La Poesía como Destino: espacio personal de la escritora mexicana Marisol Vera Guerra

19.4.13

De lo que aconteció cuando encontré fragmentos de tempestades


Hoy, mientras hurgaba entre viejos papeles buscando cierto documento para sustentar un proyecto de poesía, me encontré con mi mención honorífica de la universidad. Y recordé. Como no. Aquellos tiempos cuando tenía prisa por ingresar al mundo adulto. Me había jurado que al cumplir 21 años ya sería licenciada. Creía en los títulos. Fui la única alumna que pidió adelantar su examen profesional y, en mi afán de exhibicionismo académico, pedí a la directora que me dejara hacerlo en el patio de la escuela, cosa que, por supuesto, no me concedió.

Entonces realmente quería ser una persona “funcional” y “exitosa”. Tendría mi consultorio. Vestiría traje sastre. En poco tiempo compraría un jeep negro. Nunca sería infiel a mi novio (el único). ¿Hijos?, no, estaría demasiado ocupada escribiendo libros. ¡Ah!, pero sin talleres literarios, porque el talento natural suple toda técnica, ¿no?, los artistas no necesitamos aprender nada.

Además, haría ejercicio para llegar a los treinta años con el vientre plano.

Y nunca, por nada del mundo tendría un perro. Demasiado demandantes y ruidosos. Mejor los gatos, su silencio y su cinismo.

Más de una década después estoy en una casa donde no hay televisión, ni auto a la puerta. Es, quizá, mi doceava mudanza. El aire entra en giros lentos por las ventanas. Uno de mis hijos ensambla un muñeco con cajas y tubos de cartón mientras su hermanita duerme.  

Entre una pila de libros que reclaman su espacio en el suelo, están mis poemarios, las antologías de ensayo y de poesía donde aparece mi nombre, mis dibujos de monstruos y un par de fotografías familiares. Cerca, mi guardarropa: dos fundas de almohada con pantalones de mezclilla y algunas pocas blusas.

Veo a mi esposo dormido; quiero enredarme a su cuerpo como una raíz; no quise así a mis dos ex maridos.

Encuentro mi título universitario en un archivero. Jamás le puse un marco. Le ha salido una manchita café a la altura de la palabra Dirección. Mi rostro en la foto no tiene líneas expresivas; el cabello, amarrado y lleno de gel, hace ver mi cabeza como un óvalo perfecto. Los ojos irradian una luz casi palpable. ¿Qué pensaría esa muchacha que fui, de mí, ahora?  

De verdad quise ejercer la psicología –me excuso–, pero a media sesión de terapia me descubría escribiendo versos en mi cabeza. Me han dicho que era buena. Que por qué lo dejé; que por qué no soy maestra como mis papás; que por qué me fui de la casa donde lo tenía todo. Y cuando digo que no, no acepto dedicar mi vida a algo que no me hace feliz, entonces oigo hablar acerca del sacrificio y del egoísmo y del destino de las mujeres.

¿Qué puedo argumentar a mi favor? Amo las Letras. Escribir es una necesidad fisiológica; se siente en el estómago y en lo alto de la nuca. En el espacio de mi casa, en lo ancho de las calles y en la mirada de la gente que pasa, encuentro la materia de mi escritura. 

Hago esto y lo otro intentando edificar algo así como una vida estable. Descubrí que no tengo vocación para ser   terapeuta ni reportera, pero sí editora.  Eventualmente doy clases en universidades. Escribo una columna para un periódico. Me gusta viajar. A veces imparto talleres literarios y hago hincapié a los jóvenes sobre la importancia de la técnica: lo aprendí de mi mentora, Ana Elena Díaz, quien también me enseñó a editar libros. Claro, les digo, pueden mandar la técnica al carajo, reinventarla o torcerla, pero antes han de conocerla como se conoce al hombre o a la mujer con quien dormimos.

¿Y dónde pongo ahora este papel guardado celosamente en un fólder eterno, con la palabra honor? Vengo hasta mi laptop. Escribo. El llanto de mi bebé y el dolor en los senos me avisan que es la hora de la comida.

El espejo me devuelve un vientre completamente destrozado; mis pechos son ánforas de leche.

Le doy un sorbo a mi taza de café. La cocina se humedece por el hervor de la sopa. Beso a mis hijos, sus manos llenas de días sin usar. Junto a la cortina ladra nuestro perro.


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