La Poesía como Destino: espacio personal de la escritora mexicana Marisol Vera Guerra

27.8.13

De los extraños acontecimientos que ocurrieron en la Secundaria Técnica 65, la falda con anilina y el pedante impertinente

Es querer atar la lengua de los maldicientes
lo mismo que querer poner puertas al campo.
Miguel de Cervantes


Si usted, caro lector, me conoce, sabrá de antemano que no es mi costumbre hacer uso de mi pluma para hablar mal acerca de la gente (reservo mi ejercicio literario para cosas mejores), pero hoy, por primera vez siento no sólo la necesidad sino la obligación de narrar un acontecimiento ocurrido por ahí de 1992, protagonizado por una persona non grata, que me impartió la materia de Ciencias sociales en la secundaria. Hace unos días, el comentario espontáneo de una compañera de esas épocas, lo trajo a mi mente.

Es curioso como cada quien recuerda a las mismas personas o los mismos acontecimientos de manera tan diversa, así mi amiga refirió a dicho sujeto (porque no creo que alguien con tan poco tacto y sensibilidad merezca el título de profesor) alegremente, mientras yo llevo 21 años tomándolo por un patán.

Desde los primeros días de clase, Caín (haciendo honor a su nombre) me pareció un tipo pedante y con ansias protagónicas, pero aunque sus bromas a mí se me hacían de mal gusto, le granjeaban sonrisas con el resto del grupo; algo veían en él mis compañeros que yo no veía. ¿Acaso se creía muy intelectual por obligarnos a leer México bárbaro? Ahí pudo haber quedado la cosa y ahora sólo representaría un vago nombre entre el amasijo de imágenes, de no haber sido porque, una mañana, Rosa (creo que fue ella) me echó por accidente un bote con anilina roja sobre la falda. Quiso el destino que en ese momento pasara por allí el homónimo bíblico, quien burlonamente dijo oiga, qué cochina es usted, se hubiera puesto una toalla. Ni siquiera entendí su comentario, ¿a qué rayos se refería con “una toalla”? Hasta como un año después vine a razonar qué había querido decir. En aquel entonces no me había llegado la regla, ¡ni vello púbico tenía, era completamente una niña! A pesar de no entender su sarcasmo, algo dentro de mí se sintió herido y por primera vez en mi vida le grité a un adulto, ¡a ver, qué le parecería que yo me riera de usted si alguien le echara anilina en la cara!

¿Qué clase de mastodonte intentaría hacerse el gracioso con una niña, de esta forma? Quiero dar al lector una idea más o menos precisa de mí, una muchachita flaca que no llegaba a los 40 kilos y apenas rozaba el metro y medio de estatura, de piel más bien pálida y el cabello largo y negro recogido en una cola eterna. Recientemente, un cambio brusco de personalidad me había cambiado, de parlanchina y sociable a seria y huraña.

Una compañera me prestó un short para que pudiera continuar en mis clases. Cuando pedí permiso para entrar al aula, Caín me dijo con voz autoritaria póngase la falda. Le refuté, está manchada, usted la vio. Póngase la falda o no puede entrar a mi clase. Me di media vuelta y me fui. ¿Qué pretendía?, ¿que regresara  modosita luciendo mi mancha escarlata frente a mis compañeros de grupo, para darme una lección?, ¿todo porque no me había reído de su chiste?, ¿por qué sintió desafiada su autoridad? Vea usted, querido lector, la misoginia y el ensañamiento al intentar humillar a una niña pacífica y estudiosa que nunca se metía con nadie. Lo único que se me ocurrió  entonces fue ir a ver a mi papá a su trabajo, para quejarme (y esa fue la primera vez que me salí de la escuela en horario de clase). Sinceramente esperaba que él me defendiera más allá de un par de comentarios diplomáticos en la siguiente junta de padres de familia. Alguien me llegó a decir que lo puso en su lugar; no quedé convencida.

Mis compañeros de grupo presenciaron este evento, pero, como ya he dicho, cada quien interpreta la realidad como puede o como quiere. Aquí caben las palabras que Ernesto Sábato pone en boca de Juan Pablo Castel, personaje de El túnel: “Aunque ni el diablo sabe qué es lo que ha de recordar la gente, ni por qué. En realidad, siempre he pensado que no hay memoria colectiva, lo que quizá sea una forma de defensa de la especie humana. La frase 'todo tiempo pasado fue mejor' no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que –felizmente– la gente las echa en el olvido”.

A fines del curso escolar, Caín, que tenía delirios de poeta, escribió un largo y sentimentaloide texto para su grupo favorito.  Ahí tienen a más de cuarenta chamacos llorando conmocionados mientras yo permanezco impasible. Este hecho hizo que me dieran el mote de “la insensible”. ¡Háganme el favor!

¿Qué para qué traigo a colación este episodio dos décadas después? En primer lugar, para transfigurarlo y, si es posible, transmutarlo, a través de  la escritura. No llego, por supuesto, al extremo de Dante que echó a sus enemigos en algún círculo del Infierno o de Michelangelo, que hizo lo propio en la Capilla Sixtina, mi seudoprofe no merece tanto.

En segundo lugar, escribo esta nota como un  signo de alerta, ¿en qué manos caen nuestros hijos cuando los dejamos tras el portón de una escuela? Existen formas tácitas de generar violencia (aunque en aquellas épocas nadie hablaba del dichoso bullying). Veamos sociológicamente, antropológicamente el chistecito, lo que revela entre líneas: menstruar, mancharse, es una cochinada. Aunque suene a cliché, históricamente las mujeres hemos sido vilipendiadas tan sólo por esa supuesta debilidad que implica estar “rotas”, esa mala costumbre que tenemos de sangrar.

Espero y el lector me dispense por entretenerlo con mis cuitas, pero quizás aproveche algo de esta lectura: si se trata de una joven lectora, nunca permita que alguien la trate así; si es usted un hombre y tiene hijas, defiéndalas.

Fin de la historia del pedante impertinente.


PD: Cualquiera de los que estuvieron conmigo en la secundaria está en su derecho de diferir en su percepción del susodicho; no tiene por qué ser igual para todos, tal vez alguien lo recuerde como un modelo a seguir, como un tipo jovial y divertido o muy culto y radical, un gran hombre, pues.


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