La Poesía como Destino: espacio personal de la escritora mexicana Marisol Vera Guerra

28.6.14

Sueños de cigoto


Vida, conciencia, elección y misoginia 
en torno a la penalización del aborto



—¿Cuántas veces has soñado,      
Elvex? –preguntó Calvin.   
—Todas las noches, doctora Calvin,
desde que me di cuenta de mi existencia.

Isaac Asimov, “Sueños de robot”


Es probable que el cromosoma Y de los mamíferos esté
así comprometido en una batalla en la que su adversario
resulta vencedor. Una consecuencia lógica es que el Y 
debe huir y esconderse, desprendiéndose de toda
secuencia transcrita que no sea esencial para su contenido.

Artículo publicado en la
Philosophical Transactions of the Royal Society



En su cuento “sueños de robot”, Isaac Asimov plantea la inquietante posibilidad de que un robot pueda soñar al igual que lo hace una persona, y no sólo eso, sino que en lo profundo de su cerebro positrónico subyazca la conciencia de un Yo, desafiando las leyes de la robótica (que funcionan como un “candado” dentro de la Inteligencia Artificial para evitar que un buen día las máquinas enloquezcan y dominen el mundo).

Más allá de ser ésta una simple curiosidad de la ciencia ficción, si ocurriera realmente representaría un fuerte impacto sobre nuestros conceptos de vida y conciencia.

A ti y a mí nos dijeron en la primaria que sólo está “vivo” aquello que tiene una base de carbono, así nos hicieron memorizar los tres reinos de la naturaleza: animal, vegetal y mineral. También nos dijeron que las plantas no cuentan con un sistema nervioso y por lo tanto no “sienten”. Que sólo los animales superiores pueden realizar abstracciones y, bueno, una serie de cosas que aceptamos como realidad y que las más de las veces van encaminadas a decirnos lo grandioso que es el ser humano y lo inferiores que son todos los demás seres del universo. Esto sin tomar en cuenta que durante milenios la hembra de nuestra propia especie no era considerada “inteligente” por los machos –y en muchos sectores del mundo, lamentablemente, continúa siendo así.

Pienso que en los dos millones y medio de años que lleva existiendo sobre la Tierra el género homo, los modelos de la realidad aceptados por las masas han sido bastante limitados. La mente tiende a aceptar lo que ve; sólo un puñado de hombres y mujeres, capaces de ver más, han dado los grandes brincos en el desarrollo del conocimiento.

En la antigüedad el grueso de la gente nacía, crecía y moría en la misma comarca y el acervo científico era sólo para iniciados. Agreguemos los siglos y siglos de estancamiento intelectual causados por el catolicismo en Europa y la destrucción de las culturas originarias de América con la censura de su respectiva filosofía y de sus libros.  

La divulgación masiva de las ciencias comenzó apenas durante las últimas décadas del siglo pasado.

La cantidad de información que circula actualmente por el orbe no tiene precedentes: por primera vez podemos abarcar numerosos ángulos para apreciar cada situación. Pero como sociedad (en especial en países como México donde la educación es precaria) solemos actuar desde un único y parcial punto de vista, con un enfoque maniqueo.

Información no es igual a conocimiento, y, conocimiento no es igual a sabiduría.

Yo creo en la ciencia. Y la ciencia esencialmente me parece un juego, una forma de aventurar probabilidades. Creo en la ciencia que va más allá de lo evidente, de lo que parece lógico, de lo que percibimos de primera mano; la ciencia que no nos enseñan en la escuela como un formulario, sino la que de veras nos hace pensar.  


*    *


Quiero abordar un caso concreto: la penalización del aborto. Vemos por un lado, a un grupo de religiosos y políticos misóginos que pretenden tener control sobre las garantías individuales y, por el otro lado, a las mujeres centradas en el derecho a decidir lo que sucede dentro de su matriz pero a menudo pasan por alto la definición y el análisis mismo de la vida.

Voy a prevenir un malentendido. 

Este artículo no defiende ni censura el aborto, más bien reivindica la necesidad de pensamiento crítico.

Este artículo va dirigido a proclamar la libertad y la decisión como ejes esenciales y necesarios en la conducta humana. 

