que nos ha discriminado a lo largo de la historia, sino la desvalorización que de esos hechos se ha difundido desde el poder. No es nuestro cuerpo, es el sistema. ¡Si los hombres menstruasen sería un acto heroico!”

Opino que la crianza no es una situación meramente personal sino comunitaria. Y mientras no lo veamos así, nuestra sociedad continuará siendo deshumanizada en muchos aspectos. ¿Cómo queremos disminuir la delincuencia, el crimen organizado, los suicidios, el terrorismo, etcétera, si les negamos a los seres humanos, en sus primera etapas, la savia vital para su desarrollo emocional?

No se me malentienda, no quiero pedir que no haya límites ni reglas en empresas, instituciones culturales y eventos en general, sino que estos límites y reglas no soslayen los aspectos primordiales de nuestra naturaleza, pues, ¿qué es la civilización si se desprecia su núcleo, la familia? No me meteré aquí a explorar las tipologías familiares, yo acepto sin problema que una mujer con cinco gatos o dos chicos enamorados constituyen también familias dignas de consideración.

Quizá las mujeres que cité como ejemplo tuvieron opciones, pero ¿cuántas no las tienen?, ¿qué porcentaje de mujeres ha tenido que renunciar a un trabajo, a un proyecto creativo o incluso a sus sueños y a su vocación porque no encuentra un apoyo tangible en el sistema para combinar la crianza con su progreso personal, o hasta con su manutención más básica? Y en el caso de que haya opciones, ¿y si la mujer elige en ciertos momentos estar con su bebé y al mismo tiempo desempeñar una tarea intelectual?, ¿en base a qué deben fijarse los límites para hacer esta combinación vida-trabajo, a las apariencias o a los resultados objetivos?

Cuando digo que es una situación comunitaria no significa que los que decidieron no tener hijos deban hacerse cargo de los que sí los tenemos, sino que tanto ellos como nosotros seamos conscientes de que cuando se integra la vida al trabajo y el trabajo a la vida logramos una sociedad más equilibrada, que nos beneficia a todos.

Leamos un poquito a Erik Erikson, la forma en que la confianza en sí mismo y en el mundo se finca en la primera etapa de desarrollo del infante, ¿en qué creen?, pues en la relación amorosa del bebé con la madre. ¿No les convence la teoría psicosocial? Pues vámonos a la biología, los biólogos contemporáneos han dicho que la vida intrauterina y las experiencias tempranas definen en gran medida el desarrollo neuronal, o sea, el potencial para activar la inteligencia. ¿Con qué tipo de seres humanos queremos habitar el mundo? ¿No es más alto el costo social, a mediano plazo, por no atender la vida en sus inicios?

Ahora que lo pienso, ni falta hace intelectualizarse tanto; nuestras abuelas lo sabían: antes que nada un bebé necesita el calor de su madre. Al menos, así lo hacía mi abuela que no tuvo otra escuela que la de la experiencia, traer al hijo pegado al cuerpo mientras caminaba, mientras dormía, mientras hacía la comida, mientras acarreaba agua. Y así he visto a muchas mujeres en las comunidades hacer su faena diaria. Pareciera que entre más civilizada es una urbe más se escandalizan sus habitantes ante la naturalidad de la vida (pareciera, digo). Espero tampoco se malentienda este comentario, no digo que debamos ser zarigüeyas o canguros; cada una sabe la medida de lo que sus hijos necesitan, y cada una decide cómo darse a ellos. También estoy consciente de que guisar y dar una ponencia son actividades distintas, pero esta es precisamente la sal de mi artículo: ¿cómo logramos conciliar ambos mundos?

El feminismo con el que sí me identifico (ahora) es con el de aquellas mujeres que no buscan excluir el discurso masculino ni tampoco apropiarse de él; estoy entre quienes queremos igualdad desde la feminidad, reconociendo nuestro cuerpo, desde su raíz biológica y psíquica, distinta a la masculina, pero con el mismo valor social.

Me encuentro entre quienes reivindicamos nuestro papel como cuidadoras sin que esto nos prive de la oportunidad de ejercer un oficio o profesión ni de participar activamente dentro de la sociedad.

Estoy del lado de quienes se niegan a preservar viejos esquemas en los que se invisibiliza el papel de la madre o se le confina fuera de las tareas intelectuales, culturales, políticas y artísticas “serias”. Así mismo, respeto a las mujeres que eligen no tener hijos, porque se trata de su cuerpo y de su vida –la elección es personal.

No creo que para ser feminista tenga una que ir ondeando una bandera, y si una es escritora, no necesariamente debe escribir sobre “temas propios de la mujer”. Escribir la palabra útero en un poema no nos vuelve feministas, es más una cuestión de ejercer la libertad y la decisión del ser. Si, como escritoras, somos sinceras con nosotras mismas será inevitable que ese campo semántico propio –ahora estoy convencida de que sí lo hay– eclosione y no estaremos expresando, ya, únicamente nuestra feminidad sino ese ánimus –lo eterno masculino– del que hablaba Jung.

Me interesa el feminismo que ensalza el amor, los vínculos y los instintos, que ha dejado de sujetarse por las trampas del racionalismo, que no se vuelve otra máscara del patriarcado, sino que busca equilibrio, armonía y conciliación.


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