La Poesía como Destino: espacio personal de la escritora mexicana Marisol Vera Guerra

2.6.13

El conjuro (confesiones) II


"El conjuro (confesiones)" es un proyecto literario a través del cual narro experiencias personales en torno al amor, la maternidad y la cotidianidad.


De la voluptuosidad

Todo comenzó con un boleto de autobús a Durango. Más bien, con una invitación de amistad en Facebook. Un hombre, pues.

No era, por supuesto, el cincuentón divorciado o viudo que mi madre hubiera elegido para mí. Tal vez un rastro de luz lograba evadir al monstruo, salir de su horizonte de sucesos y golpear la consciencia familiar como una radiación; algo en el interior de mi madre sabía que la maldición se estaba cumpliendo y para cortarla de tajo había que dejar de lado las pasiones, los amores verdaderos y los sueños. O eso creía ella, sin saber que lo creía.

¿Te vas a pasar la vida rescatando hombres, levantando muertos, sanando enfermos?, decía, sin voltear a verse en un espejo.    

Después de mi segundo divorcio mi madre se sintió aliviada. Por fin, a mis treinta años, tenía una vida decorosa, había dejado de ser aquella loquita que se iba a vagar por las tardes usando jeans ajustados, dos atrapasueños en las orejas, un morral con libros de poesía y, lo peor, ¡luciendo un par de tatuajes! Gracias a dios el nacimiento de mi hijo me había hecho sentar cabeza, volvería a ser la Marisol escrupulosa y recatada de la secundaria. La niña modelo. No más amantes fortuitos ni amigos marihuanos –o artistas, que vienen siendo lo mismo. De ahí en adelante la familia sería mi fortaleza. Qué importaba que tuvieran que darme una mesada si a cambio no volvería a desviarme del camino recto. Bueno, bueno, la mesada no sería permanente, buscaría un trabajo y, quizá, con el tiempo se me quitara esa mala costumbre de pasármela escribiendo poemas en vez de hacer cosas de veras importantes como, por ejemplo, aprender a cocinar, o lavar la ropa que se erigía en una montaña eterna sobre los lavaderos.

Luego de tantas mudanzas por fin tenía mi casa: una casa hecha a imagen y semejanza de mis padres, claro, pero mía; mi casa que ellos remodelaban, pintaban y mantenían, casi con el mismo gusto que trataban de remodelarme a mí. ¿Y por qué no pones una sala decente en vez de estos asientitos? Una sala, mamá, le estorbaría a mis libros. ¿No sueñas con tener tu recámara bien arregladita? Para qué si lo que menos hago en la vida es dormir. Te voy a pagar la operación para que te quites esos tatuajes; que tú hijo no se entere de tu pasado, que nunca sepa quién fuiste. ¡Cómo si lo hubiera sabido yo! .

El futuro se ofrecía igual que una carretera perfectamente delineada, con letreros y señalamientos; desviaciones para evitar las curvas peligrosas y los acantilados; algunos baches que podrían salvarse fácilmente siguiendo el buen consejo de los viejos –que ya habían recorrido todos los caminos– y observando a mis hermanos –que ya habían superado todas las torpezas–; ¿quién mejor que un viejo para decirme cómo usar las décadas que aún tenía por delante?, benditas y hermosas décadas libres de humo, de alcohol y de fluidos corporales extraños.

Luego de un año de celibato auto infligido me asaltaban filosóficas dudas, qué pasa con el espíritu humano si desaparecen los orgasmos, o, será posible la iluminación a través de la abstinencia. Pronto vino el dolor, una punzada que subía directamente desde el pequeño botón de mi sexo hasta el abdomen, paralizándome a ratitos. Vino la pornografía, que siempre me ha parecido aburrida, aburrida y triste. Vinieron las charlas con antiguos amantes, flojas y gastadas cuerdas que alguna vez ya estuvieron demasiado tensas y perdieron por completo su firmeza.

Mamá, ¿cómo le hacen las mujeres para vivir sin coito?

Sí, había escuchado esas historias de mujeres que se satisfacen a sí mismas sin necesidad de un falo (o de una vulva extra, según la preferencia). Y no faltaba el testimonio de aquellas que solitas se habían proporcionado los mejores orgasmos de su vida. Yo, la verdad, no entiendo mucho eso. Si bien desde los cinco años no he faltado al reconfortante hábito del onanismo, no veo cómo éste podría sustituir una buena cogida. No es que me resultara tan necesaria la penetración para alcanzar la volupté –no, no sé francés, pero me gusta cómo suena–; la inquisitiva Marie Bonaparte me habría clasificado entre las téleclitoridiennes, sin embargo no encuentro nada como el roce de pieles, la danza de aromas ácidos, agridulces y, lo mejor, ver la cara del otro sumergida en un rictus glorioso mientras el sudor hace su cartografía salada en los cuerpos.

Finalmente, mis disertaciones acerca del amor no parecían peligrosas. Aquella buscadora de placeres, aquella vagabunda de madrugadas sin sentido, adicta a la cafeína y a los libros de Allan Poe, había quedado atrás. Adiós, Kierkegaard, con tu polvorienta estética; adiós, avenida Hidalgo, tu sinfonía nocturna; adiós Barbaros, Cueva, y demás bares del puerto; adiós, Sísifo y los tratados sobre el suicidio.

El amor a mi hijo me había domesticado. O eso dijeron.

Entonces, vino el derrumbe. Di “aceptar” y apareció el hombre.




Imagen: autorretrato mvg

No hay comentarios:

Publicar un comentario