Me interesa promover una sociedad en la cual el derecho de las mujeres a decidir sobre la permanencia o la interrupción de su embarazo, además de ser una medida para proteger la propia integridad, se ejerza a través de un conocimiento más profundo, del que ahora hemos alcanzado, acerca de la vida y la conciencia –utilizo el término “consciente” en su acepción de capacidad para percibir la propia existencia, no el juicio moral de los actos–, tópicos que muchos dan por conocidos tanto como hace siglos se dio por sentado que la Tierra era el confín del universo.


*    *


De Darwin a Freud cualquier análisis de la naturaleza concluirá que el objetivo primordial de todo ser vivo es la supervivencia y, en segundo término, la evitación del dolor. Tomar la decisión de extirparnos un cigoto, un embrión o un feto tiene como fundamento proteger nuestra integridad (salud, planes de vida, equilibrio emocional), porque hay una circunstancia que nos está agrediendo.

Para hacerlo factible asumimos que el término legal para eliminar el producto debe ocurrir cuando éste aún no posee conciencia: el rasgo que define nuestra humanidad. Por lo tanto, dirán muchos, no hablamos de un ser humano, sino de un conglomerado de células que responde en base a automatismos. Esto apunta la neurología.

¿Sería válido erradicar al producto, en su estado cigótico o embrionario, si lo tomáramos, ya, como un ser humano o como una protoconciencia?

¿Delimitaríamos de otra manera nuestro derecho a decidir sobre este evento que ocurre dentro de nuestro propio organismo? 

Finalmente, dicho producto estará parasitando nuestro cuerpo… y rol social, profesión, ritmo de vida, a menos que nos decantemos por la adopción, lo cual lleva implícita otra problemática; estudios estadísticos y genéticos sugieren que la influencia de la herencia biológica será, por mucho, superior a la influencia de la educación dada por los padres adoptivos. Además, las bases de la personalidad se forjan, según los psicoanalistas, durante la primera infancia, y según algunos biólogos modernos, desde el ámbito prenatal, ya que las condiciones del útero definen factores como el potencial de inteligencia y la capacidad de adaptación del nuevo individuo.   

Fuera de los clichés color de rosa que la sociedad nos vende, un embrión parasita el cuerpo de la madre y, al igual que el organismo de ella, desde la fecundación luchará por su propia supervivencia.

¿Luchará? Si atendemos a teorías recientes sobre biología y genética observaremos que esta “lucha” por la supervivencia no se circunscribe a los organismos superiores, sino que existe a nivel celular; incluso, a nivel cromosómico. Los biólogos más radicales se han aventurado a decir que nuestro amado organismo humano, con códigos morales y derechos jurídicos, ha evolucionado con el único propósito de ser el campo de batalla donde los cromosomas, los verdaderos protagonistas, miden fuerzas.

Daré un ejemplo de los antagonismos que se dan desde el proceso de gestación. En base a estudios realizados con los protonúcleos de óvulo y esperma (los núcleos de ambas células cuando ya ha ocurrido la fecundación pero aún no se fusionan en un solo núcleo), se ha comprobado que los genes paternos, heredados del padre, son los responsables de fabricar la placenta y los genes maternos, heredados de la madre, son los encargados de elaborar la mayor parte del embrión, incluidos cabeza y cerebro. 

David Haig apuntó la hipótesis de que la placenta no es un órgano materno diseñado para sustentar al feto, sino más bien un órgano fetal diseñado para parasitar el suministro de sangre materna e impedir que cualquier cosa se interponga en tal efecto. La placenta obliga a los vasos de la madre a dilatarse y produce hormonas que elevan la presión sanguínea y la glucosa maternas. La madre aumenta sus niveles de insulina para combatir esa invasión. Es decir, el cuerpo de la madre y el feto pelean por los suministros.    

Si de pronto la ciencia (de la cual la religión se divorció hace mucho) estableciera de manera más amplia los alcances de la conciencia, ¿cómo afectaría a las decisiones tomadas por las mujeres en torno al embarazo?

Definitivamente cambiaría el enfoque, serían otras las interrogantes, otra la manera de plantear el problema.

Intentaré hacer un símil, tal vez un poco duro. Si un mal día, en mi casa, un extraño tratase de asesinarme y yo tuviera un revólver en la mano, no dudaría en disparar (aunque, en este caso, infringiera un código moral). No he accionado el gatillo por creer que el individuo no estaba vivo o no merecía estarlo, sino simplemente para proteger mi propia integridad. El suicida se cuelga del tapanco o se entierra una navaja para salirse de la vida. No duda de su propia humanidad al hacerlo, antes creo que se mata precisamente por ello, por saberse humano.

