La Poesía como Destino: espacio personal de la escritora mexicana Marisol Vera Guerra

12.7.13

El conjuro (confesiones) III


"El conjuro (confesiones)" es un proyecto literario a través del cual narro experiencias personales en torno al amor, la maternidad y la cotidianidad.

Refracción del Yo

Enfrentarse al espejo. No puedo imaginar nada más terrible para una mujer. El espejo. He pasado tantas horas hablándole a esa pulida superficie por donde se deslizan mis sueños. Ese ojo cuadrado, mercurial, el único que me ha visto desnuda, de veras desnuda. Porque una nunca se queda realmente en cueros frente al esposo, ni frente al amante, ni frente a nadie. Una sume la panza, se para derecha, procura acomodarse en el mejor ángulo de la luz, se cubre con la mano izquierda –casi en automático– aquella cicatriz, ese conglomerado de células hinchadas, aquel golpe que no ha podido borrarse de la piel desde que nos caímos de la bicicleta a los siete años –o de un árbol de guayabas o del peldaño más alto de alguna escalera.

     Una viene al empezar la mañana y se detiene allí ante la mirada inexpresiva del verdugo, con un vestido azul y la cara húmeda, todavía, por los últimos lagrimeos del despertar. Y sí, ahí sigue la pequeña línea oblicua al párpado, descubierta el día anterior; ahí las bolsas que sostienen los insomnios; ahí el mapa completo de nuestra memoria, el primer beso, las huellas de inviernos lejanos, todas las contracciones del amor.

     Vemos, quizá, de reojo, el espacio en la cama donde ha dormido el hombre, el hueco dejado por el peso de su cuerpo, y nuestra propia silueta dibujada entre las sábanas. Ese vacío nos incomoda, algo de nosotras –sentimos– se ha extraviado en un punto de la noche.

     Qué razón tenía Kundera, el verdadero corpus delicti del amor no es el coito sino dormir juntos. En realidad eso lo dijo Tomas, Tomás que no había dormido con 200 mujeres, pero sí con Teresa. ¿Quién no tuvo entre sus manos esa edición de bolsillo? No importa. El territorio del sueño, digo, es el único donde quedamos expuestos, sin los ropajes de la civilización, desollados –casi.

     No faltará quien me refute que esto sólo puede pensarlo quien no ha tenido al mismo esposo por más de tres años seguidos, que cuando llevas dos o tres décadas levantándote junto a un único espécimen terminas conociéndole hasta las más insospechadas minucias, que ya nada te sorprende. No hay misterios –no puede haberlos– entre dos personas que se han acompañado en un hospital tras una operación de levantamiento de vejiga, o que han pagado juntos la hipoteca de una casa, o que han ido ochocientos domingos al cine. Pero no, no me dejo seducir por la idea de que un buen día ya no me importará seguirle dando al espejo su lugar de observador privilegiado que asiste al teatro de mi existencia.

     He llegado a pensar que el espejo sabe más de lo que me dice. Ve en mí más cosas de las que me revela. Él debe de saber, por ejemplo, cuándo comenzó a marcarse cierto gesto vacilante en mi cara, cierto ritmo en mi labio inferior cada vez que lloro por mi gata muerta o por mis cuadernos perdidos. Ha de saber, incluso, lo que sucede con los aretes, alfilerillos, tarjetas de crédito, la foto en blanco y negro de mi credencial, todos esos pequeños objetos que he dejado bajo la almohada o encima del buró antes de dormir y nunca más he vuelto a ver.

     De niña estaba convencida de que el espejo era una puerta, al otro lado había un mundo poblado por fantasmas, ellos se alimentaban con mis palabras. Debía, entonces, cuidar lo que decía, lo que pensaba, regalarles frases bellas, canciones, diálogos, o dejarían de ser. Parece fácil, pero que un universo completo dependa de una puede significar grandes dificultades, especialmente si sólo se tienen seis años.

     Fui creciendo y conmigo crecieron los fantasmas. Tenían nombres y hasta fechas de aniversario. En ocasiones franqueaban la invisible barrera entre las dos dimensiones y me acompañaban, afuera; principalmente en aquellos días tristes en los que mi casa era demasiado ancha y a todos les daba por hablar un lenguaje extraño.

     Un día, el mundo de acá empezó a tener mayor peso y el de adentro del espejo se fue perdiendo en una bruma densa y silenciosa. La puerta se cerró. Aunque, a decir verdad, nunca supe bien de qué lado me quedé.


1 comentario:

  1. Anónimo13/7/13 0:29

    hacía mucho que no leía algo acerca del espejo...
    gracias Marisol,saludos!

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