La Poesía como Destino: espacio personal de la escritora mexicana Marisol Vera Guerra

24.12.13

El conjuro (confesiones) VIII



Dying is an art

"El conjuro (confesiones)" es un proyecto literario a través del cual narro experiencias personales en torno al amor, la maternidad y la cotidianidad.
 

Nadie, entre mis familiares cercanos, se ha dado muerte a sí mismo, o, al menos, no de un día para otro: mi abuelo Cheyo, por ejemplo, se mató lentamente a través del alcohol; éste parece ser el medio favorito de muchos hombres de mi familia para aniquilarse, aunque algunos tienen más de diez vidas, como mi hermano Manuel, que lleva décadas brindando con la pelona. ¡No he visto un hígado más resistente!, y, quién lo diría, desde la punta del dedo chiquito del pie hasta los ojos vivarachos y el pelo chino, es el vivo retrato del abuelo.

En el caso de las mujeres, éstas suelen matarse a través de sus hombres –el padre, el esposo, el hijo. No, no es que queden postradas en su lecho, simplemente el Yo se les va deshilachando hasta perderse en una masa de rostros.

Por mi parte, las dos veces que de veras intenté matarme no funcionó. Lo único que conseguí al tomar Valium fue quedarme dormida varias horas y despertar  aletargada con la sensación de haber pestañeado un segundo; no era la dosis correcta –mi profesora de psicofarmacología estaría decepcionada–, y la vez que me fui caminando hacia el mar, mi marido –el primero– me detuvo antes de que la ola se volviese mi enemiga. Como sea, no me sentí muy original al enterarme de que Petia Dubarova me había ganado la idea cuando yo era una niñita que empezaba a hablar, y a esas alturas ni siquiera había escrito algo lindo acerca de las conchitas. Si a Plath apenas le dedicaron un gris y pequeño obituario en la prensa, ¿qué podrían dedicarme a mí, aún lejos de los 30 años, y sin un solo libro publicado? Mi viudo –de aquel entonces– habría pasado muchos trabajos intentando acomodar los retazos de mis poemas escritos en libretas y en hojas sueltas. De seguro los habría ordenado mal y sólo dios sabe qué nombre le habría puesto al póstumo libro –no tenía mucha imaginación para esos menesteres.

¿Objetos punzocortantes? No, sólo un patético rasguño con una tijerita. Por suerte para mis compañeros en aquella noche de juerga no me topé con la navaja en el closet del baño –aquí dirán los psicoanalistas que el error no existe. Menudo lío les ahorré: limpiar el piso, responder interrogatorios de la policía y, lo peor, decírselo al casero, oh, no sabemos cómo llegó aquí, a veces pasa, abres el refrigerador y dentro está la cabeza del vecino, o quieres darte una ducha y allí en el suelo está una chica con las muñecas cortadas, ¿nunca le ha ocurrido a usted?, es igual que cuando Gregorio despertó convertido en bicho o cuando Segismundo se durmió en su mazmorra y de pronto estaba en la alcoba de un príncipe. Esas cosas suceden todo el tiempo, sí.

Por fin, a los 26, acepté la realidad: había sido una suicida mediocre. Fue entonces cuando se me ocurrió una manera más efectiva de destruir mi cuerpo: embarazarme. ¿Acaso podía surgir la vida nueva de esta carne mancillada? De mi vientre emergería un hombre capaz de amarme, al que le pertenecería por completo. Para mi mala suerte no tengo la propiedad de la señorita arcoíris (Thalassoma lucasanum) de transformarme en “macho terminal”, ni soy como esas flores angiospermas hermafrodita que se fecundan a sí mismas; así, no me quedaba más remedio que hallar al opuesto de mi especie que materializara mi deseo. Un año después llegaría a mi puerta, como ha llegado casi todo en mi vida. Sí, desde que tengo memoria, las buenas oportunidades y los fracasos llegan a mi puerta, tocan el timbre y piden permiso para pasar. Rara vez los dejo afuera. ¡Esta manía hospitalaria heredada de mis padres!

La noticia del embarazo arribó con calambres en el abdomen, un sangrado intermitente y un diente roto. Las pesadillas se amontonaron: bebés de plástico encerrados en cajas de cristal, fetos grisáceos yéndose por el retrete, avenidas oscuras en las que me extraviaba. Despertar era encontrarme con una casa vacía donde la distancia de la cama al baño o de la mesa al fregadero se alargaba inexplicablemente.

La cocina olía todo el tiempo a frutas. El olor a óxido nitroso había escapado ya de la sala; luego de acabarse mis aerosoles, mi marido –el segundo– tuvo el gran detalle de no importunar mis noches con ácidos o cocaína. El cuchillo, limpio y simétrico, a la mitad del comedor, funcionaba como un recordatorio. Al cerrar los ojos pensaba en los gritos de los cerdos al atravesarles el corazón. Algunas veces, cuando era niña, oía esos lamentos larguísimos (siempre pienso, al recordarlo, en aquellas líneas de Poe: un quejido sordo y entrecortado al comienzo, semejante al sollozar de un niño, que luego creció rápidamente hasta convertirse en un largo, continuo y agudo alarido); unas horas más tarde, con el sentimiento de culpa aplástándome, devoraba hasta el hartazgo la grasa.

Mi propio grito el clamor de mis célulasemergía desde un lugar lejano, más allá de mi niñez, más allá de la niñez de mi madre y la de mi abuela. Un lugar oscuro que se perdía en la bruma de los siglos. Pero mis labios deseaban vino, mis manos querían jugar en el aire, mi pecho pedía latir. Amaba los perfumes y los colores del campo, el sabor del tepetate y el sonido de las piedras al chocar contra el agua, ¿por qué no podía callar ese grito?


No sucedió nada más que lo normal: las estrías, las hemorroides, la caída de cabello, las punzadas en las sienes, el círculo rojo en el calendario, la cicatriz en el vientre, recibir flores mientras un tubo pasa por mi uretra, felicidades, fue niño, mamá, quiero dormir, ¿pueden irse todos?
Una mañana de invierno él estaba respirando fuera de mí –un poco más de la tercera parte de mi propia longitud en la transparencia de una cuna–; yo también respiraba. Algo, bajo las vendas y las sábanas, había cambiado para siempre; algo que no sólo era la piel –sus rasgaduras, su pigmento oscuro–; algo que, creo, tenía que ver con la forma de mi rostro, sus proporciones, sus líneas, su manera de inclinarse al mirar. Envuelta por la luz de diciembre me vi, casi sin voluntad, sonriendo: yo estaba viva, realmente viva, de veras viva.


Fotografías: metamortis, mvg.

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