Vuelvo entonces a la pregunta: si cambia nuestra percepción de lo que es el cigoto o el embrión, ¿cómo delimitamos nuestra decisión en este evento que ocurre dentro de nuestro organismo?  

Quiero enfatizar el hecho de que, a diferencia de lo que ocurre cuando un intruso entra a nuestra casa sin permiso, la mayor parte de las veces las mujeres estamos en la posibilidad de decidir cuándo –y de quién– embarazarnos. O, permítanme corregirme, la mayoría estarían en posibilidad de decidir si la educación sexual fuese más efectiva, si hubiese menos prejuicios y más anticonceptivos al alcance (sobre todo en las comunidades marginadas que es donde se agrava la situación), y si la sociedad con sus instituciones públicas diera mayores oportunidades de desarrollarse profesionalmente a las mujeres preñadas o con hijos pequeños.  

Por otro lado, estoy en desacuerdo es en que sea tan amplio el abanico de opciones para encarcelar a una mujer que ha interrumpido su embarazo. En primer término, a menos que ella tenga el don de la generación espontánea o que sea como esas flores hermafroditas que se fecundan a sí mismas, existe otro autor de ese malogrado producto.

¿Por qué la ley se dirige hacia la presunta Medea y olvida al progenitor? Salvo cuando éste es causante directo o cómplice del descenso del producto, no hay mayor inferencia. ¿Quiere esto decir que el varón, según los cánones legales, puede andar fabricando embriones tranquilamente mientras que para la hembra es un delito deshacerse de ellos?

En segundo término, ¿mandan a la cárcel a una mujer porque ha tomado una decisión en base a un evento que ocurre dentro de su propio cuerpo? Apuesto a que de todas esas mujeres que han abortado, pocas o ninguna le volaría la tapa de los sesos a su bebé recién nacido. Es decir no son criminales en potencia ni están dispuestas a matar (si así fueran de diligentes los gobiernos para encarcelar a los políticos corruptos y a los banqueros fraudulentos como para penalizar mujeres, otro gallo nos cantaría).

Ésta será siempre una cuestión ética, pero creo que hace falta enfocarla adecuadamente. Y si el objetivo de la ley es “proteger la vida”, ¿no es irónico que miles de mujeres mueran o queden dañadas para siempre en operaciones clandestinas?

Parece que estoy apuntando a un callejón sin salida. Precisamente, dichos dilemas hacen necesario el análisis profundo.

Esto nos pasa por poner en manos de la Iglesia y de los legisladores un tema que debería ser tratado por científicos, ingenieros de la información y filósofos, dentro de un enfoque sistémico que vaya más allá de la ciencia convencional y reduccionista; una mirada capaz de abarcar la ética, la biología, la neurología, la informática –y, por qué no, darle también un enfoque espiritual, que no necesariamente religioso pues las religiones tienen esquemas definidos de lo bueno y lo malo–, y todas las disciplinas que podrían construir soluciones, no meramente pragmáticas sino que contribuyeran a la evolución del pensamiento colectivo.

Porque nuestro entorno se caracteriza por excesiva información y escasez de pensamiento crítico. Porque nuestros modelos de realidad están enmarcados en la filosofía occidental y en una ciencia utilitaria que, a menudo, se ha desprendido del gozo mismo que conllevan la reflexión y el descubrimiento. 

El matemático G. H. Hardy sostenía la idea de que gran parte del conocimiento científico no aportaba ningún beneficio práctico, sino que era un fin en sí mismo. La ciencia es esencialmente un juego y las sociedades que juegan son las que más rápido evolucionan. 

Millones de personas usan diariamente teléfonos celulares, computadoras y automóviles, pero casi nadie tiene una idea más o menos clara de los mecanismos físicos que los hacen funcionar. Es decir, se sirven de la ciencia y la tecnología, mas no la comprenden (y no les interesa comprenderla, o no tienen tiempo). Algo paralelo ocurre con los problemas sociales, varios activistas suelen abordarlos desde una perspectiva política, pero ¿y dónde quedan la antropología, la psicología y la biología?

Muy ad hoc encuentro estos versos de T. S. Eliot:

¿Dónde está la vida que hemos perdido en vivir?
¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?


*    *


Apunto dos miradas cruciales.

