La Poesía como Destino: espacio personal de la escritora mexicana Marisol Vera Guerra

8.3.14

De la pérdida de la inocencia, el machismo sui géneris y el Yo restablecido

Tal vez alguna mujer se sienta identificada con este testimonio que hoy decido hacer esperanzada en que, de una u otra manera, conduzca a la reflexión, sobre todo, a enfrentar y trascender situaciones de maltrato.


La primera vez que tuve contacto sexual con un hombre yo tenía siete años. No hubo golpes, ni amenazas, ni malas palabras; fue más parecido a una complicidad, un juego, ¿dónde está la violencia entonces? Es complejo entender cuánto puede lastimarse el espíritu de un niño al exponerlo a experiencias para las que no está preparado. En mi caso, fue abrirme abruptamente a la esfera adulta, a la pornografía y a las sensaciones de un pseudoerotismo precoz. A mi punto de vista, me robaron mi inocencia, se llevaron algo de mí irrecuperable. Como no hubo una agresión directa, sino una especie de "seducción", tardé más de una década en asimilar lo que había pasado y comprender que había sido un abuso. 

Siempre di la apariencia de una chica adaptada, abanderada de la escolta y en el cuadro de honor. "La mejor alumna de mi generación" en la primaria y en la secundaria. Es difícil creer que en el interior de una niña tan lista pueda haber algo mal. A los trece años tuve una fobia social y ningún adulto se dio cuenta. En parte porque en los 90 aún no se ponía de moda llevar a los hijos con el psicólogo.

No lo niego, he disfrutado muchísimo del sexo, pero he lamentado enormemente aquella pérdida de la inocencia. ¿Qué niña habría sido yo?, ¿hasta qué punto esta experiencia temprana configuró mis relaciones con los hombres? Vamos, no puedo echar toda la carga de un destino sobre este hecho aislado; es un conglomerado de redes ancestrales que va mucho más atrás, aun así, no soslayo su importancia como punto de viraje.

Una cree que el tiempo y las dstancias, por sí solos, nos llevarán a un puerto tranquilo. 
Todas las relaciones de pareja "formales" que en algún momento tuve fueron destructivas. Todas. Pasionales y las más de las veces congestionadas de sexo, una necesidad imperante, insaciable, urgente.
Cuando estuve con algún hombre tratando de construir una relación, invariablemente terminé con la sensación de haber dado demasiado de mí, de haberme vaciado como un recipiente que vierte hasta la última gota. In cressendo, "cada vez te los buscas más locos", me dijeron.

Una no se arroja a esos brazos pensando en que acabará hecha trizas. Una tiene un punto de vulnerabilidad que encaja con las aristas del otro. Una piensa que el amor la va a salvar.  

De mi primer marido me separé con frialdad, de repente, como una rama seca a la que se le ha agotado el hálito, la savia. Con mi segundo marido se fue dando un distanciamiento que rayaba entre lo cómico y lo patético.

Mi esposo actual tiene trastorno bipolar afectivo. Es una enfermedad terrible que se adueña de la voluntad del individuo como un fantasma. Cuando lo conocí esos rasgos estaban matizados; un buen día el monstruo lo devoró por completo. Se hizo absolutamente violento: gritos, insultos, amenazas, cosas rotas por todas partes. Una no se da cuenta como el sentido de la realidad se va alterando, como el alma va creando resistencia al veneno y lo que antes era impensable ahora es pan de cada día. Una mujer inteligente no está a salvo de esta hipnosis que traen consigo los amores enfermizos, antes, quizá, podemos estar más expuestas por una aparente racionalidad fundada en teorías rebuscadas. Para ver lo obvio se necesita no un gran intelecto, sino simpleza.

Además, estaba ahí un problema tan grave como la bipolaridad: la mitomanía. Esto es algo que se aprende, normalmente, de padres que mandan "mensajes dobles" a los hijos. Mi esposo aprendió a ser mitómano. Ah, y por si le faltaba la cereza al pastel, tiene un grado esquizo. Una de las cosas más grotescas para mí, es su delirio erotomaniaco. Le da por creerse dandy. Cuando lo conocí fincaba gran parte de su "autoestima" en el número de mujeres con las que había cogido. Yo lo calificaría de un macho sui géneris: no me pedía virginidad, al contrario, disfrutaba mi repertorio de experiencias, sin embargo se fue apoderando de mi vida, restringiéndome a un círculo que giraba alrededor de sus ideas. No le gustaban mis publicaciones, no le gustaban mis amigas, no le gustaba que estuviera en foros públicos. Después de que me había enamorado, precisamente, por la libertad que me hacía sentir con mis letras, ahora cada vez era menos la escritora y más su mujer.

