La Poesía como Destino: espacio personal de la escritora mexicana Marisol Vera Guerra

22.10.11

Poesía coahuilense: tolvanera de palabras

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas. Martes 18 de octubre de 2011.
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Hace poco, en uno de esos saltos nocturnos por el ciberespacio, me encontré con el pulso denso, profundo y firme de Enriqueta Ochoa. Si bien había tenido referencias de su obra, no me había dado a la feliz tarea de leerla con atención.


Oriunda de Torreón, Coahuila, la poeta vio la luz en 1928 y, ochenta años después, en 2008, retornó a ese mundo silencioso y desconocido del que todos hemos emergido.

La imagen, metáfora y verdad, de un ser divino, parece perseguirla (¿o es ella la perseguidora?): “Dicen que Dios no reirá jamás entre mis labios”, “Dios encajonado”, “Dios al lujo”.

Será la inclemencia del desierto, el resplandor inevitable en los lechos secos de la laguna, lo que me provoca esta sed oscura de palabras cada vez que mis ojos se deslizan por sus letras: “Pienso en la fecha de mi suicidio / y creo que fue en el vientre de mi madre; / aún así, hubo días en que Dios me caía / igual que gota clara entre las manos”.

Encuentro a lo largo y ancho de su obra rumores de semilla, tiempo deshojado, vírgenes terrestres. “Y ahora, cuando alguien me pregunta: / '¿Cuál es tu Dios, tu identidad, y la región que habitas?', digo: / Mi tierra es la región del embarazo / y yo soy la semilla donde Dios / es el embrión en vísperas”.

Leer estos textos de Enriqueta Ochoa, donde se alza la inquietud espiritual me hizo recordar cierta entrevista hecha a Ernesto Sábato; éste habla con la risa seria de quien aguarda el capítulo final de la existencia: “A nadie le gusta morir, creo, pero creo que hay que esperar con dignidad la muerte, que no sabemos lo que es; nadie sabe lo que es el otro mundo, nadie”. Esa dignidad ante lo desconocido y, al mismo tiempo, la belleza exaltada de la vida que pasa, me llevan a pensar que Enriqueta –como Sábato– es un “espíritu religioso”.

Cierto es que la obra de la poeta torreonense ha influenciado a numerosas generaciones de escritores. Me atrevo a decir que, incluso, a quienes no lo saben. Su poesía es tan estremecedoramente sencilla, tan directa en sus formas, tan dolorosamente cierta, que no puede extinguirse. Hay un dejo de su melancólica fuerza en las nuevas generaciones de poetas de la región lagunera.

Muchas veces, enmarcada por un lenguaje coloquial, continúa la búsqueda espiritual. Pienso, por ejemplo, en uno de estos jóvenes poetas, Héctor Herrera, originario de Gómez Palacio, Durango –radicado actualmente en la Ciudad de México–, cuando expresa: “Siento la agitación del universo, / las parvadas de aves vuelan al sur / como confirmando mi sospecha...” “Entonces... / ¿Por qué veo a Dios llorando / bajo una manta de nubes, / sollozando y gritando mi nombre / como si hubiera perdido un ángel?”

O Antonio Constantino, de Torreón, Coahuila, cuando dice: “Brevemente ostenté / mi tristeza / Patrañas caminadas / envueltas en tu memoria”. “Una mano, un estremecimiento / una secreción de vida, un momento sin Dios”.

Y hay más, por supuesto, más voces, más búsquedas que confluyen en la tinta. Poemas que llegarán en cascada desde esta tierra, tolvanera de palabras.

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