1- Las fronteras de la vida y la conciencia

Un cigoto no tiene conciencia. Lo que no tiene conciencia no tiene humanidad. Lo que no tiene humanidad no tiene derechos. Por ahí va el razonamiento de quienes han sustentado categóricamente que ni el cigoto ni el embrión juegan un papel semejante al del neonato .

¿Y en qué momento empieza a existir la conciencia? De acuerdo con la neurobiología el neocórtex se forma entre la semana 23 y la 27 de gestación, por lo tanto, biológicamente un feto puede considerarse persona hasta el tercer trimestre; antes de esto (dicen los que saben) aunque tenga apariencia humana, lo que se mueve en el vientre de la mujer no es más que un conglomerado de células incapaz de tener conciencia y de sentir dolor (Novalis se sentiría orgulloso de esta definición, pues decía que el dolor es la muestra de nuestra elevada condición humana).

Si consideramos los estándares para otros países (por ejemplo, en Gran Bretaña es legal el aborto hasta la semana 24), nosotros somos bastante puritanos al señalar la semana 12 como plausible fin del plazo legal.

Leo, en una nota de La Jornada, al filósofo Gustavo Ortiz Millán: “El plazo de las doce semanas no es ni absurdo ni arbitrario. Está fundado en razones que tienen que ver con etapas bien delimitadas (en términos de semanas) en el desarrollo embrionario y que tienen que ver con el desarrollo de la conciencia y de la vida mental en el feto, así como con el bajo riesgo para la salud de la mujer que decide interrumpir su embarazo”.

El señor Ortiz Millán se declara a favor de los derechos de la mujer y lleva años pugnando por la despenalización del aborto, ambas cosas loables. Sin embargo, creo que su enfoque continúa siendo parcial; en mí subsiste la pregunta: ¿ya estamos bien seguros de que la conciencia emerge durante o después de la semana 23 de gestación?, esto validaría la suposición de que en ese momento comienza la humanidad.

¿De qué otras cosas hemos estado bien seguros durante siglos?

Hago un somero recuento:

Uno de nuestros más sobados argumentos para declararnos superiores a otras especies es que nuestra conducta está guiada, principalmente, por el aprendizaje y el de las bestias por el instinto. William James, en el siglo XIX, creía precisamente lo contrario. Nadie de su tiempo lo tomó en cuenta.

En pleno siglo XX el lingüista y filósofo estadounidense Noam Chomsky retomó la idea de James y supuso que existe algo así como una gramática humana universal, o, en términos biológicos, una relación de los genes con el aprendizaje del lenguaje. Dicha idea es apoyada por el psicolingüista Steven Pinker, quien considera que hay un instinto del lenguaje humano. Éste y otros indicadores llevan a la conclusión de que los seres humanos poseemos más instintos, mucho más variados y complejos, que el resto de las especies (no menos, como se creía).

El ambiente es el estimulante para desarrollar o coartar las tendencias naturales de la persona. El ambiente comienza en el útero. Incluso, apuntan genetistas modernos, lo que sucede en la vida intrauterina repercutirá en nuestra personalidad más que cualquier otra cosa ambiental que suceda después.

Yo podría aventurarme a decir, entonces, que nuestra humanidad se funda principalmente en los instintos y no en la conciencia.

¿En qué momento está, ya, presente en el embrión humano el conglomerado de instintos que definen a nuestra especie? Podrían argumentarme aquí que estos instintos se encuentran de manera latente hasta que la conciencia los activa. Buena observación.

¿De qué otra cosa hemos estado bien seguros?

Un ser vivo es aquel que se parece a , porque yo estoy viv(a).

Por ejemplo, llevamos décadas buscando en el espacio “vida inteligente” que no hemos encontrado. En los 70 del siglo pasado Carl Sagan reflexionó que esto podría deberse, en parte, a que hemos buscado seres homólogos a nosotros. ¿Por qué los habitantes de otros planetas deberían parecerse a los organismos familiares de la Tierra? 

Sagan imaginó seres vivos plausibles en una atmósfera como la de Júpiter, rica en hidrógeno, helio, metano, agua y amoniaco: uno de ellos sería una especie de globo de hidrógeno flotante. ¿Tendrían conciencia?, ¿sabrían que están vivos?

