La Poesía como Destino: espacio personal de la escritora mexicana Marisol Vera Guerra

16.6.09

Morgana en el Paraíso

Ella es la otra parte de mí. Lo inconfesable. Desde que arribó a mi vida, hace más de siete años, se convirtió en mi espejo.
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Pequeña emperatriz de ojos azules y guantes oscuros; reloj de bolsillo en la palma de mi mano. Alteró, de un zarpazo, la rotación de la Tierra. Los otros gatos la miraron con recelo. Salem, un gigantón de pelaje negro, comenzó a estrellarse contra los cristales de las ventanas y a masturbarse compulsivamente en las patas de las mesas. Inició una carrera en la vagancia y en la lucha violenta por su territorio. Se esfumó. Se fue, tal vez, a extinguir el fuego de sus ojos en algún callejón solitario (es el segundo gato negro que se me vuelve loco). Merlín, delicado y melancólico, pelambre níveo y nariz rosa, desapareció una tarde. Tiempo después lo encontraría cerca del vecindario, retozando con su mamá y sus hermanos. Un gato en busca de sus raíces.

Morgana se fue adueñando poco a poco del aire y el espacio; de la cama y los libreros; finalmente, de mí. Llegó a ser mi compañera en cien mudanzas (departamentos, empleos, hábitos, rostros). ¿Será mi vida una mudanza perpetua? Termómetro del clima emocional. En mis días amargos maullaba en un tono agudo, entre agitados suspiros. Le daba por correr en cículos, encima de los muebles, por todos los ángulos y rincones de la estancia. En mis horas felices parecía no tener peso, entregada al placer de las alfombras y la leche.


Mujer y gata. Juntas, abrazadas, heridas, hechas a la medida.

Un domingo silencioso, mientras el polvo de octubre hacía remolinos en la calle, Sergio vino a vivir conmigo. Una guitarra medio rota, un hato de novelas de Hermann Hesse, el diccionario de sinonimia de don Roque Barcia, una maleta olorosa a tabaco, mil canciones de Frank Zappa. A Morgana se le erizó el lomo. ¿Hay celos más ardientes que los de un gato?

A los pocos meses, cuando quedé embarazada, los ronroneos de mi pequeña maga se convirtieron en gruñidos; sus caricias, en arañazos. Al nacer Haku no me quedó más remedio que llevarla a vivir a la casa de mis padres, en Tantoyuca. Al despedirme vi arder en sus ojos un brillo punzante.

Ella, tan habituada a la tibieza de mi lecho, amaneció de pronto en un escenario rodeado de culebras y árboles. El perro Canelo (el guardián de aquella casa) le acechaba sin cesar entre paredes y puertas; comenzó a perseguirla "nomás porque sí", como es usual en los de su especie.
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Pronto, Morgana ya no era la misma. La gracia escapó de sus músculos, de su silueta, de sus pisadas. Los años le cayeron encima como un montón de piedras. La Muerte era inaplazable. Creí. En los ojos de los animales el dolor se refleja con crudeza. Especialmente en los felinos. Nadie debería decir que sabe algo acerca del amor si nunca ha visto ese resplandor de lluvia y sangre en las pupilas de los gatos.

Volví a ver a Morgana cinco o seis meses después, cuando regresé a visitar a mis padres. Había en su gesto la serenidad de quien ha retornado del Infierno luego de comer las rojas granadas de su huerto.

Hoy viajé de Tantoyuca a Tampico. Sola. Haku se quedará una semana (la primera) con sus abuelos. Sergio ha regresado a ese país ruidoso, afuera, donde la gente tiene prisa por olvidar (todo). Se llevó en una mochila verde a Frank Zappa, a don Roque Barcia y a Hesse.
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Morgana no luce, ya, una tranquilidad ascética. Ha adelgazado. Pero hay en su mirada algo luminoso, una radiación. Se echa, precisamente, en los lugares por donde uno va y viene, como para obligarnos a saltarla, a notar su presencia, a decir su nombre. Las cornisas: su territorio. ¿El perro Canelo? Basta un maullido: el pobre orejudo se queda paralizado, como flotando en el limbo. Al primer movimiento en falso la pequeña emperatriz le cae encima y lo surte de arañazos. No sólo a él, a cuanto perro se le acerca. Recientemente adoptó a un gatito. Es amable con los gatos que no tienen a donde ir. Los deja descansar, en el crepúsculo, bajo las lenguas de luz que lamen su balcón. Su reino. Su Paraíso escarlata.

1 comentario:

  1. Tuve una mascota parecida a Morgana.Le gustaba dormir en las bardas,pero un dia no volvió.

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