La Poesía como Destino: espacio personal de la escritora mexicana Marisol Vera Guerra

29.5.13

El conjuro (confesiones) I


"El conjuro (confesiones)" es un proyecto literario a través del cual narro experiencias personales en torno al amor, la maternidad y la cotidianidad.



Mamá, ¿existen los monstruos?


Romper las cadenas ancestrales, las que han apretado la muñeca a las mujeres de mi familia, dando la ilusión de libertad durante… cuánto tiempo.  ¿Cómo una sola alma podría deshacer esa lealtad nacida en las entrañas de una memoria perdidiza?
 
Mi madre abandonó la comunidad de Tezizapa hace más de medio siglo, porque se negó a cumplir el destino de las muchachas lugareñas: casarse a los trece años y pasarse la existencia entre el fogón y el petate o, en el mejor de los casos, ser la esposa golpeada y cornuda de un ganadero rico; fue la primera mujer de estos lares que estudió una profesión desafiando los prejuicios de los demás, pero no pudo escapar a los inexorables palpos de aquella criatura silenciosa, hecha con los rostros de innumerables generaciones, que finalmente la obligó a rendirle tributo: rescatar hombres en desgracia, impedir que los hijos cruzaran el perímetro tazado por sus propios miedos y asegurar, con un nuevo conglomerado de supersticiones, la continuidad de la maldición.

Sí, porque el monstruo tiene un arma con la que procura su supervivencia: el olvido. Así, mi madre, que en algún momento se rebeló contra sus circunstancias y desafió su condición de muchacha pobre y desvalida, un día lo olvidó. Recordaba el suceso, con abundancia de detalles, colores, formas, texturas, y se regocijaba en rememorarlo como un canto épico, mas pasó por alto la fuerza que la impulsó a trazar un camino propio que nada tenía que ver con el de la abuela. Esa fuerza cuya condición era salirse de lo que los suyos (con acopio de buena voluntad) esperaban de ella. Cuando se sintió lejos de la pobreza, lejos de la orfandad,  lejos de las barreras que otros le habían querido imponer, simplemente se dijo ya todo está resuelto, de aquí en adelante mis hijos tienen el camino despejado, ya no necesitan rebelarse. Y no se daba cuenta de que esa era, precisamente, la voz del engendro que la había colocado, como en una espiral, en un punto equivalente al de la generación anterior cuando ella pugnó por escapar.

Mi madre se forjó como la roca (hasta en el nombre venía grabada, ya, su dureza: Petra), igual que mi abuela Eusebia, quien, a contracorriente de las mujeres de su tiempo prefirió mantener sola a su prole antes que seguir aceptando el maltrato de un esposo, sin embargo amado.

La abuela no pudo salvar al abuelo, que murió de cirrosis, ¿ha podido mi madre guarecer a mi padre, adoquinado en su tristeza? Y yo, ¿a cuántos más sostuve, a cuántos más quise amparar?

Decidir ejercer una sexualidad libre en vez de adorar eternamente al falo que me rompió el himen, decidir ser escritora en vez de maestra de primaria, decidir trabajar de manera independiente en vez de tener una plaza.

Pero el monstruo mantuvo mi lealtad familiar, durante años, a través de un objeto peculiar: el dinero. Esta vulgar, vulgar banalidad. Es el problema con los artistas, la energía que usamos en el arte es la que normalmente usa el resto de las personas para ser productivas, en un sentido utilitario. Claro, no todos; algunos pertenecemos a una especie verdaderamente torpe para generar billetes. Y de esto se valen los héroes familiares para hacernos ver la inconveniencia de convertirnos en individuos.

Mis hermanos tal vez dirán que estas palabras son el ejercicio de una escritora que debe inventarse maldiciones para que su vida les parezca interesante a los lectores (quién sabe si uno leería con el mismo gusto a Poe de no haber sido su vida, el mejor relato de horror, o si Plath sería tan reseñada hoy si su horno se hubiera quedado sin gas). Dirán que me han conocido desde pequeña y que no, no pueden ser ellos los que estén equivocados: no puede ser que la Marisol que han creído que soy durante más de tres décadas no es la real, o sólo un fragmento, o incluso, una Marisol inventada, recreada según sus preceptos (¿o es que ya me lo dijeron?).

Estoy, apenas, desentrañando la maraña ancestral, la urdimbre de pactos silenciosos que las mujeres de mi familia hemos venido firmando desde... ¿cuándo? 

Habrá que hacer un conjuro para ahuyentar el mal.


1 comentario:

  1. Y son ellos, cabalmente, los cercanos a uno, que no lo conocen.

    ResponderEliminar