Cito este ejemplo para referir como nos encerramos en esquemas de pensamiento y nos resulta difícil traspasarlos: porque lo dijo el doctor en ciencias tal, porque lo dijo mi profesor de la universidad, porque lo dijo Aristóteles (y por las ideas de Aristóteles las masas aceptaron durante 2,000 años que la Tierra era el centro del cosmos). Los seres humanos más brillantes son falibles. Aun la lógica tiene sus puntos ciegos.

La vida, pues, no me parece tan fácil de definir como nos lo dijeron en la primaria, tampoco lo es delimitar las fronteras y los alcances de la conciencia.

En el fondo, la vida –o lo que entendemos por vida– es una serie de códigos. Nuestros cromosomas son, literalmente, libros con instrucciones completas para fabricarnos. Me refutarán algunos diciéndome que una sola célula (en cuya categoría entra el óvulo recién fecundado) no es una persona aunque contenga todos los elementos genéticos para construir una –así como una gota del mar no es el mar–. Pero a mi punto de vista no es lo mismo una célula del cuero cabelludo que un cigoto. La célula del cuero cabelludo no va a evolucionar hasta individualizarse.

Y, ¿sabemos todo sobre células? Algunos científicos actuales comparan la organización y el “comportamiento” de las células de nuestro cuerpo con una sociedad, en la que caben la anarquía, el sacrificio por la comunidad y el suicidio. Algunos biólogos radicales, incluso, se aventuran a decir que nuestro cuerpo no es más que el campo de batalla de una disputa milenaria entre los cromosomas, los verdaderos protagonistas de la historia natural.

Lo dijo poéticamente el periodista especializado en ciencia Matt, Ridley: “La célula viviente es un régimen tan complejo y bello como el reino de las galaxias y las estrellas”.

2-Lo que nos hace humanos

No hay conciencia posible sin corteza cerebral. Este es un hecho “irrefutable”. Y si, según el consenso general de médicos y biólogos, la conciencia es lo que define nuestra humanidad, entonces esa capa replegada sobre nuestros hemisferios cerebrales es lo que nos humaniza. Desde este punto de vista hemos empezado a ser auténticamente humanos por ahí del sexto mes de gestación, que es cuando el neocortex se forma y se echan a andar las conexiones nerviosas pertinentes; antes, somos meros prototipos, un ensamblaje de órganos sin alma.

Y luego, ¿somos los únicos seres conscientes de la creación? ¿Qué hay del cerebro de otros primates? Resulta que ese 1% de nuestra genética que nos separa del chimpancé es precisamente nuestro rasgo de humanidad, pues está implicado en la evolución del neocórtex para consuelo de quienes se sienten muy diferentes a los monos, se ha considerado que esta distancia podría ser hasta del 4%.

Ahora recuerdo aquella animación de Linklater (Waking life) donde se decía que el hombre promedio está más cerca del simio que de Platón o de Nietzsche. O aquella frase de  John Locke, “Las bestias no pueden formular abstracciones”, a lo que Berkeley replicó: “si lo que confiere a los brutos la condición de tales es el hecho de que no sean capaces de pensar en abstracto, me temo que muchos de los que pasan por hombres deberían sumarse a ellos”. 

A lo anterior comenta Sagan, en su libro Los dragones del Edén: “¿Y si el pensamiento abstracto no fuera tanto una cuestión de especie como de grado? ¿No pueden otros animales realizar abstracciones aunque no sea con la frecuencia y la agudeza del hombre?”

Esas suposiciones fueron hechas hace más de tres décadas. La biología contemporánea le ha dado la razón al señor Sagan, ¡lástima que no está aquí para disfrutarlo!

Del mismo modo en que menospreciamos el papel de los instintos en el cerebro humano hemos infravalorado la capacidad de aprendizaje de otras especies. Se ha demostrado, por ejemplo, que los abejorros son capaces de generalizar ciertos principios abstractos para identificar las flores y que un animal tan simple como la babosa de mar es capaz de aprender a través de la habituación, la sensibilización y el aprendizaje asociativo, los mismos medios por los que aprende el ser humano. Por supuesto, el condicionamiento clásico se basa en respuestas automáticas, pero la asociación que el animal hace entre los estímulos requiere aunque sea un mínimo y primitivo nivel de abstracción. 

¿Es el nivel de abstracción lo que define la conciencia?, ¿lo que nos humaniza es darnos cuenta de que existimos?, ¿nos hace humanos creer en los dioses?  