Este clímax de violencia duró 5 meses, los primeros 5 meses de vida de mi hija fuera del útero.
Una mañana desaparecí con mis dos hijos. Un par de noches antes de abandonar a mi marido tuve la fantasía de cortarle un pulmón en pedacitos. Este hombre, en unos cuantos meses, me había mutilado emocionalmente, me había traicionado y había mancillado mi espíritu. Pero una cosa es pensar en un crimen, otra es llevarlo a cabo. Y mucho más grave que estas fantasías era la posibilidad de un buen día aventarme desde el balcón. He oído a mucha gente juzgar duramente a los suicidas, mas no me queda claro hasta qué punto matarse es una decisión.

¿Es posible gestar amor auténtico en este marco caótico?
¿Es posible que quien te ha hecho daño se redima, se haga una mejor persona? Las cárceles e instituciones están llenas de casos de mujeres que dieron "otra oportunidad" a alguien que  terminó volviéndose peor.

Antes de irme pagué la renta para 15 días más. Dejé la internet funcionando en la casa. Le dejé a mi esposo el teléfono celular para que pudiera decidir qué hacer. Y le compré una coca cola, porque era su costumbre tomarse una en las mañanas. Desaparecí (ni mis padres ni mis amigos cercanos supieron a dónde).

En el jurídico me dijeron que no había manera de protegerme contra las amenazas, y que la violencia explícita que ya había ocurrido no era motivo de detención. "No hay delito qué perseguir". Por suerte (tomen nota de esto), por tener a los menores conmigo no podía ser acusada de abandono de hogar.

Mi esposo, Antonio, no quemó mi biblioteca ni me buscó para cumplir su promesa de destruirme. Se pasó los siguientes tres meses pidiéndome perdón, mientras yo le decía las cosas más duras que se le pueden decir a un hombre. Las más duras, de veras. No era una venganza, era un acto de amor: ponerlo frente al espejo.

Por fin aceptó medicarse, ir a terapia, dándose cuenta de que había sido un títere de su enfermedad.

Muchos se han preocupado al verme de nuevo con él. Muchos piensan que los vicios subsistirán, que la gente no cambia, o que "me gusta vivir así". No sé qué nos depara el tiempo, pero me consta que este hombre está luchando por domesticar a la bestia y que hoy es mejor persona de lo que había sido desde que lo conocí.

Una puede verse tentada a creer que aplacándose la violencia todo se soluciona. No es así, el verdadero trabajo de reconstrucción viene después, día tras día, hora tras hora, minuto a minuto. Crear nuevos patrones, sanar las heridas pasadas, devolverle su sitio a la ternura, volver a confiar en el otro. Tener fe en el futuro.

Lo cierto es que no soy la misma mujer. Esos 5 meses me bastaron para saber que nunca, jamás, permitiré que alguien me restrinja. Ya conozco las señales de alerta. Tengo una fortaleza nueva.

¿Es como dormir con un león enjaulado?

Creo que la vida siempre es un riesgo. M ucha gente no se atreve a luchar por lo que cree, por lo que ama, por asumir su libertad. Y vivir sin convicciones, o en un eterno estado de confort, eso sí me parece mediocre.

Nunca aceptaré el machismo como algo natural e irremediable.
Nunca consideraré justo que un hombre violente a una mujer, ni lo justificaré en nombre de una enfermedad pues considero que todos tenemos momentos lúcidos en los que podemos decidir cambiar nuestras circunstancias.
Nunca aceptaré la infidelidad como consecuencia normal dentro de una relación (ojo, no me refiero a las parejas que decidan llevar una relación abierta, la poligamia es una decisión válida), la lealtad no se circunscribe a unos acostones, sino a establecer vínculos y principios.

Y no prolongaré las viejas cadenas en torno a mis hijos. 

El espíritu humano tiene esa plasticidad de las plantas que se doblan al ser embestidas por el viento y, de a poco, recuperan su entereza.

Yo soy yo y me pertenezco.

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