La Poesía como Destino: espacio personal de la escritora mexicana Marisol Vera Guerra

8.10.13

Mami, soy bipolar

Publicado en La Razón, Tampico, Tamaulipas, octubre de 2013.

Recuerdo esa película noventera donde Richard Gere encarna a Mr Jons, un tipo encantador, con trastorno bipolar, que seduce a su psiquiatra (dicho sea de paso, películas como esta contribuyen a endilgarle a los terapeutas y médicos un halo sensual); cuántas chicas habrán llorado enternecidas deseando ser Lena Olin, ¡ya quisiera verlas de veras con un novio trastornado!

Fuera de la televisión y del cine, estos padecimientos no son precisamente emocionantes y, por regla natural, desgastan hasta los huesos a las personas que se ven obligadas a vivir o a tratar con ellos. Claro, no niego que para los especialistas sí resulte atractivo conocerlos, por algo estudiaron psiquiatría; supongo que, por ejemplo, a los vulcanólogos les resulta excitante estar cerca de una explosión volcánica, pero dudo que se sintieran muy bien si en ese momento estuvieran en la orilla del cráter.

A esta aura romántica que rodea a los trastornos mentales contribuye, también, su relación con no pocos artistas y genios de diversa índole. Si hablamos de bipolares, Van Gogh es lugar común. No falta quien crea que ser extravagante equivale a ser artista, de este modo se procura una vida “fuera de lo ordinario”; termina, así, despreciando la normalidad y todo lo que se le acerque. Pero, ¿qué es la “normalidad”? En la Europa medieval nadie hubiera considerado anormal a alguien convencido de que volaba; podía ser tomado como brujo, como poseído, como cualquier cosa, menos como un enfermo mental. En el caso inverso, existen circunstancias que con el tiempo se han eliminado de los tratados de psicopatología, como la homosexualidad (aunque aún falte quitar la etiqueta de la mente colectiva).

Ahora, tener un trastorno mental implica una disminución de la responsabilidad de las propias acciones. “La culpa es de mi enfermedad”, esto complica las relaciones que establecemos con el enfermo; no es fácil distinguir la frágil línea que separa la consciencia del padecimiento. Esto me recuerda la libertad del esclavo, de la que hablaba Camus, su “libertad” radica en que, cómo él obedece al amo, no es responsable de sus actos por muy atroces que estos sean. Históricamente, aunque digamos lo contrario, los seres humanos estamos dispuestos a renunciar a nuestro libre albedrío a la menor provocación, con tal de no asumir las consecuencias de lo que hacemos.

Un peligro de nuestra época es que, con tanta información flotando por ahí, mucha gente se cuelga felizmente una etiqueta clínica; muchachitas berrinchudas que porque tienen cambios hormonales se creen bipolares o madres que diagnostican de hiperactivos a sus hijos porque no pueden controlarlos. Yo diría que antes de diagnosticarse, mínimo lean un libro de psiquiatría y no se tomen tan en serio las películas.



Imagen: Rasgadura, mvg

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