En los orígenes de la civilización se encuentran las religiones. La revolución urbana que hizo a los hombres abandonar milenios de conocimiento acumulado en un modo de vida nómada y optar por el sedentarismo y la agricultura, debió ser sostenida por ideas numinosas –es irónico que la religión fuese fundamento para el progreso y que también las religiones lo hayan frenado tantas veces.

Saber que se existe crea de inmediato la necesidad psíquica de un dios. Asimov pone en Cutie, el robot protagonista de “Razón”, un sentimiento religioso. Un buen día el robot se da cuenta de que existe, se maravilla con la creación y se niega a aceptar que los seres humanos lo han fabricado.

¿Podría una máquina estar viva? La pregunta suena absurda. Pero, recordemos, la vida en esencia no parece ser otra cosa que códigos. Las fronteras entre lo vivo y lo no vivo, la máquina y el hombre, se van disolviendo con el avance de la tecnología, como nos lo demuestra el artista británico-irlandés Neil Harbisson, considerado el primer cyborg real del mundo, que tiene implantado un tercer ojo, el cual le permite escuchar los colores.

¿Y no somos tú y yo máquinas orgánicas?

Varios pensadores han considerado que esta relación física y psíquica del ser humano con la tecnología será determinante en su evolución futura. El físico MichioKaku divulga la posibilidad de ser inmortales, ya que en los siglos venideros podría ser posible trasladar nuestra conciencia a un cuerpo robótico. La esencia de los circuitos neuronales puede sobrevivir y se prevé que cada neurona podrá ser sustituida por un transistor para insertarse en la cabeza de un robot.

Aterrador y fantástico. ¿Sobreviviría aquí nuestra humanidad?

Ciencia ficción, dirán con desprecio algunos. Y yo pienso nuevamente en Asimov asentando las tres leyes de la robótica en una época en la que las computadoras funcionaban a base de bulbos y se programaban en lenguaje de máquina. ¿Quién sabía algo, entonces, sobre Inteligencia Artificial?

Ah, pero estábamos en eso de definir la conciencia. Los criterios para señalar la fecha de la interrupción legal del embarazo asocian ésta con la capacidad para sentir dolor. ¿Si de pronto perdemos la capacidad para interpretar estímulos dolorosos dejamos de ser humanos?

El esquizofrénico que ha extraviado por completo la noción de quién es él y el enfermo a quien el alzheimer le ha arrebatado sus recuerdos, ¿han perdido su humanidad?

Presencia o ausencia de dolor. Bajo este argumento es que podemos comernos una lechuga o talar un árbol para fabricar sillas sin cargos de culpa: las plantas no sienten, carecen de sistema nervioso. No son conscientes. O sea, están vivas pero no saben que están vivas.

La célula vegetal tiene un origen más antiguo que el de la célula animal. El funcionamiento de una planta es por completo diferente al nuestro. El oxígeno es un veneno al que la célula animal se ha adaptado.

Nos hemos tomado la licencia de categorizar por completo a esos organismos como incapaces de comunicarse o de tener la mínima capacidad sensitiva, cualquier página web de biología nos lo explica. Y me pregunto, ¿qué nos hace suponer tan fríamente que conocemos la vida interior de un árbol?

Volviendo a Ortiz Millán, nos hace ver en su artículo: “El que no conozcamos a cabalidad un fenómeno no tiene por qué impedirnos tomar decisiones y avanzar: la psicología, por ejemplo, se ha desarrollado muchísimo como una ciencia sin necesidad de tener que responder exhaustivamente a la pregunta por la naturaleza de la conciencia y de nuestros estados mentales en general”. 

Estoy medianamente de acuerdo. De hecho, en todas las ciencias vamos un tanto a ciegas. Newton formuló las ecuaciones que hacen posible calcular la fuerza de gravedad sin saber qué rayos es la gravedad. No se puede detener el avance científico ni se pueden dejar de tomar lineamientos que estandaricen legalmente los procesos. También pienso en Alberto, el bebé de 11 meses al que Watson condicionó a principios del siglo pasado para sentir miedo a las ratas y a otros objetos peludos al asociarlos con un sonido fuerte. El pequeño fue escogido como sujeto de experimentación por su buena salud física y su gran estabilidad emocional. Todo salió perfecto, así comprobamos que nuestras fobias tienen un fundamento en el aprendizaje. ¡Ah!, el experimento no alcanzó la última fase, es decir, el descondicionamiento, así que Alberto debió haberse quedado con terror hacia las ratas (y a Santa Claus) por el resto de su vida. ¡Todo sea por el progreso!


