La Poesía como Destino: espacio personal de la escritora mexicana Marisol Vera Guerra

17.7.10

La novela de un hombre sencillo

Publicado en La Razón. Tampico, Tamaulipas, martes 13 de julio de 2010.

En una entrevista concedida a Philip Roth, en los ochenta del siglo XX, Milan Kundera menciona: “La existencia humana transcurre entre dos abismos: a un lado el fanatismo; al otro, el escepticismo absoluto”.

La imagen de lo divino, sea para alabarle o para rebelarse contra ella, parece inherente a nuestra naturaleza. Con frecuencia vemos rebeldes antes que verdaderos escépticos. “El rebelde desafía más que niega”, dice Camus. “La rebelión más elemental expresa, paradójicamente la aspiración a un orden”.

En las civilizaciones antiguas, como la de los egipcios, o la gama de culturas mesoamericanas, se recrea el gran orden cósmico a través de templos, calendarios, cantos épicos, y otros elementos. En esta recreación se asegura la continuidad de la vida.

La aparición de ritos religiosos en el hombre primitivo es una de las manifestaciones del pensamiento simbólico. Un buen día, tras largos eones en que la Evolución ha tejido con paciencia sus invisibles hilos, el pequeño mono sale de su caverna y se deslumbra ante el arañazo de las estrellas en el cielo; percibe una suerte de vulnerabilidad; ha descubierto, veladamente, un Yo en su interior y siente miedo a caer en el vacío. Ha cruzado el umbral que lo destierra, para siempre, de la Inocencia.

El escarabajo, el cóndor y el tigre simplemente aceptan lo que ven sin desear otra realidad. Nosotros no queremos ser polvo viajando entre las galaxias. Queremos permanecer.

El Arte, la filosofía, las múltiples ciencias giran alrededor del “qué somos”. En esta pregunta, como en un pozo, un dedo ciclópeo agita desencantos y esperanzas. La modernidad nos hace avanzar de un brinco por el camino que nos lleva desde Natura, en su forma primigenia, hasta la simbiosis hombre-máquina. Los dioses ya no habitan el fuego y los mares. Ahora son una idea en un tribunal, que necesita un abogado defensor.

He terminado de leer Job, la novela de un hombre sencillo, de Joseph Roth (Traducción de José María Pérez Gay, Ediciones cal y arena, México, D.F., 2010), la historia de un milagro.

Publicado por primera vez en 1930, este libro narra la vida de Mendel Singer, un hombre lleno de piedad que, como el Job bíblico, ve caer sobre su espalda el rigor de la mano de Dios: la guerra, la locura y la muerte destruyen a su familia. Se rebela entonces contra el Creador. Blasfema. Pero jamás se queda solo. Una noche se manifiesta el milagro en todo su esplendor y el sufrido Mendel encuentra la anhelada paz.

Una prosa digerible y amena que desemboca en un final feliz. Normalmente me aparto de las historias con finales felices. Pero algo, en ésta, me despertó una fibra infantil, aquel sentimiento que venía al escuchar los relatos de los viejos cuando era niña, donde la esperanza no era ese demonio que seduce a los incautos sino el heraldo de una buena nueva. ¿Será que no soy más que una mujer sencilla?

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