La Poesía como Destino: espacio personal de la escritora mexicana Marisol Vera Guerra

24.9.15

Primera epístola [para Latika Marisol]

"El conjuro (confesiones)" es un proyecto literario a través del cual narro experiencias personales en torno al amor, la maternidad y la cotidianidad.

Sentí los primeros espasmos el jueves, el día del suicidio de Pizarnik. Usó seconal para morir. ¡Qué cosa!, ¿verdad?, no hacía mucho Silvia había traducido mi poema. ¿Te acuerdas?, el poema que le dediqué a Alejandra. Bueno, aún faltaban tres o cuatro años para que nacieras cuando lo escribí, pero el caso es que Silvia lo tradujo en esos días, en Venecia, y (sin saberlo) me había mandado sus diálogos con ella.
Alejandra fue tu madrina, así lo elegiste al comenzar a nacer esa mañana, mientras yo recordaba su poema y Silvia nos invocaba a las dos. Pensé en el trino del diablo, meramente por poseer algo de Italia. ¿Sabes que tu padre es italiano? No, en realidad es del desierto, ese desierto que él tanto ama y que yo tanto aborrezco. Pero ahí su raíz.
Cómo iba yo a saber. Libre evolución dijeron. Caminar no le servirá de nada. Estamos saturados. Vuelva cuando ya no pueda más. Hay muchas antes que usted. ¿En qué parte del mundo caben tantos bebés?
Fui la última embarazada que se admitió esa noche; debías esperar turno para nacer mientras yo me aferraba a la silla sola, entre otras mujeres igual de solas intentando cobijarnos en el dolor de las que esperaban junto a nosotras, en esa especie de carrusel quirúrgico donde no entra el esposo a darte la mano, ni puede una tomarse selfies a media contracción, ni se admiten papel y tinta para aquel poema que da vueltas vueltas vueltas en tu frente; donde todas, uniformadas con batas que bordean el cuerpo, somos igual de humanas, igual de no humanas, igual de anónimas, de anodinas.
Sentí pena por las tres o cuatro chicas que repartieron en otros hospitales, y por las que siguieron llegando y recibían la respuesta invariable no podemos admitir a nadie más. Pensaba entonces que eras varón (te diré en secreto que siempre quise que fueras niña).
Esta vez no hubo sábanas manchadas de viscosidades, ningún expulsivo y nadie me echó en cara mis tatuajes. Mi cuerpo ameba sin voluntad se aferraba a la imagen de tu rostro, un rostro que aún no conocía, tan parecido al mío, tan parecido a la quietud de la noche, a la Luna, algo.
La madrugada del sábado 27 acabaste de nacer. Es mi cumpleaños le dije a la enfermera de ojos cansados que acomodaba el catéter en mi vena. La última contracción duró media hora, lo juro; no me importa si viene aquí el galeno más erudito del planeta a decirme que eso no es posible, yo le diría como la poeta venezolana usted nunca ha parido. Qué sabe pues qué sabe de estar secuestrada en el propio cuerpo. El reloj con sus números rojos, simétricos, exactos, parpadeaba, y sí, treinta minutos, enteros, alongados, elásticos, crecientes sin descanso. 
Entendí por qué había olvidado el dolor del parto de tu hermana. Mi mente ahora limpia, afilada y blanca, no pedía otra cosa más que alivio, que todo acabe como sea (¿cómo sea?). Una pierde el raciocinio. Una es apenas telaraña de tendones. Pero una está dando vida   vida   vida.
No quisiera decírtelo porque eres dulce. No quisiera decírtelo. Así brutal, paradójico es el mundo al que te traje. Mientras yo te paría cuarenta y tres jóvenes estaban siendo secuestrados en Guerrero. Les arrancaron el nombre, les arrancaron el rostro, les arrancaron todas las cartas que ellos les escribirían a sus hijas. No puedo evitarlo, en dos días más cumplirás un año fuera de mi útero y ellos, acaso, en la honda entraña del polvo.  
Qué es la vida, pues, me preguntarás.
Nacer / irse / resistir.
No tengo más respuestas. No sé.
Mi niña, me duele no poder contarte solo fábulas rosas. No poder decirte que nunca lloré mientras te gestaba, que no me derrumbé ni tuve miedo. Porque lo tuve. Porque tener una hija da miedo. Porque no me imagino, ya, un solo día sobre la Tierra sin el celaje de tus pupilas.
Pero, mi pequeña, los girasoles crecen con el beso del Sol. En la selva más negra danzan las estrellas. ¡Mira!, tus hermanos y tu padre te besan como a la flor más preciosa.
¿Por qué te hablo del dolor y no sólo de esas alegrías inmensas que me obsequias cada vez que amanece? Te lo diré, mi niña, mi botoncito de rosa. Porque has nacido mujer, como yo, como tu hermana Morgana. Y muchas veces el mundo te dirá que te abandones, que te niegues, que ocultes tus cicatrices. Como si la felicidad consistiera en la ignorancia. No te fíes de esos filósofos que sin haber parido creen saber lo que es la maternidad y sin haber dialogado con los pájaros creen que pueden definir la risa. Yo visibilizo mi sombra porque la oscuridad no será más tu enemiga sino el suelo fértil donde broten constelaciones. Mi cuerpo es el lugar de las revelaciones, es tu alimento, tu casa.
Ven, entra de nuevo en tu casa, hija; usa mi vestido, el vestido que la abuela Eusebia guardó para ti desde que yo dormía en su seno. Porque ella me soñó llevándote en brazos, bajo la lluvia. Y tú eres, para mí, la esperanza de que todas las madres del mundo pueden volver a ver a sus hijos, vivos, eternos, otra vez en su vientre recién nacidos.



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