*    *


Las mujeres llevamos el peso de miles de años de marginación. El feminismo durante el siglo pasado exigió actitudes y acciones drásticas para romper viejos estereotipos, entre los que el macho promedio sólo podía vernos como madres o como putas.

El feminismo contemporáneo, en muchas circunstancias, no necesita ser tan drástico –aunque sí debe serlo en relación a los aberrantes crímenes que siguen cometiéndose, como las violaciones y la trata de blancas.

El feminismo de nuestros días está resignificando la maternidad.

Uno de los puntos que la mujer toma en cuenta a la hora de decidir abortar es la generalizada idea de que con la llegada de los bebés se truncan los sueños profesionales. ¿Por qué la sociedad nos somete a esta conclusión?

Si las empresas dejaran de tener tantos prejuicios hacia las embarazadas, si más mujeres con hijos pudieran continuar creciendo profesionalmente, si las instituciones en general brindaran más oportunidades para que las mujeres con hijos encontraran estancias seguras y adecuadas…

Y claro, también está la posibilidad de aquellas que por ningún motivo quieren ser madres. No tienen por qué serlo. Cada quien encontrará plenitud en cosas distintas.

Lo ideal es que nuestra elección comience, no al momento de estar frente a una clínica, ni siquiera en la farmacia para pedir la bendita píldora del día siguiente, sino antes, cuando iniciamos nuestra vida sexual.  

A mi punto de vista, penalizar el aborto no constituye un paso civilizatorio. Penalizar el aborto, precisamente, orilla a miles de mujeres a ponerse en riesgo mortal o a asumir por la fuerza un rol que probablemente terminará dañándolas a ellas y a sus hijos.

Por otra parte, decidir el destino de un embrión en una sociedad incapaz de hacer un análisis profundo acerca de la vida y la conciencia no me parece una buena alternativa.

El derecho a ejercer nuestra libertad conlleva responsabilidad.

Y ser auténticamente responsable significa pensar, cognoscere.

Quizá mi enfoque se tome como utópico y fantasioso en un mundo cada vez más pragmático. Me refutarán que mientras nos sentamos a pensar, miles de mujeres están en un cuarto clandestino bajo el riesgo de morir desangradas, otras miles están esperando una sentencia y otras más teniendo sexo sin protección.    

Con todo esto, sigo creyendo que una sociedad que deja de pensar corre precisamente el riesgo de deshumanizarse.

He escrito estas líneas antes de acabar el segundo trimestre de mi tercer embarazo. Algo dentro de mí se niega a creer que lo que está pateándome dentro del útero todavía no alcanza la categoría de humano. Pero la intuición como la lógica tiene sus puntos ciegos. 

Apunta el doctor en filosofía Rodolfo Vázquez que debe hacerse “un giro jurídico o legal”, sacando el aborto de los códigos penales para reglamentarlo en las normas sanitarias. Tal vez sería mejor crear un nuevo tipo de normatividad. Tal vez llegue un día en que podamos definir con certeza qué es la conciencia. Tal vez simplemente he leído demasiadas historias de ciencia ficción.






Fuentes consultadas


Kriwaczek, Paul (2011). Babilonia. Mesopotamia: la mitad de la historia de la humanidad, España, Ariel.

Kaku, Michio (consultado el 22 de junio de 2014). “Sobre traspasar la conciencia al silicio” [video]. Recuperado de http://www.youtube.com/watch?v=AkzjeCK3nNM

Rains, G. Dennis (2004). Principios de neuropsicología humana, India, McGraw-Hill.

Ridley, Matt (2010). Genoma, la autobiografía de una especie en 23 capítulos, México, Taurus.

La Jornada (26 de septiembre de 2007). UNAM, recuperado de http://www.jornada.unam.mx/2007/09/26/index.php?section=ciencias&article=a02n1cie




2 comentarios:

  1. Qué bárbara. Me ha encantado éste post. Abre horizontes. Un abrazo y bien por ti que vives tu embarazo de una forma épica.

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  2. Anónimo6/4/16 14:21

    "aunque tenga apariencia humana, lo que se mueve en el vientre de la mujer no es más que un conglomerado de células incapaz de tener conciencia y de sentir dolor"
    dan asco las pelotudeces que inventan todos esos hijos de puta con tal de querer justificar el asesinato de un hijo.

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