La Poesía como Destino: espacio personal de la escritora mexicana Marisol Vera Guerra

1.2.15

Onironauta

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas, virnes 30 de enero de 2014.

Desde muy pequeña descubrí  que tengo talento para soñar. Suena raro, lo sé, pues nadie pensaría que se necesite una habilidad especial para este trivial evento. Yo, tú, el vecino, todos soñamos, pero quizá pocos tenemos una existencia intrincada en los sueños.

Ciertas noches he soñado historias tan detalladas que bien podrían hacer un cuento o una novela breve, pero escribo poca narrativa, en cambio tengo poemas y más poemas invadidos por imágenes vistas en esa “segunda vida”, como diría Nerval. Incluso, he publicado algunos de mis sueños en mi blog personal bajo la etiqueta de “onironauta”.

Desde los antiguos chamanes y las pitonisas hasta los psicoanalistas, gestaltistas y demás interpretadores de sueños, muchos nos hemos empeñado en ver en estos algo más que simples procesos fisiológicos. Jung les atribuía una cualidad compensadora. Por ejemplo, hacía referencia a que en plena guerra era común que los soldados soñaran con su hogar y con sus seres queridos; cuando comenzaban a soñar escenas de batalla era hora de mandarlos a casa: significaba que la psique ya no lograba contrarrestar los horrores de la realidad y se corría el riesgo de una psicosis.

Más de lo que nos gusta aceptar desde nuestro pedestal de seres racionales, el acto de soñar continúa siendo una fuente de símbolos, códigos, puertas para entrar a esa región de lo misterioso, lo mágico, lo otro, lo que no sabemos nombrar.

“Es cierto –dice la filósofa española María Zambrano– que en la civilización moderna, posracionalista, la conciencia del hombre ´normal´ ha perdido contacto con el resto de su ser. Su alma y su cuerpo se le presentan extraños como fenómenos”.  Y acaso, los sueños son, como ella misma apunta, “el alba de la conciencia”.

Y si, finalmente, lo que constituye eso que llamamos alma es nuestra vida mental, ¿por qué consideramos menos reales los eventos soñados que los del despertar?, ¿o, por qué ha de ser menos ficticio el mundo que llamamos realidad que ese otro en el cual el tiempo deja de ir hacia adelante y da saltos por todos lados?  Recordemos aquellos clásicos versos de Calderón de la Barca: “¿Qué es la vida? Un frenesí. / ¿Qué es la vida? Una ilusión, / una sombra, una ficción, / y el mayor bien es pequeño: / que toda la vida es sueño, / y los sueños, sueños son”.

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