La Poesía como Destino: espacio personal de la escritora mexicana Marisol Vera Guerra

27.7.14

Esto no es una linterna

Texto leído durante la presentación de la revista independiente de arte y cultura La linterna mágica. Monterrey, N.L., 25 de julio de 2014.

“En México todas las ciudades tienen trenes” dice Xóchitl Campos, con aire nostálgico, al recordar las palabras de su padre en un tiempo que ahora parece perderse entre matorrales y piedrecillas desperdigadas. “No podía ser de otra manera”.

Pero fue.

La maquinaria, cada vez más desgastada de un país conducido por oportunistas, se detuvo de repente sobre las rieles del futuro, y tomó un rumbo inimaginable para los hombres y mujeres que otrora soñaban el progreso.

Pienso en los mexicanos nacidos a mediados de los noventa, en los nacidos después del dos mil, para los que sólo existen trenes de carga y vías oxidadas, que el único vagón que acaso abordarán será el de un tren suburbano. ¿Cuál es, cuál será su imagen de México? ¿De qué manera se altera la psicología de una nación cuando le arrancan de tajo una forma de dialogar con el paisaje y con el tiempo?

Pienso en mí misma, que crecí en un pueblo en el que las estaciones ferrocarrileras, la modernidad y sus asuntos, quedaban lejos, y cuando por fin regresé al lugar de mi nacimiento, Ciudad Madero, ya se había iniciado el ferrocidio (esto fue, la masacre de trenes).     

Viví muchos años cerca de las vías, en Madero y en Altamira. La efigie fantasmal de aquellas maquinarias muertas, sus rugidos apagados, las sombras de sus pasajeros imposibles, todo eso se volvió parte de mi imaginario, atmósfera de ciertos poemas. No puedo contar historias como la que Arminé Arjona nos regala en estas páginas, el texto más cargado de inocencia que le he leído a la escritora chihuahuense:

Viajábamos en pullman. Las mamás tenían su cabina y nosotras (mi hermana y yo) peleábamos para ver quien se quedaba con la litera de arriba. Las cortinas eran gruesas y rojas. El tren tenía un olor indescifrable y único.  


Los privilegiados, los que estuvieron allí, dentro de esas cajas mágicas, como Ana García Vergua, afirman:

Se perdió un medio de transporte que no sólo es agradable, ecológico y romántico, sino que además permite caminar, recorrerlo, leer a gusto o dormir, convivir con otros pasajeros. El tren posee una belleza muy particular.

Ahora sólo los vemos pasar cargados con mercancías y materias primas, ya no con almas y corazones. Ahora sólo somos testigos del silencio que han dejado por herencia las algarabías pasadas. Ahora sólo nos queda decir, como Cynthia Rodríguez Leija:
  
La Bestia se aproxima con los hijos del sur que adormecidos lanzan una piedra milenaria en el desértico abrigo de la mañana.

¿Será posible que de los escombros renazca la esperanza?

Ésta, me parece, es precisamente el combustible de las letras aquí enlazadas. Y no puede haber auténtica esperanza sin una mirada crítica, un ojo agudo que desteja las memorias, que señale a los que nos han hecho promesas tendidas en el vacío y que inaugure nuevos caminos.

En esta época de complacencias, en que la sociedad confunde la felicidad con el confort, en que las redes sociales han fomentado el yo, yo, yo, y nuestro presidente juega a ser su alteza serenísima mientras subasta el país, La linterna mágica nos devuelve al círculo de la crítica política y cultural, tan necesario y por desgracia dejado al margen dentro de la literatura contemporánea. Ante el terrorismo virtual que asalta nuestro mundo cibernético, hacemos un retorno a lo esencial: el papel, la tinta, la voz cruda. Nada como ser independiente. Me apropio las palabras del periodista Jon Sistiaga, que se montó a la bestia: “los medios nacionales prefieren los reportes de boutique, a los reportajes de fondo”.

Cuando leo los diversos textos que proyecta la Linterna me percato de que todos los autores, sin excepción, se refieren a los trenes, no como simples medios de transporte, no como objetos que obedecen leyes físicas, sino como organismos vivos, criaturas que rugen, que devoran hombres, que escupen vapor, que sueñan en las praderas.

“¿Cómo dibujar el alma del tren?” pregunta Yaneth Sotelo. Tal vez en eso pensaba Liz Durand al relatarnos: “Me dispongo a cazar las curvas que me permitan ver el cuerpo del animal, ubicar su cabeza y sentirme ufana de ir sentada en su panza”.

¿Qué se perdió? La interrogante vuelve a surcar nuestros oídos. Mónica Lavín y Benito Taibo coinciden en que el paisaje se ve de otra manera. “Una oportunidad de oro”, apunta Alejandro Rosas.  

¿Qué otras oportunidades hemos perdido en la vorágine de los años? Marcos Rodríguez Leija, a propósito del paso de Gabriel García Márquez a principios de los sesenta, dice:

Hoy, la vieja estación de ferrocarriles que recibiera al escritor colombiano en Nuevo Laredo, emerge como un animal prehistórico, un tren con nombre y sin destino, un tren que se nos va: la cultura.

Plumas de gran envergadura cruzan el cielo. No han sido escasos el compromiso y el esfuerzo de los editores para consolidar este número, donde también fluye igual que un manantial la poesía, nos lo demuestra Carlos Acosta sobre la flor gigante de la locomotora. Además del contenido literario se afianzan a las páginas ilustraciones y fotografías de gran belleza.  

Ante tal despliegue de luz, sólo puedo decir no, esto no es una linterna, es un sol lleno de combustible para arder por horas y días infinitos. Larga vida a sus letras.
  



Fotografías: Nora Lizeth Castillo Aguirre.

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